Sombras y Cenizas (Elena Malasangre 1)
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No le temblaban las manos
Cuatro pisos sin ascensor y el portero automático roto desde junio. Elena subió pegada a la pared, escuchando. En el segundo, un concurso de la tele a todo volumen. En el tercero, la radio de la vecina sorda. En el cuarto, nada, y eso era peor.
Tenía trescientos euros doblados en el bolsillo del vaquero y el labio partido desde el domingo. Dos días de turno en el bar de Tirso, propinas incluidas. Con eso compraba una noche tranquila. Con suerte, dos.
Le temblaban las llaves. El mono llevaba rato mordiéndole, un hormigueo agrio detrás de los dientes que no se iba ni con el tabaco. Joder. Qué asco de cuerpo.
Abrió.
—Llegas tarde.
Iván ni levantó la cabeza. Tenía la cara metida en el móvil y el salón olía a cerrado y a esa dulzura de tusi que se queda pegada a las cortinas. En la mesa, una bolsita vacía, una tarjeta y unos restos rosados. Otra fiesta sin ella.
—He cerrado yo. Te lo dije.
—Me dijiste un montón de cosas.
Elena dejó las llaves en el cuenco, despacio. En esa casa cualquier ruido era una pregunta, y Iván siempre llevaba la respuesta preparada en las manos.
—Traigo la pasta. Trescientos. Y mañana cobro ciento cincuenta más.
—Trescientos. —Iván levantó por fin los ojos. Verdes, claros, con las pupilas dilatadas hasta el borde. Hacía tres años le habían parecido lo más limpio que había visto en su vida—. ¿Y lo otro?
—¿Qué otro?
—No me hagas hablar, Elena.
Lo otro era Arturo, el dueño del bar, que le miraba el escote cada vez que se agachaba a por una caja y a quien Iván debía mil doscientos euros desde agosto.
Iván tenía una idea muy clara de cómo saldar esa deuda.
Se la había soltado el viernes, en la cama, con la misma voz con la que le pedía que le acercara el agua.
—No.
Salió pequeña, la palabra. Cayó entre los dos como un vaso.
Iván dejó el móvil sobre el cojín. Con cuidado, casi con cariño. Se puso de pie.
—Repite eso.
—Que no voy a ir a ningún sitio con Arturo ni a «tratarle bien» ni a nada. Si le debes pasta, se la pagas tú.
—¿Que se la pague yo? —Se rio, y a Elena se le encogió el estómago, porque esa risa siempre iba delante de los golpes—. ¿Con qué, lista? ¿Con lo que sacas de camarera? Anda, ven aquí, que no pasa nada.
Dio un paso hacia ella. Ella dio uno hacia atrás y se encontró con la pared del pasillo.
* * *
El primer golpe no lo vio venir. Nunca lo veía venir; esa era su gracia. Una mano abierta contra la oreja y el pasillo se le torció hacia un lado, con un pitido metido en la cabeza.
El segundo la tiró al suelo.
—¿Que no? ¿Me dices que no a mí?
Una patada en las costillas. El aire se le fue entero y no volvió.
Se encogió sobre el parquet con los brazos sobre la cabeza, igual que otras veces, y se puso a hacer lo que sabía hacer: irse.
Contar las baldosas del recibidor. Mirar la mancha de humedad del techo y decidir qué forma tenía. Un perro. Un mapa. Daba igual.
Pero esa noche el mono estaba despierto, y el mono no se va a ningún sitio. Se quedó dentro de ella, pegado a cada golpe, y le habló muy claro: si te quedas aquí, esta vez te mata. O la próxima. Pero te mata.
Iván la agarró del pelo y la arrastró pasillo adelante hasta el salón. Le gritaba cosas pegadas a la oreja buena, «zorra», «desagradecida», «con lo que he hecho yo por ti». Elena pataleó y le clavó las uñas en el antebrazo hasta notar que la piel se abría y la sangre le calentaba los dedos.
Eso lo puso peor.
La levantó por el cuello. Los pies le dejaron de tocar el suelo, solo un momento, lo justo para ver puntos blancos y notar un sabor a monedas en la boca. Los ojos verdes de Iván, a diez centímetros, vacíos. Seguían siendo bonitos. Eso fue lo que más rabia le dio después.
Su mano izquierda buscó a ciegas y se cerró sobre lo primero que encontró en la mesa. Pesado, frío, de cristal grueso. El cenicero de la abuela de Iván, el que no dejaba tocar a nadie, lleno de colillas.
No lo eligió. Eso se lo repetiría durante semanas, hasta que dejó de repetírselo. No lo eligió, le vino a la mano.
Le dio en la sien con todo lo que le quedaba.
Sonó poco. Un golpe seco, casi doméstico, de partir una nuez.
Iván la soltó. Elena cayó de rodillas, tosiendo, y cuando levantó la vista él seguía de pie, tambaleándose, con una mano en la cabeza. Se miró los dedos. La miró a ella. Tenía cara de crío al que le han quitado un juguete. ¿Por qué has hecho eso?
Dio un paso atrás y cayó sin poner las manos.
Después, nada. La lluvia contra la ventana. El goteo de la cisterna del baño. El pitido que se le iba apagando en el oído.
Elena esperó. Un minuto, dos. Se arrastró hasta él y le puso dos dedos en el cuello, como había visto hacer en las series. Nada. Probó en la muñeca. Nada. Le acercó la cara a la boca y no sintió aire.
—Iván. —Le salió una voz que no reconoció—. Iván, hostia.
Se sentó en el suelo junto a él, con la espalda contra el sofá y la sangre de los dos en las manos. Le dolía todo. Ni siquiera lloraba. Tardó unos minutos en darse cuenta de otra cosa.
No le temblaban las manos.
Se las miró. Estaban quietas. El hormigueo de detrás de los dientes, el sudor frío en la espalda, todo lo que llevaba pegado desde media tarde: nada. No se había ido poco a poco. Se había ido de golpe, como si alguien hubiera salido de la habitación y cerrado la puerta.
* * *
Lo primero que pensó fue que tenía que llamar a alguien. Lo segundo, que no iba a llamar a nadie.
Podía hacerlo bien. Lo vio entero, con una frialdad que no era suya: una chica con el labio abierto y las marcas de unos dedos en el cuello, defensa propia, una ambulancia, una jueza que la creyera.
Pero conocía esa película. Había visto a Marisa, la del bar, declarar con tres costillas rotas y salir del juzgado con una orden de alejamiento que su ex se pasó por el forro a las dos semanas.
Había visto cómo miraba la gente a una tía con pupilas de yonqui y una denuncia por posesión de hace dos años.
Esa tía era ella. Cuando la policía entrara en aquel piso encontraría un muerto, una adicta y bolsitas hasta en el cajón de los calcetines. No encontraría a una víctima.
Se levantó despacio. Las costillas le dolían y no discutió con ellas. Fue al baño, abrió el grifo y se lavó las manos con agua fría y jabón, veinte segundos contados, como le había enseñado su padre cuando era pequeña. Luego se miró en el espejo.
Un corte en el pómulo, de la alfombra o de un anillo de Iván. El labio roto. Cuatro marcas rojas en el cuello. Todo eso ya lo conocía. Lo que no conocía eran los ojos. Negros, como siempre. Cansados, como siempre. Pero quietos. Hacía años que no se los veía quietos.
Estás jodida, pensó. Deberías estar arrancándote la piel.
Y sí, el cuerpo seguía ahí: calambres en las pantorrillas, el estómago encogido, sudor frío en la espalda. Lo notaba como se oye el tráfico desde un sexto, sin que molestara de verdad. Lo apuntó como un dato más. Eso la asustó más que el muerto del salón.
Esperó diez minutos con las manos apoyadas en el lavabo.
El mono no volvió. Lo que llegó fue otra cosa: ideas, una detrás de otra, ordenadas, como fichas puestas en una mesa.
La cámara del portal, rota desde junio. La vecina del tercero, sorda como una tapia.
La lluvia, que vaciaba la calle. Las once y diez de un miércoles. El móvil de Iván.
Volvió al salón sin mirar al suelo más de lo necesario. Cogió el móvil del cojín, todavía tibio, y lo desbloqueó con el pulgar de él. No le dio asco. Lo hizo igual que habría recogido un plato sucio.
Una aplicación cifrada y 2.340 mensajes.
Nombres en clave, cantidades, fechas, sitios.
Quién compraba, quién vendía, quién debía.
Iván nunca había sido el camello de barrio que ella creía.
Era un eslabón. Uno pequeño y gilipollas, pero eslabón, de una cadena que subía piso a piso hasta sitios con moqueta.
Leyó cuarenta minutos sin levantar la vista.
Las piernas le temblaban a ratos. La cabeza, no.
Iba sola, enlazando nombres, horas, cifras.
En el chat más reciente, un tal Tío Paco le recordaba a Iván una cita el viernes a las once de la noche, lugar por confirmar: cuarenta mil euros en billetes de cincuenta por una partida que Iván todavía no tenía en las manos.
La guardaba otro, el Gallego, que esperaba cobrar ese mismo día.
Iván le había prometido al Gallego pagarle con el dinero de Paco.
Y a Paco le había prometido la partida del Gallego.
Una sola noche, dos citas, y nadie con nada en la mano.
Elena se quedó mirando la pantalla. Iván pensaba desaparecer el jueves con el dinero de uno y la deuda del otro. Los dos iban a querer matarle.
Se le escapó una sonrisa corta, sin gracia.
Miró el cuerpo. Los ojos verdes seguían abiertos, apuntando al techo.
—Gracias por la lista.
Cogió un boli del mueble del salón, arrancó el reverso de un ticket del Mercadona y empezó a copiar nombres.
* * *
A las ocho y media de la mañana el café de la máquina ya estaba frío y Valeria Cortés llevaba una hora mirando la misma foto.
Una chica de diecinueve años, boca arriba en el suelo de un baño de Usera, con los ojos entreabiertos y la camiseta subida hasta las costillas.
Jeringuilla al lado, goma en el brazo. Sobredosis, decía el parte, y la foto lo gritaba tanto que daba grima.
Pero Valeria llevaba catorce años mirando muertos, y este tenía un problema: los cardenales de las muñecas no eran de alguien que se ata un brazo. Eran de dos manos. Grandes.
—Cortés.
No levantó la cabeza. Lo supo por la colonia, esa carísima que a su marido le duraba hasta las seis de la tarde.
—Dime, Ramiro.
El comisario jefe Ramiro Salas se apoyó en el marco de la puerta. Camisa abierta un botón de más, sonrisa de dueño de la planta, nueve años de casados y cuatro mandando sobre ella. Un hombre guapo, de los que envejecen bien porque nadie les ha dicho nunca que no.
—El caso de Usera. Archívalo.
—Tiene marcas de sujeción en las dos muñecas.
—Tiene un colocón de los de verdad. —Sonrió con esa paciencia que se gasta con los niños—. Cariño, llevas semanas sin dormir. Se te nota. Es una sobredosis, una más, y Estupefacientes ya lo tiene. No quieren que nos metamos.
Cariño. Delante de Moreno y de Salcedo, que de pronto tecleaban como si les pagaran por pulsación. Valeria no contestó. Había aprendido en aquel edificio que su silencio incomodaba más que sus gritos.
—Valeria. —Bajó la voz—. Déjalo.
Se fue. En el pasillo se cruzó con la agente en prácticas Noelia Prieto, veintidós años, uniforme azul impecable y un pantalón que le marcaba cada paso, un tipazo de los que giran cabezas en toda la planta, y le sostuvo la mirada medio segundo más de lo que debería un hombre casado.
Valeria lo vio desde la silla. Lo había visto siempre.
Ahora lo veía sin que le doliera, y eso era nuevo y era peor.
Un golpecito tímido en el marco. Un chico flaco, con gafas de pasta y una sudadera de videojuego debajo de la americana reglamentaria, asomó la cabeza como quien entra en una iglesia.
—Inspectora.
Nacho Ferrer, el Celebrito para toda la planta, con una sorna que él fingía no oír. Agente del grupo de informática, veintiséis años, el único del edificio que le traía el café sin que ella lo pidiera.
—Dime que has dormido.
—Más o menos. —Cerró la puerta con el talón y dejó el portátil en la mesa—. Lo de Usera. Me pediste los metadatos de las fotos. Mira.
En la pantalla, la foto del baño y al lado una columna de datos.
—La hicieron a las tres y diez. La llamada al 112 entró a las cuatro menos veinte. Alguien estuvo cuarenta minutos con ella antes de avisar.
Valeria lo miró sin decir nada.
—Y el teléfono desde el que llamaron —siguió Nacho, bajando todavía más la voz— es un prepago dado de alta hace una semana, con una tarjeta que ya no existe.
—¿Quién más ha visto esto?
—Nadie. Lo he sacado yo.
—Que siga así.
—Entendido, inspectora. Pero el comisario ha dicho que…
—Ya sé lo que ha dicho.
Nacho asintió despacio.
Sellar el archivo le llevó dos minutos. Hacer una copia en el móvil, cuarenta segundos.