Sombras y Cenizas (Elena Malasangre 1) Hemos llegado tarde
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Hemos llegado tarde

—Inspectora, tengo que enseñarte una cosa y no puede ser por teléfono.

—¿Dónde?

—En el bar de la calle Alcalá que no cierra. Dentro de una hora.

El bar tenía los fluorescentes puestos, un camarero que ya no miraba a nadie y, al fondo, cuatro tíos de la limpieza tomándose un carajillo con el mono desabrochado hasta la cintura.

Nacho esperaba en la mesa más lejos de la barra, con el portátil cerrado, un colacao y una cara que no había visto dormir en dos días.

Valeria se sentó sin quitarse el abrigo.

—Dime.

—Hay un buzón de denuncias anónimas. —Nacho bajó la voz sin que hiciera falta—.

El Gabinete de la Jefatura lo gestiona y filtra lo que entra antes de repartirlo.

Llevo meses sabiendo que tiene un fallo: guarda copia de todo antes de filtrarlo.

Esta noche, a las 23:52, ha entrado esto.

—Giró la pantalla del móvil—. Con tu nombre en el asunto.

Le tendió los auriculares.

Valeria se los puso.

— Calle Marcelo Usera sesenta y tres, tercero B. Seis mujeres retenidas contra su voluntad.

Una voz sin edad. Sin sexo. Sin acento. Metálica, lenta, con una calma que le erizó la nuca. Una voz que parecía hablar desde una habitación vacía y que no tenía prisa por nada.

— Un guardián, cuarenta años, tatuaje de una rosa en el cuello, la nariz rota. Llega a las seis de la tarde y se va a las seis de la mañana.

Valeria se quedó muy quieta.

— Una de ellas, Dahiana, murió hace dos semanas. La sacaron envuelta en una manta para dejarla en otro sitio y que pareciera una sobredosis.

El ruido del bar desapareció. Fue como si le hubieran apagado el sonido de golpe.

— Entre las seis y las once de la mañana el piso se queda sin vigilancia. La puerta se abre a la fuerza. Si esto lo lee alguien que no sea la inspectora Cortés, las mujeres desaparecerán antes del jueves.

Un silencio. Y después, una sola letra, dicha como se firma:

— M.

Valeria se quitó los auriculares despacio y los dejó sobre la mesa.

No dijo nada durante mucho rato. Nacho no se atrevió a interrumpirla. Fuera, pasó un autobús nocturno con las luces apagadas por dentro y dos o tres cabezas contra los cristales.

Catorce años de policía. Once sin que nadie le hablara desde fuera del edificio. Y una voz que no pertenecía a nadie la había citado así, con el apellido, a las doce menos ocho de la noche, para decirle que había que forzar una puerta.

—Es ella —dijo al fin—. La del tejado. La del locutorio.

—Sí.

—Y sabe quién soy.

—Hay más, inspectora. —Nacho abrió el portátil—. El buzón registra quién abre cada aviso. Este lo abrió a las 00:41 una usuaria del Gabinete. Prieto, N. A las 00:44 lo reenvió a una cuenta de Jefatura. A las 00:47, cambió de estado. —Giró la pantalla—. En revisión. Confidencial.

Valeria leyó la línea dos veces.

—Noelia Prieto.

—La agente en prácticas. —Nacho tragó saliva—. Inspectora, a las doce y cuarenta de la noche una agente en prácticas no manda un aviso a Jefatura por iniciativa propia. Le habrán dicho que lo haga.

—O que lo avise si pasa algo así.

Se miraron.

Valeria se levantó y dejó diez euros sobre la mesa.

—Nos vemos a las cinco y cuarenta y cinco en el portal.

—Inspectora, esto nos puede costar el…

—Ya sé lo que nos puede costar.

* * *

Elena llevaba cuatro horas en el portal de una zapatería cerrada, a veinte metros del 63, con la capucha puesta y una botella de agua que ya no bebía.

Había llegado a las doce y media, caminando desde Tetuán, y se había colocado allí porque desde ese portal se veían la puerta del edificio y la esquina por la que llegaban los coches.

Esa noche se había perdido los siete minutos de las diez: a esa hora estaba en un cuarto de Tetuán, escribiendo un aviso. Los echó de menos.

A las dos salió el último visitante, con la cabeza gacha. A las tres y media, nadie. Un gato cruzó la calle. Un camión de basura pasó con las luces naranjas.

A las cuatro y cuarto, una furgoneta blanca sin letras dobló la esquina con los faros apagados y se paró delante del 63.

Elena dejó de respirar.

Detrás de la furgoneta, sin sirena, sin luces, aparcó un coche patrulla.

Se bajaron dos policías de uniforme: el azul reglamentario, el chaleco reflectante, la gorra.

Uno alto, de espaldas anchas. Otro bajito, con bigote.

Hablaron un momento con el Rosa, que había bajado al portal con las manos en los bolsillos, y el Rosa le estrechó la mano al bajito. Una mano de amigos.

Elena se quedó helada.

No era una redada. No había orden ni refuerzos ni ruido. Había una furgoneta con las puertas traseras abiertas y dos hombres con el uniforme que se supone que protege, de pie, con las manos a la espalda, esperando a que bajara la mercancía.

Bajaron seis. De dos en dos. Con bolsas de plástico, mochilas, mantas dobladas. Con la cabeza baja, los pasos pequeños y la misma manera de andar que Elena había visto en el supermercado. Las metieron en la furgoneta como se carga un camión de fruta.

La última de las seis se paró un segundo en la puerta. Delgada, con una coleta floja y una sudadera gris con las mangas hasta los nudillos. Se volvió hacia la calle.

Yeny buscó con los ojos. Elena lo supo por cómo giró la cabeza, despacio, con la boca entreabierta, mirando portal por portal, ventana por ventana. Sin encontrar nada. Había un hombre detrás de ella. Le puso la mano en la espalda, con dos dedos, y la empujó hacia dentro.

Elena levantó una mano. Una sola. Nadie la vio.

Las puertas de la furgoneta se cerraron. Los dos policías subieron al coche. El Rosa se quedó fumando en la acera hasta que las luces traseras doblaron la esquina, y entonces tiró la colilla, la pisó, miró a un lado y a otro, y volvió a entrar en el portal.

Elena se quedó donde estaba, con la espalda contra la persiana de la zapatería.

Había enviado el aviso a las doce menos ocho. A las cuatro y cuarto, antes de que saliera el sol, ya estaba hecho. Quien lo había leído primero no era la inspectora Cortés. Y quien lo había leído primero había tenido tiempo de llamar a un hombre bajito con bigote.

Le había prometido a Yeny que no llamaría a la policía. Y la policía había venido igual, con uniforme, en un coche sin sirena, a llevarse a las seis.

No lloró. Sacó del bolsillo el folleto de pizzería y apuntó la matrícula que había memorizado. 4427 KDL. Berlingo blanca. Sin rótulo. Luego sacó el ticket del súper y tachó con el mismo boli la regla número uno, la que había reescrito esa tarde. Una sola.

Se quedó mirando la raya.

En la acera de enfrente, un perro sin collar olisqueaba un cubo.

Elena no se movió del portal. Faltaba una hora y media para que saliera el sol, y quería ver quién venía.

* * *

A las cinco y veinte, Valeria estaba al volante de su Seat Ibiza, aparcado a cuarenta metros del número 63 de Marcelo Usera, con las luces apagadas y el motor frío.

La calle olía a pan de panadería y a basura de contenedor.

En el tercero B, las persianas, bajadas.

En la acera de enfrente, un perro sin collar olisqueaba un cubo.

El móvil vibró sobre el salpicadero. Ramiro.

La pantalla se iluminó dos veces. Valeria contó hasta tres y contestó.

—¿Dónde estás?

Su voz sonaba amable. Era siempre así de amable cuando quería algo.

—En casa.

—No estás en casa. —Un golpe suave, el de la puerta de la nevera al cerrarse—. Acabo de llegar. He terminado antes y no te encuentro. Tu abrigo no está.

Valeria miró por el espejo retrovisor. Una furgoneta de reparto pasó despacio por la calle, sin detenerse.

—He salido a correr.

—A las cinco de la mañana. En octubre.

—No duermo.

—Ya. —Una pausa. Ramiro tardó en hablar un segundo más de lo que le hacía falta—. Oye, una cosa. ¿Te ha llegado algo esta noche? Un correo, un mensaje, un aviso. Lo que sea. A veces a Jefatura le llegan cosas que van dirigidas a otras personas, y se lía.

Valeria se quedó mirando la persiana del tercero B.

—No. ¿Qué iba a llegarme?

—Nada. Cosas de la Jefatura. —La voz de él se suavizó, esa dulzura de nata, la que usaba con los camareros y con las becarias—. Si te llega algo raro, me lo reenvías antes que a nadie. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—Eres la mejor. —Otra pausa, esta vez más corta—. Vente a casa. Hazme un favor. Descansa un rato antes de Fiscalía.

—Voy ahora.

—Te espero despierto.

Colgó. Valeria dejó el móvil sobre el asiento del copiloto, bocabajo, y apoyó las dos manos en el volante.

Le temblaban un poco. No era miedo. Era otra cosa, más antigua, más pesada.

Algo parecido al asco de reconocer una voz que llevas años oyendo y descubrir, de pronto, que no se la había oído nunca.

La puerta del copiloto se abrió con un chasquido.

Nacho se sentó con la mochila en las rodillas. Venía sin aliento y con las gafas empañadas.

—¿Era él?

—Sí.

—¿Y qué le has dicho?

—Que estaba corriendo y que me iba a casa.

Nacho la miró un segundo largo.

—Mentirosa.

—Es el hábito. —Valeria abrió la guantera, sacó una palanqueta de acero de cuarenta centímetros envuelta en un trapo y se la metió en la manga del abrigo—. Vamos.

* * *

El portal del 63 estaba abierto. Alguien había encajado un trozo de cartón entre la puerta y el marco, un truco de vecino con prisa.

Subieron por la escalera, sin encender la luz, con los pasos de quien no quiere despertar a un niño.

En el segundo, una tele a todo volumen con un programa de teletienda.

En el tercero, dos puertas. A la derecha, la A, con un felpudo que ponía Bienvenidos .

A la izquierda, la B, de chapa gris, con tres cerraduras y una pegatina de alarma desteñida por el sol.

Valeria pegó la oreja a la chapa.

Nada. Ni una voz. Ni una cisterna. Ni el chirrido de un somier.

—Policía —dijo, sin gritar—. Abran la puerta.

Esperó. Contó hasta veinte.

—Inspectora —susurró Nacho—, sin orden, esto es…

—Es lo que alguien me ha dicho que haga.