Sombras y Cenizas (Elena Malasangre 1) Hemos llegado tarde #2
69%

Hemos llegado tarde #2

Sacó la palanqueta de la manga y la encajó entre la hoja y el marco, a la altura de la cerradura de arriba.

Se apoyó con todo el peso. La chapa crujió pero no cedió.

Nacho se colocó detrás y empujó con ella, jadeando.

A la segunda, la cerradura de arriba saltó con un ladrido seco.

A la tercera, la de en medio. La de abajo cedió sola.

La puerta se abrió hacia dentro con un suspiro de aire viciado.

Olía a lejía, a ambientador de fresa barato y a algo debajo que Valeria conocía de los hospitales y de ciertas casas: a sueño de muchas personas en poco espacio.

—¿Hola? —Su voz sonó muy pequeña en el pasillo—. Policía.

No contestó nadie.

Un pasillo estrecho, con seis puertas, tres a cada lado. En cada una, por fuera, un cerrojo grande de hierro negro. Todos descorridos. Valeria abrió la primera con la punta de los dedos.

Un cuarto de dos metros por tres. Un colchón en el suelo, sin sábana.

Una caja de pañuelos de papel. Una ventana con rejas por dentro.

En la pared, en el yeso, junto al colchón, alguien había arañado con una uña o con un alfiler una hilera de rayas agrupadas de cinco en cinco. Las contó. Ochenta y siete.

La segunda habitación era igual. La tercera, igual. En la cuarta alguien había dejado un calcetín. En la quinta, un crucifijo de plástico colgado de un clavo, torcido, con la cadena enredada. En la sexta, nada.

Nacho recorría el piso detrás de ella con el móvil, fotografiando sin hablar.

En la cocina había un cazo con arroz frío sobre el fuego apagado y seis platos en el fregadero. Ni un cable en ningún enchufe. Ni un cargador. Ni un móvil. Ni un papel. Ni un documento. Ni una bolsa. Habían vaciado el piso de todo lo que podía llevar un nombre.

En el salón, sobre el poyete de la ventana de la izquierda, había un cenicero de latón con cuatro colillas apuradas hasta el filtro.

Valeria lo miró un buen rato. Cuatro colillas. Cuatro noches, quizá. O una sola persona con la costumbre de fumar a la hora de cenar.

—Se han ido hace pocas horas —dijo Nacho desde el pasillo—. El arroz todavía huele.

—Se han ido esta noche.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque aún huele a lejía fresca. Lo han fregado todo con prisa.

Entró en el baño.

Un lavabo con una mancha de óxido, una ducha sin cortina, un espejo con media luna comida por manchas negras. Y en la pared de la ducha, a la altura de los ojos de una persona sentada en el suelo, una frase rayada con la punta de un alfiler entre dos baldosas.

DAHIANA. PEREIRA. 19 AÑOS. NO LA OLVIDEN.

Valeria se quedó mirando las letras. Eran pequeñas, apretadas, hechas con cuidado, con la paciencia de quien tiene todo el tiempo del mundo y ningún lugar al que ir. Quien las había escrito había tardado horas.

Una chica de diecinueve años, tendida en el suelo de un baño de Usera, con la camiseta subida. Boca arriba. Los ojos entreabiertos. Una foto del jueves, a las tres y diez de la madrugada, que Ramiro le había ordenado archivar.

Llevaba catorce días sin nombre, y lo tenía desde hacía un minuto.

—Inspectora —dijo Nacho desde la puerta, con la voz más baja que había usado nunca—. ¿Estás bien?

Valeria no contestó. Se agachó, tocó con la yema del dedo las letras, una por una, y se quedó así.

—Hemos llegado tarde —dijo al fin.

—No sabemos adónde las han llevado.

—No. —Se puso en pie—. Pero sabemos quién sabía que íbamos a venir.

* * *

Cuando salieron al rellano, la puerta del 3.º A estaba abierta un palmo, con la cadena puesta. Detrás, un ojo y un trozo de bata de flores.

—¿Son de la policía de verdad? —preguntó una voz muy vieja.

Valeria enseñó la placa.

—Inspectora Cortés.

—Pasen, pasen, que se enfría el rellano. —La cadena sonó—. Tengo café hecho.

Se llamaba Aurora, tenía ochenta y dos años, insomnio crónico desde que se murió su marido y un salón con tapetes de ganchillo en cada superficie, una foto de boda sobre el aparador y un olor a membrillo.

Les sentó en el sofá, les sirvió dos tazas sin preguntar y se quedó de pie, con la bata sujeta con las dos manos.

—Yo llevo años diciéndolo —empezó—. Que ahí pasaba algo. Llamé al 091 en marzo y un señor muy amable me dijo que no me preocupara, que era un asunto que estaba en investigación.

—¿Recuerda su nombre?

—No, hija. Pero amable, mucho. —Se sentó por fin, con un resoplido—.

Esta noche, a las cuatro y pico, oí gente en la escalera.

Por la mirilla vi bajar a seis o siete chicas.

Con bolsas de plástico y mochilas, de dos en dos, con la cabeza gacha, como si fuera un colegio. Y a dos hombres delante, de uniforme.

Valeria dejó la taza.

—¿De uniforme de qué?

—De policía. El azul. Con chalecos de esos que brillan.

Uno muy alto y otro bajito, con bigote. Yo pensé: por fin, una redada.

Después de tantos años. Pero no iban esposadas.

Y yo bajé a mirar por el portal, que no soy tonta, y vi la furgoneta.

Una furgoneta blanca, sin letras. Las metieron dentro y se fueron.

—¿Y el guardián? —preguntó Nacho—. Un hombre ancho, con una rosa en el cuello.

—El de la rosa estaba en la acera, fumando, con las manos en los bolsillos. —Aurora levantó las cejas—. Y le dio la mano a uno de los policías al despedirse. Una mano, así, de amigos. Ni una palabra. Se la dio y entró en el portal.

Valeria miró a Nacho. Nacho miraba la taza.

Cuando bajaron la escalera eran las siete y diez. En el portal, bajo la luz de una bombilla de bajo consumo, Nacho sacó el móvil y tecleó deprisa con los dos pulgares.

—Inspectora. —Levantó la cabeza—. No hay ningún servicio registrado en Marcelo Usera 63 esta noche. Ni refuerzo, ni patrulla, ni apoyo. Nada. Ningún coche de la policía se acercó a esta dirección.

—Dos policías de uniforme sin servicio. A las cuatro de la mañana. Con una furgoneta.

—Eso tiene nombre.

—Sí. —Valeria abrió la puerta del portal y la mañana le dio en la cara, gris y húmeda—. Y todavía no me atrevo a decirlo en voz alta.

La calle olía a pan. Los primeros coches, los primeros portales abriendo. Valeria bajó la acera sin mirar a nadie en particular y, al llegar a la esquina, algo le hizo girar la cabeza.

Al final de la calle, bajo un toldo cerrado, había una figura con capucha. Delgada. Quieta. Mirando hacia el portal.

Valeria dio un paso. La figura se dio la vuelta y dobló la esquina con paso sereno, sin correr.

—¿Inspectora?

—Nada. —Valeria se pasó la mano por la cara—. Vámonos.

El móvil le vibró en el bolsillo. Un mensaje. Lo sacó.

Ramiro: Te espero en Fiscalía. Bonito paseo por Usera, cariño. Hablamos luego.

Lo leyó una vez. La luz de la pantalla le iluminó los ojos.

Luego volvió a mirar el final de la calle, donde ya no había nadie.