SOMETIDA AL PLACER (SERIE DESEOS EXTREMOS) Capítulo 3 La Primera Vez
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Capítulo 3 La Primera Vez

La habitación era enorme, iluminada por los amplios ventanales que dominaban el perfil de Manhattan.

El aire olía a maderas nobles, a ron y a ese mismo aroma a cuero y especias que ya me perseguía.

Alejandro estaba de pie junto al mueble bar, de espaldas.

Se había quitado la chaqueta y llevaba las mangas de la camisa blanca subidas hasta los codos, dejando ver unos antebrazos musculosos y marcados por venas visibles.

Al oír el clic de la cerradura, no se giró enseguida. Sirvió dos dedos de líquido ambarino en un vaso de cristal, se lo bebió de un trago y solo entonces se volvió hacia mí.

—Llegas siete minutos tarde, Chloe. —La voz grave, sin rastro de sorpresa, sin ninguna prisa.

Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis manos, aferradas al bolso como si fuera un escudo.

—Estaba... estaba a punto de volver a mi habitación —admití. La voz me temblaba, delatando cada una de mis debilidades.

Alejandro se movió. No caminaba con prisa; se acercaba con la seguridad absoluta de quien sabe que la presa ya no tiene escapatoria. Se detuvo a un solo paso de mí. Su calor me envolvió antes incluso de que me tocara.

—Pero estás aquí —murmuró, alargando una mano.

Sus dedos rozaron la línea de mi mandíbula, subiendo hacia la barbilla.

Suave. El contraste con la firmeza de su mirada me hizo estremecer—.

Estás aquí porque ya no aguantabas más ser la mujer perfecta.

Estás aquí porque quieres descubrir qué pasa cuando dejas de hacer lo correcto.

No fui capaz de responder. El pulgar presionó mi labio inferior, entreabriéndolo.

Entonces me agarró de la nuca, los dedos hundiéndose en mi pelo, deshaciendo el moño de un solo gesto. La melena cayó sobre mis hombros. Su boca cayó sobre la mía antes de que pudiera respirar.

Fue un beso de posesión. Cálido, profundo, hambriento. Su lengua pidió y obtuvo una rendición inmediata. Mis manos, traicionando cualquier intención racional, se aferraron a sus hombros.

Me empujó contra la puerta. La madera fría a mi espalda, su cuerpo cálido e imponente contra el mío: el contraste me encendió como una chispa sobre gasolina. Sus manos bajaron por mis caderas, tiraron de la tela del vestido hacia arriba.

—Mírame, Chloe. —Áspero, contra mis labios.

Abrí los ojos. Su mirada ardía.

—Dime qué quieres. —Sentí lo duro que estaba contra mí, a través de la tela fina—. Dilo en voz alta.

—Quiero que me folles —dije, la palabra saliendo empujada por un impulso primitivo, arrasando con años de buenos modales—. Te quiero dentro de mí, Alejandro. Ahora.

Una sonrisa feroz. Me bajó los tirantes por los hombros, el pecho al descubierto, la respiración entrecortada. Su boca bajó por mi cuello, mordisqueó y dejó una marca caliente justo encima de la clavícula, un mordisco que me hizo arquear la espalda.

Sus manos no pedían permiso. La ropa interior de seda desapareció con una rapidez desarmante. Desnuda de cintura para abajo, el vestido enrollado sobre el vientre, la espalda todavía contra la madera. Estaba empapada, y no me avergoncé de cuánto tiempo llevaba deseándolo.

Murmuró algo en español —grave, como una invocación— mientras se desabrochaba el pantalón con una sola mano, sin apartar los ojos de los míos. Me agarró por debajo de los muslos y me levantó en brazos. Enredé las piernas alrededor de su cintura por puro instinto.

Cuando entró en mí, fue una explosión.

Se me escapó un grito, ahogado enseguida por su boca.

Me follaba contra la puerta con embestidas profundas, plenas, casi violentas en su intensidad —me llenó como nunca me habían llenado, arrasando cualquier resistencia.

Cada embestida me hacía vibrar entera, un ritmo cerrado que no dejaba espacio para pensar.

Solo piel contra piel, el sonido de nuestra respiración.

—Eres mía ahora —murmuró contra mi garganta, las manos aferradas a mí, imponiendo un ritmo cada vez más rápido, cada vez más despiadado—. En esta habitación no está tu marido. Solo estamos tú, yo y tu hambre, joder.

Sus palabras me sacudieron como una descarga eléctrica.

La culpa, mezclada con la brutalidad de su pasión, me empujó directa al precipicio.

Fue mi propia voz la que me traicionó primero —un sonido que no reconocía, atrapado entre un sollozo y su nombre repetido sin ningún sentido.

Las piernas dejaron de responderme, agarradas a él por pura necesidad, mientras cualquier pensamiento coherente se apagaba.

Aguantó el ritmo unos segundos más, intensos, y después se puso rígido contra mí con un rugido grave en mi cuello, hasta que se corrió dentro de mí con una última embestida, profunda y definitiva.

Nos quedamos así durante minutos que parecieron una eternidad, los latidos de nuestros corazones retumbando en el silencio de la habitación.

Cuando por fin me dejó en el suelo, las piernas me temblaban tanto que apenas podía sostenerme.

Me miré en el espejo de la entrada: el pelo revuelto, el carmín corrido, la piel del cuello enrojecida por sus besos.

Era una mujer completamente distinta de la que había entrado veinte minutos antes. Y lo más aterrador era que estaba deseando que volviera a follarme.