Capítulo 22 El legado de la Rosa y la Cruz (Desenlace) #2
Mi deber hacia esta isla ha terminado. Pero aquí, en el borde de este acantilado, termina también cualquier exigencia del destino sobre sus pasos.
Julián señaló con su mano libre hacia el camino interior que regresaba hacia los valles verdes de Inglaterra:
—Si decide dar media vuelta, tiene ante sí una vida de honor, de riqueza y de tranquilidad absoluta.
Puede regresar a Derbyshire o a cualquier capital del mundo; puede casarse con un hombre honorable de su tiempo, tener hijos que lleven su sangre y envejecer con la gracia natural que Dios concedió a los mortales.
Nadie volverá a amenazar su paz. Su secreto morirá conmigo y con Nicholas, y yo bendeciré cada día de mi existencia sabiendo que usted respira en este mundo.
Luego, Julián se volvió hacia la fragata que cabeceaba suavemente en la cala, donde las velas comenzaban a desplegarse:
—Pero si decide cruzar esa pasarela… si decide poner su mano en la mía y subir a ese navío, debe saber lo que le aguarda.
La senda de la Rosa y la Cruz no conoce el descanso ni las vanidades terrenales.
Renunciará para siempre a los monumentos, a la gloria de los salones y a la aprobación de la multitud.
Aprenderá los secretos supremos de la Alquimia; contemplará el nacimiento y la caída de imperios enteros; verá a las generaciones de mortales nacer, amar y disolverse en el polvo del tiempo mientras nosotros permanecemos en pie custodiando la luz de la verdad en medio de la barbarie humana.
Beberá del cáliz de la eternidad… pero cargará con el peso del conocimiento sobre sus hombros.
Julián calló. Sus ojos oscuros, dos abismos de cuatrocientos años de memoria limpia, se clavaron en los de Isabella con una súplica desarmada, una entrega absoluta que dejaba la llave de su universo entero en las manos de la joven.
—La elección es suya, Isabella. Solo suya.
Isabella contempló el horizonte del mar.
Vio las gaviotas trazando círculos blancos contra el cielo azul gélido; vio el velamen inflado de la fragata que esperaba sus pasos y vio, en el reflejo de las aguas, los diecinueve años de monotonía provinciana que acababa de dejar atrás.
Recordó las tardes de soledad frente al fortepiano en Derbyshire; recordó la noche en que vio descender el carruaje negro en medio de la niebla; recordó la sangre de Sterling ardiendo bajo su daga en la abadía, y recordó las palabras grabadas en el manuscrito Rosacruz: Renuntiatio Egonis,
Gloria Mundi et Avaritia.
Una sonrisa luminosa, decidida, soberana y desbordante de un orgullo limpio curvó los labios de Isabella Ravenswood.
Dio un paso hacia adelante, cerrando la distancia entre ambos hasta que su pecho rozó el paño negro de la levita de Julián.
Con un movimiento pausado, se despojó del guante de cabritilla de su mano derecha, arrojándolo sobre el pretil de piedra, y posó su palma desnuda y tibia directamente sobre la mejilla de mármol del caballero español.
El contacto encendió en las venas de Julián una corriente de fuego sagrado que hizo temblar al Inmortal hasta las raíces de su ser.
—Pasé toda mi vida sintiendo que había nacido en el siglo equivocado, Julián —dijo Isabella con una voz cristalina, firme y dulce que dominó el aullido del viento marino—.
Pasé mis inviernos buscando una verdad que no se marchitara con las modas de corte, una música que no tuviera que pedir perdón por hablar de la eternidad.
No nací para ser el adorno de una chimenea en Derbyshire ni para ver mis días consumirse entre chismes de vicarios y cuentas de molinos.
Isabella alzó su otra mano y deslizó los dedos bajo el escote de su vestido, extrayendo el relicario de plata que Julián le había entregado junto a los sauces. El metal vibraba con un calor constante, puro e inextinguible.
—Elegí mi destino la noche en que crucé la verja de Blackwood Manor para escuchar la verdad de tu voz —continuó ella, mirándolo a los ojos con todo el fuego de su alma indómita—.
Mi patria no es Inglaterra, ni este siglo, ni los límites de una tumba de iglesia.
Mi patria es la verdad que custodian tus manos, la música que tocamos en el Cristofori y la luz que jamás se apaga.
Si el precio de la eternidad es renunciar a las vanidades del mundo para ser la guardiana de la Rosa a tu lado…
que el mar sea testigo de que jamás he tomado una decisión con tanta alegría.
Julián Romero dejó escapar un suspiro entrecortado, un gemido de felicidad tan honda que pareció borrar de golpe los cuatro siglos de soledad que habían pesado sobre sus hombros.
—Isabella… mi señora eterna… —susurró él con la voz quebrada por la devoción más pura.
Julián rodeó la cintura esbelta de la joven con ambos brazos, atrayéndola contra su pecho con una fuerza protectora e infinita, y bajó sus labios sobre los de ella.
El beso fue un pacto sellado en la frontera de dos mundos.
No hubo en su unión la urgencia carnal y desesperada de los mortales que temen la brevedad de sus días, ni la lascivia enfermiza con la que Laura devoraba sus placeres efímeros.
Fue un beso hondo, limpio, majestuoso como la rotación de los astros, donde el fuego solar del alquimista y la mente privilegiada de la filósofa se fundieron en una sola alma bajo la mirada del cielo del nuevo siglo.
En ese instante, la Rosa de siete pétalos floreció para siempre sobre la Cruz de sus destinos.
Desde el porche de la casa de vigía, Nicholas contemplaba la escena apoyado en su hacha de combate, con una sonrisa ancha y luminosa que iluminaba sus facciones de piedra de casi un metro noventa de estatura.
A su lado, Argos batió la cola rítmicamente contra los tablones y soltó un ladrido sonoro y triunfal hacia el mar abierto.
—Todo está listo a bordo, señor —anunció Nick con su voz de trueno templado—. La marea ha alcanzado su punto más alto y el viento sopla del noroeste.
Julián e Isabella se separaron despacio, mirándose a los ojos con una complicidad que ya no conocería el final.
Romero le ofreció su brazo con una inclinación reverente:
—¿Nos ponemos en marcha, señora Romero?
Isabella soltó una carcajada clara y brillante que resonó sobre las olas del canal, saboreando el peso sagrado del apellido que solo ella tenía derecho a compartir:
—En marcha, don Julián. Tenemos un siglo entero que descubrir… y muchas partituras que devolver a la vida.
Tomados del brazo, con Argos trotando alegremente a su lado y el gigante Nicholas custodiando sus espaldas como una torre inexpugnable, descendieron por el sendero del acantilado hacia la cala de Dover.
Subieron por la pasarela de madera de La Rosa de Alejandría. Las amarras fueron soltadas con cantos de marineros, el timón viró hacia el este y las grandes velas blancas se desplegaron al viento del invierno, atrapando la luz dorada del mediodía.
La fragata se deslizó sobre las aguas profundas del Canal de la Mancha, alejándose lentamente de las costas de Inglaterra, rumbo a los puertos del Mediterráneo, a las bibliotecas olvidadas de Oriente y a las selvas infinitas del Nuevo Mundo, donde la Gran Obra de la sabiduría aguardaba sus pasos.
Atrás quedaba el año 1799. Atrás quedaban los pantanos de Derbyshire, las sombras de Mayfair y el miedo a la noche.
Sobre la proa del navío, recortada contra el horizonte azul del mar abierto, la silueta de Isabella Ravenswood permanecía en pie junto a Julián Romero, con el viento de la eternidad acariciándoles los rostros y la luz de la verdad guiando su rumbo hacia el amanecer de los justos.
Fin de Sombras en la Colina