Sombras En La Colina Capítulo 18 La conspiración del Parlamento
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Capítulo 18 La conspiración del Parlamento

La luz cenicienta del amanecer londinense se filtraba con dificultad a través de los ventanucos altos de la cripta de Blackfriars, dibujando franjas lechosas sobre el suelo de piedra caliza.

El Támesis, crecido por las mareas vivas del solsticio de invierno, golpeaba con un rumor sordo y rítmico contra los cimientos del antiguo almacén templario,

mientras sobre la gran mesa de nogal los planos de Westminster y las actas secretas de la Cancillería permanecían abiertos bajo la mirada atenta de tres figuras que no conocían el descanso.

Julián Romero sostenía una pluma de ave recién cortada, trazando líneas rojas sobre el plano arquitectónico del Palacio de Westminster.

A pesar de haber pasado la noche en vela, su piel de alabastro resplandecía con una vitalidad limpia y pura.

En sus movimientos ágiles y precisos no había la menor huella del agotamiento que rendía a los hombres comunes; el fuego solar de la Gran Obra alimentaba sus venas con una constancia imperturbable.

Al otro lado de la mesa, Isabella, aún vestida con la seda azul zafiro pero con los hombros cubiertos por una sobria manta de lana escocesa, señalaba con su dedo enguantado una serie de galerías que corrían paralelas a la orilla del río.

—La entrada no puede ser por el pórtico de San Esteban, Julián —explicó ella con su voz templada y analítica, clavando sus ojos avellana en el dibujo—.

Anoche, en el baile de Lord Malvern, escuché al subsecretario de Guerra comentar que la guardia montada cerrará los accesos públicos a las diez de la noche bajo el pretexto de evitar tumultos de los gremios de tejedores.

Si intentamos entrar por la callejuela del Parlamento, nos toparemos con doscientos casacas rojas que obedecen órdenes directas de ministros comprados.

Julián alzó la vista del mapa y la miró con esa mezcla de fascinación intelectual y devoción profunda que jamás lograba disimular en su presencia.

—La mente de una generala prusiana encerrada en un cuerpo que la buena sociedad de Derbyshire pretendía sentar frente a un bastidor de bordar —comentó él, dejando escapar una risa baja y deleitada que disipó momentáneamente la pesadumbre del aire—.

Tienes toda la razón, mi señora. Esas galerías bajas que señalas son los antiguos túneles de desagüe normandos que conectaban las cocinas reales con las barcazas del abad.

Hace doscientos cincuenta años, durante el reinado de Enrique VIII, utilicé ese mismo conducto para sacar de Londres a dos impresores que habían cometido el imperdonable pecado de publicar tratados sobre la rotación de la tierra sin la venia del cardenal Wolsey.

Por entonces apestaba a desperdicios de carnicería; dudo mucho que los modales higiénicos de los ingleses hayan mejorado gran cosa desde entonces.

Nicholas, que permanecía de pie junto a la arcada de piedra afilando con una piedra de aceite la hoja de su hacha de doble filo, emitió un carraspeo cavernoso que sonó como un trueno distante.

—El fango del río es más limpio que las conciencias de los caballeros que se reúnen arriba, señor.

Isabella sonrió ante la réplica del gigante, pero su semblante recuperó de inmediato la gravedad que la situación exigía.

—¿Cuál es el objetivo exacto del Cónclave para la Nochevieja, Julián? No pueden pretender degollar a la Cámara de los Lores en pleno sin desatar una guerra civil en todo el reino.

Romero se puso de pie, cruzó los brazos sobre la espalda y caminó despacio hacia el ventanuco que daba al agua gris del Támesis.

—No buscan una matanza vulgar, Isabella; buscan la parálisis absoluta y la sustitución —explicó con voz sombría—.

En tres noches, el treinta y uno de diciembre de 1799, se celebrará una sesión extraordinaria y secreta del Parlamento para votar las actas de emergencia contra la amenaza de una invasión de la flota francesa.

El primer ministro Pitt y el rey Jorge III estarán ausentes, recluidos por motivos de seguridad en Windsor.

En su lugar, presidirá la sesión Lord Malvern junto a un comité restringido de doce pares de la Corona.

Julián se volvió hacia ella, y sus ojos oscuros brillaron con una llamarada de desprecio hacia sus enemigos:

—El plan es impecable en su perversidad: introducirán en las bebidas de la cámara una tintura alchemicalmente adulterada con veneno de no-muerto, un extracto que sume a los mortales en un trance de sumisión hipnótica absoluta.

Al despuntar el año 1800, los lores más influyentes de Inglaterra habrán firmado la cesión de los arsenales navales, el control de la banca colonial y el mando de la guarnición de Londres a la camarilla de Sterling y Malvern.

Gran Bretaña se convertirá en un imperio títere gobernado desde las criptas de Mayfair.

Isabella sintió que un estremecimiento de repulsión le helaba la sangre, pero su sentido práctico tomó el mando al instante:

—Para detener eso necesitamos dos cosas: el libro de registro del Cónclave, donde figuran los nombres de los traidores y las transacciones bancarias que prueban la conspiración ante los jueces leales a la Corona…

y evitar que sospechen que estamos sobre su pista antes de la medianoche del treinta y uno.

—Exacto —asintió Julián—. Y para conseguir la primera pieza, el mediodía de hoy es nuestra única oportunidad.

Romero señaló hacia el este, en dirección a la City comercial:

—El Cónclave guarda sus títulos de propiedad, sus pagarés de chantaje y sus libros de contabilidad en el sótano blindado de The Obsidian Trust, una casa de banca privada en Lombard Street que opera como su fachada financiera.

Durante la noche, el edificio está custodiado por una docena de vampiros adultos a pleno poder. Pero a las doce del mediodía…

—Bajo la luz del sol, su poder se reduce a la mitad —completó Isabella con una chispa de triunfo en los ojos—. Sus sentidos estarán embotados, sus reflejos serán lentos y no podrán soportar el resplandor de las claraboyas sin quemarse los ojos.

—Precisamente —dijo Julián, con una sonrisa afilada y peligrosa—.

Nicholas y yo asaltaremos la bóveda de Lombard Street a las doce en punto.

Mi fuego de la Rosa arde al cien por cien de su potencia bajo el sol cenital; limpiaremos ese nido bancario antes de que puedan quemar los libros.

Pero tú, Isabella… tú tienes una misión tanto o más peligrosa.

Romero se acercó a ella, tomó sus manos desnudas entre las suyas y la miró con una intensidad protectora que casi le quemaba la piel.

—Debes regresar a Russell Square de inmediato, antes de que el sol esté alto.

Si tu padre descubre que no pasaste la noche en la alcoba, moverá cielo y tierra buscando al magistrado, y los espías de Laura en la policía de Londres sabrán que algo ha quebrado sus planes.

Debes calmar a Lord Thomas, vestir tus mejores galas de señorita inocente y mantener la farsa hasta que caiga la tarde.

Nicholas te dejará en la esquina de la plaza en un coche de punto común.

Isabella apretó los dedos largos y fuertes de Julián.

—Puedo manejar a mi padre, don Julián. Llevo diecinueve años haciéndolo. Pero ten cuidado en Lombard Street; Sterling sabe que estás en la ciudad y Laura no es una enemiga que acepte las derrotas con deportividad.

Julián se inclinó despacio y depositó un beso cálido y solemne en la frente de la joven.

—El acero toledano sabe defenderse bajo la luz del día, mi señora de la colina. Ve con cuidado. Nos reuniremos aquí al caer la noche con las pruebas que decapitarán al Cónclave.

A las ocho de la mañana, la niebla amarillenta comenzaba a ser desgarrada por un sol pálido de invierno que bañaba los adoquines de Bloomsbury con una claridad gélida.

Un carruaje de alquiler anónimo se detuvo en la esquina de Russell Square.

Isabella, envuelta en una capa de terciopelo marrón con capucha que Nicholas le había proporcionado en el refugio para ocultar el vestido de fiesta, descendió con paso ágil, cruzó la acera y subió las escalinatas de la residencia familiar.

Abrió la puerta con la llave de servicio y cruzó el vestíbulo puntualmente, justo cuando el reloj de pared daba las ocho campanadas.

Desde la biblioteca baja brotó de inmediato el sonido histérico de la voz de Lady Eleanor:

—¡Te digo que se la llevaron los rufianes de los muelles, Thomas! ¡El lacayo dijo que la vio correr hacia Bruton Street! ¡Nuestra reputación está arruinada para siempre!

Isabella se despojó de la capa, alisó los pliegues de su vestido de seda con una compostura pasmosa y entró en la biblioteca con la barbilla en alto.

—Si nuestra reputación dependiera de los nervios de los lacayos de Londres, madre, me temo que estaríamos perdidos desde que cruzamos el peaje de Hyde Park.

Lord Thomas, que se disponía a beber un trago de brandy medicinal con la mano temblorosa, se quedó con el vaso a medio camino, mirándola con los ojos desorbitados.

—¡Isabella! ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde has estado toda la noche? ¿Cómo te atreves a desaparecer del baile de Lord Malvern sin avisar a tus padres?

Isabella no vaciló una décima de segundo. Su prodigiosa mente tejió la coartada con la frialdad de una jurista consumada:

—El calor de ese salón era asfixiante, padre, y los caballeros de Mayfair tienen la molesta costumbre de beber más de la cuenta antes de la medianoche.

Cuando un grupo de cortesanos borrachos comenzó a disputarse la próxima contradanza con insultos de taberna, la baronesa de Wotton —una respetable dama de sesenta años que conocía a la abuela Ravenswood— tuvo la gentileza de sacarme por las caballerizas traseras y acogerme en su residencia de

Hanover Square para evitarme el bochorno de presenciar una trifulca pública.

Me envió a casa en su propio carruaje en cuanto despuntó el alba.

Lady Eleanor dejó caer el pañuelo sobre el regazo, pasando del pánico a la adulación mundana en un parpadeo:

—¿La… la baronesa de Wotton? ¿La prima segunda del canciller del Exchequer? ¡Santo cielo, qué alivio! ¿Lo ves, Thomas? Te dije que nuestra hija tiene un instinto aristocrático impecable. Supo retirarse a tiempo antes de que los jóvenes calaveras mancharan su nombre.