Capítulo 21 La redención de Laura y la caída del Cónclave #2
Durante un segundo que pareció detener el tiempo, una chispa del viejo odio homicida amenazó con encender sus ojos verdes, pero al sostener la mirada de Isabella —una mirada limpia, sabia, que no temía a sus trescientos años de cortesana—, el brazo de Laura cayó inerte a su costado.
El estilete de plata resbaló de sus dedos enjoyados y cayó al agua turbia del Támesis con un chasquido sordo que se disolvió en la corriente.
Dos lágrimas verdaderas, limpias y humanas, brotaron de las esmeraldas de Laura, surcando sus mejillas de mármol antes de perderse en el terciopelo desgarrado de su corpiño.
Por primera vez desde que había pisado el suelo inglés, la máscara de soberbia de Laura se desmoronó por completo.
—Mírate… —susurró la mujer con un hilo de voz tembloroso, contemplando a Isabella con un asombro deslumbrado y doloroso—.
Una simple muchacha de provincia, sin coronas, sin un solo siglo en la memoria…
y posees la fuerza que yo vendí a cambio de un puñado de baratijas.
Tú tienes la luz que Julián buscó en mí y que yo jamás tuve el coraje de entregarle.
Laura se volvió hacia Julián. El noble español no se movió; permaneció erguido frente a ella con los ojos oscuros brillando de una compasión tan honda que pareció borrar de golpe las heridas de doscientos años de traición.
—Te perdoné la vida en la abadía, Laura, y te la perdono ahora —dijo Julián con una ternura majestuosa que hizo que la mujer bajara la cabeza con un sollozo ahogado—.
Pero tu tiempo en las cortes de Europa ha terminado.
No volverás a tentar a los reyes de este mundo con venenos de inmortalidad, ni volverás a ensuciar el nombre de la Rosa sirviendo a los señores de la noche.
Sube a ese navío. Navega hacia las tierras del sur, hacia los desiertos del Levante o los mares del Nuevo Mundo donde los hombres aún no han olvidado el silencio.
Aprende a estar sola sin devorar a quienes te rodean.
Purifica tu fuego en el exilio, Laura. Y si algún día la chispa de la Gran Obra vuelve a arder en tu pecho con la pureza de nuestros primeros años… la Orden te recordará en sus oraciones.
Laura alzó la vista despacio. Sus labios carmesíes dibujaron una media sonrisa triste, cargada de una redención amarga pero serena.
Introdujo la mano izquierda bajo los pliegues de su capa de marta y extrajo una pequeña arqueta de ébano con incrustaciones de plata, sellada con el emblema de la media luna del Cónclave de Mayfair. Dio dos pasos hacia adelante y la depositó en las manos desnudas de Isabella.
—Toma esto, pequeña filósofa —dijo Laura en un susurro donde la amargura dio paso a un respeto solemne e inviolable—.
Contiene los sellos maestros y las claves de correspondencia que la logia de Londres utilizaba para comunicarse con sus células en Viena, San Petersburgo y Madrid.
Con esto en vuestro poder, Julián podrá erradicar a cada una de esas criaturas antes de que vuelvan a tejer su telaraña sobre las cancillerías de Europa.
Es… mi último tributo a la memoria del hombre que una vez me enseñó a amar las estrellas.
Isabella cerró los dedos sobre la arqueta de ébano, inclinando la cabeza con una reverencia que reconoció la dignidad recuperada de la mujer que tenía enfrente:
—Buen viaje, señora. Que el mar le devuelva la paz que los palacios le arrebataron.
Laura miró por última vez a Julián Romero. En sus ojos verdes no quedaba rastro de la fiera posesiva del carruaje de Derbyshire; solo quedaba el eco lejano de una despedida eterna, el cierre limpio de un amor que había ardido en otro siglo y que finalmente encontraba su descanso en la niebla.
—Adiós, mi hermoso caballero de la Rosa —murmuró ella.
La mujer dio media vuelta sobre sus talones y subió con paso elástico por la pasarela de madera del Vliegende Draak.
Los marineros recogieron las amarras con cantos sordos, el timón crujió en el agua salobre y las velas mayores se inflaron bajo el empuje de un viento del norte que olía a nieve fresca.
La goleta se deslizó sobre las aguas del Támesis, alejándose lentamente hacia el horizonte del este, hasta que su velamen blanco se fundió con los bancos de niebla matinal que cubrían el estuario, perdiéndose para siempre en el silencio del océano.
Laura había sobrevivido. Libre del veneno de los vampiros, derrotada en su orgullo pero salvada en su alma inmortal, su figura se disolvió en el mito.
Isabella y Julián permanecieron solos en el muelle de madera, contemplando el fluir del agua.
En ese instante supremo, una vibración profunda, solemne y monumental sacudió el aire de la capital.
Desde la distancia de las colinas de la City, la gran campana de bronce de la catedral de San Pablo dejó caer su primera campanada con un tañido majestuoso que retumbó sobre el río:
¡DONG!
Una tras otra, las doce campanadas de la medianoche resonaron por todos los campanarios de Londres, repicando al unísono desde Westminster hasta Southwark, rompiendo la niebla del invierno con un himno de victoria que anunció al mundo el final definitivo del siglo XVIII.
El año 1799 había muerto.
El 1 de enero de 1800 comenzaba.
Un siglo nuevo despuntaba sobre el Imperio británico, limpio del yugo de las sombras, con sus instituciones a salvo y el honor de la humanidad preservado gracias a la valentía de dos almas que habían desafiado a la noche.
Julián Romero se volvió despacio hacia Isabella.
La luz plateada de la primera alborada del siglo XIX bañó su rostro de alabastro, haciendo brillar en sus ojos oscuros una emoción que ninguna lengua terrenal podía describir.
Alargó su mano derecha y entrelazó sus dedos pálidos con los dedos cálidos y vivos de la joven.
—El nuevo siglo ha nacido, Isabella —susurró él con una devoción infinita—. Y la luz sigue perteneciendo a los justos.
Isabella apretó su mano, sintiendo el pulso eterno de la Rosa y la Cruz latiendo entre ambos, lista para cruzar el último umbral de su destino.