Capítulo 18 La conspiración del Parlamento #2
Lord Thomas carraspeó, bajando el vaso de brandy con aire digno, aunque en el fondo respiraba aliviado al comprobar que el vestido de gala de su hija no mostraba rasgaduras ni manchas de sangre.
En ese momento, un aullido de alegría sorda retumbó desde las dependencias del servicio.
La puerta de la antesala se abrió y Argos irrumpió en la biblioteca como un bólido cobrizo.
El viejo setter ignoró por completo a los padres y se arrojó sobre Isabella, apoyando las patas delanteras en su falda y lamiéndole las manos con un fervor desesperado, oliendo el rastro inconfundible de Nicholas y de Julián en los pliegues de su ropa.
—Tranquilo, Argos… estoy aquí, muchacho —susurró Isabella, hundiéndole los dedos en el pelaje espeso, sintiendo que la cordura regresaba a la estancia con la presencia de su noble guardián de cuatro patas.
—Ese perro tiene una fijación absurda contigo —rezongó Lord Thomas, volviendo a su mesa de despacho donde se apilaba la correspondencia matinal—. Por cierto, antes del amanecer llegó un emisario de la corte con una misiva de la máxima urgencia para esta casa.
El padre levantó un sobre lacrado en cera negra con un sello que a Isabella le erizó el vello de la nuca: el escudo nobiliario de Arthur Sterling.
—Es una invitación formal de los albaceas de Lord Sterling —continuó el padre con los ojos brillando de codicia—.
Al parecer, su señoría lamenta profundamente el malentendido ocurrido en Derbyshire.
Desea reparar la ofensa ofreciéndome la suscripción preferente de unos bonos del Tesoro vinculados a las aduanas de Westminster.
Me ha citado para esta noche, al filo del crepúsculo, en una capilla privada que la familia posee cerca de los muelles de Southwark para firmar los documentos.
Isabella sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
La jugada de Laura.
Mientras Julián y Nicholas planeaban asaltar Lombard Street para destruir la cabeza financiera de los vampiros, Laura y Sterling estaban moviendo los peones para cobrarse el rescate en sangre:
estaban atrayendo a su padre hacia una trampa mortal en la orilla sur del río para utilizarlo como rehén y obligar a Romero a entregar el manuscrito Rosacruz.
—Padre, no debe acudir a esa cita —dijo Isabella con voz tajante, dando un paso hacia el escritorio—. Arthur Sterling es un hombre deshonesto y peligroso. Ningún negocio legítimo de la Corona se firma al anochecer en una capilla abandonada de Southwark.
Lord Thomas se puso rojo de cólera y descargó la palma sobre el papel.
—¡Basta de insolencias, muchacha! ¡No permitiré que una chiquilla impertinente me dicte cómo administrar la fortuna de los Ravenswood! ¡Acudiré a esa cita a las seis de la tarde, y tú te quedarás en esta casa ensayando al fortepiano como una dama educada!
Isabella comprendió que discutir con la codicia ciega de su padre era inútil. Bajó la vista, asintió con una reverencia fría y salió de la biblioteca acompañada por Argos.
Subió a su alcoba, cerró con pestillo y miró el reloj de sobremesa: marcaba las once menos cuarto de la mañana.
En cuarenta y cinco minutos, Julián y Nicholas atacarían la bóveda de Lombard Street.
Ella tenía que resistir y preparar la trampa antes de que las sombras del anochecer devolvieran a los monstruos el cien por cien de su poder.
A las doce en punto del mediodía, el sol invernal brillaba con una claridad fría y deslumbrante sobre las cúpulas de la City de Londres.
En Lombard Street, el corazón financiero del Imperio, la muchedumbre de corredores de bolsa, clérigos y banqueros transitaba con paso apresurado sobre los adoquines secos.
Nadie prestó especial atención a dos figuras que cruzaban las verjas de hierro forjado de The Obsidian Trust: un caballero alto y de una palidez distinguida, ataviado con levita negra y bastón de ébano, y a su lado,
un criado colosal de casi un metro noventa de estatura con un baúl de cuero al hombro.
Al empujar la pesada puerta de roble y cristal esmerilado, el vestíbulo bancario se presentó ante ellos en una calma engañosa.
El interior estaba en penumbra artificial: pesados cortinajes de terciopelo verde musgo cubrían los ventanales para bloquear el resplandor solar que quemaba los ojos de los siervos de la noche.
Tras las ventanillas de caoba, cuatro empleados de rostros cetrinos y miradas vidriosas contaban pagarés con la lentitud torpe de los autómatas.
Al sentir el aire fresco y puro que entraba con los recién llegados, los cuatro hombres alzaron la vista.
Sus pupilas se dilataron con dolor ante la brizna de luz diurna que se coló por el umbral; sus movimientos eran pesados, torpes, arrastrando los pies como enfermos con una fiebre mortal.
El sol del mediodía reducía su fuerza sobrehumana a la mitad de su capacidad, dejándolos indefensos ante un guerrero que no menguaba jamás.
—El banco está cerrado para los asuntos particulares, señor —balbuceó el cajero principal, mostrando involuntariamente la punta de un colmillo reseco bajo el labio superior.
Julián Romero no respondió con palabras.
Con un movimiento fluido de su brazo izquierdo, echó los cerrojos de la puerta principal, sellando la salida hacia la calle.
Con la mano derecha desenvainó la espada toledana de su bastón con un chasquido metálico que resonó como una campana en la bóveda de yeso.
La hoja de acero solar emitió un resplandor dorado y ardiente que iluminó la sala como un relámpago a mediodía.
—Vengo a liquidar una cuenta que lleva demasiado tiempo abierta en los libros de este reino —dijo Romero con una voz majestuosa que no admitía réplica.
Los cuatro empleados soltaron un chillido sordo de pavor y sacaron pistolas cortas de debajo del mostrador, pero bajo la luz solar sus reflejos eran una burla frente a la velocidad milenaria del Inmortal.
Romero se movió como una ráfaga de viento blanco.
En dos zancadas superó la barrera de madera; el filo dorado de su espada cortó los cañones de hierro de las armas antes de que pudieran disparar, y el pomo de plata de la empuñadura golpeó con precisión quirúrgica las sienes de los tres primeros atacantes,
derribándolos sobre las alfombras en una inconsciencia instantánea que no derramó una sola gota de sangre impura.
El cuarto cajero intentó huir hacia la puerta de hierro que conducía a las cámaras subterráneas, pero la mole monumental de Nicholas se interpuso en su camino.
El gigante de metro noventa no necesitó usar su hacha.
Extendió una mano enguantada en hierro, atrapó al vampiro debilitado por la garganta con la facilidad con la que un labrador levantaría un conejo del campo y lo alzó en el aire a medio metro del suelo, estampándolo contra los barrotes de la reja.
—La llave de la cámara baja —rugió Nick con su voz de trueno templado.
El hombrecillo, jadeando bajo la presión aplastante que le trituraba la tráquea, descolgó tembloroso un aro de llaves de bronce de su chaleco.
Nicholas lo arrojó al suelo aturdido y abrió la verja con un giro seco.
Descendieron por la escalera de caracol de piedra hacia la cripta acorazada del banco. Allí abajo, a salvo de la luz del sol, descansaban los arcones de hierro donde el Cónclave guardaba su verdadero poder.
Julián no perdió un segundo: con la punta incandescente de su espada quebró los candados de plomo del arcón mayor. Al levantar la tapa tachonada de bronce, sus ojos oscuros brillaron con la satisfacción del general que conquista la fortaleza enemiga.
Allí estaba el Libro Negro de Mayfair.
Un inmenso infolio encuadernado en piel de cabra negra con los nombres de todos los parlamentarios sobornados, las cartas de traición dirigidas a los espías de Bonaparte y las órdenes notariales para arrestar a los miembros del gabinete el treinta y uno de diciembre.
Con ese volumen en manos de los jueces honestos de la Corona, la conspiración vampírica quedaba herida de muerte antes de nacer.
Nicholas cargó el pesado volumen dentro del baúl de cuero que transportaba al hombro.
—Tenemos la cabeza de la serpiente, señor —dijo el criado con satisfacción marcial—. La justicia inglesa tendrá que abrir los ojos ante esto.
Sin embargo, cuando Julián examinaba el resto de los legajos que quedaban sobre el fondo del arcón, sus dedos se detuvieron en seco sobre una orden de captura firmada esa misma mañana con un sello de lacre carmesí que desprendía un perfume inconfundible a nardos silvestres y mirra:
la marca personal de Laura.
Julián desplegó el papel con rapidez febril. Sus pupilas se contrajeron y su rostro de mármol se tornó tan sombrío que Nicholas dio un paso al frente en alerta máxima.
—¿Qué ocurre, señor?
—Laura… —susurró Romero, y su voz tembló con una cólera sorda que hizo vibrar el aire de la cripta—.
Laura no esperará a la noche del treinta y uno.
Sabe que Isabella estuvo en Blackfriars y sabe que Isabella le arrojó mi nombre a la cara en Berkeley Square.
Ha ordenado a Sterling secuestrar a Lord Thomas esta misma tarde en los muelles de Southwark para forzarme a entregar el manuscrito de la Rosa antes de la medianoche.
Nicholas apretó los puños de hierro.
—Es una trampa personal. Laura no está buscando el poder del Parlamento; está buscando destruirla a ella para quebrar su alma, señor.
Julián cerró de un golpe seco la tapa del arcón de hierro, envainó su espada en el bastón de ébano y miró hacia las escaleras que conducían a la superficie.
Afuera, el sol del mediodía comenzaba su declive hacia el oeste. Las sombras empezaban a alargarse sobre las calles de Londres, y con cada minuto que pasaba, el poder de los no-muertos comenzaba a recuperar su fuerza letal.
—Nicholas, lleva este baúl al refugio de Blackfriars y prepárame las pistolas de ánima rayada y el frasco del elixir solar —ordenó Julián con una autoridad implacable—. Yo voy a Russell Square. No permitiré que esa mujer ponga una sola de sus garras en la sangre de Isabella.
El caballero español subió los peldaños de dos en dos y cruzó el umbral hacia la calle, dispuesto a librar una carrera contrarreloj contra las sombras que avanzaban inexorables sobre la capital del reino.