Sombras En La Colina Capítulo 20 Asalto a la abadía de piedra #2
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Capítulo 20 Asalto a la abadía de piedra #2

—¡Traición! —bramó Laura a través del humo blanco—. ¡Es fuego de la Rosa!

En ese segundo exacto de caos y ceguera colectiva, el muro este de la cripta se vino abajo con el estruendo de un cañonazo naval.

Una sección entera de la mampostería normanda reventó hacia el interior bajo el empuje de dos cargas de salitre purificado. De entre los cascotes y el vapor del río surgió una figura colosal de casi un metro noventa de estatura.

Nicholas irrumpió en la abadía como una fuerza telúrica desatada.

El gigante no llevaba armas de fuego: empuñaba su pesada hacha toledana de doble filo con ambas manos, con los brazos desnudos mostrando tendones como cables de acero y los ojos grises brillando con una determinación implacable.

Dos vampiros menores que intentaban huir hacia la brecha se cruzaron en su camino; Nick ni siquiera aminoró la marcha: un giro devastador de su hacha partió en dos al primero a la altura del pecho, arrojando sus restos carbonizados contra el agua,

y con el reverso del mango de hierro aplastó el cráneo del segundo contra un pilar de piedra con un chasquido sordo que se extinguió en el acto.

Nick cruzó el agua turbia con zancadas monumentales, llegó a la columna donde Lord Thomas yacía paralizado por el terror, y con un tajo descendente y milimétrico de su cuchilla de cinto destrozó las cadenas de hierro que aprisionaban al terrateniente.

Arrancó la mordaza de seda de la boca del anciano con una mano gigantesca y lo levantó del suelo como a un niño de cuna:

—¡Cierre los ojos y no se mueva de mi espalda, milord! —rugió Nick con una voz que hizo temblar las vigas del techo.

Lord Thomas, temblando como una hoja de sauce y mirando con ojos desorbitados los cadáveres en llamas que caían a su alrededor, se aferró a la casaca de cuero del criado con la desesperación de un náufrago.

En el centro de la nave, Julián Romero desenvainó la espada toledana de su bastón con un relámpago dorado.

La hoja de acero solar cortaba el humo con un zumbido limpio.

Romero se lanzó hacia el estrado con la agilidad divina de un ángel exterminador.

Lord Malvern, recuperando parcialmente la vista y empuñando una espada bastarda de acero negro forjada en las mazmorras de Viena, se arrojó hacia él con la velocidad de una sombra enfurecida.

El choque de las dos espadas resonó bajo la bóveda con un estrépito de campana quebrada.

Malvern atacó con la furia desesperada de un rey que ve derrumbarse su imperio: una serie de estocadas salvajes destinadas a decapitar al caballero de la Rosa.

Pero Julián no era un hombre común; su espada trazó círculos perfectos en el aire, desvió cada embestida con una maestría forjada en siglos de guerras y, en una finta magistral aprendida en las escuelas de armas de Milán, atravesó el pecho del señor de los vampiros de lado a lado.

La luz dorada de la espada brotó por la espalda de Malvern.

El líder del Cónclave abrió la boca en un chillido mudo; una llamarada blanca lo consumió desde las entrañas y su cuerpo entero se colapsó sobre las losas, convirtiéndose en un montículo de ceniza gris que el agua turbia del Támesis arrastró hacia las alcantarillas.

En ese instante, una figura desfigurada emergió de las sombras del altar.

Arthur Sterling, con el rostro medio quemado y los colmillos al descubierto en una mueca de agonía asesina, vio a Isabella sola a diez pasos de distancia, en medio del agua de la nave. Comprendiendo que la batalla estaba perdida, el vampiro decidió cobrarse su última venganza:

—¡Tú morirás conmigo, ramera de Derbyshire! —rugió Sterling, abalanzándose hacia la garganta de la joven con las garras por delante en un salto desesperado.

Isabella no retrocedió. No vaciló.

Con la mente templada por el acero de su orgullo, esperó el momento exacto.

Cuando la bestia estuvo a dos palmos de su cuerpo, dio un paso lateral con la ligereza de una bailarina, esquivó el zarpazo que le rozó el hombro y, desenvainando la daga toledana que llevaba oculta en la manga, hundió la hoja templada en aceite solar directamente bajo la mandíbula del engendro,

atravesando el paladar hasta alcanzar la base del cráneo.

El acero quemó la carne impura de Sterling con el silbido de una plancha ardiendo sobre grasa.

El aristócrata de Westminster se quedó petrificado en el aire.

Sus ojos lechosos se abrieron de par en par, clavándose en los ojos avellana de Isabella con una incredulidad aterrada.

La joven retiró la daga con un movimiento seco y dio un paso atrás mientras el cuerpo de Arthur Sterling se disolvía en una llamarada de fuego fatuo, cayendo al agua como una cáscara vacía de hollín negro.

Isabella limpió la hoja de su daga con el dobladillo de su falda, respirando con fuerza, con el pulso latiéndole con un orgullo indómito.

—Te advertí en mi casa que sabía manejar el acero, Sterling —murmuró con voz gélida.

Al fondo del altar, una figura solitaria se puso en pie.

Laura.

La inmortal renegada tenía la capa de marta chamuscada y un reguero de sangre oscura le resbalaba por la frente, pero su porte seguía siendo altivo y majestuoso.

Vio las cenizas de Lord Malvern flotando en el fango; vio el final de Sterling; vio la figura colosal de Nicholas protegiendo a Thomas Ravenswood junto a la brecha del muro, y vio a Julián Romero avanzando hacia ella con la espada en alto y la mirada cargada de una severidad infinita.

La mirada de Laura se posó en Isabella, que avanzaba junto a Julián con la daga ensangrentada en la mano y el relicario de la Rosa brillando sobre su pecho.

Por primera vez en trescientos años, la soberbia de Laura se quebró.

No sintió miedo a la muerte —pues sabía que su naturaleza no era la de los no-muertos vulgares—; sintió el abismo de su soledad.

Comprendió que la alianza con los monstruos de Mayfair había terminado en una carnicería estéril y que el hombre que una vez la amó jamás volvería a mirarla con otra cosa que no fuera piedad y justicia.

Laura retrocedió hacia la reja de hierro que comunicaba el altar con las catacumbas profundas de la abadía.

—¡Esto no ha terminado, Julián! —gritó con una voz donde el rencor y las lágrimas luchaban por imponerse—. ¡No podrás borrar lo que fuimos!

Julián se detuvo al pie del estrado, bajando levemente la punta de su espada solar:

—Lo que fuimos murió la noche en que elegiste la oscuridad, Laura. Y esta noche… esta noche te perdoné la vida por el juramento que un día compartimos. Pero la Rosa no olvida.

Laura arrojó una bomba de humo negro contra las losas del altar, envolviéndose en una cortina impenetrable de vapores sulfurosos, y su risa quebrada resonó por los pasadizos subterráneos mientras sus pasos se perdían en la noche de Southwark.

El silencio volvió a caer sobre las ruinas de St. Jude.

El agua del Támesis continuaba entrando por la brecha del muro, lavando la sangre y las cenizas de los monstruos que habían pretendido gobernar el Imperio británico.

Julián Romero envainó su espada de Toledo con un chasquido limpio, se volvió hacia Isabella y, sin mediar palabra, la estrechó contra su pecho con una fuerza y una devoción tan profundas que el frío de la cripta se desvaneció para siempre de sus almas.

La batalla de la abadía había terminado. El Cónclave de Mayfair estaba decapitado. Pero entre las cenizas de la victoria, el destino final de Laura y el juicio del nuevo siglo aguardaban su última palabra.