Sombras y Cenizas (Elena Malasangre 1) Va a decir que sí
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Va a decir que sí

Los tres primeros locutorios no sirvieron de nada.

El cuarto era una tienda de móviles con un cartel de llamadas internacionales y un chico dormido sobre el mostrador.

En el quinto, una señora ecuatoriana les dijo que por allí pasaban cien personas al día y que ella no se acordaba de ninguna.

En el sexto, el dueño les enseñó una cámara de seguridad apagada desde que se la había llevado el rayo.

—Un rayo —dijo Nacho.

—En Madrid este año ha habido muchos rayos —dijo el dueño, solemne.

A las once y veinte entraron en el de la calle Tribulete.

El dueño se llamaba Hassan, tenía cincuenta años, el precio de la hora de internet escrito a mano en un cartel y una paciencia de santo. Escuchó a Valeria con las manos apoyadas en el mostrador y dijo que sí con la cabeza antes de que ella terminara.

—Una chica. El jueves, a las nueve. —Se tocó la cara—. Lo recuerdo porque era la primera de la mañana y porque tenía esto. Un corte aquí, en el pómulo, y el labio roto. Pensé: otra. —Se encogió de hombros—. En este barrio se ve mucho.

—¿Cómo era?

—Treinta años, no más. Flaca, morena, el pelo largo y negro recogido atrás. Una sudadera de hombre, negra, enorme. Una mochila al hombro. Pidió una hora en efectivo y quiso la cabina del fondo. —Señaló el pasillo—. La seis.

—¿Hizo algo raro?

—Escribió mucho en el móvil. Muy rápido. —Pensó—. Los ojos.

—¿Qué les pasaba?

—Eran negros y no se movían. —Lo dijo despacio—. Aquí viene mucha gente, señora inspectora, y quien usa un locutorio se mueve: se rasca, mira el reloj, pregunta cuánto falta. Ella no. Parecía una estatua con prisa.

Nacho anotaba. Valeria fue hasta la cabina seis y se asomó. Una mesa pequeña, un enchufe en la pared, una silla de plástico. En el suelo, junto a la pata de la mesa, un trozo de plástico duro, de esos de las tarjetas SIM, partido por la mitad.

—¿Tienen cámara?

—La de la puerta. —Hassan hizo una mueca—. Está rota desde julio. Se lo dije al seguro.

—Claro que sí —dijo Nacho.

Valeria se guardó el plástico en una bolsa. Salió a la calle y se quedó parada en la acera, mirando a un lado y a otro.

—Quien se esconde no coge el metro —dijo—. Camina. Y quien camina, compra algo. Agua, tabaco, lo que sea.

—Hay seis estancos entre la antena y aquí —dijo Nacho, que ya los tenía marcados en el mapa del móvil.

El segundo era el de Antón Martín. La estanquera, una mujer de pelo cardado y gafas colgadas del cuello, reconoció a la policía antes de que enseñaran la placa.

—¿Una chica morena, flaca, con un corte en la cara? —repitió—. Sí. El jueves. Me compró un paquete de diez sobres acolchados, de esos para mandar libros por internet. Le pregunté si tenía una librería y me dijo que no.

—¿Qué más dijo?

—Nada. Pagó y se fue.

Nacho levantó la vista del cuaderno.

—¿Diez sobres? ¿Para qué quiere nadie diez sobres?

—Para mandar algo —dijo Valeria.

Lo dijo despacio, como si la respuesta le pareciera pequeña para la pregunta.

Se quedaron un momento en la acera, entre el tráfico y el olor a churros de una cafetería.

Y entonces algo le rozó la memoria. Una terraza.

Un café sin tocar. Una cara que no encajaba con el pelo largo y negro que había descrito Hassan, pero con un cardenal amarillo en el pómulo.

Intentó agarrarlo. Se le escapó, como se escapa un sueño cuando entra la luz.

—¿Inspectora?

—Nada. —Se pasó la mano por la cara—. Vámonos. Quedan siete locutorios.

El móvil le vibró en el bolsillo. Ramiro. Gil me dice que sigues con lo de Iván Montero. Déjalo para Estupefacientes, cariño. Esta noche cenamos fuera.

Lo leyó dos veces. Escribió Vale y lo borró. Escribió Luego hablamos y lo envió. Guardó el móvil y echó a andar hacia la siguiente dirección de la lista.

* * *

El miércoles a las cuatro de la tarde, Marisa la esperaba en una cafetería de Aluche, junto a la boca del metro, con dos cafés con leche y un cenicero ya lleno. Se había quitado el delantal y parecía más pequeña sin él.

—No te voy a preguntar nada —dijo en cuanto Elena se sentó.

—Ya lo sé.

—Pero tengo tres cosas que decirte, y no te van a gustar.

Elena cogió el café. Hervía. Se lo bebió igual.

—La primera es lo de Arturo. —Marisa encendió un cigarro con la colilla del anterior—.

Lo otro que te dijo Iván no es solo contigo.

A mí me lo propuso hace un año. Dos veces.

Que si le ayudaba un poco, me bajaba el alquiler del cuarto de encima del bar, que es suyo.

Le dije que no. Me quitó los turnos de noche, que son los que dan propina, y me dejó los de mañana.

Aguanté seis meses. Luego no pude pagar el piso y me echaron.

—No me lo habías contado.

—Me daba vergüenza. Y tú ya tenías bastante.

—¿Hay más?

—Tres chicas más desde que estoy yo. No las conozco. Una me lo contó llorando en el baño.

Elena dejó la taza en el platillo, despacio.

—La segunda —dijo Marisa— es que Iván debía a más gente. No solo a Arturo. Al Cojo, tres mil. A uno que llaman Rober, no sé cuánto. Y luego está lo de Usera.

Elena no se movió.

—Iván iba cada viernes a un piso de Usera.

Subía con una bolsa y bajaba sin ella. Lo vi una vez, que fui con él para tomar algo en el bar de al lado.

Me dijo que era de un colega. —Aplastó el cigarro—.

Tenía miedo. Se le notaba en las manos. Al bajar no habló en veinte minutos.

El portal era el 63. Me quedé con el número porque pensé: aquí un día pasa algo.

El café de Elena tembló dentro de la taza. No era su mano. Era la mesa, porque por debajo pasaba el metro.

—¿Y la tercera?

—Que la policía va a venir a verte. Hoy o mañana. Eres su novia. Dirás lo que ya le dijimos a Arturo: Aluche, desde el jueves, con nosotras. Mi hermana te cubre. Ya se lo he dicho.

—Marisa…

—No me lo agradezcas. —Marisa cogió la cucharilla y removió un café que no pensaba beberse—. Pero mírame un momento.

Elena la miró.

—No sé qué has hecho. No quiero saberlo. Pero si algún día necesitas a alguien que te cubra la espalda, que no te dé vergüenza pedírmelo. Yo sé lo que es no tener a nadie.

Elena tardó en contestar.

—Tengo a alguien —dijo.

Marisa sonrió con los ojos mojados.

—Anda, que eres tonta.

* * *

Ramiro había reservado en un italiano de Chamberí con velas en las mesas y un camarero que le conocía por el nombre. Pidió el vino sin mirar la carta. Pidió también por ella.

—Los tagliatelle. Los que te gustan.

—Hoy me apetecía otra cosa.

—No te apetece nada desde hace semanas, cariño. —Sonrió al camarero—. Los tagliatelle.

Valeria dobló la servilleta sobre las rodillas. Se la dobló en cuatro, luego en ocho.

Él hablaba de un congreso en Valencia, de un compañero que se jubilaba, de la reforma de la cocina de su madre.

Una mano suya jugaba con el pie de la copa.

En la otra tenía el móvil, bocabajo, junto al plato.

Había un segundo móvil, negro, pequeño, que Valeria había visto aquella noche por primera vez, medio asomado en el bolsillo de la americana. No lo mencionó.

—Gil me dice que te has pasado el día en los locutorios de Lavapiés —dijo él, cortando la carne.

—Un cabo suelto del caso de Iván Montero.

—Un cabo suelto. —Mordió, masticó, tragó—. Valeria. Hay cosas en esta ciudad que es mejor no remover. Hay gente cuyo trabajo es que todo esté en su sitio. Tú y yo somos de esa gente.

—¿Eso crees?

—Lo sé. —Le puso la mano sobre la suya—. Te quiero a salvo. Es lo único que te pido.

Valeria miró la mano. Grande, cuidada, con el anillo de boda de siempre. La misma mano que había firmado el traslado de media comisaría sin que le temblara el pulso.

—¿Y quién cuida de que lo estés tú? —preguntó.

Ramiro se rio, con esa risa corta, de dueño.

—Para eso estás tú.

El móvil negro zumbó dentro de la americana. Él no lo sacó. Se limitó a cambiar de postura, y el zumbido se quedó dentro, ahogado, con su mano apoyada encima.

—Y lo de la chica de Usera —dijo, como quien se acuerda de pronto—. ¿Lo has archivado?

—Sí.

—Bien.

Se quedaron callados. En la mesa de al lado una pareja joven se reía de algo y se daba de comer con el tenedor. Valeria les miró unos segundos. Después pinchó una tira de tagliatelle, se la llevó a la boca y la masticó despacio, mirando a su marido, que miraba la pared.

* * *

El jueves por la noche, Elena abrió el chat de Arturo en el móvil de Iván.

Catorce meses de mensajes. Los fue leyendo sentada en la cama de la pensión, con la ventana entornada y la persiana del tercero B bajada otra vez al otro lado de la calle. Los leyó como se repasa una factura, de arriba abajo, sin saltarse nada.

Tenía dos partes. La primera era de negocios, y no la sorprendió.

Trescientos euros a la semana, en un sobre, para que Iván pudiera pasar bolsitas por el baño de señoras.

Esta semana ha venido la poli a mirar los baños.

Ándate con ojo. tranqui art. 300 como siempre.

Y de vez en cuando, entre una cosa y otra: Paco ha vuelto a preguntar por el género. No me hagas quedar mal con él.

Elena sacó el ticket del Mercadona y escribió el nombre al final de la lista. Paco. Le puso una raya debajo.

La segunda parte empezaba en agosto.

Art: Y lo otro, cuándo.

Iván: ya se lo digo. la convenzo

Art: Si te dice que sí te perdono los 600 de la barra. Y los 600 de agosto.

Iván: va a decir q si. siempre dice q si al final

Leyó esa última línea tres veces. Se le cerró el estómago como un puño, y después se abrió. No pasó nada más.

Lo había querido. Eso seguía siendo verdad. Y también era verdad que durante tres meses, cada vez que él le había dado un beso en la frente, había estado haciendo la cuenta.

Sacó el móvil nuevo y fotografió cada pantalla. Una por una, sin prisa, con el pulso firme. Cuando terminó, se quedó un rato mirando el techo de la pensión. Había una mancha de humedad que no se parecía a nada.

* * *

El viernes a las doce y media de la noche, Arturo contaba la caja en el cuartucho del fondo, con la puerta entornada y una lámpara de mesa que le ponía la cara amarilla. Elena llamó con dos nudillos.

—Pasa. —No levantó la cabeza—. ¿Traes mi dinero?

—Traigo otra cosa.

Cerró la puerta. Fuera, detrás de la barra, Marisa se había quedado con el móvil encendido en el bolsillo del delantal y las manos quietas sobre un trapo. Lo habían hablado a las diez, sin muchas palabras.

Elena dejó el móvil de Iván sobre la mesa, encima de los billetes, con la pantalla hacia arriba. Estaba abierto en un chat.

Arturo lo miró. Tardó en entender. Tardó más en cogerlo.

—¿Esto qué es?

—Léelo. Desde donde está la flecha.

Arturo leyó. Elena le veía mover los labios en cada frase, como un crío. A mitad de pantalla se le puso la cara del color de la lámpara. Luego dejó de moverlos.

—Esto es del muerto.

—Es tuyo. —Elena se sentó en la silla de enfrente sin que nadie se lo ofreciera—. Trescientos a la semana por dejar que pase bolsitas por el baño. Lo otro. Seiscientos de la barra y seiscientos de agosto, si digo que sí. Catorce meses.

—Eso se puede falsificar.

—Tengo fotos de todas las pantallas. En tres sitios. Ninguno es este.

Arturo se levantó de golpe y la silla chirrió.

—Dame ese móvil.

—Si te lo quedas, las fotos siguen existiendo.

Rodeó la mesa. Era más grande de lo que parecía: ancho, pesado, con manos de levantar barriles. La agarró del antebrazo, el mismo que Iván le había agarrado cien veces, y apretó.

El dolor le subió hasta el hombro. Elena lo apuntó como un dato. No se movió.

—Suéltame.

—Zorra. —Muy cerca de su cara, oliendo a anís y a tabaco—. Zorra desagradecida. Yo te di trabajo cuando nadie…

—Suéltame el brazo.

No levantó la voz. No la necesitó. Lo miró sin parpadear, con esa quietud nueva, y esperó. Contó. A los cuatro segundos, la mano de Arturo aflojó un milímetro. A los seis, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y la soltó del todo.

—Estoy grabando, Arturo.

Marisa estaba en la puerta con el móvil en alto y la cara blanca. Le temblaba la mano. No bajó el móvil.

—Desde el «dame ese móvil» —dijo.

Elena se frotó el antebrazo. Se levantó, recogió el móvil de Iván de la mesa y se lo metió en el bolsillo.

—Esto es lo que va a pasar. Los mil doscientos de Iván te los comes tú.

Eran de un muerto, y a los muertos no se les cobra.

A Marisa le pagas los seis meses de turnos de noche que le quitaste: ochocientos.

A mí me pagas esta semana y la quincena que me debes.

—Señaló la caja con la barbilla—. De ahí. Ahora.

—Estás loca.

—Y no vuelves a pedirle a ninguna chica de este bar que te trate bien.

Arturo miró el móvil de Marisa, que seguía en alto. Miró a Elena. Su cara hizo cuentas. Era un hombre que había sacado partido durante treinta años de gente que no se podía defender, y aquello le estaba saliendo mal.

Abrió la caja. Contó billetes con las manos temblando y los fue dejando sobre la mesa, uno a uno, sin mirarla.

—Ya está.

Elena los cogió y los separó en dos montones. Le dio uno a Marisa en la puerta. Marisa lo cogió sin decir nada.

—Dimito. —Se echó el delantal al hombro—. Vámonos, Marisa.

—Esto no se queda así. —Arturo había recuperado la voz—. ¿Tú te crees que eso es todo lo que sé de Iván? Sé mucho más de lo que piensas.

Elena no se volvió.

Ya en la barra, con la persiana medio bajada y Marisa buscando las llaves, oyó cómo Arturo cerraba la puerta del cuartucho de un golpe. Y enseguida, muy bajo, una voz que marcaba un número.

—Don Paco. Soy yo. Sí, Arturo, el del bar de Tirso. Perdone la hora. Tengo que hablarle de una chica.

Elena se quedó quieta, con la mano en la persiana. El corazón le dio un golpe seco. Uno solo.

—Vámonos —susurró Marisa.

Salieron a la calle.