Sombras En La Colina Capítulo 22 El legado de la Rosa y la Cruz (Desenlace)
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Capítulo 22 El legado de la Rosa y la Cruz (Desenlace)

El primer sol de enero de 1800 despuntó sobre los tejados de Londres con una pureza diamantina que la capital no recordaba en décadas.

La nevada que había caído durante las últimas horas de la Nochevieja cubría los adoquines de Bloomsbury con un manto blanco y silencioso, borrando el hollín de las chimeneas y amortiguando el traqueteo de los primeros carruajes del nuevo siglo.

En los quioscos de Fleet Street, los muchachos voceaban las ediciones extraordinarias de The Morning Chronicle y The Times: la gaceta oficial informaba sobre una espectacular redada de los magistrados de Bow Street en Mayfair y Whitehall que había desarticulado una red clandestina de traición

jacobina, acompañada por la repentina disolución de ciertas sociedades financieras de Lombard Street y el exilio apresurado de varios pares del reino por delitos de alta traición.

El mundo mortal aceptaba con alivio la explicación política; los ciegos continuaban durmiendo en paz bajo la custodia invisible de la luz.

En el comedor de Russell Square, el ambiente familiar había experimentado una transformación tan profunda como milagrosa.

Lord Thomas Ravenswood, con un vendaje limpio en la muñeca y sentado en un sillón de orejas frente a una chimenea crepitante, tomaba su té con una serenidad que Isabella jamás le había visto.

El elixir de adormidera blanca y plata coloidal que Julián le había administrado en las ruinas de St. Jude había borrado para siempre las garras, los ojos rojos y las cenizas de la cripta:

en su memoria solo quedaba el vago recuerdo de una emboscada de forajidos franceses en los muelles y la intervención heroica de un criado silencioso que lo había devuelto a casa.

Las deudas de la hacienda estaban extinguidas, los pagarés destruidos y las rentas de Derbyshire aseguraban una vejez colmada de comodidades.

A su lado, Lady Eleanor supervisaba el equipaje de regreso con una calma desprovista de su habitual histeria cortesana.

—Londres es una ciudad fascinante, Thomas, pero confieso que el aire de Derbyshire me parece ahora infinitamente más saludable —decía la madre, doblando un chal de cachemira—.

El campo tiene una dignidad que estos salones llenos de intrigas jamás podrán igualar.

Volveremos la próxima semana, en cuanto pase el deshielo de los caminos.

Isabella contemplaba la escena desde el quicio de la puerta, vestida con su traje de paseo de lana gris peinada y botas altas de cordones.

A sus pies, sentado en silencio con las orejas en alerta, Argos la miraba con sus ojos pardos llenos de una inteligencia leal y milenaria.

Isabella acarició la cabeza de su perro y luego posó sus ojos avellana sobre sus padres.

Sentía por ellos un cariño limpio, agradecido y sereno; pero en el fondo de su ser comprendía que el lazo que la ataba a aquella vida doméstica se había roto para siempre.

No había en ella desprecio hacia las pequeñas vanidades de la comarca; había, sencillamente, la certeza insalvable de quien ha contemplado el océano y ya no puede volver a saciar su sed en el agua estancada de un pozo de aldea.

En su alcoba del piso superior, sobre el escritorio de caoba, Isabella había dejado una carta sellada con cera virgen dirigida a Lord Thomas y Lady Eleanor.

Una carta escrita con palabras de una ternura exquisita, en la que les aseguraba su bienestar absoluto, les transfería la titularidad total de las tierras saneadas de Derbyshire y les explicaba que había aceptado una propuesta de viaje y estudio por las cortes y academias del continente bajo la

tutela de un protector noble y respetado.

Una partida voluntaria, libre de reproches, que garantizaba la paz de espíritu de sus padres y cerraba con honor el ciclo de los Ravenswood en la historia mortal de la parroquia.

Isabella no llevaba baúles de vestidos de gala ni cajas de sombreros.

Solo transportaba una cartera de cuero con sus partituras más preciadas —entre ellas la Passacaglia y las variaciones de Albinoni—, una libreta de notas en blanco y la daga toledana templada en aceite solar asegurada bajo la manga de su abrigo.

En su pecho, latiendo con un pulso tibio contra su piel, descansaba el relicario de plata de la Rosa y la Cruz.

Al descender las escalinatas de la residencia hacia la nieve de la plaza, un carruaje de viaje cerrado, pintado en un sobrio tono azul marino oscuro con dos percherones zainos enganchados a los tiros, aguardaba junto a la verja.

Junto a la portezuela, recortado contra el cielo gélido de Bloomsbury, se erguía la figura monumental de Nicholas.

El gigante vestía una librea de viaje impecable de paño oscuro con botones de plata lisa.

Al ver aproximarse a la joven, Nick se quitó el sombrero de copa plana con un ademán marcial y solemne de su brazo gigantesco, inclinando su metro noventa de estatura en una reverencia que contenía el respeto de un ejército entero.

—Buenos días, señorita Isabella —dijo con su voz cavernosa y templada—. El carruaje está acondicionado para el viaje hacia la costa. Y tenemos un pasajero que no aceptaba quedarse atrás.

Nick silbó suavemente y señaló el estribo. Argos soltó un ladrido alegre, sacudió el lomo cobrizo y subió de un salto ágil al interior del carruaje, acomodándose sobre una gruesa manta de lana colocada expresamente para él en el suelo del habitáculo.

Isabella sonrió con los ojos brillantes, rozando el brazo de piedra del criado:

—Gracias por pensar en él, Nicholas.

—Un filósofo con cuatro patas siempre es una compañía indispensable para los caminos largos, señorita —respondió el coloso con una levísima curvatura de sus labios de granito, antes de abrirle la portezuela con delicadeza absoluta.

Isabella subió a bordo, Nicholas cerró con un golpe seco que selló la cabina y el carruaje se puso en marcha hacia el sur, dejando atrás las torres de Londres y cruzando los condados de Surrey y Kent hacia el confín del mar.

Tres días más tarde, el paisaje de Inglaterra se quebraba en los acantilados de creta blanca de Dover.

El Canal de la Mancha se extendía hacia el horizonte como una llanura de agua azul oscuro, salpicada por crestas de espuma blanca bajo un viento del norte limpio y cortante que olía a salitre puro, algas marinas y libertad sin límites.

En una cala abrigada bajo los farallones de tiza, amarrada a un muelle privado de madera de roble negro, descansaba una fragata de tres palos de líneas afiladas y porte grácil: La Rosa de Alejandría.

Sus gavias estaban aferradas a las vergas, su casco relucía con pintura fresca y en lo alto del palo mayor ondeaba un gallardete azul con una cruz blanca paté.

En la terraza empedrada de una antigua casa de vigía situada sobre el promontorio, dominando el abismo del mar, aguardaba Julián Romero.

El caballero español vestía una levita de viaje de paño negro con cuello de terciopelo, botas altas de montar lustradas y una capa corta española con vueltas carmesíes que ondeaba suavemente con la brisa marina.

No se apoyaba en su bastón de ébano; permanecía erguido al borde de la balaustrada de piedra, con las manos cruzadas a la espalda, contemplando las aguas que separaban las islas británicas del continente europeo.

A escasos pasos de él, bajo el porche techado de la casa de vigía, descansaba el gran fortepiano Cristofori de 1720, perfectamente embalado y protegido por lonas enceradas, listo para ser izado a la bodega de la fragata en cuanto se diera la orden de zarpar.

Cuando el carruaje de viaje se detuvo al pie del sendero y las faldas grises de Isabella aparecieron entre los matorrales de brezo del acantilado, Julián se volvió despacio.

Bajo la luz cruda y brillante del mediodía invernal, su rostro de alabastro resplandecía con una pureza sobrecogedora.

Sus facciones rectas y afiladas, desprovistas de cualquier rastro de la fatiga del siglo anterior, se iluminaron con una sonrisa tan diáfana, tan llena de una devoción limpia y profunda, que Isabella sintió que el frío del océano se convertía en un verano repentino en su pecho.

Argos corrió hacia él por la hierba salobre; Julián se agachó de inmediato, rodeando el cuello del setter con ambos brazos y dejándose lamer la mejilla con esa risa baja y cristalina que siempre desarmaba su gravedad señorial.

—Hola, viejo amigo… —murmuró Romero al animal antes de ponerse en pie y clavar sus ojos oscuros en Isabella.

La joven caminó hacia él con paso firme, deteniéndose a dos palmos de distancia. El viento del canal le azotaba los rizos castaños alrededor del cuello, pero su mirada avellana sostenía la del noble con una entereza inquebrantable.

—Llegó puntual a la cita con el mar, señorita Ravenswood —dijo Julián con voz suave y melodiosa, inclinando la cabeza con una cortesía que parecía aprendida en las cortes más nobles de la historia—.

Debo confesar que Nicholas y yo apostamos tres doblones de oro en la posada de Rochester: él juraba que usted no vacilaría un segundo en cruzar el peaje; yo temía que la paz recuperada de Derbyshire resultara un refugio demasiado dulce para abandonarlo.

Isabella enarcó una ceja con esa chispa de ironía inteligente que tanto fascinaba al Inmortal:

—Nicholas conoce a los Ravenswood bastante mejor que usted, don Julián.

Mi padre se ha quedado muy satisfecho administrando sus fanegas de trigo y mi madre pasará la primavera encargando encajes para las hijas del vicario.

Los dejé en paz, a salvo de las sombras y con las deudas pagadas.

Pero mi lugar jamás estuvo en el salón de té de una parroquia que teme a las notas menores.

Julián dejó de sonreír. Su semblante adoptó una gravedad hermosa, solemne y transparente, despojada de cualquier disfraz aristocrático. Tomó suavemente la mano enguantada de Isabella entre las suyas, sintiendo el calor vivo y desafiante de sus dedos.

—Isabella… ha llegado el momento en que debo hablarle con la verdad más absoluta de mi alma —dijo Romero en un susurro que el rumor de las olas parecía acallar con reverencia—.

La batalla de Londres ha concluido. El Cónclave ha sido destruido en este reino y el nuevo siglo ha comenzado con sus instituciones a salvo.