Sonríe, es Dios Capítulo 1 El confidente.
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Sonríe, es Dios

Sonríe, es Dios

Por Kiku Palma

© inepub.com

Capítulo 1 El confidente.

La ciudad amaneció fría, azotada por el viento del cierzo y la humedad que ascendía desde el río Ebro. Poco a poco, las farolas del alumbrado público fueron cediendo protagonismo mientras el alba se abría paso entre las calles de la ciudad.

Comenzaba un nuevo día en la ciudad de Zaragoza.

En uno de los despachos de la comisaría de policía, sin embargo, las luces seguían encendidas. La pantalla de un viejo ordenador iluminaba el rostro cansado de un agente que comenzaba su jornada de trabajo.

Jimeno era un reputado subinspector de la Policía Judicial en la comisaría; concienzudo e incansable investigador, repasaba con detenimiento las declaraciones de un caso sin resolver.

Sobre la mesa, los documentos se extendían ordenados con precisión: diligencias, informes y fotografías.

Dio un sorbo al café humeante sin levantar la vista del papeleo. El olor intenso del café había impregnado el despacho y llegaba hasta el pasillo, haciendo notar a cualquiera que pasara cerca de la puerta.

El comisario llegó temprano a la comisaría, caminaba inquieto, deambulando por los pasillos de las dependencias. No pudo resistirse al aroma de café a su paso y, sin dudarlo, abrió la puerta sin llamar.

—Buenos días, Jimeno. Ha madrugado usted hoy casi más que yo. Espero que no le importe invitarme a una taza de café, lo necesito —dijo, señalando el termo—. Desde que dejé de fumar no aguanto sentado ni media hora; me he vuelto una persona irascible.

Jimeno esbozó una leve sonrisa y le sirvió una taza.

El comisario echó una rápida ojeada a la mesa, tomó unas fotografías del expediente que estaban apiladas sobre la misma y las observó con atención.

—Estas fotografías son del caso del chico envenenado… —murmuró—. Una auténtica tragedia. No quisiera ponerme en su lugar. ¿Cómo va la investigación?

Jimeno suspiró antes de responder.

—Es complicado, jefe, un caso difícil de resolver. El informe médico apunta a un posible envenenamiento agravado por una complicación clínica sobrevenida. Imagínese: un menor dependiente que vivía con la madre —dudó—. Está destrozada. O eso parece…

El comisario negó con la cabeza mientras observaba una de las imágenes de la autopsia.

—Un niño con autismo, sin sospechosos claros ni un móvil definido. Mal asunto, huele fatal.

Jimeno extrajo un folio del informe y lo sostuvo entre las manos.

—La autopsia confirma la presencia de una sustancia tóxica sin determinar, pero dejó su rastro en el aparato digestivo; o sea, presumiblemente por ingesta mezclada en alimentos.

El comisario frunció el ceño sin quitar la mirada de la foto.

—Un rompecabezas. Pero no tengo la menor duda de que usted lo resolverá.

—Quizá no sea tan complejo como parece —añadió Jimeno—. El informe histológico muestra lesiones compatibles con un proceso tóxico: inflamación y daño celular en hígado y riñones. No tengo dudas que es un veneno.

El comisario escuchaba mientras seguía husmeando entre fotos y expedientes.

—Eso confirma una exposición continuada al producto que ingirió el menor. Ahora, hay que averiguar quién o quiénes se hacían cargo de él, así delimito los sospechosos. Entre ellos debe estar el culpable.

Hizo una pausa breve antes de seguir con su hipótesis.

—No parece una dosis única, eso facilita la investigación.

El comisario alzó la vista.

—¿Lo administraron poco a poco?

Jimeno asintió.

—Sí, eso es una certeza; quizá fue mezclado con otros alimentos en días distintos.

El comisario se interesó especialmente por la autopsia.

—¿El forense? Qué opina, ¿habló usted con él?

Contestó de inmediato Jimeno.

—Sí, él también alude a un posible producto tóxico —dijo Jimeno—. Sospecha que se pudo administrar al menor algún rodenticida anticoagulante.

Los dos se miraron con rostro serio.

—Es un veneno de uso doméstico de fácil adquisición en droguerías. Según el forense, este matarratas impide la coagulación de la sangre y provoca hemorragias internas progresivas, como viene detallado en el informe.

El comisario soltó el aire con pesadez.

—Entonces hablamos de algo accesible para cualquiera y de alguien muy cercano a la víctima.

Dejó la taza sobre la mesa con semblante serio.

—No estará pensando en los padres.

Jimeno no respondió de inmediato. Se limitó a mirar los documentos, como si la respuesta estuviera escrita en algún lugar entre aquellas líneas.

—Más bien en la madre. Los padres están separados y el padre es comercial, trabaja en una multinacional. Está viajando continuamente al extranjero; esos días no se encontraba en la ciudad, por lo que casi lo descarté de mi lista de sospechosos de inmediato.

—¿La madre? —dijo el comisario.

Jimeno no hizo conjeturas, dió su opinión.

—La madre manifiesta no tener pesticidas ni productos tóxicos, salvo los de limpieza y fuera del alcance del menor. Sinceramente, no sé qué pensar. No creo que sea ella…

La investigación criminal tenía ese poso de fascinación y amargor. Por un lado, era lo más apasionante del oficio y, por otro, lo más incómodo. Pero, aun así, a Jimeno le seguía llenando.

—Jimeno, un consejo: antes de imputar a la madre en un delito tan grave, intenta primero probar su inocencia, descarta indicios endebles. Confío en su mejor criterio.

Jimeno agradeció el consejo. Lo había tenido en cuenta y contaba con una orden judicial para un último y minucioso registro del domicilio del menor. Quería zanjar de una vez, las sospechas que pudieran recaer sobre la madre.

Y aquel caso, más que ninguno, le estaba quitando el sueño. Consumió muchas horas de despacho y consultas con expertos forenses. Se exponía a un crimen mediático y prolongado en el tiempo si inculpaba a la madre.

El día fue duro para el subinspector Jimeno.

Acudía a media mañana, en compañía del letrado de la Administración de Justicia, junto a varios agentes más, sin previo aviso en el domicilio materno del menor fallecido.

El policía, con un amplio bagaje profesional, tuvo que mostrar un grado extremo de empatía hacia la desconsolada mujer, que se veía en el papel de principal sospechosa.

Se sentía incómodo por la situación, pero era su obligación.

—Blanca, es un registro rutinario, protocolario.

No lo tenga en consideración, esté tranquila —decía a una mujer rota que sollozaba en el transcurso del registro—.

Estas diligencias suelen realizarse siempre en toda investigación policial relacionada con menores; buscamos descartar a las personas más próximas a la víctima.

El registro fue concienzudo. Jimeno levantó acta hasta de los productos alimenticios que halló en la nevera y en los muebles de la cocina, tomando muestras de aquellos susceptibles de aportar pruebas al caso.

La inspección y el registro domiciliario finalizaron sin el hallazgo de ningún producto sospechoso, lo que añadió un grado más de dificultad a la investigación. Pero daba algo de tranquilidad a Jimeno. Quitaba aparentemente de la ecuación a la madre.

Jimeno llegó después de una ardua jornada a su domicilio, rendido. El cansancio y el sueño acumulado de días pudieron con él. Cayó en un profundo sueño, estirado en el sofá, mientras veía la televisión.

Pasaron las horas mientras dormía… hasta que una llamada de teléfono lo despertó.

Jimeno, sobresaltado, se incorporó, cogió el teléfono móvil y contestó la llamada. Provenía de la comisaría.

—Subinspector Jimeno, tenemos un homicidio, parece un asesinato a quemarropa en la calle. Es importante que venga cuanto antes. En comisaría le pasaremos la información más detalladamente.

Colgó y se hizo el silencio mientras aún trataba de reponerse.

Escena del crimen, Zaragoza

Le sostuvo la mirada con una frialdad calculada, esa seriedad que no necesita alzar la voz para imponer autoridad. Buscaba en el testigo una respuesta nítida, libre de rodeos; no tenía tiempo que perder.

—La lealtad es como la honradez: ni se compra ni se vende —dijo el hombre al fin—.

Fue lo último que pronunció antes de morir, agente.

Lo escuché con total claridad. Sinceramente, ignoro qué quiso decir con ello, pero sonó lo bastante nítido como para entenderlo.

Es todo cuanto puedo aportar del suceso.

Jimeno, al cargo de la investigación, procesó el testimonio en silencio. Ambos sostuvieron la mirada por unos instantes.

El testigo permanecía impasible, sin el menor rastro de nerviosismo que delatara una mentira.

Había expuesto los hechos tal como los recordaba, mientras el cuerpo del muerto, a pocos metros, aún conservaba el calor residual, tendido sobre el asfalto.

Para Jimeno, era un testigo veraz.

La última frase que oyó el testigo decir del muerto tenía el peso de un epitafio, y aquel mensaje, casi encriptado, seguía siendo una pieza que no lograba encajar.

El agente tomó aire y alzó la mirada al cielo, como si allí pudiera encontrar una respuesta, la que le negaba el hombre tendido en el frío pavimento ante él.

La realidad para el investigador se presentó terca: el cuerpo yacía boca abajo, rodeado por un charco de sangre densa y oscura.

El cadáver no era un desconocido más; era su confidente.

Poco después, agentes uniformados siguiendo sus indicaciones acordonaron la escena y los de la Policía Científica accedieron a ella.

Embutidos en sus trajes blancos, cargados con sus maletines de trabajo, se movieron con la precisión mecánica que otorgan los años de experiencia, ajenos a las miradas curiosas. Mientras uno documentaba la escena, otro de los agentes se acercó a Jimeno, notando cómo este se encontraba afectado.

—¿Se encuentra usted bien, subinspector? —preguntó.

Jimeno forzó una sonrisa.

—Sí, gracias. Lo conocía, era una buena persona. Hace apenas unas horas hablábamos, y ahora… mírelo. En fin, está muerto. Ahora nos toca encontrar a quien apretó el gatillo.

El agente asintió, respetando el duelo invisible de su superior.

Los agentes finalizaron su trabajo tras una minuciosa inspección.

—Por nuestra parte subinspector, hemos terminado —añadió el agente, estrechándole la mano a Jimeno—. Enviaremos los indicios y pruebas recabadas al laboratorio.

El agente se adelantó a las conclusiones oficiales: