Sombras y Cenizas (Elena Malasangre 1) Una sola noche, dos citas
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Una sola noche, dos citas

A las seis de la mañana la radio de la vecina del tercero todavía no había arrancado. Elena bajó la escalera con las zapatillas en la mano y la mochila de Iván al hombro, y no se cruzó con nadie.

Antes había hecho lo que tenía que hacer.

No pensaba contárselo a nadie, y a sí misma tampoco.

Le cerró los ojos a Iván con dos dedos y se le quedaron un poco abiertos, como si fuera a decir algo.

Le echó por encima la manta del sofá, la de cuadros, hasta la barbilla.

Hasta la barbilla, no más. Le pareció una cobardía y le pareció también lo único que podía hacer.

Pasó un trapo por lo que se acordaba de haber tocado.

Sabía que no servía de mucho. Lo que ella quería no era que nadie encontrara a Iván, sino que lo encontraran tarde.

Se cambió la camiseta manchada por una negra de él que le llegaba a medio muslo. Metió en la mochila el portátil, el cargador, las llaves y el móvil. En el cajón de la entrada había tres bolsitas más, rosas, como las de la mesa. Las miró un segundo. Cerró el cajón.

Dos vueltas de llave. Se quedó en el rellano con la mano todavía en el pomo, esperando a que le llegara algo. Pena, asco, miedo. Lo que le llegó fue la lista de cosas que tenía que hacer antes del viernes.

A las nueve menos diez compró en un estanco de Antón Martín un paquete de diez sobres acolchados, de los que usan los que venden libros por internet. La estanquera no preguntó para qué. Ella tampoco se lo preguntó.

A las nueve abrió el locutorio de la calle Tribulete. Elena eligió la cabina del fondo, pagó una hora y enchufó el móvil de Iván a la pared.

Escribir como él fue lo más fácil de la mañana.

Llevaba tres años leyendo sus mensajes por encima de su hombro, con el estómago encogido, esperando el tono: cortos, sin mayúsculas, con las mismas tres abreviaturas y un pulgar hacia arriba al final, a modo de firma.

Abrió el chat de Tío Paco y fue hacia atrás, semana a semana, hasta marzo.

Ahí estaba. nave 14 fundición. la de siempre.

Una entrega sin problemas. Cuatro mensajes de Paco y ninguna pregunta.

La de siempre. Nadie sospecha de un sitio donde ya ha estado.

Escribió:

viernes 23:00 nave 14 fundición. la de siempre. todo listo 👍

Contestó a los dos minutos.

Traigo lo acordado. No me falles esta vez, Iván. Estoy cansado de esperar.

Elena se quedó parada en esas dos palabras. Esta vez. Iván llevaba más tiempo toreando a aquel hombre de lo que ella había imaginado.

tranqui q esta vez si 👍

Al Gallego le escribió lo mismo, con otro final. viernes 23:00 nave 14 fundición. pasta lista 👍

Tardó diez minutos en contestar. Ya era hora. Voy con todo. Sin dinero no se entrega nada.

Elena leyó los dos mensajes dos veces. Luego apagó el móvil, sacó la tarjeta con la punta de una llave y la partió contra el borde de la mesa.

En la calle había parado de llover. No comía nada decente desde el domingo y seguía sin tener hambre. No sabía cuánto iba a salir de aquella nave. Sabía que no se lo iba a quedar entero. Esa idea llevaba toda la mañana con ella, sin que nadie se la hubiera pedido.

* * *

A las cinco de la tarde del viernes, el polígono de Vallecas era otro sitio.

Camiones, carretillas, un tipo en mono azul fumando junto a una persiana, olor a aceite quemado de un taller de chapa y pintura.

Elena lo cruzó con una carpeta bajo el brazo y el paso de quien lleva diez minutos de retraso.

La carpeta era de Iván. Dentro, tres folletos de pizzería que había cogido del portal. Con una carpeta y cara de cansada se podía entrar en cualquier parte.

La nave 14 era la última de una hilera, de chapa gris, con la persiana cerrada con candado y una puerta lateral sin cerradura.

Delante, una farola y un descampado de gravilla donde cabían tres coches.

Midió con los pasos: veinte desde la farola hasta la pared, cuarenta y cinco hasta la esquina del callejón.

En el poste de la rotonda, a cincuenta metros, había una cámara, una cajita blanca con un cable colgando.

No supo si funcionaba. No la miró de frente.

En la nave de enfrente encontró lo que buscaba: una escalera de incendios pegada a la pared de atrás y, arriba, un tejado plano con un pretil de medio metro.

Subió. Desde allí lo veía todo: la farola, el descampado, los dos únicos accesos de la calle.

Se quedó un minuto tumbada con la mejilla contra la chapa tibia, calculando.

—¿Buscas algo, guapa?

Abajo, el del mono azul la miraba con la colilla en la boca. Elena no se levantó. Se asomó por el pretil.

—La oficina. Me han dicho que era por aquí.

—Aquí no hay oficinas. Esto son todo naves.

—Ya lo veo. —Sonrió—. Me mandan a la gestoría de la 22. ¿Es esa?

—La 22 es la de al lado, pero la gestoría cerró en marzo.

—Joder. Qué gente. —Se rio, y casi le salió natural—. Gracias, majo.

Bajó con la carpeta bajo el brazo y el pulso a ciento treinta. Había mentido bien. Hacía un mes ni se habría atrevido a mirarle a los ojos. Se le quedó grabada la cara de él, la colilla, el mono azul con el nombre de un taller en la espalda. Esperó que a él no se le hubiera grabado la suya.

* * *

Veintidós treinta de un viernes de octubre, y Elena llevaba más de tres horas tumbada en el tejado de una nave de chapa, con el frío del metal metido entre las costillas y una mochila vacía bajo la barbilla.

Había vuelto en el 1 hasta Portazgo y el resto andando, con la capucha puesta y las manos en los bolsillos, entre persianas bajadas y farolas rotas.

El polígono de Vallecas de noche era un cementerio con rotondas.

Un perro ladraba detrás de una valla, siempre el mismo, siempre igual de cabreado.

Había subido a las siete, con la luz que quedaba, por la misma escalera de incendios. De noche no se habría atrevido.

Desde allí veía la puerta lateral, el hueco de la persiana, la farola donde Iván hacía las entregas y los dos únicos accesos de la calle. Lo tenía todo medido. Lo que no tenía medido era a ella.

Tenía miedo. No el de siempre, el que le encogía el estómago y le hacía pedir perdón a todo el mundo. Era otro, que le afilaba el oído y le ordenaba la respiración. Si salía mal acabaría en una zanja de aquel polígono, y lo sabía, y estaba tranquila. Eso la inquietaba más que el miedo.

A las once menos diez entró una furgoneta gris con los faros apagados.

Se paró junto a la farola. Se bajaron dos hombres: uno mayor, con chaqueta de cuero y paso lento, Tío Paco, y otro joven, con la mano dentro del bolsillo apretando algo duro.

Un tercero se quedó al volante, con el motor en marcha y la ventanilla bajada. Encendió un cigarro.

Elena empezó a contar. A los cuarenta segundos el conductor giró la cabeza para soltar el humo por la ventanilla, y mientras lo hacía dejó de mirar el retrovisor. A los tres minutos, otra vez. Y otra. Cuatro segundos cada calada, más o menos. Los guardó.

A las once menos cinco llegó un coche oscuro por el otro lado. Bajó un hombre bajo y nervioso, con una bolsa de deporte al hombro y una barra de hierro corta, de las de forzar persianas, asomándole por la cinturilla. Miraba a todas partes menos al frente. El Gallego. Venía solo.

Se encontraron en el círculo de luz, a veinte metros de la nave. El viento se llevaba los finales de las frases, pero lo que llegaba bastaba.

—¿Dónde está Iván? —Paco, sin levantar la voz.

—Eso iba a preguntarte yo. Me dijo que traías tú el dinero.

—Me dijo que traías tú la mercancía.

Silencio. Elena vio el momento exacto en que los dos lo entendieron. No fue una frase, fue una postura: los hombros del Gallego se le subieron hasta las orejas y el escolta metió la mano más adentro de la chaqueta.

—Nos ha jodido a los dos —dijo Paco, despacio—. El hijo de puta nos ha citado a los dos.

—Yo no sabía nada. Te lo juro por mi madre.

—Calla.

—Yo ya he perdido —dijo el Gallego, y la voz se le quebró—. Llevo semanas guardando esta partida para ese hijo de puta. Venía a cobrar. Lo mío es lo único que sigue en pie.

—Tu partida. —Paco sonrió sin ganas—. Yo he venido con cuarenta mil euros a comprarla. Si Iván no está, me la vendes tú. A mi precio.

—No es tuya. Iba para Iván, y Iván me debe lo mío.

—Estás aquí, ¿no? Con tu bolsa. Dámela y hablamos.

El escolta dio medio paso al frente. El Gallego miró la mano hundida en la chaqueta, miró a Paco, y Elena vio cómo algo se cerraba dentro de aquel hombre.

—Antes la tiro al río que dártela.

—Eso se puede arreglar —dijo el escolta.

Elena se echó hacia atrás sin hacer ruido. Su plan no necesitaba ver cómo acababa aquello. Necesitaba justo lo contrario.

Bajó por la escalera de incendios, rodeó la nave por el lado ciego y salió por detrás de la furgoneta. El conductor miraba hacia la discusión con medio cuerpo fuera de la ventanilla y el cigarro entre los dedos. El portón del maletero estaba sin cerrar del todo.

Se agachó detrás del parachoques, a un metro de su espalda. Las voces de la farola subían. Elena contó.

El conductor se llevó el cigarro a la boca, tragó y giró la cabeza hacia la ventanilla para soltar el humo.

Uno. Abrió el portón. Un maletín metálico y una bolsa de tela.

Dos. Cogió el maletín. Pesaba menos de lo que esperaba.

Tres. Cerró el portón con el codo hasta que encajó sin ruido.

Cuatro. Ya estaba entre las dos naves cuando el conductor volvió a mirar el retrovisor.

Metió el maletín en la mochila sin parar de andar. Detrás de ella, en la farola, alguien levantó la voz, y después otro. Se oyó un golpe seco, metálico, y un grito que no era de rabia sino de sorpresa. Elena no se dio la vuelta.

El disparo sonó cuando llegaba al final del callejón. Uno solo, seco, de pistola. Se obligó a no correr. Siguió andando, contando pasos, con la mochila apretada contra el pecho. Detrás arrancó un motor y chilló un neumático.

Dobló la esquina y se apoyó en la pared, junto a una arqueta de desagüe, con el barro hasta el tobillo. Vomitó. Café frío y bilis, arcada tras arcada, hasta que no le quedó nada. Las rodillas le temblaban. Esta vez sí.

Cuando se enderezó se limpió la boca con la manga y comprobó la mochila. Seguía ahí. Del polígono ya no llegaba ningún ruido.

Se subió la capucha y echó a andar hacia el metro.

* * *

La pensión estaba en la calle Marcelo Usera, en un cuarto sin ascensor, y la dueña no pidió el carné. Cuarenta euros la noche, en mano. La cama olía a lejía y la bombilla del techo parpadeaba.

Elena echó el pestillo, vació la mochila sobre la colcha y abrió el maletín.

Billetes. Fajos de cincuenta y de veinte, apretados con gomas, con ese olor agrio y dulce del dinero que ha pasado por muchas manos. Los contó dos veces, sin prisa, con las yemas de los dedos. Cuarenta mil euros. Justos.

Se sentó en el borde de la cama con los fajos alrededor y se quedó mirando la pared.

No sintió alegría. Sintió algo parecido a un mareo de contable: era más dinero del que había visto junto en toda su vida, el sueldo de dos años de una camarera, la entrada de un piso, seis meses en una clínica buena. Y no era suyo.

Pensó en Marisa, que dormía en el sofá de su hermana desde que la habían echado del piso.

Pensó en el centro de día de Carabanchel, donde una vez, antes de Iván, había pedido ayuda y le habían dicho que había lista de espera de ocho meses.

Pensó en el chico del bajo de Embajadores, el de dieciséis años y los ojos hundidos, al que había visto salir del portal con la misma cara que ella llevaba hacía un mes.

Separó diez mil. Para ella: alquiler, ropa, un móvil, una cama que no oliera a lejía. Apartó otros diez para lo que viniera. Los veinte mil restantes los fue metiendo en los sobres acolchados, de cinco en cinco, con unos guantes de lana que había comprado en una tienda de chinos.

Cuatro sobres. Cuatro nombres. Marisa. La asociación de familias de Carabanchel. El centro de día. Una madre de Vallecas cuyo hijo había muerto de sobredosis hacía un año y que llevaba meses pidiendo ayuda en un grupo de vecinos de Facebook para pagar el entierro que todavía debía.

Se sabía de memoria la dirección de la hermana de Marisa. Había ido una vez a llevarle una bolsa de ropa.

Vació el maletín para meter dentro el resto del dinero y, al pasar la mano por la tapa, notó un bulto. Un bolsillo de goma, cosido por dentro, que no se veía a menos que lo buscaras. Dentro, una libreta negra del tamaño de una mano.

Páginas y páginas de iniciales y cifras, escritas a boli, en columnas.

Fechas semanales. Cantidades de dos, tres, cuatro cifras.

No entendió casi nada. Hasta que llegó a la última hoja, donde alguien había escrito con más cuidado que en el resto una dirección: calle Marcelo Usera, un número, tercero B.

Debajo, una cantidad. Y al lado, en letra pequeña, una sola palabra.

Chicas.

Elena la leyó tres veces. Era la calle de la pensión. A siete portales.

Sacó del bolsillo el ticket del Mercadona, el que tenía los nombres de Iván por detrás, y copió la dirección debajo.