Capítulo 4 La Culpa y el Deseo
El regreso a Boston fue un descenso lento y doloroso a la realidad.
Durante el vuelo, mi cabeza era un nudo imposible de imágenes incandescentes y una vergüenza sorda, que se arrastraba por dentro.
Me tocaba el cuello bajo el pañuelo de seda que me había anudado con un cuidado casi obsesivo antes de salir del hotel de Nueva York; la piel todavía guardaba la marca oscura y violenta de los labios de Alejandro, un sello ardiente escondido bajo unos pocos centímetros de tela.
Cuando crucé la puerta de casa, el olor a limpio, a cera para la madera y a lavanda me recibió como una acusación.
Era la casa que habíamos construido juntos, el refugio seguro de una vida ordenada.
Ethan salió de la cocina con una sonrisa abierta, las mangas de la camisa remangadas, la mirada llena de ese calor familiar y tranquilo que durante años me había hecho sentir segura.
—Bienvenida a casa, Chloe —dijo, acercándose para abrazarme.
—Te he echado de menos —murmuró Ethan contra mi pelo, antes de inclinarse para besarme en los labios.
Acepté el beso, pero mis labios se quedaron fríos, vacíos.
Sabían a ceniza y a mentira. Cuando Ethan me rozó la mejilla con la delicadeza de siempre, mi mente se fue, despiadada, al recuerdo de los dedos cálidos y bruscos de Alejandro agarrándome de la nuca, de la madera de la puerta contra mi espalda, de la forma implacable y absoluta en que me había poseído contra la pared.
—¿Estás cansada? —preguntó él, notando mi distracción, atribuyéndola, como siempre, al cansancio del viaje o al trabajo.
—Sí... ha sido un fin de semana largo e intenso —respondí, manteniendo la voz firme con un esfuerzo enorme—. Creo que me voy a dar una ducha caliente para quitarme de encima el polvo de la ciudad.
—Claro, cariño. Mientras tanto pido algo para cenar. Y nos relajamos un poco.
Me refugié en el baño y cerré la puerta con llave.
Apoyé la espalda contra la madera, exactamente igual que había hecho en la suite de Alejandro, y cerré los ojos.
El corazón me golpeaba con una violencia absurda.
Me desnudé despacio, dejando caer la ropa en un montón desordenado sobre el suelo.
Me miré al espejo. Mi cuerpo no mostraba heridas visibles, salvo aquel pequeño moratón rojizo en el cuello que escondí enseguida bajo el pelo, pero me sentía turbada, profundamente desconectada de quien había sido hasta dos días antes.
Entré en la ducha. El vapor llenó enseguida el cuarto de baño, empañando los cristales. El chorro de agua hirviendo me golpeó los hombros, pero en lugar de limpiarme, reavivaba cada terminación nerviosa que Alejandro había despertado.
Cerré los ojos y apoyé las manos en los azulejos mojados. La imagen de Alejandro apareció nítida detrás de mis párpados: la mirada oscura, su voz diciéndome al oído que era suya, la sensación plena y arrolladora de tenerlo dentro de mí.
Un calor intenso me atravesó el vientre. El contraste entre la presencia de mi marido al otro lado de la pared y la huella de un desconocido en mi cuerpo desató un choque de sensaciones que nunca había sentido. La culpa no apagaba el deseo: lo alimentaba.
La mano bajó por mi vientre mojado. Los dedos me temblaban. Rocé la piel del interior del muslo, donde la carne todavía estaba sensible. Imaginé que no era el agua lo que me resbalaba por encima, sino su boca. Sus manos, que nunca pedían permiso.
Empecé despacio, después más deprisa, la respiración contenida para no hacer ruido.
El agua contra la cerámica tapaba mi jadeo, pero dentro de mi cabeza había un rugido.
Me mordí el labio hasta casi notar el sabor de la sangre, aterrada de que Ethan llamara a la puerta —y ese mismo miedo llevó la tensión hasta el límite.
Me vino de golpe. Las rodillas me fallaron. Me quedé doblada hacia delante, la frente contra los azulejos fríos, un solo pensamiento —no hagas ruido, no hagas ruido— que se deshacía a cada segundo, mientras el resto de mí dejaba de obedecer.
Me quedé bajo el chorro varios minutos, la respiración calmándose poco a poco. Acababa de tocarme en la ducha de mi propia casa, pensando en otro hombre, mientras mi marido me esperaba en la habitación de al lado. La transformación había empezado, y ya no había manera de dar marcha atrás.
Salí envuelta en el albornoz blanco, la piel todavía encendida. Ethan estaba sentado en el borde de la cama, con el teléfono en la mano. Cuando me vio, levantó la vista y sonrió con esa dulzura suya tan transparente.
—¿Estás mejor? —preguntó.
—Un poco —respondí, sentándome frente al tocador para peinarme.
—Anoche fue raro sin ti —dijo Ethan, levantándose y acercándose por detrás. Apoyó las manos en mis hombros, se inclinó para besarme el cuello, justo sobre la piel sensible que intentaba esconder.
El corazón me dio un vuelco, pero me obligué a no moverme.
—Yo también he pensado en ti —mentí otra vez, mirando su reflejo en el espejo.
Ethan me sonrió, sin saber del abismo que se había abierto entre nosotros, sin saber que la mujer que estaba tocando ya no era del todo suya.
Y mientras su mano se deslizaba sobre mi hombro con la delicadeza tranquilizadora de siempre, mi pensamiento volvió por un instante a Manhattan, al hombre que me había enseñado lo delicioso que podía ser perderse por completo.