Nadie se deja el pastel
Cuatro sobres, cuatro barrios, cuatro buzones. Elena los fue soltando uno a uno desde las seis y media del sábado, con los guantes de lana puestos y la capucha calada, y no se paró a pensar en ninguno.
El de Marisa fue el primero. Aluche, un bloque de ladrillo con el portal abierto de par en par y los buzones a la vista.
Cuarto A, dos apellidos y el de Marisa pegado debajo con celo.
Dobló el sobre por la mitad, con cinco mil euros dentro, y lo oyó estirarse al caer.
Sin nota. Marisa se lo preguntaría a todo el barrio y nadie sabría contestarle.
El de la asociación de familias lo dejó en una oficina de Carabanchel Alto, tras una puerta de cristal con carteles de talleres de duelo y un teléfono.
El del centro de día, por la ranura de una cancela verde.
Para el último tuvo que echar cabeza. En el grupo de vecinos de Vallecas alguien había colgado una foto del entierro, con la fachada de un portal al fondo, y una señora que se llamaba Pilar daba las gracias a todos con tres corazones.
Elena escribió Pilar con letra de molde y lo dejó detrás del felpudo, donde nadie lo vería desde la escalera.
Cuando soltó el cuarto se dio cuenta de que llevaba un rato sin apretar la mandíbula.
A las ocho entró en un bar de Carabanchel con la persiana a medio subir y pidió un café con leche y una tostada con tomate.
Cuando llegó el plato se quedó mirándolo.
Era hambre. No la de antes, la del mono, la que le arañaba por dentro.
Era hambre de comer. Se comió la tostada despacio, y luego pasó el dedo por las migas del plato.
Era lo más parecido a volver a nacer que le había pasado en años, y le dio vergüenza, y pidió otra.
La tele, colgada de una esquina con el volumen bajo, daba las noticias de la mañana. Una reportera con una chaqueta fosforescente hablaba delante de una cinta amarilla. Detrás, una hilera de naves de chapa que Elena reconoció antes de leer el rótulo de abajo. DOS MUERTOS EN UN POLÍGONO DE VALLECAS.
—Otro ajuste de cuentas —dijo el dueño, secando un vaso—. Cada semana igual. Ya nadie se mata en su casa.
—Pues sí —dijo Elena.
Sorbió el café. La taza no le temblaba.
Dos muertos. Había oído un golpe, un disparo y un motor, y nada más; no sabía quién había quedado de pie.
Ahora lo sabía a medias. Dos hombres menos, y uno que se había ido en una furgoneta con las manos vacías.
Ella no los había matado. Los había citado.
Iba a tener que decidir qué diferencia había entre una cosa y otra, y todavía no era el momento.
Pagó, dejó dos euros de propina y salió.
Volvió a la pensión andando, para estirar las piernas, y pasó por delante del número 63 de Marcelo Usera sin girar la cabeza.
Siete portales. Ladrillo visto, interfono de nueve pisos, una cámara sobre la puerta con una lucecita roja.
En el tercero B, las dos persianas estaban bajadas a las nueve de la mañana de un sábado.
Seguía llevando la libreta en el bolsillo de la sudadera. Le pesaba como si estuviera mojada.
* * *
La llamada de la Sala del 091 pilló a Valeria con el pelo mojado y un café a medias, a las seis y diez de la mañana, en una cocina de Chamberí que ya no sentía suya.
Ramiro no había dormido en casa. No había mensaje ni excusa. Hacía meses que había dejado de fingir esa parte.
Cuando llegó al polígono de Vallecas, la nave amanecía bajo un cielo de plomo, con los coches de la Científica en fila y la cinta amarilla vibrando con el viento.
Dos cadáveres tendidos junto a la farola, bajo sábanas térmicas.
El inspector de Estupefacientes que la recibió, Andrés Gil, cincuenta y pocos, bostezo permanente, le tendió la mano sin ganas.
—Cortés. Llevamos aquí desde medianoche y no sabía que Judicial madrugaba tanto.
—Me han llamado a mí. Será que sobro menos de lo que creéis.
Gil sonrió sin ofenderse y le señaló los cuerpos con la barbilla.
—Manuel Brea, el Gallego, camello de segunda con tres entradas.
Un tiro en el pecho y una barra de hierro en la mano, como si la hubiera usado hace nada.
Y ese, Samuel Ortega, veintisiete años, de los que acompañan a gente que no quiere ir sola.
La cabeza abierta de un golpe. Luego hubo un tercero, que se largó en una furgoneta.
—Señaló las marcas negras del asfalto—. Salió quemando goma.
—¿Quién era el tercero?
—Ni idea. Alguien con prisa.
Valeria se agachó junto a la sábana del Gallego y la levantó con dos dedos. Miró la cara. Miró las manos. Miró, sobre todo, la bolsa de deporte que seguía a su lado, con la cremallera abierta. Dentro, un paquete envuelto en plástico y cinta marrón, sin abrir.
—Esto está entero.
—Se asustaron.
—¿De qué? Se estaban matando entre ellos. —Se incorporó—. En un ajuste de cuentas por un pastel, nadie se deja el pastel.
—Cortés, hija, que son las ocho de la mañana. Es un ajuste de cuentas. Dos tíos que se querían quitar de en medio y uno que sale por patas. Mañana lo habremos cerrado.
—¿Quién llamó?
—Un vecino. Dice que oyó los tiros.
—No hay vecinos. Lo más cerca que hay es una gasolinera, a cuatro kilómetros. —Valeria sacó su móvil—. ¿A qué hora?
—Las 23:21. Desde un teléfono que ya está apagado.
—Pásame los datos.
—No es tu caso.
—Pásamelos.
Gil la miró, miró el cielo y volvió a bostezar. Le dio el papel.
—Como no toques nada.
Se alejó de ellos y rodeó la nave. Algo, un cosquilleo en la nuca, una sospecha sin forma, la empujó hacia la parte de atrás, hacia el callejón que daba al descampado.
Caminó despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando al suelo.
Junto a una arqueta de desagüe, en el barro, había una huella de bota pequeña.
Un cuarenta, quizá. Profunda en el talón, ligera en la punta, de quien va deprisa y a la vez con cuidado.
Y un poco más allá, en el asfalto, una mancha húmeda y reciente.
Vómito.
Valeria se quedó mirándola un rato. Fotografió la huella, la mancha y el callejón. Luego levantó la vista y siguió con los ojos una escalera de incendios que subía por la pared trasera de la nave de enfrente.
Subió. Los peldaños estaban fríos y mojados y el tejado era un rectángulo de chapa con un pretil de medio metro. Se acercó al borde que daba a la 14. Desde ahí se veía la farola, el descampado, los dos accesos de la calle. Todo.
En el polvo de la chapa, pegada al pretil, había una marca.
Tardó unos segundos en entender qué era. Un contorno. Los hombros, los codos, el hueco de una cabeza apoyada sobre algo pequeño, una mochila quizá, y las rodillas dobladas hacia un lado para no asomar. Alguien había estado tumbado aquí mucho rato. Horas.
—Hijo de puta —dijo Valeria en voz baja, sin saber a quién se lo decía.
Se quedó un momento más allí, con el viento en la cara. Después sacó el móvil y fotografió la silueta. Cuando bajó, Nacho Ferrer la esperaba al pie de la escalera, con las gafas empañadas y el portátil abierto bajo el brazo, como un estudiante que llega tarde a un examen.
—Inspectora. Perdona. Me han dicho que estabas aquí. —Tragó saliva—. He estado mirando las cámaras de la zona. Hay una que funcionaba, en la rotonda.
—¿Y?
Nacho giró la pantalla. Un fotograma nocturno, de baja resolución, de una calle de polígono. Una figura delgada, con capucha y mochila, caminando a paso firme bajo la luz de una farola.
—23:12. Mira cómo anda, inspectora. No corre. Con dos hombres muertos a sus espaldas, no corre.
Valeria se acercó. Miró aquel paso medido, aquella espalda recta, aquella manera de no volver la cabeza.
—Hay más —dijo Nacho—. Esta tarde pasa por el mismo sitio una mujer con una carpeta.
Pasó el vídeo. 17:03. Una chica con vaqueros y sudadera cruzaba la rotonda con una carpeta bajo el brazo y la cabeza gacha, andando igual que la otra. Justo al llegar bajo la cámara, volvió la cara hacia el otro lado.
—No se le ve —dijo Nacho—. Qué mala suerte.
—No es mala suerte. —Valeria no apartaba los ojos de la pantalla—. Sabía dónde estaba la cámara.
Nacho se subió las gafas.
—Entonces…
—Entonces estuvo aquí esta tarde midiendo el sitio, y esta noche tres horas tumbada encima de esa nave, mirando. —Cerró la pantalla del portátil con un dedo—. Y no es un hombre.
* * *
A las cuatro de la tarde Elena se cortó el pelo.
Lo había comprado todo en una hora, en tres tiendas de chinos y una farmacia de Usera: unas tijeras de peluquería, una caja de tinte castaño oscuro, un móvil prepago con tarjeta, dos camisetas, un abrigo.
Pagó en efectivo, con billetes de cincuenta, y el dueño de la última tienda ni la miró. En esa calle nadie miraba a nadie.
No se fiaba de la cámara de la rotonda. No sabía si funcionaba, y por eso mismo se fiaba menos.
En el lavabo de la pensión, con el pestillo echado, se sujetó la melena negra con una goma y cortó por debajo de la nuca.
Sonó como una cremallera. Le quedaron en la mano veinte centímetros de pelo que llevaba dejándose desde los dieciséis.
Los tiró al váter y tiró de la cadena. Después igualó, se dio el tinte con las manos enguantadas y se sentó a esperar en el borde de la bañera.
Abrió la libreta sobre las rodillas.
La leyó como había aprendido a leer las cuentas del bar, cuando Arturo se las dejaba sobre la barra para que las pasara a limpio: despacio, con el boli apoyado en la página, buscando dónde estaba el dinero.
Iniciales: A. , J.M. , el Cojo , T.P. , G.
Semana tras semana, la misma columna doble, lo que entraba y lo que salía.
Cantidades de tres cifras, de cuatro. Una letra y una raya al pie de cada mes.
R. — 6.000.
Todos los meses. Sin fallar uno. Ni un día de retraso, ni una cifra distinta. Quien había escrito aquella libreta cobraba, y pagaba cada mes a alguien que se llamaba R. la misma cantidad, con la puntualidad de una cuota de hipoteca.
Pasó las páginas hacia atrás. En la primera línea de cada semana había otra anotación, pequeña, constante. U 3B — 400. Cuatrocientos euros a la semana. Elena sabía lo que costaba un alquiler en Usera, y no era eso.
De vuelta en la última hoja se quedó mirando la palabra. No ponía putas ni cobros ni mercancía. Ponía chicas , con la misma naturalidad con la que otro pone pan .
Cerró la libreta. Se aclaró el tinte con el agua del lavabo hasta que dejó de salir negro. Se miró en el espejo.
Castaño oscuro, por la barbilla, con el flequillo hacia un lado. El corte del pómulo se había vuelto amarillo. Marisa no la habría reconocido a tres metros.
El móvil nuevo cargaba sobre la cisterna. La agenda estaba vacía. Elena la miró un rato, como si hubiera podido tener a alguien dentro.
Desde la ventana del cuarto, asomándose, se veía en diagonal la fachada del número 63.
Se secó el pelo con la toalla y se quedó allí, de pie, hasta que se hizo de noche.
A las diez, la persiana de la izquierda del tercero B subió veinte centímetros.
Una mano se asomó por la rendija, sujetó algo en el poyete y volvió a entrar.
La persiana bajó de nuevo.
* * *
A las doce y media de la noche del sábado, Valeria seguía sentada a la mesa de la cocina con el expediente de Usera abierto delante y dos fotos de la nave de Vallecas en el móvil. Había cenado un yogur. Había leído tres veces la misma página.
La llave giró en la cerradura a la una menos diez.
—¿Todavía despierta? —Ramiro dejó las llaves en el cuenco de la entrada, se quitó la chaqueta y la colgó con cuidado—. No hacía falta que me esperases.
—No te esperaba.
—Mejor.
Se acercó a darle un beso en la frente, de esos que se dan a un niño o a una tía abuela. Olía a tabaco, a whisky y a un perfume dulce, de chica joven, que no era el suyo ni el de ella. En el hombro de la camisa blanca había un pelo largo y castaño. Valeria lo vio. Ramiro no vio que lo veía.
—He oído lo de Vallecas —dijo él, abriendo la nevera—. Gil me ha contado. Una mierda de las de siempre.
—Una mierda de las de siempre.
—Pues eso. No te metas. —Sacó una cerveza y la abrió contra el borde de la encimera, con un golpe seco contra el mármol—. Que tienes cara de no haber dormido desde marzo.
Desde marzo. Llevaba así mucho más tiempo, pero él nunca contaba más atrás.
—Voy a ducharme —dijo.
—Anda. Y duerme.
Se encerró en el baño con el móvil en el bolsillo del albornoz.
Abrió el grifo del agua caliente, se sentó en el borde de la bañera y esperó a que el espejo se empañara.
A través de la pared oyó cómo Ramiro encendía la tele del salón, bajaba el volumen, y a los pocos minutos una risa, una sola, breve, hacia el teléfono. Una risa que no era para ella.
El móvil vibró contra su pierna.
Nacho. Las dos de la madrugada menos veinte. Contestó con el agua corriendo.
—Dime.
—Perdona la hora. —Nacho susurraba, como si hubiera alguien más en su casa—. He mirado la llamada de las 23:21 al 112. La de la nave. El que la hizo llamó desde un prepago, dado de alta hace una semana, con una tarjeta que ya no existe.
Valeria cerró el grifo. En el silencio, oyó latir el corazón en las orejas.
—Como el de Usera.
—No como el de Usera. —Nacho tragó saliva—. Inspectora, es el de al lado. Los números son consecutivos. Alguien compró dos tarjetas de golpe, hace una semana, y una la usó el jueves de madrugada y la otra anoche.
Se quedó mirando el vapor en el espejo.
Una chica de diecinueve años, tendida en el suelo de un baño, y alguien que había esperado cuarenta minutos antes de llamar. Dos hombres muertos en un polígono, con un tercero que huye y alguien que llama a la policía desde la oscuridad, veinte minutos después.
Alguien limpiaba detrás de los dos escenarios.
—Nacho —dijo—. Averigua dónde se compraron.
—Ya lo estoy mirando.
—Y no hables de esto con nadie.
—Ni con mi gato —dijo Nacho, y colgó.
Valeria se quedó sentada en el borde de la bañera. Al otro lado de la puerta, la tele murmuraba y su marido volvía a reírse.