Olor a naranjas
A las seis y veinte de la mañana, Elena bajó del Cercanías en la estación de Pinto con la capucha puesta, la mochila al hombro y un frío en los huesos que no se le quitaba desde el miércoles.
Elena no se acercó. Cruzó la calle y se metió entre dos palés de madera apilados detrás de un taller de neumáticos que no abría hasta las nueve, a cuarenta metros. Se sentó en el suelo con la espalda contra la pared y el folleto de pizzería sobre las rodillas.
Esperó.
A las siete y media llegó un hombre con un mono azul, que abrió la puerta lateral con una llave y encendió una luz.
A las ocho, un segundo. A las ocho y veinte, una furgoneta de reparto de una marca de aceite se paró en el muelle, descargó cajas, y se fue.
Nada raro. Una nave de mudanzas, de las que hay mil.
Camiones a ratos, hombres que entran y salen.
A las nueve menos diez, un coche gris, un Seat, se paró delante de la puerta.
Bajó un hombre bajito de abrigo largo, con un maletín. Miró a un lado y a otro. Y Elena le conoció antes de verle la cara.
Lo había visto de lejos, el domingo de medianoche, subiendo al 63 de Marcelo Usera. El del coche gris. El que recogía.
Entró por la puerta lateral. No volvió a salir.
Elena sacó el móvil nuevo y le hizo una foto, a ciegas, con el brazo pegado al cuerpo. Salió una mancha de abrigo oscuro y un trozo de coche.
A las nueve y diez, la persiana del muelle empezó a subir.
Con un chirrido largo, de metal sin aceitar. Despacio. Detrás, la sombra de un camión grande, blanco, de esos que llevan el frío encima. Un camión frigorífico. Dio marcha atrás, salió de la nave con las luces de emergencia y dio la vuelta a la explanada.
Elena se puso en pie sin darse cuenta.
En el lateral del camión, en letras verdes, un rótulo con una naranja dibujada: CÍTRICOS DEL LEVANTE.
Debajo, más pequeño: Zeta Transporte Frigorífico, Valencia.
Y encima, en el techo de la cabina, una máquina cuadrada, de esas que se oyen desde lejos, que hacía un golpeteo seco, regular, cada pocos segundos.
Toc. Toc. Toc.
La persiana del muelle bajó de nuevo. Dos hombres subieron a la cabina. Uno de ellos, ancho, con el cuello tatuado. Elena no le vio el tatuaje, pero sí la nuca, la rosa que asomaba por encima del cuello del abrigo.
El Rosa.
El camión pasó a veinte metros de ella, despacio, rumbo a la salida. Elena pegó la espalda contra el palé. Cuando el aire se le movió por delante, le llegó un olor.
Dulce. Verde. Con un fondo agrio.
Naranjas.
Elena salió corriendo.
Diez metros, quince. Los zapatos le resbalaban sobre la gravilla.
El camión tomó la rotonda y se metió en la carretera de servicio sin detenerse.
Veinte metros, treinta. Ya no le veía la matrícula.
Sacó el móvil, corriendo, apuntó con el brazo estirado y disparó cuatro fotos seguidas, sin mirar, con el pulso temblando.
El camión se perdió detrás de una curva.
Elena se paró. Se apoyó con las dos manos en las rodillas, jadeando. Un perro ladraba detrás de una valla, siempre el mismo.
Abrió la galería. Tres fotos borrosas. Una cuarta, mala, con el trasero del camión: una placa blanca con letras negras.
1830 LTV.
La apuntó en el folleto. Zeta. Valencia. Frigorífico. Y debajo, con una letra que apenas reconoció como suya:
Olor a naranjas. Una máquina que golpea.
Era lo mismo que le había escrito Yeny: el olor a naranjas, la máquina que golpea. Una nave fría y un camión para llevárselas.
Elena se quedó de pie junto a la carretera, con el viento de la A-4 en la cara. Nadie la había visto. Nadie la había llamado. Había llegado tarde por segunda vez en una semana.
Pero esta vez sabía adónde.
* * *
A las doce y media del jueves, Valeria estaba sentada en un banco del Retiro con un parte de baja en el bolso y una bolsa de castañas asadas en el regazo.
La baja se la había dado el doctor Ibáñez a las diez y cinco, sin examinarla.
Un hombre de sesenta años, bata impecable, bigote de actor, que le preguntó cómo dormía, escuchó la respuesta con la cabeza ladeada y rellenó un formulario con un bolígrafo de oro.
Cuadro de agotamiento severo. Quince días.
Ramiro había esperado en la sala, hojeando una revista de golf.
Al salir, la besó en la mejilla delante de la recepcionista. Descansa, cariño. Yo me ocupo de todo.
Nacho llegó a la una menos diez con un auricular puesto, un abrigo demasiado grande y las manos en los bolsillos. Se sentó a su lado, cogió una castaña sin pedir permiso y se la comió con cáscara y todo hasta que se dio cuenta.
—Perdona.
—Pela las castañas.
Nacho sacó un sobre de papel del bolsillo interior. Dentro, tres fotogramas impresos en una impresora de oficina, en blanco y negro, con la tinta corrida.
—La cámara del 63. La de la comunidad. Esta mañana me puse a mirar qué hay detrás de las cuatro y cuarto. —Bajó la voz, aunque no había nadie a veinte metros—. A las siete y doce. Justo cuando salimos nosotros. Hay una figura al fondo de la calle, bajo un toldo. La viste.
—La vi.
—Pues ha mirado. —Nacho colocó el primer fotograma en el regazo de ella—. Cuando tú te giraste, se giró. Y la cámara pilló esto.
En la imagen, una silueta delgada con capucha. Un perfil. Una nariz, una barbilla, el borde de un pómulo. Por la resolución, podía ser cualquiera. Pero Nacho le había pasado un filtro, y en el pómulo, un poco por debajo del ojo, se veía una mancha más oscura, de un gris distinto al de la piel.
—Es un cardenal —dijo Nacho—. O lo era. Viejo. Amarillo.
Valeria cogió la foto con las dos manos.
Amarillo.
Se quedó mirando la mancha hasta que se le empañó la vista. Y de pronto, sin avisar, sintió que algo se movía muy dentro, en un sitio que llevaba semanas cerrado.
Una terraza. Una mesa de bar de plástico. Un café sin tocar. Y una cara, de perfil, con un pelo corto, castaño, flequillo de lado y un cardenal amarillo en el pómulo, que la miraba sin mirarla desde la mesa del fondo mientras ella recorría la calle con los ojos, portal por portal.
Embajadores. El martes de la camilla.
Valeria se puso en pie tan de golpe que las castañas cayeron al suelo.
—La tuve delante.
—¿Qué?
—La tuve delante, Nacho. —Se llevó una mano a la boca—. El martes, cuando sacaron el cuerpo de Iván. Salí del portal y miré toda la calle, y había una terraza, y ella estaba allí. La miré medio segundo. Y seguí.
—Inspectora…
—Pelo corto. Castaño. Con un cardenal. —Respiraba deprisa—. No la reconocí porque me estaba buscando una chica de pelo largo y negro. Y ella se lo cortó.
Nacho se quedó con una castaña a medio pelar.
—Entonces estaba mirando cómo sacaban a Iván.
—Estaba despidiéndose.
Se miraron.
Valeria recogió el bolso, se echó el abrigo por los hombros, y echó a andar hacia la salida del parque con un paso que a Nacho le costó seguir.
—¿Adónde vamos?
—A Embajadores. A la terraza.
El bar era una barra larga, con una persiana a medio bajar y un camarero de sesenta años con un trapo en el hombro y la cara de haber visto pasar muchas cosas. Se llamaba Julián. Valeria le enseñó la placa y el fotograma sin decir nada.
Julián se puso unas gafas, miró el papel un momento, y asintió despacio.
—La del café que no se bebió. —Dejó el fotograma sobre la barra—.
Estuvo ahí, en la mesa del fondo, el martes de la camilla.
Se levantó cuando la sacaron. Se quedó de pie, mirando.
Y luego se sentó, y se secó los ojos con la manga, una sola vez.
—Se rascó la barba—. No he visto nunca una cara tan quieta con unos ojos tan mojados.
—¿La conoce?
—De vista. Un poco más que de vista. —Julián cogió el trapo del hombro y empezó a secar un vaso que no estaba mojado—.
Trabaja en el bar de Arturo, el de Tirso de Molina.
Mi sobrino es cocinero allí. Elena, creo que se llama.
La novia del chico ese, el del piso. Una chica callada.
De las que dan pena y no saben que dan pena.
* * *
El bar de Arturo abría a las doce. Valeria llegó a las once y cuarto del viernes y llamó al cristal de la puerta con los nudillos hasta que apareció una cara redonda detrás de la persiana, con el delantal torcido, un trapo en la mano y cara de no haber dormido.
—Todavía no abrimos.
—Policía. —Enseñó la placa por la rendija—. Un momento.
Arturo abrió con una cadena puesta, la quitó, y se apartó para dejarla entrar. Un local largo, con la barra de zinc, las banquetas de cuero y un olor a lejía, a fritura y a algo que no se iba. Valeria se sentó en una banqueta, sin que la invitaran. Él se quedó de pie, al otro lado, secando un vaso.
—Yo no sé nada —dijo.
—No he preguntado nada todavía.
—Es lo que dicen todos antes de preguntar.
Valeria sacó el fotograma del bolsillo del abrigo y lo dejó sobre la barra. Un perfil con capucha. Una nariz, una barbilla. Una mancha en un pómulo.
—Trabajaba aquí. Elena.
Arturo dejó el vaso.
Lo hizo despacio, con el cuidado de quien coloca algo que quema. Algo le pasó por la cara, por debajo de la grasa y de las ojeras, un cálculo veloz que acabó en una sonrisa de media boca.
—Elena Soto Marín. Veintiocho años. Camarera. —Se limpió las manos en el delantal—. Era la novia de ese chico. El que han encontrado muerto en Embajadores.
—Iván Montero.
—Iván, sí. Un pringado. —Arturo se apoyó en la barra con los codos—.
Y ella, mira, ella se creía muy lista. Hace una semana me vino aquí, a mi despacho, a decirme que lo de Iván era cosa mía.
Con unos mensajes en un móvil. Me chantajeó.
Me sacó dinero. Dos mil euros, ahí delante de la camarera, que lo vio todo.
Valeria no se movió.
Valeria no se creyó la cifra. Había visto a demasiados hombres subir los números cuando la historia les convenía, y este hablaba deprisa, alzando la voz en cada cantidad.
—Esos mensajes —dijo—. ¿Los tienes tú?
Arturo parpadeó.
—¿Qué mensajes?
—Los que ella te enseñó en el móvil de Iván Montero. Si los tengo yo, tú tienes un problema. Si no los tengo yo, tienes dos.
Se hizo un silencio. En la cocina, alguien dejó caer una cacerola.