Has dicho seis #2
Lo supo Valeria al abrir la puerta de casa a las nueve y media de la noche: el olor del sofrito, la luz baja del comedor, una vela encendida sobre la mesa, dos platos, dos copas y un mantel que no sacaban desde el aniversario.
Él salió de la cocina con un delantal blanco y una cuchara de madera en la mano.
—Siéntate. Arroz con bogavante. Lo he sacado de la receta de mi madre. —Sonrió, con esa sonrisa que le hacía parecer diez años más joven—. Hoy te toca que te cuiden.
Valeria colgó el abrigo. Se sentó. Él le sirvió vino sin preguntar y se sentó enfrente.
Comieron un rato en silencio. El arroz estaba bueno. Lo estaba comiendo y no sabía a nada.
—Quiero que hablemos como dos adultos —dijo Ramiro, limpiándose con la servilleta—. Sin trabajo. Sin jefatura. Marido y mujer.
—Habla.
—Esta mañana has hecho algo que no debías.
Lo sabes y lo sé. Alguien ha visto un coche tuyo aparcado en Usera a las cinco y media.
Una vecina ha llamado a la Municipal por una puerta rota.
—Alzó una mano antes de que ella contestara—.
No quiero saber qué hacías allí. No me lo digas. Pero sí quiero que me escuches.
Valeria dejó el tenedor.
—Te he pedido cita con el doctor Ibáñez, el de la Mutua, para mañana a las diez. Una baja de quince días. Agotamiento. Es lo que dice la historia, Valeria: llevas desde marzo sin dormir, estás obsesionada con un caso que no es un caso, y te estás metiendo en sitios donde no te llaman.
—No.
—No es una petición, cariño.
—Lo sé. —Ella le sostuvo la mirada—. ¿Quiénes son los policías de uniforme?
Ramiro no parpadeó.
—¿Qué policías?
—Los dos que a las cuatro de la mañana ayudaron a meter a unas mujeres en una furgoneta. Sin servicio. Sin registro. Los vio una vecina.
Él sonrió con paciencia. Dejó los cubiertos, se limpió los dedos en la servilleta, bebió un sorbo.
—No hay policías sin servicio, Valeria. No en mi plantilla. ¿Quién te ha dicho eso? ¿Una vecina de ochenta años con insomnio?
—He visto los colchones.
—Seis, siete. Qué más da. —Hizo un gesto vago con la mano—. Eso lo habrá hecho cualquier proxeneta. Una redada de Extranjería, que se les ha ido la mano. Un traslado. No tiene por qué ser lo que tú te imaginas.
Valeria se quedó muy quieta.
—¿Seis?
—¿Qué?
—Has dicho seis. —Su voz salió muy tranquila—. Yo no te he dicho cuántos colchones. Ni cuántas mujeres.
Un segundo. Un solo segundo, apenas. Los ojos de Ramiro se movieron a la izquierda, a la derecha, y volvieron a ella con una sonrisa que llegó tarde.
—Me lo habrá dicho Gil —dijo—. O Moreno. O el de la Municipal. ¿Qué más da, cariño? Es un número.
—Claro.
—Claro. —Se levantó, rodeó la mesa y se agachó junto a ella. Le tomó las manos entre las suyas, grandes, cálidas, con el anillo de siempre—. Mírame. Eres lo único que tengo. De verdad. No quiero que te pase nada.
—¿Qué iba a pasarme?
—Hay gente en esta ciudad que no distingue entre una inspectora que hace su trabajo y una que se mete donde no la llaman. Y esa gente, a veces, tiene malas formas. —Le besó el dorso de la mano—. Yo no quiero verte en una cuneta.
—¿Esa gente es tuya?
Ramiro se rio. Una risa corta, de dueño, de persona a quien nadie ha contradicho nunca de verdad.
—¿Mía? Soy tu marido.
No contestó. Él le soltó las manos, se levantó, se arregló el delantal.
—Mañana, médico. Quince días. Y luego nos vamos a Cádiz, tú y yo, como tiene que ser.
Valeria bajó la mirada al plato. El arroz se había enfriado.
—Vale —dijo.
Él sonrió, aliviado, con las cejas levantadas. Le puso una mano en el pelo, un instante. Después recogió los platos y se los llevó a la cocina, silbando.
* * *
A las once y diez, Ramiro se metió en la ducha.
Valeria se quedó en la cocina, sola, secando los platos que él había lavado sin aclarar. Desde el baño llegaba el ruido del agua y, bajo el ruido, la melodía de un silbido, algo antiguo, de los que él tarareaba cuando se creía impune.
Sobre la encimera, entre el aceite y el salero, descansaba el móvil negro.
Era pequeño. Barato. De los que se compran en un estanco con tarjeta de prepago. En nueve años de matrimonio nunca había tenido uno igual. Lo había sacado de la americana al llegar y lo había dejado ahí con la pantalla hacia abajo, como quien se quita un reloj.
Se iluminó.
Valeria no se movió. Dejó el paño sobre la silla, contó cuatro segundos, y se acercó. Le dio la vuelta con una uña.
En la pantalla, bloqueada, dos notificaciones.
N. 🌹: Hecho, jefe. Ya no existe.
N. 🌹: Nadie más lo ha visto. Solo yo. ¿Te veo mañana en el sitio de siempre? Te echo de menos.
Hora del primero: 21:48. Del segundo: 21:49. Hacía dos horas, mientras él echaba el sofrito en la sartén y silbaba.
Valeria se quedó mirando la rosa.
En la ducha, el agua seguía cayendo. Una canción de otro tiempo.
La mano de Valeria no tembló. Eso fue lo que más la sorprendió.
Sacó su móvil con la izquierda, apoyó el codo en la encimera y fotografió la pantalla.
Una vez. Otra. Con el flash apagado, de lado, para que no se viera el reflejo de la luz. Las dos imágenes salieron nítidas.
Hecho, jefe. Ya no existe.
Un mensaje de una N. Una Noelia, quizá. Veintidós años, coleta larga y castaña, a las nueve cuarenta y ocho de esa noche.
Nadie más lo ha visto.
Podía ser cualquier cosa. Una carpeta. Un informe. Una cita que se había cancelado. Podía ser una becaria que le hace un favor al jefe y se lo cuenta con corazoncitos. Podía ser, y era, probablemente, lo que parecía: una aventura. Una más.
Pero también era el aviso. Un archivo de audio de doce segundos que alguien había abierto a las 0:41, que alguien había reenviado a las 0:44, que alguien había marcado como confidencial a las 0:47. Ya no existe.
Valeria soltó el aire muy despacio.
Volvió a dejar el móvil negro exactamente donde estaba, con la pantalla hacia abajo, la esquina alineada con el borde del azulejo. Se secó las manos. Colgó el paño. Apagó la luz.
En el baño, el agua se cortó. Oyó la mampara, el golpe de la toalla, los pies descalzos sobre el suelo. La puerta se abrió. Ramiro apareció en el pasillo envuelto en el albornoz, con el pelo mojado y la cara de un hombre que ha hecho todo lo que tenía que hacer en el día.
—¿Vienes? —preguntó.
—Ahora voy.
Él se acercó y le dio un beso en la sien. Olía a jabón y a gel de sándalo, el que ella le había regalado en Navidad. Se quedó un segundo con los labios contra su pelo.
—Gracias por hoy —dijo.
—De nada.
Se fue al dormitorio. Valeria oyó los muelles de la cama, el crujido de las sábanas, el clic de la lámpara de la mesilla. Poco después, un suspiro largo. Luego el silencio de un hombre que se duerme enseguida porque no le pesa nada.
Esperó una hora. Se sentó en la oscuridad de la cocina con las manos sobre las rodillas y la cara hacia la ventana.
A las doce y cuarto, cuando estuvo segura, fue a la entrada.
Sacó del bolsillo del abrigo el cartón de la fiscal.
María Bravo Estévez. Fiscal. Lo miró un momento a la luz del móvil.
Después sacó también la placa. Con una uña, abrió el forro de piel, esa tira de cuero que siempre se despegaba por una esquina, y metió la tarjeta dentro, plana, junto a la foto de carnet de hacía catorce años.
Cerró la placa. La guardó en su sitio.
Mañana tenía cita con el doctor Ibáñez. Quince días de baja por agotamiento. Quince días sin placa en el bolsillo ni mesa en la comisaría ni nadie que le preguntara a dónde iba, ni con quién, ni por qué.
Pensó que era lo mejor que le había pasado en meses.
Y se fue a la cama sin encender la luz, a acostarse al lado de un hombre al que ya no conocía.