Sombras En La Colina Capítulo 21 La redención de Laura y la caída del Cónclave
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Capítulo 21 La redención de Laura y la caída del Cónclave

El aire gélido de la madrugada del treinta y uno de diciembre azotaba las ruinas desdentadas de la abadía de St. Jude con un silbido limpio.

El agua del Támesis, que durante horas había sido un lodazal de sangre y cenizas de vampiro, comenzaba a retirarse con el reflujo de la marea baja, lavando las losas sepulcrales y disolviendo los últimos restos de la pesadilla subterránea en la corriente fría del río.

En el atrio exterior, resguardado del viento bajo el arco de una capilla lateral, Lord Thomas Ravenswood temblaba de pies a cabeza.

El terrateniente de Derbyshire no tenía un solo hueso fracturado, pero su espíritu estaba quebrado por el peso de una verdad que superaba con creces los límites de su estrecha mente provinciana.

Sostenía la mano de su hija con una fuerza desesperada, con los ojos anegados en lágrimas de humillación y gratitud atónita.

—Isabella… hija mía… —sollozaba el anciano con la voz rota—. He sido un necio… un ciego codicioso que os entregó a los lobos por un puñado de pagarés falsos. Esas criaturas… esos ojos rojos en las sombras… no eran hombres, Isabella. ¡Eran demonios salidos de las calderas del infierno!

Isabella se arrodilló sobre el fango junto a su padre, limpiándole con su propio pañuelo de lino el barro y las costras de sangre seca de la frente. Su mirada avellana, habitualmente teñida de ironía analítica, resplandecía ahora con una piedad serena e inmensa.

—Ya pasó, padre. Está a salvo —le susurró con dulzura firme—. Olvide los monstruos. El honor de los Ravenswood no ha sufrido daño alguno.

Julián Romero se acercó despacio, enfundando su espada toledana en el bastón de ébano con un chasquido suave.

Se inclinó ante el anciano, extrajo de su chaleco un pequeño frasco de cristal azul de cobalto sellado con cera virgen y vertió tres gotas de un licor dorado y translúcido en una copa de metal que le tendió con respeto solemne.

—Beba esto, Lord Ravenswood —dijo Romero con su voz profunda, templada y paternal—.

Es un extracto de adormidera blanca y flores de acónito purificadas por la Alquimia de la corte de Nápoles.

Calmará su pulso, entibiará su sangre y ayudará a su memoria a reposar.

Cuando despierte en su residencia de Russell Square, el horror de esta noche se habrá desdibujado en su mente como una pesadilla febril provocada por el ataque de un grupo de contrabandistas franceses y asaltantes de caminos.

Lord Thomas bebió el elixir sin vacilar un solo instante. El efecto fue casi milagroso: el temblor convulsivo de sus manos cesó en pocos segundos; el rubor volvió a sus mejillas curtidas y una pesadez dulce y reparadora cerró sus párpados fatigados.

Nicholas, que permanecía de pie vigilando el linde del cementerio con su metro noventa de estatura y el hacha limpia al cinto, dio un paso al frente y levantó al anciano en sus brazos con la facilidad con la que cargaría a un infante dormido.

—El carruaje ligero está listo en el callejón, señorita Isabella —dijo el gigante con su tono bajo y seguro—.

Llevaré a su padre directamente a Russell Square.

Entraré por la cochera privada y me aseguraré de que la doncella lo acueste en su alcoba antes de que Lady Eleanor despierte de su sopor.

Nadie en Bloomsbury sabrá lo que ocurrió en esta orilla.

Isabella se puso de pie, estrechó la enorme mano enguantada de Nick y le dedicó una sonrisa cargada de un afecto inquebrantable:

—Gracias, Nicholas. Eres el escudo más firme que esta casa ha tenido jamás.

El coloso asintió con una reverencia reverente, acomodó al terrateniente en el interior del vehículo y se alejó al trote hacia el puente de Londres, dejando a Isabella y a Julián a solas bajo la niebla del amanecer.

Sin embargo, la partida aún no estaba cerrada por completo.

Julián extrajo del bolsillo de su levita militar el Libro Negro de Mayfair, recuperado en la bóveda de Lombard Street horas antes, y se lo entregó a un joven mensajero de confianza de la corte que aguardaba a caballo entre las sombras de los muelles.

—Lleva este volumen directamente al magistrado principal de Bow Street y al despacho personal del señor Pitt en Downing Street —ordenó Romero con voz tajante—.

En él figuran los nombres de todos los parlamentarios sobornados, los jueces cómplices y los contratos de traición del Cónclave.

Antes de que caiga la tarde, la guardia del rey debe rodear las mansiones de Berkeley Square y arrestar a cada uno de los traidores mortales que vendieron la Corona a los no-muertos.

El jinete inclinó la cabeza, guardó el infolio en sus alforjas de cuero encerado y partió a galope tendido, quebrando la niebla con el repiqueteo metálico de las herraduras sobre los adoquines.

El Cónclave de Mayfair estaba decapitado; sus cabecillas ardían en cenizas bajo las losas de St. Jude y sus marionetas políticas serían encerradas en la Torre de Londres antes de que el nuevo siglo viera la luz.

Pero en el corazón de Julián Romero quedaba una última cuenta pendiente que no podía saldarse con jueces ni con leyes de hombres.

—Laura… —susurró Isabella, clavando sus ojos dorados en el rostro de mármol del noble español—. Huyó hacia los muelles bajos.

Julián asintió con una lentitud preñada de una melancolía que arrastraba cuatrocientos años de memoria:

—Conozco sus costumbres de fuga desde las guerras de los Países Bajos.

Siempre deja una nave ligera contratada en los astilleros de Rotherhithe, lista para levar anclas con la marea alta si sus planes de corte se desmoronan.

Acompáñame, Isabella. Ha llegado el momento de cerrar el círculo de la Rosa.

Tres cuartos de hora más tarde, el viento gélido del Támesis azotaba los viejos muelles de madera de Rotherhithe, en el extremo oriental de los puertos de Londres.

Entre las grúas de carga desvencijadas y las montañas de barriles de brea se mecía una goleta de tres palos de bandera holandesa, el Vliegende Draak.

La tripulación de marineros flamencos trabajaba febrilmente en las jarcias bajo la luz mortecina de los faroles de proa, preparando las velas mayores para descender el río hacia el Mar del Norte con la marea menguante.

En el extremo del muelle de tablones podridos, de pie junto a un bolardo de hierro oxidado y contemplando las aguas negras del estuario, una figura solitaria permanecía inmóvil.

Laura.

La inmortal renegada ofrecía una estampa despojada de toda su arrogancia cortesana.

Su vestido de terciopelo esmeralda estaba desgarrado en el dobladillo y manchado por el hollín del fuego sagrado; la capa de marta cibelina colgaba lánguida sobre sus hombros y la tiara de diamantes negros había desaparecido,

dejando caer su densa melena azabache en mechones desordenados sobre su rostro pálido.

Sostenía en la mano derecha un estilete de plata con la empuñadura de serpiente, con la guardia baja, respirando el aire salobre con una fatiga espiritual que ningún siglo había logrado imponerle.

Al escuchar el crujido de las tablas bajo los pasos mesurados de Julián e Isabella, Laura no se volvió de golpe. No intentó huir hacia la pasarela del navío, ni adoptó la postura amenazante de las fieras acorraladas.

Se limitó a ladear la cabeza despacio, dejando ver una cicatriz enrojecida que la luz solar del falso manuscrito le había grabado en la base del cuello, y clavó sus ojos verde esmeralda —ahora apagados,

desprovistos de su brillo lascivo y teñidos de una infinita tristeza— en las dos figuras que avanzaban hacia ella.

—Has tardado mucho en venir a cobrarte la venganza, Julián… —dijo Laura con una voz ronca y quebrada, donde el veneno habitual se había disuelto en pura ceniza—. Supongo que has traído a tu pequeña filósofa para que presencie cómo ejecutas a la mujer que compartió tu lecho en Florencia.

Julián Romero se detuvo a seis pasos de ella, con la mano izquierda descansando sobre el pomo de plata de su bastón y la espada envainada.

Su rostro de alabastro no reflejaba cólera ni sed de castigo; reflejaba la severidad majestuosa y limpia de quien contempla a un viejo camarada caído en la desgracia moral.

—No he venido a ejecutar a nadie, Laura —respondió él con suavidad solemne—.

La muerte física es el castigo que reservamos para los parásitos como Sterling y Malvern, criaturas que jamás conocieron otra cosa que la podredumbre de las sombras.

Tú fuiste iniciada en el templo de la Rosa.

Tú juraste ante el altar de la Gran Obra consagrar tu inmortalidad a la luz de la creación.

Laura soltó una risa seca, un chasquido breve que se ahogó en su propia garganta:

—¡El juramento de la Rosa! ¡La pureza! ¡La renuncia al ego!

¿De qué me sirvió todo eso, Julián? Pasé dos siglos viéndote contemplar los astros, encerrado en abadías polvorientas, rechazando las coronas que los príncipes nos ofrecían de rodillas.

Yo quería vivir, Julián. Quería que el mundo supiera que éramos dioses sobre la tierra; quería palacios, diamantes, banquetes donde la sangre y el oro fluyeran sin fin.

Y cuando te alejaste de mí para continuar tu solitaria cruzada de monje…

me quedé vacía. El Cónclave me ofreció la corte que tú me negaste.

Fue entonces cuando Isabella dio un paso al frente.

No se ocultó tras la espalda protectora de Romero.

Se situó a la misma altura que el caballero de la Rosa, con el relicario de plata resplandeciendo sobre el paño de su vestido y sus ojos avellana clavándose en las pupilas húmedas de Laura con una lucidez diamantina que desarmó por completo a la inmortal.

—El Cónclave no le ofreció una corte, señora —dijo Isabella con voz firme, serena y desprovista de rencor—.

Le ofreció una jaula de oro poblada por cadáveres andantes.

Usted no buscaba diamantes, Laura; buscaba llenar el abismo que le dejó haber traicionado su propia dignidad.

Se rodeó de monstruos porque en el fondo sabía que ningún mortal libre, ni ningún hombre virtuoso como Julián, volvería a mirarla sin sentir una profunda lástima por lo que destruyó con sus propias manos.

Laura apretó los dedos sobre el estilete de plata.