Capítulo 20 Asalto a la abadía de piedra
El descenso a las entrañas de la abadía de St. Jude fue como franquear los nueve círculos del abismo.
Los peldaños de piedra caliza, carcomidos por ocho siglos de humedad fluvial y cubiertos por un musgo negruzco y viscoso, se curvaban en una espiral interminable que parecía hundirse bajo el mismo lecho del Támesis.
El aire se volvía más frío y pesado a cada paso, cargado de una fetidez sofocante donde el hedor a sangre descompuesta, agua estancada y cera de sebo luchaba contra el rastro punzante de nardos silvestres y mirra con el que Laura marcaba su territorio.
Isabella descendía con el brazo entrelazado en el de Julián Romero.
Bajo la manga izquierda de su vestido de paño oscuro, asegurada a su muñeca por una cinta de seda, la daga toledana templada en aceite solar le transmitía una vibración templada, un recordatorio metálico de que no caminaba como una ofrenda sumisa, sino como una combatiente jurada.
A su lado, Julián sostenía el bastón de ébano con la mano izquierda, mientras bajo el brazo derecho portaba con solemne parsimonia el falso manuscrito del Liber Mundi, cuyos pesados broches de bronce permanecían sellados a cal y canto.
Al desembocar en el fondo de la escalera, un arco ojival de proporciones colosales se abrió ante ellos, revelando la nave subterránea de la abadía.
La visión que se desplegó ante los ojos de Isabella era una pesadilla gótica hecha de piedra y podredumbre.
La cripta mayor era un inmenso salón sostenido por dos hileras de columnas normandas de fuste grueso, cuyos capiteles tallados con leprosos y demonios sonreían con muecas grotescas.
El suelo de losas sepulcrales estaba anegado por cuatro pulgadas de agua turbia que reflejaba la luz mortecina de una veintena de teas impregnadas en fósforo verde, encajadas en las paredes de mampostería.
En las galerías altas, apostadas sobre los arcos de piedra como una bandada de gárgolas vivientes, dos docenas de vampiros contemplaban a los recién llegados: siluetas esqueléticas envueltas en sedas podridas de siglos pasados,
con las bocas entreabiertas mostrando colmillos afilados y las pupilas ardiendo en una fosforescencia escarlata.
En el fondo de la nave, sobre el estrado del antiguo altar mayor, descansaba un trono improvisado de roble ennegrecido y huesos humanos.
Sentado en él, luciendo una levita de terciopelo carmesí y una peluca empolvada al estilo de la corte de Versalles, presidía Lord Malvern, el líder absoluto del Cónclave de Mayfair.
A su izquierda, apoyado en una balaustrada con el brazo vendado y los ojos lechosos encendidos en una furia sádica, permanecía Arthur Sterling.
Y en el centro del altar, de pie como una emperatriz del averno, se erguía Laura.
La inmortal renegada llevaba un vestido de terciopelo verde esmeralda con ribetes de brocado negro que caía en pliegues suntuosos sobre el agua del estrado.
Una tiara de diamantes negros coronaba su densa melena azabache, y en su pecho de mármol los rubíes de sangre de pichón resplandecían con un brillo siniestro.
Sus labios carmesíes se abrieron en una sonrisa de triunfo descarado, mientras sus ojos verdes, rasgados y felinos, devoraban la figura de Romero antes de clavarse en Isabella con un odio visceral.
A los pies del trono, arrodillado sobre el agua helada y atado con cadenas de hierro a una columna de piedra caliza, yacía Lord Thomas Ravenswood.
El padre de Isabella ofrecía una estampa lamentable.
Su elegante levita estaba desgarrada y enfangada; tenía el rostro cubierto de hematomas, el labio partido y una mordaza de seda negra que le impedía articular palabra.
Al ver entrar a su hija en aquel antro de monstruos, el anciano terrateniente abrió los ojos con un pavor demencial, sacudiendo las cadenas en un forcejeo inútil mientras gruesas lágrimas de vergüenza y terror le surcaban las mejillas.
—Qué cortejo tan conmovedor… —dijo Laura.
Su voz profunda y aterciopelada resonó bajo las bóvedas normandas con una claridad cristalina que acalló de golpe el murmullo de las criaturas de las cornisas:
—El gran Julián Romero, el caballero incorruptible de la Rosa y la Cruz, cruzando las cloacas de Southwark para mendigar la vida de un viejo borracho cuya mayor virtud fue engendrar a una campesina insolente.
Debo admitir, Julián, que tu decadencia es el espectáculo más delicioso que he presenciado en los últimos doscientos años.
Julián e Isabella se detuvieron en el centro de la nave, con los pies sumergidos en el agua gélida, a veinte pasos del estrado.
Romero no mostró la menor agitación. Su porte aristocrático, altivo y desprovisto de miedo transformó el lodazal de la cripta en un tribunal real. Miró a Laura con una frialdad tan majestuosa que la sonrisa de la mujer vaciló por un instante.
—Tu concepto de la gloria siempre ha sido extraordinariamente vulgar, Laura —respondió Romero con una voz que llenó el espacio sin necesidad de alzarse—.
Antes te arrastrabas a los pies de los virreyes por un puñado de esmeraldas robadas en el Nuevo Mundo, y ahora te rodeas de cadáveres que necesitan esconderse bajo tierra para sentirse poderosos.
He cumplido mi parte del pacto: aquí tienes el Liber Mundi.
Libera a Thomas Ravenswood y deja marchar a su hija.
Lord Malvern se inclinó hacia adelante en su trono de huesos, con los ojos de reptil clavados en el volumen de becerro púrpura que descansaba bajo el brazo de Julián.
—¿El texto original? —siseó el vampiro supremo con un hilo de voz que sonó a hojas secas trituradas—. ¿El secreto del fuego solar y la transmutación de la sangre?
—El mismo que juré custodiar hace cuatro siglos —afirmó Julián con serenidad de piedra.
Laura dio dos pasos hacia el borde del estrado, descendiendo al agua con una lentitud voluptuosa. Clavó sus ojos en Isabella con un deleite ponzoñoso:
—¿Y tú, pequeña filósofa? ¿Dónde está esa lengua afilada con la que presumías en el baile de Berkeley Square?
Mírate: vestida de luto, contemplando cómo el hombre que decías amar se despoja de la herencia de su Orden solo para evitar que tu padre muera como el perro que es.
¿Comprendes ahora lo que significa la inmortalidad?
Todo lo que tocas se marchita; todo lo que amas se convierte en ceniza frente a mí.
Isabella alzó la barbilla. Muy despacio, soltó el brazo de Julián, dio dos pasos al frente sobre el agua turbia y sostuvo la mirada de Laura con una serenidad tan aplastante, tan limpia y cargada de desprecio que las criaturas de las alturas emitieron un murmullo inquieto.
—Lo único que veo marchito en esta cripta, señora, es su propia alma —repuso Isabella con una voz cristalina y firme que no tembló en una sola sílaba—.
Veo a una mujer que lleva tres siglos mendigando el amor de un hombre que jamás la consideró su igual.
Julián no está entregando su Orden por debilidad; está demostrando que el honor y la piedad son virtudes que su mente enferma jamás llegará a comprender.
Puede quedarse con ese libro, Laura. Pero jamás, ni en mil vidas de sangre y diamantes, conseguirá que él la mire como me mira a mí.
El rostro de Laura se desfiguró de golpe.
La belleza escultural de la inmortal se quebró en una máscara de cólera homicida; sus pupilas verdes se dilataron hasta cubrir casi todo el iris y sus uñas carmesíes se clavaron en las palmas de sus manos con tal furia que las esmeraldas de sus anillos crujieron.
—¡Basta de palabras! —bramó Laura hacia Romero, señalando el libro con un dedo tembloroso de odio—. ¡Arroja el manuscrito a mis pies, Julián! ¡Arrójalo ahora mismo si no quieres ver la cabeza de ese anciano rodar sobre estas losas!
Julián Romero dio tres pasos lentos hacia el estrado.
Sostenía el gran volumen con ambas manos. Su mirada se cruzó con la de Isabella en una fracción de segundo: la confirmación matemática de que la trampa estaba lista y de que la atención de todos los monstruos de la abadía estaba concentrada en el premio supremo.
—Tómalo, Laura —dijo Romero con una solemnidad fúnebre—. Que el contenido de estas páginas sea tu recompensa eterna.
Julián extendió los brazos y deslizó los dedos pulgares bajo los dos pesados broches de bronce que sellaban la encuadernación de becerro púrpura.
Un chasquido metálico resonó en la bóveda. Los cierres saltaron hacia los lados.
En el instante exacto en que la tapa del libro se entreabrió media pulgada y el aire húmedo de la cripta penetró en el núcleo de las páginas saturadas con las sales purificadas de fósforo blanco, azufre solar y plata coloidal, el universo pareció detenerse.
Y la abadía de St. Jude estalló en luz.
No fue una explosión de pólvora ni una llamarada vulgar. Fue una supernova de luz solar pura, radiante y absoluta que brotó de las entrañas del falso manuscrito con la potencia incandescente de un sol de mediodía atrapado en una caja de piedra.
El resplandor blanco y dorado iluminó cada rincón de la cripta con una claridad mil veces más violenta que el mediodía en el desierto.
El efecto sobre los no-muertos fue inmediato y devastador.
Las dos docenas de vampiros apostados en las galerías altas soltaron alaridos desgarradores de agonía pura.
La luz solar quemó instantáneamente sus pupilas dilatadas para la noche, cegándolos en el acto; la radiación sagrada del fuego alquímico prendió en sus ropas podridas y en su piel impura,
convirtiendo las cornisas en un infierno de antorchas humanas que se retorcían en chillidos demenciales antes de precipitarse al agua del suelo en una lluvia de cenizas humeantes.
Arthur Sterling aulló como un lobo destripado, cubriéndose la cara con los muñones vendados mientras su piel de cera comenzaba a agrietarse y arder bajo la radiación. Lord Malvern cayó de espaldas de su trono de huesos, rodando por el estrado entre estertores de ceguera temporal.
Laura, protegida parcialmente por su condición de inmortal superior, retrocedió con un grito de furia y dolor, cubriéndose el rostro con la pesada capa de terciopelo esmeralda, sintiendo cómo el calor sagrado le ampollaba la piel del cuello y le quemaba los rizos azabaches.