Capítulo 17 El reencuentro en la niebla londinense
El coche de caballos ligero avanzó por las arterias secundarias de la capital con la celeridad de una saeta silenciosa.
Nicholas manejaba las riendas con pulso de hierro, evitando las avenidas iluminadas y serpenteando por los distritos gremiales que descendían hacia el río.
A través de las ventanillas empañadas, Isabella vio desfilar la silueta fantasmal de la catedral de San Pablo, cuya cúpula monumental parecía flotar suspendida sobre un mar de humo amarillo y carbón,
antes de que el traqueteo de las ruedas sobre los adoquines cambiara por el crujido húmedo de las maderas de los muelles de Blackfriars.
El carruaje se detuvo en un callejón ciego que moría directamente contra el agua del Támesis. El aire allí era espeso, gélido y salobre, impregnado del hedor a alquitrán de navíos, limo negro y cuerdas de cáñamo mojadas.
Nicholas bajó del pescante con su agilidad insólita, abrió la portezuela con una reverencia sobria y extendió su mano gigantesca para ayudar a descender a Isabella.
La joven iba completamente envuelta en el capote de viaje del criado; la gruesa lana gris ocultaba el brillo delator del vestido azul zafiro, pero no lograba apagar la chispa encendida que ardía en sus ojos dorados.
—Por aquí, señorita —susurró el coloso, señalando con el mentón un portalón bajo de roble reforzado con planchas de hierro remachadas, empotrado en los cimientos de sillería de un antiguo almacén que databa de los tiempos de los caballeros templarios.
Nick extrajo una pesada llave de bronce, la hizo girar en una cerradura de tres vueltas y empujó la hoja hacia adentro.
Al cruzar el umbral, Isabella descubrió que aquel edificio ruinoso en la superficie albergaba un refugio subterráneo de una solidez catedralicia.
Una escalera de caracol de piedra caliza descendía hacia una espaciosa cripta abovedada donde la humedad del río había sido desterrada por completo mediante un sistema de braseros de hierro alimentados con carbón de encina y resinas de sándalo.
El ambiente olía a papel antiguo, cera de abejas virgen y ese perfume inconfundible a cedro e incienso puro que a Isabella le aceleró el pulso de inmediato.
En el centro de la estancia, sobre una inmensa mesa de nogal flanqueada por mapas navales del Imperio, cartas de la Cancillería y crisoles de vidrio soplado, una figura alta y espigada caminaba de un lado a otro con zancadas nerviosas.
Julián Romero no vestía la levita de corte ni portaba su máscara de aristócrata extranjero.
Llevaba una camisa de lino blanco con las mangas recogidas hasta los antebrazos, un chaleco de terciopelo negro desabrochado y calzones de paño oscuro.
Tenía la espada toledana desenvainada sobre la mesa, brillando con un fulgor dorado bajo la luz de seis candelabros de bronce.
Su rostro de mármol, habitualmente sereno y señorial, estaba crispado por una angustia feroz que desmentía sus cuatrocientos años de templanza.
Al escuchar el crujido de la pesada puerta de roble al cerrarse, Julián se volvió de golpe con la velocidad de un felino, con la mano buscando por instinto la empuñadura del acero.
Pero cuando sus ojos oscuros se toparon con la silueta de Isabella, la espada cayó sobre la mesa con un tintineo sordo.
Romero se quedó petrificado en medio de la estancia.
Su pecho, que rara vez mostraba agitación física, subió y bajó en una respiración profunda y temblorosa.
Durante una fracción de segundo, una marea de alivio infinito barrió la palidez de sus facciones, pero en un parpadeo, la exasperación y el terror acumulados tomaron el mando, encendiendo en sus pupilas una tormenta de reproches.
—¡Isabella! —exclamó con una voz que oscilaba entre el trueno y la desesperación, avanzando hacia ella con pasos largos y decididos—. ¡Por todos los santos del cielo! ¿Se puede saber qué demontres hacía usted en los salones de Mayfair? ¿Acaso ha perdido el juicio por completo?
Isabella se detuvo a cuatro pasos de él, en el centro exacto de la bóveda de piedra.
No bajó la cabeza, ni retrocedió ante la embestida verbal.
Muy despacio, desabrochó el broche de bronce del capote de Nicholas y dejó que la pesada tela gris cayera sobre el respaldo de una silla, revelando la magnificencia intacta de su vestido de seda azul zafiro bordado en estrellas de azabache.
Julián se detuvo en seco, deslumbrado por la visión de aquella joven que parecía una soberana nocturna en medio de su laboratorio clandestino, pero no dio su brazo a torcer:
—¡Le advertí en Derbyshire que el Cónclave gobernaba la noche de esta ciudad!
—continuó él, agitando una mano pálida en el aire con una mezcla de furia protectora y desesperación—.
¡Le juré que mi partida tenía como único propósito mantener el fuego lejos de su casa!
¿Y qué hace usted? Llega a Londres a las primeras de cambio, se enfunda un vestido de gala y se mete de cabeza en la mansión de Lord Malvern, el nido más putrefacto de vampiros de toda la cristiandad.
¡Nicholas me informó de que Laura la acorraló en la columnata!
¿Sabe usted lo que es Laura? ¿Tiene la menor idea de lo que esa mujer habría hecho con usted si Nicholas hubiera tardado diez segundos más en romper esa emboscada?
Isabella escuchó la reprimenda sin que un solo músculo de su rostro se alterara. Esperó con una paciencia gélida a que los ecos de la voz de Julián se apagaran contra las bóvedas de piedra.
Luego, dio un paso al frente. Sus ojos avellana, salpicados de destellos dorados bajo las bujías, se clavaron en los de Romero con una intensidad tan aplastante que el noble español pareció perder el aliento en la garganta.
—¿Ha terminado ya su sermón de inquisidor sevillano, señor Romero?
—preguntó ella con una voz cristalina, afilada y cargada de una dignidad que desafiaba a los cuatro siglos de existencia de su interlocutor—.
Porque si ha concluido con las quejas sobre mi falta de docilidad campestre, me gustaría informarle de que acabo de sobrevivir a una trampa mortal sin derramar una sola lágrima, mientras usted se dedica a pasearse por esta cripta gritándole a las paredes.
Julián abrió la boca para replicar, indignado por la insolencia, pero Isabella no le dio tregua. Dio otro paso hacia él, invadiendo su espacio vital hasta quedar a escasos dos palmos de su pecho:
—¡No soy una niña frágil a la que pueda despachar con una palmadita en la cabeza y un relicario de plata, don Julián!
—sentenció con un orgullo indómito que hizo vibrar el aire de la estancia—.
¿Creyó de verdad que me quedaría en Derbyshire bordando almohadones mientras usted se arrojaba en solitario a las fauces de la capital?
Mi padre no vino a Londres por casualidad; vino porque la vanidad y las deudas que usted le perdonó lo empujaron a buscar la corte.
Y yo vine porque el honor de los Ravenswood no se esconde en los establos cuando sus aliados sangran en el Támesis.
Romero retrocedió medio paso, desarmado ante la vehemencia lúcida de aquella mujer.
—Isabella… yo solo pretendía mantenerla con vida —murmuró él, y por primera vez el timbre de su voz perdió la aspereza de la cólera para dejar al descubierto una vulnerabilidad desgarradora.
—Pues sigo con vida —repuso ella, sosteniéndole la mirada con una media sonrisa desafiante que le encendió las mejillas—.
Y mientras usted revisaba mapas empolvados, yo estuve en el salón de baile de Lord Malvern observando lo que sus espías no pueden ver.
Vi a los magistrados del rey que no parpadean; vi a los subsecretarios de la guerra que beben licor de sangre en copas de Bohemia; y vi a su antigua amante, Laura.
Al escuchar el nombre de Laura, el rostro de Julián se endureció como el pedernal.
—¿Qué le dijo esa arpía? —preguntó en un susurro cargado de veneno.
Isabella ladeó la cabeza, y en su mirada brilló una chispa de picardía triunfal y descarada que descolocó por completo al caballero de la Rosa:
—Me dijo que yo era una efímera insignificante.
Una campesina con pretensiones que moriría antes del amanecer.
Intentó intimidarme con sus esmeraldas robadas, con sus trescientos años de cortesana y con la memoria de los lechos que compartió con usted en Italia y en Castilla.
Me aseguró que su corazón jamás dejaría de pertenecerle.
Julián apretó los puños a los costados, con los ojos oscuros llameando de una furia homicida.
—Esa mujer es un cadáver moral que no sabe…
—Déjeme terminar, don Julián —lo interrumpió Isabella con suavidad regia, rozando con los dedos enguantados la pechera de lino de la camisa del noble—.
No le permití que terminara su letanía de soberbia.
Le dije que era una traidora que había vendido su honor por un puñado de joyas vulgares.
Y cuando me amenazó con degollarme para arrancarme el orgullo…
le dije que usted jamás la había amado, porque a ella jamás se atrevió a entregarle lo que me entregó a mí en el puente del arroyo.
Julián contuvo la respiración. Sus ojos negros se abrieron de par en par, contemplando a la joven con una mezcla de asombro sagrado y vértigo absoluto.
—Le dije su nombre —susurró Isabella, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia íntima que llenó el silencio de la cripta—. Le dije que usted es Julián Romero. Y vi en sus ojos de fiera el terror más absoluto. Supe en ese instante que su máscara se había hecho pedazos para siempre.
El silencio que siguió en la antigua bóveda templaria fue tan denso que solo se escuchaba el murmullo apagado del agua del Támesis contra los cimientos de piedra y el crepitar de los leños en los braseros.
Julián Romero permaneció inmóvil durante varios segundos interminables.
La figura del filósofo milenario, del guerrero que había visto caer a los reyes de España y a los dogos de Venecia, se desmoronó de golpe ante la inmensidad de aquella muchacha mortal que lo desafiaba con el vestido azul de gala manchado por la niebla de Londres.
Dejó escapar un suspiro entrecortado, un sonido que pareció arrastrar el peso de cuatrocientos años de soledad estéril.
Con un movimiento lento, casi tembloroso, Julián alzó ambas manos pálidas y acunó el rostro de Isabella entre sus palmas.