Sombras y Cenizas (Elena Malasangre 1) Hasta la barbilla
31%

Hasta la barbilla

Lo supo desde el segundo piso, antes de que nadie le dijera nada. El olor sube por una escalera como el ruido.

Valeria Cortés llegó al cuarto sin ascensor de la calle Embajadores a las once de la mañana del martes, con la bufanda sobre la nariz y la placa en la mano. Había un agente de uniforme en el rellano, con la cara del color de la pared. La puerta del piso estaba reventada a la altura de la cerradura.

—Lo ha encontrado una patrulla —dijo el agente—. Un vecino del segundo llamó por el olor. Cerradura echada a dos vueltas. Tuvimos que entrar con el ariete.

—¿Había llaves por dentro?

—No, inspectora. Nada en la cerradura ni en el piso.

La persona que se había ido había cerrado con llave y se la había llevado. Valeria lo anotó y entró.

El piso era pequeño y estaba revuelto, pero no de un robo: de gente que vive mal.

Cortinas pegajosas, ceniceros en cada superficie, la bandeja de una pizza hecha una piedra encima del sofá.

En el salón, la forense, Carmen Lozano, arrodillada junto a un bulto cubierto con una manta de cuadros.

Cincuenta años, el pelo recogido con un lápiz, el aspecto de quien lleva demasiado tiempo oliendo lo mismo.

—Valeria. Pasa, que no se va a ir.

—¿Cuánto?

—Cinco días, seis como mucho. Con la calefacción apagada y la humedad que ha hecho, igual cinco. Murió el miércoles por la noche.

Valeria miró la manta. Subía hasta la barbilla del muerto. Los pliegues estaban metidos bajo los hombros, con cuidado, como se arropa a un crío.

—¿Eso lo has hecho tú?

—Yo no he tocado nada. Estaba así.

Lozano levantó la manta con dos dedos. Iván Montero, treinta y un años, camello según los de Estupefacientes. Los ojos verdes, abiertos a medias, apuntaban al techo. Tenía la sien izquierda hundida y una mancha oscura bajo la nuca.

—Dos golpes —dijo la forense—. El primero, en la sien, con algo pesado y de cristal. Ese. —Señaló un cenicero enorme en el suelo, con sangre y pelo en el borde—. Eso no lo mató. Lo dejó tocado. El segundo, en la nuca, contra la esquina de esa mesa. Ese sí.

El mármol de la mesa baja tenía una mancha seca en la arista.

—Se cayó —dijo Valeria.

—Eso no me toca decirlo a mí. —Lozano se quitó un guante—. Pero tiene cuatro arañazos hondos en el antebrazo derecho, de uñas. Y en el pasillo, en el parquet, hay un mechón de pelo largo y negro, arrancado de raíz. No es suyo.

Valeria salió al pasillo. En el suelo, junto a un círculo de tiza, había dos raspones paralelos en la madera, de alguien arrastrado hacia el salón. Se agachó. En un lateral, atrapado entre dos tablas, había un pelo largo. Negro.

Se quedó mirándolo.

El cajón de la entrada estaba entreabierto. Tres bolsitas rosas, intactas. En la mesa del salón, otra, vacía. No había móvil ni portátil ni cargadores, en un piso donde cada enchufe tenía su cable colgando.

—Gil está subiendo —dijo el agente desde la puerta.

El inspector de Estupefacientes entró bostezando, con una carpeta bajo el brazo y una cara que había perdido las ganas de bostezar.

—Iván Montero —dijo—. Eslabón de tercera. Su nombre aparece en el móvil del Gallego.

—¿Dónde?

—Un mensaje. El jueves a las nueve y cuarto, desde el número de Iván. Los he mirado hace una hora. —Le tendió la hoja—. viernes 23:00 nave 14 fundición. pasta lista.

Valeria lo leyó dos veces.

—El jueves por la mañana llevaba diez horas muerto.

Gil la miró. Miró a la forense, que se encogió de hombros, y al cuerpo tapado.

—Alguien escribió por él —dijo despacio.

—Alguien se llevó su móvil y su portátil. Cerró con llave. Se llevó las llaves. Y dejó la droga en el cajón. —Valeria señaló la manta—. Y lo tapó.

—Un ajuste de cuentas no tapa a nadie.

—No. —Valeria miró otra vez el pelo atrapado entre las tablas—. Un ajuste de cuentas tampoco deja un pastel entero en la bolsa. Aquí hay alguien que se ha ido sin llevarse lo que podía haberse llevado.

En el rellano, el agente de uniforme hablaba con un hombre de setenta años, en zapatillas y chaleco de punto, que no paraba de santiguarse. El vecino del segundo.

—Vivía con una chica —le dijo a Valeria cuando ella se acercó—. Callada, morena, flaca. Bajaba la escalera pegada a la pared, como pidiendo perdón. A él se le oía mucho. A ella casi nada. —Se rascó la nuca—. Hacía días que no la veía. Pensé que se había ido por fin.

—¿Cuántos días?

—Desde el jueves, por ahí.

Valeria asintió despacio. Volvió a mirar hacia el salón, hacia la manta de cuadros subida hasta la barbilla.

—¿Sabe cómo se llamaba?

—No, hija. Para qué. Nunca me saludó.

* * *

A las doce y media, Elena estaba sentada en el velador de un bar de la acera de enfrente de su casa, con un café que no se bebía, mirando hacia arriba.

No debería estar allí, y lo sabía. Había una cámara en la farmacia de la esquina y dos en el cajero. Pero había una cosa que tenía que ver, y llevaba desde el sábado sabiendo que iba a venir a verla.

La furgoneta del Instituto de Medicina Legal estaba mal aparcada, con las luces de emergencia puestas.

Un cordón de plástico cerraba el portal.

En las puertas de los demás edificios, vecinos con los brazos cruzados, como en las procesiones.

El viejo del segundo, con su chaleco de punto, santiguándose cada dos minutos.

Y en la ventana del tercero, la vecina sorda, que no se había enterado de nada y miraba a la calle con la radio puesta, buscando el motivo del alboroto.

A la una menos veinte sacaron la camilla.

Elena se levantó sin darse cuenta. Se quedó de pie, con la silla arrastrada hacia atrás, mirando una bolsa gris cerrada con una cremallera larga. Era más pequeña de lo que debía ser. Lo habían doblado para meterlo, pensó, y ese pensamiento fue lo único que le dolió.

Se volvió a sentar.

Esperó. Esperó el castigo, la vuelta del mono, un temblor, un grito.

Cualquier cosa que le dijera que había hecho algo irreparable.

No vino nada. Vino otra cosa. Un recuerdo tonto: Iván, hacía tres inviernos, sentado en el borde de la cama con una taza de caldo en cada mano, porque ella tenía gripe y él se había pasado la noche en vela.

Ese Iván había existido. No lo había inventado ella. Eso era lo peor.

Los ojos se le llenaron y se los secó con la manga. Ahí. Una sola vez. Lo apuntó como se apunta un dato.

Cuando levantó la vista, había salido una mujer del portal.

Cuarenta años largos, abrigo oscuro, la cara de alguien que no ha dormido desde un tiempo que ya no recuerda.

No se había quedado a ver la camilla. Se había quedado de pie en la acera, quieta, con las manos en los bolsillos, mirando hacia arriba, hacia las ventanas del cuarto.

Luego miró la calle. Fue pasando los ojos por cada portal, por cada ventana, por cada coche aparcado, sin prisa.

Policía.

Elena se quedó inmóvil. El café se enfriaba entre sus manos. La mirada de la mujer recorrió las mesas de la terraza, una por una, y llegó a la suya. Se detuvo medio segundo. En la cara cansada no se movió nada. Después siguió, hacia el kiosco, hacia el quiosquero, hacia el viejo del chaleco.

Medio segundo. Elena contó hasta cinco antes de respirar.

Esa mujer no se había quedado mirando el cuerpo. Se había quedado mirando todo lo demás.

Dejó dos euros bajo el platillo y se levantó despacio, sin darse prisa, y echó a andar hacia Tirso de Molina con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera. No miró atrás. Era lo único que sabía hacer bien.

* * *

Elena empujó la puerta del bar a las ocho menos cinco del martes y Marisa, que estaba sacando cañas, dejó de sacarlas.

—Hostia puta. ¿Qué te has hecho en el pelo?

—Me apetecía.

—Pareces otra. —Marisa rodeó la barra y le cogió la cara con las dos manos, y le giró el pómulo hacia la luz—. Y eso, ¿es de él?

—Déjalo, Marisa.

—Llevo seis días llamando al móvil de Iván. Apagado. Al tuyo, no existe. Me he vuelto loca. —Le soltó la cara y miró a un lado y a otro, como si el bar tuviera orejas—. Tengo que contarte una cosa. Ven.

La llevó hasta el fondo, junto a la máquina de hielo, donde el ruido tapaba las voces.

—El sábado, en el buzón de mi hermana. Un sobre de esos acolchados. Sin remite, sin nota. Cinco mil euros en billetes de cincuenta. —Se echó a reír, un poco histérica—. Mi hermana se ha pasado tres días sin dormir pensando que es de la mafia.

—Qué suerte.

—Suerte, no. Esto es un santo o un loco. —Marisa la miró de frente—. Tú no sabrás quién, ¿verdad?

Elena aguantó la mirada. Le salió sin esfuerzo, y eso era nuevo.

—Yo no.

—Vale. —Marisa tardó un segundo más de lo normal en apartar los ojos—. Pues me lo voy a gastar en un abogado. Y el resto lo guardo, por si acaso.

—Haz las dos cosas.

—Eso mismo pensaba hacer.

—Elena. —La voz de Arturo, desde la puerta del almacén—. Aquí un momento.

El almacén olía a cartón y a detergente. Arturo cerró la puerta con el talón y se apoyó en ella, con los brazos cruzados sobre la panza. Cincuenta y dos años, camisa remangada, cadena de oro al cuello. No la miró a los ojos. Le miró el pelo.

—Han encontrado a Iván.

Elena no dijo nada.

—Muerto. En vuestro piso. —Arturo se rascó la barba—. Me lo ha dicho el del kiosco de Embajadores, que vive justo enfrente y ha visto a la policía subir y bajar toda la mañana.

Elena se sentó en una caja de cerveza. Se llevó la mano a la boca. No fue una decisión. La cara hizo lo que haría la cara de cualquiera, y ella se quedó mirándola desde dentro, igual que miraba el mono: como un dato.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Se ve que llevaba días. —Arturo carraspeó—. Mira, lo siento. Yo no le tenía cariño, pero lo siento.

—Ya.

—Lo que te voy a decir es por tu bien. —Se separó de la puerta—. La poli va a venir. Eres su novia, no tienen más. Si te preguntan por mí, lo mío con Iván era cosa de dos tíos que se conocían de toda la vida. Del dinero, ni una palabra. ¿Estamos?

—Estamos.

—¿Dónde estabas el jueves y el viernes?

—En casa de una amiga.

—¿Qué amiga?

La puerta se abrió. Marisa entró con una bandeja de vasos vacíos y los dejó sobre una caja.

—La amiga soy yo, Arturo. Se vino a Aluche a casa de mi hermana. Él le había pegado, ¿te enteras? Estuvo con nosotras desde el jueves.

Arturo miró a Marisa. Miró a Elena. Parpadeó despacio.

—Ah. Pues muy bien. —Se pasó la mano por la nuca—. Os lo digo a las dos: los mil doscientos que me debía ese desgraciado no se van a la tumba con él. Hasta el viernes. Me da igual de dónde salgan.

—El viernes —dijo Elena.

—Y lo otro que hablamos, que lo tengo yo muy presente. —Le sonrió con media boca—. Te sienta bien el pelo. Pareces otra.

Elena no contestó.

Cuando salió del almacén, Marisa ya estaba detrás de la barra, sacando cañas otra vez, con las manos ocupadas y los ojos en otro sitio. Elena se puso el delantal. Se lo ató sin prisa. Al pasar a su lado, Marisa dijo muy bajito, sin mirarla:

—No me des las gracias.

—No iba a dártelas.

—Mejor.

* * *

A las once de la noche, la tercera planta de la Comisaría Central tenía el olor de siempre a café requemado y a moqueta húmeda. Valeria llevaba doce horas en pie y no se acordaba de haber comido.

Desde la ventana de su despacho se veía el garaje.

A las once y diez, el Audi negro de Ramiro salió marcha atrás y se paró un segundo bajo la farola.

En el asiento del copiloto había una silueta con una melena larga y castaña.

Luego el coche arrancó, y Valeria apartó los ojos del cristal como quien aparta la mano de una plancha.

Nacho llamó con los nudillos en el marco y entró sin esperar. Llevaba el portátil abierto contra el pecho y una bolsa de gominolas en la otra mano.

—Cena —dijo, y le ofreció la bolsa.

—Gracias.

—No son para ti. Son para mí. Era por quedar bien. —Dejó el portátil sobre la mesa—. Tengo lo del móvil de Iván Montero.

—Dime.

—Se encendió el jueves a las 9:04 de la mañana, en la zona de Antón Martín. Se apagó a las 9:41. Entre medias mandó tres mensajes: uno al Gallego y dos a un número que ya no existe. Y no volvió a encenderse. Nunca más.

—Una cabina —dijo Valeria—. Un sitio para conectarse sin ser tú.

—Un locutorio. En ese radio hay catorce. —Nacho sacó una lista de la impresora y la dejó sobre la mesa—. Los he ordenado por distancia a la antena. Mañana a primera hora los recorro.

—Voy contigo.

—Inspectora, tienes la autopsia.

—La autopsia no se va a ir. —Se frotó los ojos—. ¿Qué más?

Nacho se subió las gafas.

—He leído el parte de la forense. Y lo que me contaste del piso. El mechón de pelo, los arañazos, la manta. —Hizo una pausa—. Hay una cosa que no me cuadra.

—Dime.

—Si una persona mata a otra por accidente, o en defensa propia, o por lo que sea, lo normal es que salga corriendo. O que llame. Tú me lo has dicho muchas veces.

—Muchas.

—Pues esta le cerró los ojos. Le puso la manta bien puesta, hasta la barbilla. Cerró con llave. Y luego, desde la calle, usó su móvil para citar a dos tíos en una nave. —Nacho tragó saliva—. ¿Quién hace eso?

Valeria se quedó mirando la lista de locutorios.

—Alguien a quien le ha dolido —dijo despacio. Y se corrigió—: O alguien que ya no tenía miedo.

En su cabeza, una por una, fueron cayendo las piezas.

La silueta en el polvo del tejado. La huella del cuarenta.

El vómito junto a la arqueta. La mujer de la carpeta que volvía la cara justo bajo la cámara.

El pelo largo y negro entre las tablas de un parquet.

La manta de cuadros subida hasta la barbilla.

Una chica callada que bajaba la escalera pegada a la pared, como pidiendo perdón.

—No son dos —dijo en voz baja—. Es la misma.

—¿La que mató a Iván?

—La que vivía con él. —Valeria se levantó y cogió el abrigo del respaldo—. Busca a la chica, Nacho. Morena, flaca, callada. Ella sabe dónde está el móvil y sabe lo que pasó en esa nave. Y ya se ha cortado el pelo, o se lo va a cortar.

—¿Por qué?

—Porque es lista. —Valeria apagó la lámpara de la mesa—. Y porque hasta ahora no ha cometido ni un solo error.