Siete minutos de aire
Elena tardó dos días en entender la casa.
Las persianas del tercero B no subían nunca de día.
A las seis de la tarde llegaba siempre el mismo hombre, cuarenta y tantos, ancho como un armario, con una rosa tatuada en el cuello y una bolsa de papel del chino.
Abría con llave. Se quedaba hasta las seis de la mañana. Elena le puso nombre: el Rosa.
A las ocho empezaban las visitas. Hombres solos, uno cada media hora, a veces cada veinte minutos.
Se acercaban al portal con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, miraban a un lado y a otro antes de pulsar el interfono y no se miraban entre ellos cuando coincidían en la acera.
Ninguno era joven y ninguno era viejo. Todos tenían pinta de tener un trabajo, una casa y una cena esperándolos.
Elena los contó. Once el sábado. Nueve el domingo. Hasta las dos de la madrugada.
Las mujeres no salían. Ni una en dos días. Solo, a las once de la mañana, una señora con pañuelo en la cabeza y un carro de la compra que entraba y a la hora salía. La limpieza, o la comida. Nada más.
A las diez de la noche, cada noche, la persiana de la izquierda subía veinte centímetros. Una mano se asomaba por la rendija, dejaba un cenicero de latón en el poyete y volvía a entrar. Un minuto después, el brillo de un cigarro. Una cara que Elena no llegaba a ver, solo el humo.
Siete minutos exactos. Los cronometró con el móvil nuevo. A los siete minutos, la mano volvía a salir, apagaba el cigarro, recogía el cenicero, y la persiana bajaba.
Siete minutos de aire al día.
Elena escribió la cifra en el folleto y la subrayó dos veces.
Lo demás lo reconstruyó con la libreta. U 3B — 400.
Cuatrocientos euros por semana no pagaban un alquiler en Usera.
Pagaban otra cosa: una cuota. El precio de que nadie tocara a la puerta.
Y R. — 6.000 al final de cada mes, siempre igual, como el recibo de una hipoteca.
Alguien cobraba por mirar hacia otro lado.
Alguien mucho más arriba que un hombre con una rosa en el cuello.
El domingo a medianoche, un coche gris se paró frente al portal con el motor en marcha.
Bajó un hombre bajito, de abrigo largo, con un maletín.
Entró. A los diez minutos salió, y el Rosa le abrió la puerta del coche y se despidió de él con una inclinación.
Elena la había visto antes, en los camareros con el cliente de siempre.
No pudo leer la matrícula. Lo apuntó igual. Gris. Bajito. Maletín. Medianoche del domingo.
En la madrugada del lunes se sentó a leer lo que llevaba escrito.
Cuatro folletos de pizzería, por las dos caras.
Los horarios, los nombres que les había puesto, el Rosa, la mano, los siete minutos.
Llevaba dos días sin comer nada que no fuera pan.
No tenía hambre. Tenía una certeza, y no le gustaba.
En aquel piso no había droga. O no solo. Ni una bolsita había entrado ni salido en dos días. Lo que se movía por esa escalera subía y bajaba andando, y tenía nombre de mujer.
* * *
El lunes a las doce menos diez, la puerta del 63 se abrió y salió una chica.
Veinte años, veintidós. Delgada, el pelo castaño recogido en una coleta floja, vaqueros y una sudadera gris con las mangas hasta los nudillos.
Caminaba con la cabeza baja y los brazos pegados al cuerpo, como si la calle fuera más estrecha de lo que era.
Dos pasos detrás, con las manos en los bolsillos de una chaqueta de cuero, venía el Rosa.
Elena dejó el boli, se echó la capucha y bajó la escalera de la pensión de dos en dos.
Les dio alcance en la puerta del Día de la esquina.
Cogió una cesta y se metió por el pasillo de las legumbres, desde donde veía las cajas por encima de las estanterías.
La chica cogió pan de molde, un litro de leche y un paquete de arroz.
El Rosa no cogió nada. Se quedó junto a la entrada, apoyado en un expositor de aceites, con la vista fija en la nuca de ella.
En el bolsillo de la sudadera, Elena tenía un billete de cinco euros.
Lo había preparado el sábado, sin saber para qué, en el margen blanco, con boli: el número de su móvil nuevo, en letra pequeña, y debajo, solo, Elena .
Había pensado que no lo usaría nunca. Que un billete con un número no era un plan.
Se puso a la cola, dos personas por detrás de la chica.
La cajera pasó el pan, la leche, el arroz. La chica sacó un billete de veinte arrugado. Le temblaban los dedos. Al coger el cambio, una moneda de un euro se le escapó de la mano, rodó por el suelo y se paró contra el pie de Elena.
Elena se agachó. Recogió la moneda. Con la otra mano sacó el billete de cinco y los juntó, la moneda encima, y se los tendió.
—Se te ha caído esto.
La chica levantó la vista.
Tenía los ojos grandes, castaños, con unas ojeras que no eran de una noche. Miró la moneda. Miró el billete. Miró la cara de Elena, un segundo, dos. No dijo nada. Cerró la mano con las dos cosas dentro y se la metió en el bolsillo de la sudadera.
—Gracias —dijo en un hilo de voz. Acento colombiano, apenas.
—De nada.
Se oyeron pasos pesados detrás.
—¿Hay algún problema?
El Rosa estaba a dos metros. De cerca, el tatuaje del cuello era una rosa entera, con espinas, y tenía la nariz rota en algún momento y mal arreglada. Miraba a Elena como se mira un mueble que se ha movido de sitio.
—Se le ha caído una moneda —dijo Elena.
El Rosa miró a la chica. La chica miraba el suelo.
—Vamos.
Le agarró el codo. Con dos dedos, casi con suavidad. Con la suavidad con que Iván le ponía la mano en la espalda al entrar en un sitio. La chica cogió la bolsa, se dejó llevar hasta la puerta y, justo al cruzarla, volvió la cabeza una vez hacia atrás.
Elena sostuvo la mirada hasta que la puerta de cristal se cerró.
Se quedó en la cola, con la cesta vacía en la mano y la cajera esperando.
—¿Algo más?
—Un chicle —dijo Elena.
Pagó con un billete de veinte. Le temblaba el pulso. Esta vez no se molestó en apuntarlo.
* * *
A las cinco de la tarde del lunes, Valeria estaba de pie en el baño de un segundo piso de la calle Dolores Barranco, con una linterna en una mano y el expediente de la chica de Usera en la otra. El que había archivado el jueves.
Nadie le había dado permiso. Nadie se lo había prohibido tampoco. Ramiro le había dicho que lo dejara, no que no pasara por allí.
El piso estaba vacío. Ni muebles ni cortinas, solo el eco, una bombilla colgando de un cable y un olor a lejía que ya no era de limpiar, sino de tapar. Habían fregado el suelo con tanta fuerza que las baldosas se habían puesto más claras que las paredes. En el baño, nada. Ni una gota. Ni un pelo.
—No ha quedado nada —dijo Nacho desde la puerta, con la bolsa de gominolas—. Me lo dijo el vecino de enfrente. El mismo viernes vino alguien con un cubo y estuvo dos horas.
—¿El viernes? Murió el jueves.
—Pues el viernes.
Valeria no contestó. Estaba mirando la puerta del baño.
La abrió y la cerró. La volvió a abrir y la miró por el otro lado. Pasó la linterna por el marco, por la madera, por el pestillo. Era un cerrojo grande, de hierro negro, de los que se ponen en los trasteros.
Estaba por fuera.
—Nacho.
—Dime.
—Ven aquí. Mira el cerrojo.
Nacho se acercó, se agachó, y se quedó callado un rato.
—Está al revés —dijo—. Quien se encerraba en este baño no era quien lo cerraba.
—No.
Se quedaron los dos quietos. Fuera, en la escalera, alguien subía arrastrando un carro de la compra.
—Quién alquila un piso con un baño que se cierra por fuera —dijo Valeria.
—He mirado el contrato en el registro. —Nacho sacó el móvil—. Alquilado hace diez días a un tal Marcos Peña, DNI de un señor de ochenta y cuatro años que murió en 2019. Fianza y dos mensualidades por adelantado, en efectivo.
—Diez días. —Valeria hizo la cuenta—. Una semana antes de que muriera la chica. La misma semana en que alguien compró dos tarjetas prepago.
—Preparó el sitio.
—Preparó el escenario. —Valeria apagó la linterna—. Sabían que alguien iba a morir en ese piso. O sabían que alguien iba a aparecer muerto en él.
Nacho tragó saliva. Seguía con el móvil en la mano.
—Hay otra cosa. —Giró la pantalla hacia ella—.
La propietaria del piso es una sociedad: Inversiones Alameda 7.
He mirado qué más tiene. Seis pisos en Usera y Carabanchel, todos alquilados en los últimos dos años a gente con el mismo perfil: nombres de difuntos, pagos en efectivo, contratos cortos.
Uno de ellos está en la calle Marcelo Usera, número 63. Tercero B.
Valeria cogió el móvil y leyó la dirección dos veces.
—¿Quién administra la sociedad?
—Un tal Agustín Luna Mora. Setenta y cuatro años, jubilado, vive en Alcorcón. Administra treinta y una sociedades más. —Nacho levantó las cejas—. A los setenta y cuatro, treinta y una. Debe ser un hombre muy ocupado.
—Es un figurón. —Valeria le devolvió el móvil—. El que manda no ha firmado nada.
Bajaron la escalera sin hablar. En el portal, Valeria se paró y miró la calle. Era tarde, el cielo se estaba poniendo morado, y en la acera de enfrente, el vecino que les había hablado desde la ventana ya había cerrado la persiana.
—El miércoles —dijo ella.
—¿Qué pasa el miércoles?
—Que mañana tengo reunión con el comisario por lo de Iván Montero y no quiero que me vea la cara de haber hecho otra cosa. —Se subió el cuello del abrigo—. El miércoles vamos a ver el 63 de Marcelo Usera. Sin orden. Sin nadie.
Nacho se subió las gafas.
—Inspectora, eso es…
—Ya sé lo que es.
* * *
El móvil sonó a las 2:47 de la madrugada del martes.
Elena estaba despierta. Llevaba la noche tumbada sobre la colcha, vestida, con los ojos en el techo y los oídos en la calle. La pantalla se encendió con un número que no conocía. Dejó que sonara dos veces. Contestó a la tercera, sin hablar.
Hubo respiración al otro lado, entrecortada, y detrás un ruido de agua corriendo.
—¿Eres tú? —Una voz de mujer, bajísima, con acento—. ¿La del billete?
—Soy yo.
—No tengo mucho tiempo. Estoy en el baño con el grifo abierto. —Tragó saliva, un clic seco en la garganta—. Me llamo Yeny. Tengo veintiún años. Soy de Cali.
—Yeny. Soy Elena.
—Estamos seis. —La voz se rompió y se recompuso—.
Nos trajeron con un trabajo de cuidadoras.
Para el viaje pedimos un préstamo, y nos lo cobran aquí, con intereses, en algo que llaman servicio .
Nos quitaron los papeles el primer día. Cada semana nos suben la deuda: la cama, la comida, la ropa, la luz.
Nunca baja. No sabemos cuánto debemos. Nos dicen que mucho.
Elena se había incorporado sin darse cuenta. Estaba sentada en el borde de la cama, con los pies en el suelo.
—¿Os dejan salir?
—A mí hoy me sacaron porque se acabó la leche.
A las otras, no. —Una pausa—. Hace casi dos semanas, un jueves, sacaron a una.
A Dahiana. Se había puesto mala de verdad, de las que se ponen mal, y no llamaron a ningún médico.
La envolvieron en una manta. Dijeron que la iban a dejar en otro sitio para que la encontraran y pareciera que se había pasado con lo suyo.
Elena cerró los ojos.
—¿Quién os dijo eso?
—El Rosa. Y otro que viene los lunes a recoger. Nunca se presenta. —Yeny bajó todavía más la voz—. A él nunca le vemos la cara. Pero el Rosa le tiene miedo. Y le oí decir una vez que no pasaba nada si alguna de nosotras llamaba a la policía. Que la policía cobra también.
Elena no dijo nada. Pensó en Marisa en el juzgado con tres costillas rotas. Pensó en una orden de alejamiento que alguien se pasaba por el forro. Pensó en una letra, R. , y una cifra, 6.000.
—Escúchame bien. —Yeny hablaba más deprisa ahora—. No llames a la policía. Si llaman, nos mueven. Nos meten a todas en una furgoneta una noche, y al día siguiente no queda nadie y el piso está vacío. Ya lo han hecho otras veces. Me lo dijeron las que estaban antes.
—Vale. No llamo.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
En el teléfono se oyó, lejos, una puerta. El grifo se cerró de golpe.
—Viene —susurró Yeny—. Gracias por el billete.
Colgó.
Elena se quedó con el móvil pegado a la oreja mucho rato después de que el pitido terminara. Luego se levantó, fue hasta la ventana y apartó la persiana dos dedos. En la fachada del 63 no se movía nada. En el tercero B, una rendija de luz bajo la persiana izquierda se apagó, y siguió el negro.
Había prometido no llamar a la policía. Había oído a una chica decir que la policía cobraba. Y ella misma había visto cómo se las gastaba el sistema con mujeres que no tenían a nadie.
Pero seis mujeres no podían seguir en aquel piso. Alguien tendría que sacarlas, y ese alguien no podía ser la policía, ni podía ser ella, ni con su cara ni con su voz.
* * *
Marisa llamó el martes a las nueve de la mañana, al número que Elena le había dado el viernes al salir del bar, con la voz de quien ha corrido.
—Arturo ha estado aquí. Hace una hora. Con uno que no es de por aquí, alto, de esos que tienen el cuello más ancho que la cabeza. Ha preguntado por ti. Que dónde vives.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no sé. Que desapareciste el viernes y no te he vuelto a ver. —Marisa respiraba rápido—. Elena, no me gusta. Dice que alguien quiere hablar contigo. Un tal Paco. Dice que le debes un favor.
Elena se sentó en la cama. Fuera, la calle olía a lluvia. El móvil nuevo pesaba en la mano.
—Gracias.
—No me des las gracias, que se me está poniendo la piel de gallina. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—Estoy bien.
—Mentirosa.
Elena sonrió, aunque Marisa no podía verlo.
—Tengo una cosa que hacer —dijo—. Y necesito que no vuelvas a llamarme a este número. Yo te llamo.
—¿Una cosa qué?
—Una cosa que no puede esperar.
—¿Con qué la vas a hacer?
Elena miró por la ventana. Al otro lado de la calle, en el tercero B, la persiana izquierda seguía bajada.
—Con otra voz —dijo.
Colgó. Guardó el móvil, que tenía que seguir encendido por si volvía a sonar otro número.
Metió en la mochila el portátil de Iván, el cargador, la libreta y los folletos de pizzería con todas sus notas.
Dejó el dinero de la pensión sobre la cama, un billete de cincuenta de más, y bajó la escalera con la mochila al hombro y la capucha puesta.
En el portal se detuvo. Sacó del bolsillo el ticket del súper y escribió debajo de las notas de Iván, con letra apretada:
1. Sin policía.
2. Sacarlas de ahí antes de que las muevan.
3. Una voz que no sea la mía.
Lo dobló, se lo guardó, y salió a la calle.