Has dicho seis
La Fiscalía olía a papel viejo y a radiador. Valeria llegó a las nueve menos cinco, con barro de Usera en las botas y la cara de no haber dormido, y la mandaron a una sala sin ventanas con una mesa, tres sillas y un cuadro de un paisaje que a nadie le había gustado nunca.
La fiscal tardó diez minutos en aparecer. Se llamaba María Bravo, tenía cincuenta y pocos, gafas de montura roja colgadas de una cadena, un jersey granate con un ligero agujero en el codo y una carpeta bajo el brazo que cerró de un golpe al sentarse.
—Inspectora Cortés. —Ni sonrisa, ni mano—. Iván Montero. Cuénteme.
Valeria se lo contó. El piso de Embajadores, el cuerpo, los dos golpes, el cenicero, la mesa de mármol. El pelo largo, los arañazos, la manta. Que lo más probable era un accidente. Que había una mujer. Que no constaba homicidio.
La fiscal apuntó una línea. Dos. Se quitó las gafas.
—El comisario Salas me ha llamado esta mañana, a las ocho. —Dobló las patillas—. Me ha dicho que usted lleva semanas sin dormir bien y que quizá le convendría un descanso. Con mucho cariño. Me ha pedido que, si la veía muy cansada, le sugiriera una baja.
Valeria miró el cuadro del paisaje.
—Estoy bien.
—No le he preguntado cómo está. Le he dicho lo que me ha dicho él.
—Dejó las gafas en la mesa—. Y le voy a decir otra cosa, extraoficial.
A las ocho y cuarto me ha llegado un parte de la Policía Municipal: un vecino ha denunciado daños en una puerta de la calle Marcelo Usera.
Una puerta con tres cerraduras. Me ha parecido casualidad.
Silencio.
—Las casualidades me ponen nerviosa, inspectora.
Valeria no dijo nada. Aguantó la mirada. No sabía por dónde iba aquello y había aprendido a no tocar nada antes de saberlo.
—No me conteste —dijo la fiscal. Abrió la carpeta y sacó de dentro un cartón rectangular.
Lo puso sobre la mesa y lo empujó con dos dedos—.
Veintitrés años en esta casa. He visto policías muy buenos que se quedaron solos y policías muy malos que no.
Esa es mi línea directa. No pasa por ninguna centralita.
No la apunta nadie. Si algún día quiere hablar con alguien que no pase por la Jefatura, la coge.
Valeria miró el cartón. María Bravo Estévez. Fiscal. Y un número escrito a mano en el reverso.
—¿Por qué me lo da?
—Porque esta mañana, cuando me ha llamado su marido para hablarme de lo cansada que está usted —la fiscal se encogió de hombros con una frialdad casi alegre—, me ha caído mal. Y el instinto es lo único que me ha dado resultado en veintitrés años.
Se puso en pie.
—Tenga cuidado, inspectora. Y duerma, que tiene razón en eso.
Valeria cogió el cartón. Lo metió en el bolsillo interior del abrigo, junto a la placa.
* * *
A las dos de la tarde, Nacho esperaba en el Seat de Valeria, aparcado junto a una de las verjas del Retiro, con la mochila en las rodillas y un bocadillo sin abrir.
—Hoy no tengo hambre —dijo antes de que ella preguntara—. Y mira que es raro.
Valeria se sentó al volante. Cerró la puerta. En el parabrisas, dos hojas secas, y más allá un señor con un perro pequeño que tiraba de una correa.
—Dime.
—Tres cosas. —Nacho abrió el portátil con las dos manos y lo giró hacia ella, con la pantalla inclinada para que no se viera desde fuera—.
La primera. La cámara que hay sobre el portal del 63, la de la lucecita roja.
Funciona. Y graba en la nube de la comunidad de vecinos, cuya contraseña es 12345678 , así que no me ha costado ni cuatro minutos.
Pulsó una tecla. Una imagen en blanco y negro, de noche, granulada. Una furgoneta blanca sin letras, aparcada delante del portal. Bajo la farola, dos hombres de espaldas con chaleco reflectante. En el rincón de la pantalla, la hora: 04:12.
—Matrícula 4427 KDL. Citroën Berlingo. —Nacho cambió de ventana—.
A nombre de Transportes y Mudanzas Zeta, sociedad limitada.
Domicilio social en Pinto. Un local de ciento veinte metros que he mirado en Street View y que parece una nave de mudanzas, aunque no hay ni un camión.
Administrador único, desde su constitución en 2019…
Nacho dejó una pausa, teatral.
—Agustín Luna Mora. Setenta y cuatro años, jubilado, de Alcorcón.
Valeria se quedó mirando el nombre.
—El mismo que Inversiones Alameda 7.
—El mismo. Treinta y una sociedades más. —Nacho cerró la ventana—. Inspectora, quien monta esto tiene un figurón que firma todo y una cadena que va de los pisos a las furgonetas.
—¿Y los dos uniformados?
—Ahí no hay nada. —Se encogió—. El coche patrulla que sale a su espalda no tiene matrícula legible. Es un Seat Altea, de los antiguos. Puede ser un coche clonado. Puede ser uno real que alguien sacó del parque sin firmar. No lo sé.
—Dime la segunda.
Nacho tardó en contestar. Tenía el bocadillo apretado entre las dos manos.
—Me ha llamado Seguridad Informática. A las doce. Un señor que no conozco, muy simpático, que decía llamar por cuestiones de rutina . Que si había consultado el buzón de denuncias esta madrugada. Que el sistema registra un acceso a las 3:10 desde mi usuario y que no era horario de servicio.
Valeria cerró los ojos.
—¿Qué le has dicho?
—Que fue un fallo de sincronización. Que lo reviso. Que si querían, abría yo mismo una incidencia.
—¿Te ha creído?
—No lo sé. —Se pasó la lengua por los labios—. Me ha dicho que gracias, que muy amable, y ha colgado. Y ahora todo el mundo me mira distinto en la planta.
Valeria abrió los ojos.
—Y la tercera.
—La tercera es que tengo miedo. —Lo dijo muy deprisa, sin levantar la vista—. No te lo digo para que me eches. Te lo digo porque creo que es lo normal, y porque si no te lo digo yo, te lo vas a imaginar peor.
Valeria le miró un rato. Aquel crío de veintiséis años, con las gafas empañadas y la sudadera de videojuego, que le traía el café sin que ella lo pidiera.
Que había abierto un buzón que no debía.
Que le había hecho una copia a escondidas, a las tres y diez de la madrugada, de una voz que no era de nadie.
—Yo también —dijo.
—¿Tú?
—Es buena señal. Los que no tienen miedo son los que nos preocupan. —Le puso una mano en el hombro, un segundo, y la retiró—. Desde ahora, nada por teléfono. Nada por correo. Nada por mensajes. Si necesitas decirme algo, un papel, a mano, en el cajón de abajo de mi mesa. Si yo necesito algo, otro.
—Parece una novela.
—Los novelistas se han inspirado en algo.
Nacho sonrió, por fin, con una sonrisa pequeña y torcida. Abrió el bocadillo. Dio un mordisco.
—Ahora sí tengo hambre —dijo con la boca llena.
* * *
A las cinco de la tarde, Elena no había comido nada desde el amanecer y llevaba dos horas sentada en la cama de Nelly con el portátil de Iván sobre las rodillas.
Había dormido tres horas. Había vuelto a Tetuán caminando, sin mirar a nadie, con la capucha puesta y un nudo en el estómago que no se iba ni con el paso.
Había llegado al cuarto, echado el pestillo y apoyado la frente contra la puerta.
No había llorado. Había mirado los folletos de pizzería, uno por uno, y los había puesto en orden sobre la colcha.
4427 KDL. Berlingo blanca. Sin rótulo.
No podía buscar una matrícula en ninguna parte. Lo intentó igual: en un foro de coches, en un buscador. Nada. Una matrícula era un número sin dueño, y Elena no conocía a nadie que le pudiera dar un nombre sin hacerle preguntas.
Iván, sí.
Se quedó mirando el escritorio. Abrió el móvil de Iván, el apagado, el sin tarjeta, y fue por la aplicación cifrada, por los chats, uno a uno, buscando un nombre que se pareciera a una furgoneta. Buscó furgo . Buscó mudanza . Buscó KDL .
Nada. Y entonces, sin buscar nada, se le fue el dedo hacia un chat sin foto, con un solo nombre en mayúsculas.
ZETA.
Diecisiete meses de mensajes. Cortos, secos, sin una sola palabra de más. Viernes 22:00 recogida. Pinto nave 6. Dos bultos. Hoy tres. Esta semana no, hay lío. Algunos con una hora, otros con una cifra. Ninguna firma. Nunca un nombre. Y siempre el mismo remate: ZETA no falla.
Elena se quedó quieta.
Pinto nave 6.
Buscó en el mapa. Un polígono al sur de Madrid, junto a la A-4, de esos de naves grises sin letrero y vallas con alambre de espino. La nave 6, un rectángulo gris, sin rótulo. Un solo camión aparcado delante. Una cámara en una esquina.
Había visto antes esa palabra. En la libreta del maletín, entre las iniciales, en una línea pequeña, sin cifra. Z.
Llamaron a la puerta con dos golpes suaves.
—¿Mija? —Nelly, con una bandeja—. Que no la he visto bajar. Le traigo caldo.
Elena abrió. Nelly entró sin pedir permiso con un cuenco de caldo de gallina, un trozo de pan y una cuchara, lo dejó sobre la mesilla, y se quedó de pie con los brazos cruzados, con los rulos puestos y la bata de flores.
—Cómase eso.
—No tengo hambre.
—No he dicho que tenga hambre. He dicho que se lo coma. —Nelly la miró de arriba abajo—. Usted lleva en la cara lo que yo llevé en la mía el día que me fui de Guayaquil. Se lo digo para que sepa que no es la primera. Ni la última.
Elena cogió la cuchara. Probó. El caldo estaba caliente y salado y sabía a una cocina de otra parte. Se lo bebió entero, mirando la pared.
—Gracias.
—Ni gracias ni nada. Duerma. —La señora recogió el cuenco—. Y no me ponga el cuarto patas arriba, que lo limpio yo.
Salió. Elena se quedó sola. El caldo la había aflojado por dentro, y se sorprendió de tener los ojos húmedos y no saber desde cuándo.
A las diez de la noche, el móvil nuevo vibró sobre la mesilla.
Un número desconocido. Un mensaje de seis líneas. Elena lo leyó con el corazón en la garganta.
Soy Yeny. Estoy viva. Me han dejado usar un teléfono dos minutos. No sé dónde estamos. Huele a naranjas y hay una máquina que hace un ruido de golpes cada rato. Mañana nos mueven otra vez. Gracias por intentar.
Elena tecleó una respuesta, la borró, tecleó otra.
Voy a encontraros.
Lo envió.
La pantalla dijo no entregado . El número ya no existía.
* * *
Ramiro había cocinado.