Una voz que no sea la mía
—Trescientos del mes y trescientos de fianza —dijo, abriendo la puerta de un cuarto con una cama, un armario y una ventana que daba a un patio—. La llave se la doy cuando pague.
Elena sacó del bolsillo doce billetes de cincuenta y se los puso en la mano. La señora los contó, los dobló y se los guardó en el sujetador. Después miró a Elena de arriba abajo, el corte del pómulo, la capucha, la mochila.
—¿Se ha escapado de alguien, mija?
—De alguien.
—Pues aquí no entra nadie sin que yo lo diga. —Dejó la llave sobre la cama—. Y no se fume en el cuarto.
Cuando se quedó sola, Elena echó el pestillo, se sentó en el borde de la cama y vació la mochila. Ordenó las cosas en fila, por tamaño, sobre la colcha: el móvil de Iván, el ticket, la libreta, los folletos con sus notas, el cargador. Y el portátil.
Un Lenovo negro, con una pegatina de la Liga en la tapa y migas de patatas fritas entre las teclas. Lo había cargado hacía tres días en la pensión y no había tenido valor para abrirlo.
Lo abrió.
Pantalla de contraseña. Un recuadro blanco, un cursor parpadeando. Probó con la fecha de nacimiento de Iván, que se sabía. Mal. Con el nombre de su madre, y el de su gato, y 123456 . Mal, mal, mal. El portátil le avisó de que le quedaban dos intentos antes de bloquearse un rato.
Se quedó mirando el cursor.
Tecleó una palabra. Cinco letras, minúsculas. No pensó que fuera a servir. Lo hizo igual, como se hace una tontería por cansancio.
elena.
El escritorio se abrió.
La foto del fondo era de los dos, en una playa de Chipiona, hacía tres veranos. Ella con el pelo por la cintura, con los ojos cerrados contra el sol. Él mirándola a ella y no a la cámara. Tenía una cara tan limpia que dolía.
Elena no lloró. Una vez, el martes de la camilla, había sido suficiente. Se quedó mirando la foto con las manos sobre las rodillas y una idea fija: el mismo hombre que había puesto su nombre como contraseña de todo lo suyo había escrito va a decir q si, siempre dice q si al final .
Las dos cosas eran ciertas. Las dos las había hecho él.
Cerró la foto y abrió el navegador.
En la barra, escribió: cambiar voz online . Salieron cuarenta millones de resultados. Los tres primeros prometían clonar cualquier voz con diez segundos de audio. Uno decía Hable como el que usted quiera . Otro, con letras amarillas, Quien le oiga sabrá que es usted. Hasta que usted no quiera.
Elena sonrió, sin ganas.
Sacó un folleto de pizzería y copió el eslogan al dorso: Hasta que usted no quiera . Lo subrayó dos veces.
* * *
A las dos de la tarde, Elena comía un bocadillo de tortilla en la barra de un bar de la calle Bravo Murillo, con una cerveza sin alcohol y la mochila entre los pies. La tele del fondo daba las noticias con el volumen justo para que nadie las oyera.
— …en rueda de prensa esta mañana en la Comisaría Central…
Levantó la vista.
Un podio con el escudo de la Policía Nacional. Detrás, un panel azul. Delante, un hombre de unos cincuenta años, alto, bien afeitado, con traje oscuro y una sonrisa de las que llevan el anillo de boda siempre a la vista. En el rótulo de abajo: RAMIRO SALAS, COMISARIO JEFE DE POLICÍA JUDICIAL.
—Quiero tranquilizar a los vecinos de Vallecas y de Embajadores —decía—. Los hechos ocurridos hace dos semanas responden a un ajuste de cuentas entre miembros de un mismo grupo. No hay riesgo para la ciudadanía. Tenemos identificados a los fallecidos y trabajamos con buenas expectativas.
Un periodista levantó la mano.
—Comisario, ¿hay alguna mujer implicada?
Ramiro sonrió con paciencia. La cámara le cogió el perfil, y un segundo después, al fondo del plano, la cara de otra persona.
Elena dejó el bocadillo en el plato.
Era la mujer de la acera de Embajadores.
Cuarenta años largos, abrigo oscuro, de pie junto a una pared con las manos cruzadas delante del cuerpo.
Estaba más delgada de lo que recordaba, o lo parecía bajo la luz de los focos.
Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en un punto de la pared de enfrente.
No miraba al comisario. No miraba a los periodistas.
Miraba la nada con la intensidad de quien tiene una conversación distinta en la cabeza.
En el rótulo, cuando la imagen cambió: INSPECTORA VALERIA CORTÉS.
—No tenemos constancia de ninguna mujer —dijo Ramiro, mirando directamente al periodista.
El ojo izquierdo de la inspectora se movió un milímetro.
Elena lo vio. Fue una cosa mínima, una contracción debajo de la ceja, que desapareció enseguida. No era la reacción de alguien que está de acuerdo. Era la de alguien que sabe que le acaban de mentir en la cara, delante de todos, y se calla.
La rueda de prensa siguió. El comisario habló de refuerzos, de patrullas, de colaboración entre cuerpos, y al terminar estrechó la mano a un par de personas, y a ella no. Salió del plano antes que ella. Valeria se quedó un segundo sola, mirando el atril vacío, y luego se fue en otra dirección.
Elena pidió otra cerveza sin alcohol. No se la bebió.
R. El comisario se llamaba Ramiro. Y eso no quería decir nada. Había mil nombres con R en España. Roberto, Ramón, Rafael, Rosa, Rober, el que le debía Iván. R. era una letra, no un hombre.
Pero se quedó mirando la pantalla hasta que pasaron a los deportes. Anotó el nombre en la servilleta de papel. Ramiro Salas. Y debajo, más pequeño: Valeria Cortés.
La inspectora había recorrido la calle con los ojos aquella mañana de Embajadores, portal por portal, ventana por ventana, la había mirado a ella medio segundo y había seguido buscando. No la había visto. Eso era lo que más le importaba ahora. Había una policía que no se conformaba con el cuerpo.
En su lista del portal, la regla uno decía sin policía . Elena la sacó del bolsillo y la tachó con el boli. Escribió debajo, con la letra apretada:
1. Sin policía. Una sola.
* * *
A las cuatro de la tarde, Valeria llamó con los nudillos a la puerta del despacho del comisario jefe.
—Pasa.
El despacho de Ramiro tenía una ventana grande con vistas al patio, una mesa de cristal, una bandera de España en una esquina y una foto enmarcada de los dos el día de su boda, con el pelo más corto y sonrisas que ya no hacían falta.
Ramiro estaba de pie junto a la ventana, con la americana desabrochada, hablando por el móvil negro. Colgó al verla.
—Siéntate.
—Prefiero de pie.
—Como quieras. —Se sentó él, en el borde de la mesa, con una pierna colgando—. Quiero que me escuches un momento sin decir nada. ¿Puedes?
—Puedo.
—Lo de Vallecas y lo de Iván Montero pasan a Estupefacientes. Lo ha decidido la Jefatura. Gil lo lleva, con todo lo que tú has reunido. Tú dejas los papeles esta tarde y no vuelves a abrir ese expediente.
—¿Por qué has dicho en la rueda de prensa que no hay ninguna mujer?
—Valeria.
—Hay una mujer, Ramiro. Hay un pelo largo, una huella del cuarenta y un testigo que la vio entrar en un locutorio con un corte en la cara. Lo he puesto todo en el informe.
—Y yo lo he leído. —Sonrió con esa paciencia—.
Y la conclusión es que quien sea no ha matado a nadie.
Un accidente en su casa, una pelea entre dos camellos en un polígono.
Ni siquiera hay delito que perseguir, cariño.
Lo que hay es una chica asustada que se ha ido corriendo y que seguramente no vuelve a aparecer.
—Escribió por Iván. Citó a los dos hombres que luego se mataron. Eso no es una chica asustada.
—Eso es una chica lista. —Ramiro se encogió de hombros—. Pues que lo sea en otro sitio. Hay cosas que conviene dejar quietas. La ciudad necesita que las cosas estén quietas. ¿Me entiendes?
Valeria no contestó. Miró la foto de la boda. Miró la bandera. Miró las manos de su marido, grandes, cuidadas, con el anillo en el mismo dedo de siempre.
—Mañana a las nueve tienes que ir a declarar a Fiscalía por lo de Iván. Va a ser un trámite, pero te quiero allí a la hora. —Se levantó, se acercó a ella y le puso una mano en el hombro—. Y el viernes cogemos el coche y nos vamos a Cádiz. Tú y yo. Cuatro días. Lo necesitas.
—No.
—Es una orden. —Sonrió—. Y un favor.
La puerta del despacho se abrió sin que nadie llamara.
Entró Noelia Prieto con una carpeta azul contra el pecho y los ojos en el suelo.
Uniforme impecable, el pantalón ceñido, el pelo recogido en una coleta larga y castaña.
Dijo perdón, comisario , sin mirar a Valeria, y puso la carpeta sobre la mesa de cristal.
Ramiro la miró un segundo de más y apartó la vista.
—Gracias, Noelia.
—A sus órdenes, comisario.
Salió. Valeria miró la coleta mientras desaparecía por el pasillo. Larga y castaña.
—¿Algo más? —preguntó Ramiro.
—Nada.
Salió del despacho y bajó las escaleras en lugar de coger el ascensor. En el rellano del segundo se paró, sacó el móvil y escribió a Nacho.
Nos vemos a las seis menos cuarto en la puerta del 63.
Tecleó el enviar y se quedó mirando cómo se iluminaba el visto.
Luego borró el mensaje. Y el chat. Y el nombre de Nacho de la lista de recientes.
* * *
Elena escribió el aviso tres veces. Las tres veces lo borró.
A las nueve de la noche, con la ventana del cuarto cerrada y una cena de pan con queso a medio comer en la mesilla, tenía el portátil de Iván abierto sobre las rodillas y un documento en blanco que le devolvía la mirada.
Pensó que escribir era fácil. Que lo difícil era decidir qué dejar fuera.
Cada palabra de más era una pista, y cada pista era una puerta.
A la cuarta lo dejó en esto:
Calle Marcelo Usera 63, tercero B. Seis mujeres retenidas contra su voluntad.
Un guardián, cuarenta años, tatuaje de una rosa en el cuello, la nariz rota. Llega a las seis de la tarde y se va a las seis de la mañana.
Las visitas empiezan a las ocho. Cada semana, a medianoche, un hombre bajito con un maletín llega en un coche gris.
Una de ellas, Dahiana, murió hace dos semanas. La sacaron envuelta en una manta para dejarla en otro sitio y que pareciera una sobredosis.
Si esto lo lee alguien que no sea la inspectora Cortés, las mujeres desaparecerán antes del jueves.
M.
Se quedó mirando la última letra. No sabía por qué había puesto esa y no otra. Había sido la primera que le vino. No se paró a pensarlo.
Lo leyó dos veces en voz baja, tachando mentalmente cada adjetivo. Luego abrió la web de la voz.
Había una docena de opciones. Un cuadro blanco donde pegar el texto, una lista desplegable de voces con nombres de persona, Mateo, cálido; Lorena, profesional; Daniel, narrador , y un botón verde que decía Generar .
Elena escuchó las tres muestras con los auriculares puestos.
Mateo sonaba a vendedor de seguros. Lorena sonaba a azafata.
Daniel, a un hombre de cuarenta años que te lee un cuento antes de dormir.
Hizo un cuarto intento. Pulsó Personalizar .
Una barra deslizante para el tono, otra para la velocidad, otra para algo que se llamaba calidez .
Bajó el tono hasta el fondo. Frenó la velocidad.
Bajó la calidez a cero. Y en una pestaña aparte, un filtro más, el de distorsión : una raya blanca que se podía arrastrar hasta la derecha, hasta que la voz perdía bordes y quedaba hecha de algo metálico.
Pegó el texto. Pulsó Generar .
Cuando empezó a sonar, se puso los auriculares encima de las orejas con las dos manos.
— Calle Marcelo Usera sesenta y tres, tercero B. Seis mujeres retenidas contra su voluntad.
Era una voz sin edad. Sin sexo. Sin acento. Una voz que parecía venir de una habitación vacía y que, aun así, tenía una calma que a Elena le heló la nuca. No sonaba a nadie. Sonaba a alguien que lo sabe todo y no tiene prisa.
— Si esto lo lee alguien que no sea la inspectora Cortés, las mujeres desaparecerán antes del jueves.
Elena se quitó los auriculares y los dejó sobre la colcha.
Llevaba veintiocho años siendo la voz que pedía perdón. La del bar. La de la camarera. La que decía sí por no oír lo otro. Y hacía un minuto que había fabricado otra voz con un cursor, un botón y nueve euros al mes, y esa voz no pedía perdón a nadie.
La escuchó una vez más, entera, sin pestañear. Luego guardó el archivo como aviso.mp3 y se quedó un rato mirando cómo parpadeaba en la carpeta.
* * *
A las diez y media escribió a Yeny.
Soy Elena. Puede que mañana vaya una mujer a vuestra puerta. Sola. Es lo único que te puedo decir. Si llama una mujer sola, abrid.
No hubo respuesta. Elena dejó el móvil boca arriba sobre la colcha y fue andando hasta la ventana, y volvió, y se sentó, y se levantó.
A las once y diez, la pantalla se encendió.
Vale. El Rosa se va a las 6 en punto. Yo lo oigo bajar. Entre las 6 y las 11 no hay nadie, solo cerrado por fuera. Si vienen que abran con fuerza, por dentro no hay pestillo. Borro esto ahora.
Elena leyó dos veces la palabra fuerza .
Abrió el documento del aviso. Añadió una línea, después de la del guardián. Entre las seis y las once de la mañana el piso se queda sin vigilancia. La puerta se abre a la fuerza. Volvió a generar el audio. Escuchó la voz metálica decirlo, con la calma de siempre, y no encontró nada que cambiar.
Guardó el archivo en un pendrive de ocho euros que había comprado en el chino. Cogió la mochila, se puso la capucha y bajó la escalera de Nelly.
El locutorio de la avenida de Asturias tenía una luz azul de neón y cuatro cabinas al fondo, todas vacías.
El dueño, un chico de veinte años con auriculares, ni levantó la cabeza.
Elena pagó una hora, entró en la cabina cuatro, enchufó el pendrive y abrió la web de Policía Judicial que había guardado a las nueve.
Un formulario. Denuncia anónima. No se registrará su dirección IP.
No se fiaba. Pero era el único camino que no pasaba por llamar a una puerta.
Subió el audio. Pegó el texto debajo, tal cual, con la misma coma en el mismo sitio. En el campo del asunto escribió: Para la inspectora Valeria Cortés. En el nombre, dejó la letra que ya había elegido.
M.
Pulsó Enviar .
La pantalla se quedó en blanco un segundo, dos. Luego apareció un recuadro verde.
Su aviso ha sido registrado con el número 2026-018734. Gracias por su colaboración. Por seguridad, todo aviso dirigido a un funcionario concreto será revisado por el Gabinete de la Jefatura antes de su asignación.
Elena se quedó quieta, con la mano sobre el ratón.
Leyó la frase tres veces. Gabinete de la Jefatura.
El comisario jefe de Policía Judicial se llamaba Ramiro Salas. Lo había visto aquella tarde, en una tele de Bravo Murillo, con un anillo de boda y una sonrisa de dueño, mentirle a un periodista a la cara.
Si esto lo lee alguien que no sea la inspectora Cortés…
Cerró la ventana. Sacó el pendrive. Pagó la hora, dejó en el mostrador dos euros que no hacían falta y salió a una avenida casi vacía, con las farolas anaranjadas y el viento frío de la sierra.
Se miró el móvil. Ningún mensaje. En la pantalla, la hora: 23:52.
Faltaban seis horas para las seis de la mañana. Elena se subió la capucha y echó a andar hacia Usera.