Sombras En La Colina Capítulo 17 El reencuentro en la niebla londinense #2
80%

Capítulo 17 El reencuentro en la niebla londinense #2

Sus dedos estaban cálidos, rebosantes de esa energía solar inmutable que no temía a la noche, y al rozar las mejillas sonrosadas de la joven, Isabella sintió una descarga de fuego limpio que le erizó el vello de la nuca y le aceleró el corazón hasta el límite de sus fuerzas.

—Dios del cielo, Isabella… —susurró él, y su voz se quebró con una emoción tan pura y devastadora que sus ojos oscuros parecieron anegarse en lágrimas—. Es usted la criatura más insensata, más hermosa y más indómita que ha pisado este mundo desde la creación de las estrellas.

Julián dio medio paso más, cerrando el abismo que los separaba, apoyando su frente contra la de ella. El aroma a cedro, tinta y resina antigua que emanaba de su piel envolvió a Isabella en un círculo de seguridad absoluta donde las amenazas de Mayfair y las sombras del río dejaron de existir.

—Durante cuatro siglos —continuó Julián en un susurro que vibró en el pecho de la joven—, caminé entre los hombres creyendo que la mayor virtud de un iniciado era la distancia.

Creía que la soledad era el escudo que protegía mi corazón de la podredumbre del tiempo.

Cuando la conocí en aquella verja de sauces, creí que era una simple chispa efímera, una mente brillante que se apagaría en un suspiro del invierno.

Pero me equivoqué. Usted no es una chispa, Isabella.

Es una hoguera que ha consumido todas mis certezas.

En Derbyshire intenté alejarme para salvarla…

y solo conseguí comprender que este mundo entero no vale una sola hora si sus manos no están cerca de las mías.

Isabella no apartó la mirada. Alargó sus propias manos y las posó sobre los hombros firmes de Julián, sintiendo la solidez inquebrantable de aquel hombre que desafiaba a la muerte no por soberbia, sino por amor a la verdad.

—Entonces no vuelva a intentar salvarme desde la distancia, señor Romero —dijo ella con una dulzura firme que selló el destino de ambos—.

Los Ravenswood no sabemos vivir en la retaguardia.

Si este reino va a librar su batalla final contra los no-muertos, la libraremos juntos: con su acero toledano y con mi memoria.

Julián bajó la vista hacia los labios expresivos y valientes de la joven. Por una fracción de segundo, la distancia entre ambos pareció reducirse a la nada, suspendida en el umbral de un beso que habría desafiado a las leyes de la mortalidad.

En ese instante, un carraspeo seco y comedido resonó desde el fondo de la escalera de caracol.

Nicholas apareció en la arcada baja de la cripta, cargando una jarra de peltre humeante con sidra especiada y tres cuencos de barro cocido.

El gigante de casi un metro noventa contempló a su señor y a la joven con una expresión de imperturbabilidad militar, aunque en el fondo de sus ojos de acero brillaba una satisfacción paternal inequívoca.

—Perdonen la interrupción, don Julián —dijo Nick con su voz de trueno amortiguada—. Pero si vamos a derribar al Parlamento de las sombras antes de que termine el año, sugiero que la señorita Isabella tome algo caliente antes de que la escarcha del río le entumezca los dedos.

Julián sonrió despacio, retirando las manos del rostro de Isabella con una lentitud reverente, pero sin soltar sus dedos enguantados, que apretó con una complicidad luminosa.

—Nicholas tiene la molesta costumbre de recordar las necesidades materiales en los momentos menos oportunos —bromeó Romero, recuperando su habitual destello de ironía señorial—. Aunque admito que su sidra suele ser más persuasiva que mis discursos.

Isabella soltó una carcajada clara que resonó bajo las bóvedas templarias, despojando la estancia de cualquier rastro de pesadumbre.

Tomó uno de los cuencos humeantes que el criado le ofrecía y bebió un sorbo del licor especiado con canela y clavo, sintiendo cómo el calor le devolvía el vigor a las venas.

Julián caminó hacia la mesa central y desplegó un mapa detallado del palacio de Westminster y de las abadías subterráneas que comunicaban los muelles reales con las cámaras de los Lores.

—Ven aquí, Isabella —dijo él, volviendo a adoptar la compostura del estratega que mide las fuerzas del enemigo—. Lo que viste en el baile de Lord Malvern confirma nuestras peores sospechas. El Cónclave no busca un atentado vulgar; busca una sustitución sistemática.

Isabella se acercó a la mesa, apoyando las manos desnudas sobre el pergamino, con su mirada analítica examinando cada trazo de tinta.

—Lord Malvern no estaba en el centro del salón —señaló ella con precisión quirúrgica—.

Estaba apostado junto a la antesala de los despachos privados, recibiendo a tres miembros del gabinete de Pitt y a dos almirantes del almirantazgo.

No hablaban de bailes ni de modas; vi cómo les entregaban sellos con la marca de una luna menguante sobre fondo negro.

—El sello del Cónclave —asintió Julián con gravedad—.

Pretenden declarar la ley marcial en la noche de Fin de Año, utilizando el pánico a una supuesta invasión francesa para suspender las sesiones comunes y colocar a criaturas como Sterling al mando de la milicia de Londres.

Si lo logran, el nuevo siglo nacerá bajo el yugo de los no-muertos.

Isabella alzó la vista hacia los ventanucos altos de la cripta. A través de los cristales gruesos, las primeras luces cenicientas del amanecer comenzaban a filtrarse sobre las aguas turbias del Támesis, anunciando el inicio del último día de la semana.

El Acto III había concluido en medio de la niebla y la sangre de los callejones. Las máscaras de la corte habían caído.

Isabella apretó la mano de Julián Romero sobre el mapa de Westminster, con el fuego de la Rosa y la Cruz latiendo en su pecho, lista para descender a las entrañas del poder británico y librar la batalla definitiva por el alma del reino.