Sombras y Cenizas (Elena Malasangre 1) Olor a naranjas #2
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Olor a naranjas #2

—Yo no tengo nada —dijo Arturo, pálido de golpe—. Ella se los llevó. El móvil y todo.

—¿Dónde vive?

—Vivía en Embajadores con el otro. Desde que se murió, ni idea. Dejó el trabajo el viernes. Me lo dijo con la cara que se te queda cuando te da igual todo. —Se rascó la nuca—. Marisa lo sabrá. Una compañera, una pelirroja, de Aluche. Pero a esa no hay quien le saque nada.

—¿Alguien más la busca?

Arturo hizo una pausa. Una pausa de verdad, de las que tienen una frase detrás.

—Hay un señor.

—¿Qué señor?

—Don Paco. —Lo dijo con respeto, con la reverencia de quien nombra a alguien que no está—.

No sé el apellido. Muy educado. Chaqueta de cuero.

Viene de vez en cuando por aquí, desde hace años.

Compra a Iván… compraba. Dice que Elena le debe un favor.

Me ha dicho que si la veo, le llame. Me ha dado un número.

—¿Lo tienes?

Arturo sacó el móvil del delantal, buscó en la agenda, y se lo tendió con la pantalla encendida. Don Paco. Un número de nueve cifras que empezaba por seis.

Valeria hizo una foto con su propio móvil, sin pedir permiso. Luego se lo devolvió.

—¿Y tú se lo has dicho?

—¿El qué?

—Todo lo que sabes de ella.

Arturo tardó un segundo de más.

—Le he dicho lo que se me ha preguntado.

Valeria asintió despacio. Se levantó. Se ajustó el abrigo.

—Escucha, Arturo. Esa chica te ha dejado sin un mes de beneficios y sin un empleado. Y yo estoy pensando que el que le puso el cartel de Se busca ha sido un señor de chaqueta de cuero a quien tú le has dado el nombre. —Hizo una pausa—. Si algo le pasa a Elena Soto, yo sé quién lo ha hecho posible.

Arturo se puso rojo y luego blanco.

—Yo solo…

—Tú solo.

Salió a la calle. Hacía frío, un frío limpio, de viernes, de octubre. Sacó de su bolsillo una servilleta del bar, la que había cogido de la barra al sentarse, y escribió con el boli de la placa, apoyada en el capó de un coche:

Elena Soto Marín. Marisa (pelirroja, Aluche).

Y debajo:

Don Paco. 6…

Dobló la servilleta en cuatro y la metió dentro del forro de la placa, junto a la tarjeta de la fiscal.

* * *

El móvil sonó a la una y diez del viernes. Era Marisa.

Elena estaba sentada en la cama de Nelly con el portátil abierto, una taza de café frío y la página web de Cítricos del Levante, Zeta Transporte Frigorífico, Valencia en la pantalla.

Una web de las que hace el sobrino de alguien: tres fotos de camiones con naranjas, un teléfono, un formulario, una dirección en el Mercado Central de Abastos. Nada más. Ni una persona. Ni un nombre.

—Elena. —Marisa respiraba rápido. Detrás se oía la cafetera del bar—. Tengo que decirte una cosa y me estoy poniendo mala.

—Dime.

—Ha venido un señor. A las doce. Un señor mayor, educado, con chaqueta de cuero. Se ha sentado en la barra sin que nadie le dijera nada y ha pedido un cortado. Muy amable, Elena. Dio las gracias tres veces. Y a la tercera me ha preguntado por ti.

Elena cerró los ojos.

—¿Qué le has dicho?

—Que no sabía. Que te habías ido. Se ha reído. —Marisa tragó saliva—. Me ha dado esto. —Se oyó un crujido de papel—. Una tarjeta blanca. Sin nombre, sin nada. Solo un número de teléfono.

—Léemelo.

Marisa se lo leyó. Elena lo apuntó en el folleto de pizzería con el boli, y lo subrayó.

—Y me ha dicho una cosa más. —La voz de Marisa se rompió un segundo—.

Que no quiere el dinero. Que el dinero lo da por perdido.

Que lo único que le interesa es un cuaderno pequeño y negro que se quedó dentro de la tapa del maletín.

Que se lo devuelvas. Que tienes hasta el domingo.

Y que si no, él va a venir a buscar a tu amiga, la pelirroja de Aluche, que es muy simpática.

Elena se quedó muy quieta.

En su regazo, junto al portátil, estaba la libreta negra, del tamaño de una mano, con las esquinas redondeadas de tanto abrirla.

—Marisa. Escúchame.

—Estoy escuchando.

—Quiero que te vayas hoy a casa de tu hermana y que no salgas. Ni a trabajar, ni a comprar, ni a nada. Dile a Arturo que estás enferma.

—Elena…

—Por favor.

Marisa guardó silencio. Detrás, el ruido de una cafetera, una voz de hombre pidiendo una caña. Luego, muy bajo:

—Vale.

—Hay otra cosa, ¿verdad?

—Arturo me ha contado. Dice que esta mañana ha venido una inspectora, con una foto tuya. Una foto de una cámara. Dice que le ha dado miedo. Mujer, cuarenta años, con ojeras, un abrigo oscuro.

Elena abrió los ojos.

Cortés.

—Y ha dicho que si te encuentra… —Marisa dudó—. Que si te pasa algo, sabe quién ha tenido la culpa.

—¿De mí? ¿O de Arturo?

—De Arturo. Eso me ha hecho gracia. Pero no me ha hecho gracia.

Elena sonrió, aunque no tenía nada de qué sonreír.

—Gracias, Marisa. Vete a casa. Yo te llamo.

—Cuídate.

Colgó. Dejó el móvil sobre la colcha.

Se quedó mirando la libreta.

Había creído que era del Gallego, o de Iván, o de alguien menor.

Una libreta de cuentas de un negocio pequeño.

Pero no. Era de Paco. Las iniciales, las cifras semanales, U 3B — 400 , R.

— 6.000 , Z. Todo lo que ella había leído con el boli apoyado en la página lo había escrito un hombre educado, de chaqueta de cuero, que daba las gracias tres veces.

Era la contabilidad de la cadena. Los cobros, los pagos, los nombres que cobraban por mirar a otro lado. Y lo había dejado en la tapa de un maletín.

Por eso no quería el dinero. Una cuenta pendiente se paga. Una libreta, no.

Elena abrió el navegador. La misma web de la voz, la que prometía hable como quien usted quiera . Tecleó un texto, lo borró, lo tecleó otra vez.

Tengo su libreta. No quiero su dinero. Quiero a seis mujeres que salieron de Marcelo Usera el miércoles. Vivas. El domingo, a las doce. Nave 14 de la calle de la Fundición. Usted solo.

Generó el audio. Lo escuchó una vez. La voz sin edad dijo cada palabra sin prisa, con la calma de siempre.

Lo mandó al número de la tarjeta.

Pasó un minuto. Dos. La pantalla se iluminó con un leído .

Y debajo, tres puntos que parpadeaban. Y que desaparecieron. Y que volvieron.

La respuesta llegó a los cuatro minutos.

Allí estaré. Usted, sola.

Elena se quedó mirando esa última palabra. Sola. No había dicho en ningún momento que era una mujer.

Faltaban dos días. Una libreta, dos nombres, una nave de Vallecas y una inspectora que la buscaba con su foto en la mano. Y todavía tenía que decidir a cuál de los dos le iba a dar la espalda primero.