Capítulo 19 La traición de Laura
El crepúsculo de aquel penúltimo día de 1799 cayó sobre los tejados de Londres con una celeridad implacable.
A las cinco y media de la tarde, el disco solar se hundió en una neblina rojiza tras las colinas de Hampstead, borrando el último resplandor de la luz diurna y devolviendo a las sombras su soberanía absoluta.
Con la llegada de la noche, las criaturas del Cónclave de Mayfair recuperaron el cien por cien de su poder: la pesadez que mermaba sus cuerpos bajo el sol se desvaneció, sustituida por una vitalidad depredadora, ágil y sedienta de sangre.
En la residencia de Russell Square, Isabella había intentado por todos los medios apelar a la prudencia de su padre.
—Padre, se lo suplico por la memoria de nuestro linaje: no cruce el río esta noche —le había advertido en el zaguán, reteniéndolo suavemente por la manga de su abrigo de paño—.
La orilla sur es un avispero de marineros ebrios y almacenes en ruinas.
Ningún caballero de la Corona firma pagarés en una capilla abandonada al filo de la medianoche.
Pero Lord Thomas Ravenswood, con los ojos nublados por la avaricia y la soberbia provinciana, se había zafado del agarre con un ademán irritado:
—¡Basta de impertinencias, Isabella! ¿Acaso crees que un Ravenswood necesita que su propia hija le enseñe a cerrar un trato comercial?
Lord Sterling ha ofrecido disculpas formales y cien mil libras en títulos aduaneros.
Si no acudo, creerá que la hidalguía de Derbyshire es cobarde.
¡El carruaje está esperando y el cochero conoce el camino!
El terrateniente había subido a la berlina de alquiler con una sonrisa triunfal, cerrando la portezuela de golpe. El coche se había alejado al trote por las calles empedradas de Bloomsbury, tragado de inmediato por una niebla espesa que olía a fango de río y carbón quemado.
Isabella se había quedado junto al ventanal del primer piso, con Argos sentado a su lado.
El viejo setter no se había movido del alféizar; tenía el lomo erizado y la trufa pegada al cristal, emitiendo un gruñido sordo, vibrante y continuo, como si sus sentidos ancestrales pudieran rastrear la trayectoria del vehículo a través de las millas de piedra de la capital.
La confirmación del desastre no tardó ni cuarenta minutos en manifestarse.
Un estrépito de caballos desbocados y el crujido metálico de un eje quebrado rompieron el silencio de Russell Square. Isabella bajó las escaleras a la carrera, seguida por los ladridos furiosos de Argos.
Frente a las verjas de la casa, la berlina de alquiler que había transportado a su padre yacía encallada contra el bordillo.
Los caballos resoplaban espuma blanca, cubiertos de sudor y sangre por los latigazos del pánico; en el pescante, el cochero yacía desplomado sobre las tablas con el cuello partido en un ángulo antinatural, con dos orificios cárdenos en la garganta que aún destilaban un licor oscuro sobre las ruedas.
El interior del carruaje estaba desierto. Sobre el cojín de terciopelo donde Lord Thomas debía sentarse, solo quedaba su sombrero de copa abollado y una tarjeta de cartulina negra, atravesada contra el cuero por un estilete de plata con la empuñadura tallada en forma de serpiente enroscada.
Lady Eleanor, que había asomado la cabeza por la puerta principal atraída por el alboroto, vio el cadáver del cochero y soltó un chillido desgarrador antes de desplomarse desmayada sobre la alfombra del vestíbulo.
Isabella no gritó. Con el pulso templado por el acero de su temple, se acercó al coche, arrancó el estilete del asiento y tomó la tarjeta negra.
El papel desprendía un perfume inconfundible y asfixiante: nardos silvestres, almizcle blanco y resina de mirra. La caligrafía, trazada con tinta dorada sobre el fondo oscuro, vibraba con una voluptuosidad perversa y burlona:
«Para la pequeña filósofa y su virtuoso caballero:
Tu padre ha demostrado ser un invitado sumamente rústico, pero admito que su sangre conserva un regusto aristocrático bastante tolerable para mis cachorros.
Si deseas que Thomas Ravenswood vea el amanecer de 1800 de una sola pieza, dile a tu amado Julián Romero que entregue el manuscrito original del Liber Mundi —el secreto de la Piedra Filosofal— esta misma noche, antes de las diez, en las criptas de la antigua abadía de St. Jude,
junto a los muelles de Southwark.
Ven con él, Isabella. Quiero contemplar en tus ojos el momento exacto en que comprendas que tu orgullo no vale nada frente a la eternidad.
Si Nicholas o los alguaciles del rey se acercan a la abadía, el cuello de tu padre será quebrado como una rama seca.
—Laura.»
Isabella apretó la tarjeta entre sus dedos con tal fuerza que el cartón crujió. En sus ojos avellana no había el menor rastro de lágrimas; ardía una furia gélida, lúcida y despiadada que convirtió su rostro en una réplica viva de los guerreros antiguos de su linaje.
—Un error de cálculo, Laura… —susurró Isabella para sí misma, con una sonrisa afilada como una navaja de afeitar—. Creíste que capturar a mi padre me pondría de rodillas. Solo has conseguido que la jaula se abra para los dos bandos.
En ese instante, una ráfaga de aire frío barrió el zaguán y dos figuras se materializaron en la penumbra del jardín delantero, cruzando las verjas con la rapidez de espectros benévolos.
Julián Romero y Nicholas.
El noble español vestía su levita militar de paño negro y sostenía su bastón de ébano con pomo de plata; en la bandolera de cuero que cruzaba su pecho asomaban dos pistolas de doble cañón y ánima rayada.
Su rostro de alabastro estaba tenso como la cuerda de un arco, pero al ver a Isabella ilesa en medio de la niebla, una oleada de alivio casi dolorosa cruzó sus facciones.
Argos trotó de inmediato hacia él, frotando el lomo contra sus botas con un gemido de afecto puro. Julián se agachó un segundo, hundiendo una mano enguantada en el pelaje del perro para tranquilizarlo, antes de fijar su mirada oscura en la tarjeta negra que Isabella sostenía.
—Lo tienen —dijo ella sin rodeos, entregándole el mensaje—. Se llevaron a mi padre en el puente de Blackfriars. Laura exige el manuscrito de la Rosa en las criptas de St. Jude antes de las diez de la noche.
Julián leyó las líneas doradas. Una sombra aterradora, una cólera milenaria que parecía capaz de incendiar la capital entera, oscureció el fondo de sus pupilas. La temperatura en el jardín pareció descender varios grados bajo cero.
—Laura ha cruzado la última frontera —dijo Romero en un susurro que sonó como el silbido de una espada recién afilada—.
Cree que puede utilizar el dolor de una hija para arrancar de mis manos el conocimiento supremo de la creación.
Cree que mi juramento de la Rosa me obligará a capitular para salvar una sola vida.
—Y no lo harás —intervino Isabella, dando un paso al frente y mirándolo fijamente a los ojos—.
No entregarás el Liber Mundi a esa traidora, Julián.
Si Laura y el Cónclave obtienen el secreto de la Piedra Filosofal, mi padre morirá de todos modos y este reino entero arderá bajo una tiranía eterna.
No negociaremos con la carroña de Mayfair.
Julián la contempló con una veneración que desbordaba cualquier límite humano. Alargó una mano pálida y acarició la mejilla de la joven, sintiendo el calor vivo y desafiante de su piel.
—Es usted una estratega admirable, Isabella. Pero no permitiré que su padre pague con su sangre el precio de mi pasado. Thomas Ravenswood es un hombre vanidoso y ciego, pero es su sangre, y mientras yo respire en este mundo, ningún miembro de su casa será devorado por las sombras.
Romero se volvió hacia Nicholas, que permanecía de pie junto a las verjas con su metro noventa de estatura, cargando un arcón mediano de roble reforzado con herrajes de bronce.
—Nicholas, abre el arcón secundario.
El gigante depositó la caja sobre los peldaños de la entrada y levantó la tapa. En su interior descansaba un libro de dimensiones idénticas al gran manuscrito Rosacruz: encuadernado en piel de becerro púrpura oscuro, con cantoneras de plata y broches con el sello de la Rosa y la Cruz.
Isabella frunció el ceño con curiosidad analítica:
—¿Una réplica?
—Mucho más que una réplica —respondió Julián con una sonrisa peligrosa en los labios—.
Este volumen fue preparado en Florencia hace dos siglos para el cardenal de Nápoles, cuando intentó asaltar nuestra biblioteca secreta con doscientos arcabuceros.
Las páginas exteriores contienen versículos en latín de la Vulgata, pero el núcleo central de las hojas de vitela ha sido saturado con sales purificadas de fósforo blanco, azufre solar y plata coloidal condensada.
En cuanto los broches de bronce se abren y el aire penetra en la encuadernación, el reactivo alquímico estalla en una llamarada de luz solar pura y continua que ilumina cincuenta pasos a la redonda como si fuera el mediodía en el desierto.
Nicholas emitió una risa baja que sonó como piedras rodando en un desfiladero:
—Para las criaturas que viven en la oscuridad, señorita, abrir ese libro equivale a meter la cabeza dentro de un horno encendido. El resplandor quema sus pupilas y carboniza la carne de los no-muertos en menos de diez segundos.
Isabella no pudo contener una media sonrisa de deleite intelectual.
—Un cebo perfecto. Laura esperará encontrar la gloria de la inmortalidad y se topará con el juicio de la luz.
—Exacto —asintió Romero—. Nicholas rodeará la abadía por los conductos de ventilación del muelle viejo con el hacha y las cargas de salitre; yo entraré por la nave central con el libro en las manos, fingiendo una capitulación desesperada.
Cuando la luz solar estalle y desarticule a sus guardias, Nicholas derribará los accesos y sacará a su padre de las celdas bajas.
—Falta un detalle fundamental en su plan, don Julián —intervino Isabella, cruzándose de brazos con una firmeza inquebrantable.
Julián enarcó una ceja oscura:
—¿Cuál?
—Yo voy con ustedes.
El rostro de Romero se endureció al instante, y un no rotundo estuvo a punto de brotar de sus labios, pero Isabella dio un paso hacia él, cortándole la réplica con la autoridad de una reina:
—Laura especificó en su mensaje que yo debía estar presente.
Si usted llega solo, sospechará de inmediato que se trata de una emboscada; Laura sabe que usted jamás entregaría la Gran Obra sin que yo fuera la fianza viva.
Mi presencia mantendrá su atención fija en su propia vanidad y en sus celos enfermizos.
Mientras ella se deleita intentando humillarme con sus palabras, bajará la guardia ante el libro.
Y además… es mi padre el que está en esa cripta.
No me quedaré en este salón esperando que una doncella me traiga las noticias de mi propia vida.
Julián la miró en silencio durante varios segundos interminables. La vio allí de pie, bajo el viento helado de diciembre, con su trenza castaña alborotada, sus ojos avellana llameantes de valor y el relicario de plata latiendo contra su pecho.
Comprendió que intentar disuadir a Isabella Ravenswood era tan inútil como ordenar al Támesis que detuviera sus mareas.
Romero dejó escapar un suspiro rendido, una sonrisa de admiración infinita curvó sus labios finos y, extrayendo de su cinto una vaina estrecha de cuero negro repujado, se la tendió a la joven:
—Tome esto, Isabella. Es una daga de acero de damasco templada en aceite solar por los armeros de Toledo. La hoja no se quiebra y quema la carne de los vampiros con el calor de una brasa viva. Llévela oculta bajo la manga.
Isabella tomó el arma con firmeza. La empuñadura de nácar se adaptó a su mano con una naturalidad asombrosa; envainó el acero y lo deslizó dentro de la manga izquierda de su vestido, asegurándolo con una cinta de seda.
—Nicholas —ordenó Julián con voz de mando militar—, deja dos frascos de láudano puro para calmar a Lady Eleanor y cierra con cerrojo todas las puertas de servicio de esta casa. Nos marchamos a Southwark.
Diez minutos más tarde, el carruaje ligero se abría paso hacia el sur a través de la densa niebla londinense. Cruzaron el río por el viejo puente de Londres, esquivando las patrullas nocturnas bajo un aguacero fino y gélido que convertía el lodo de las orillas en una pasta resbaladiza.
Al descender por los callejones nauseabundos de Southwark, el paisaje se tornó siniestro y desolado. Entre almacenes de salazón en ruinas y chimeneas apagadas de antiguas fundiciones, se alzaban las moles desdentadas de la abadía de St. Jude.
Construida en el siglo XII por los monjes cluniacenses y confiscada por la Corona durante la Reforma protestante, la abadía era ahora un esqueleto de arcos góticos rotos, cubiertos de hiedra podrida y ennegrecidos por el hollín de las fábricas cercanas.
No había tejado sobre la nave mayor; la lluvia caía directamente sobre las losas sepulcrales agrietadas, y desde las profundidades del suelo ascendía una luz verdosa, enfermiza y titilante, que se filtraba a través de las aspilleras de las criptas subterráneas.
El carruaje se detuvo en el linde del cementerio profanado. Nicholas bajó en silencio, cargando el falso manuscrito bajo el brazo y empuñando su pesada hacha toledana con la mano izquierda.
Julián descendió a continuación, ofreciendo su brazo a Isabella con una solemnidad caballerosa.
Caminaron entre los sepulcros rotos, con el barro salpicando los bajos de las ropas y el viento aullando entre las arcadas desnudas.
Al llegar a la escalinata de piedra carcomida que descendía hacia las entrañas de la cripta, un olor pestilente a sangre vieja, incienso rancio y nardos salvajes los golpeó como una bofetada nauseabunda.
Desde la oscuridad de la escalera brotó una risa húmeda, voluptuosa y musical, cargada de un triunfo ponzoñoso que resonó en los muros de piedra como el siseo de una serpiente gigante.
—Puntuales como un cortejo fúnebre… —se mofó la voz de Laura desde el fondo del abismo—. Bajad, mis queridos amantes. La función está a punto de comenzar, y el público de la noche tiene un apetito insaciable.
Isabella intercambió una última mirada con Julián en la penumbra de la entrada.
En los ojos del Inmortal ardía la promesa de una justicia que llevaba siglos esperando su hora. En los de Isabella brillaba la serenidad de quien sabe que no hay tiniebla capaz de apagar la verdad.
Nicholas se desvió hacia la galería lateral con la ligereza de una sombra colosal, mientras Julián Romero e Isabella Ravenswood descendían juntos los peldaños hacia el corazón de la abadía maldita.