Capítulo 16 El gigante en las sombras #2
A lo lejos, en las avenidas principales de Mayfair, el eco de los carruajes y los silbatos de los serenos continuaban sonando como si nada hubiera ocurrido; la capital del Imperio seguía durmiendo en su ignorancia mientras la sangre de la guerra secreta se enfriaba en sus callejones traseros.
Nicholas limpió la hoja de su cuchilla toledana con un trozo de lino aceitado, la enfundó con un chasquido sordo en la vaina de su espalda y se volvió despacio hacia Isabella.
La joven permanecía de pie en el fondo del callejón, con el relicario aún en la mano y la respiración acompasada.
Su vestido azul zafiro no tenía una sola mancha de ceniza; su postura era tan erguida y digna como en el salón de baile de Lord Malvern.
No había en sus ojos avellana el pánico ciego de las doncellas indefensas; había un reconocimiento lúcido, una gratitud templada por el acero y una determinación indomable.
Nicholas se quitó el guantelete de hierro de la mano derecha, dio tres pasos mesurados hacia ella y dobló una rodilla sobre el fango del callejón, inclinando su cabeza monumental con una reverencia que rozaba la devoción caballeresca de las crónicas antiguas.
—Señorita Isabella —dijo el coloso con su voz cavernosa, baja y templada—. Perdone la demora. La vigilancia en los accesos de la plaza estaba demasiado tupida para actuar antes de que cruzara las verjas.
Isabella bajó la mano que sostenía la reliquia, dejando que la plata volviera a descansar contra su pecho bajo el escote de seda, y miró al gigante con una sonrisa cálida que desarmó de golpe la aspereza de la batalla.
—Llegaste exactamente a tiempo, Nicholas —respondió ella con voz serena—. Y dudo mucho que esos caballeros de Mayfair esperaran encontrarse con una muralla de Toledo cerrándoles el paso. ¿Te hirieron?
Nicholas alzó la vista, y una levísima sonrisa de piedra asomó en la comisura de sus labios anchos:
—Estas alimañas no tienen el acero necesario para quebrar mi guardia, señorita. Además, habrían tenido que pasar sobre mi cadáver antes de tocar un solo cabello de su cabeza.
El gigante se puso en pie con un movimiento ágil para su envergadura, desabrochó el broche de bronce de su largo capote de viaje de paño gris oscuro y se lo tendió con delicadeza infinita,
colocándolo sobre los hombros desnudos de Isabella para protegerla del viento gélido de la madrugada y ocultar el brillo delator del vestido azul zafiro.
—¿Julián te ordenó vigilarme? —preguntó Isabella en voz muy baja mientras ajustaba el paño grueso a su cuello, sintiendo el calor reconfortante de la lana militar.
Nicholas asintió con gravedad solemne:
—Mi señor jamás la dejó desprotegida, señorita Isabella.
Desde el mismo instante en que supo que Lord Thomas había arrendado una casa en Russell Square, mi única misión en Londres ha sido ser su sombra invisible.
Don Julián está librando una batalla titánica en los muelles y en los sótanos de la Cancillería para desmantelar la red financiera del Cónclave…
pero su pensamiento más constante jamás abandonó a la señora de la colina.
Me dio una orden estricta antes de que usted pisara esta ciudad: «Si cae Londres, que caiga; pero que Isabella Ravenswood regrese intacta a su piano».
Isabella sintió que un nudo dulce y punzante le apretaba la garganta. La devoción de Julián Romero, limpia de la posesividad enferma que consumía a Laura, brillaba a través de la lealtad de aquel criado como una antorcha en medio de la tormenta.
—Laura estaba en el baile, Nicholas —advirtió Isabella, mirando hacia la entrada del callejón—. Hablé con ella cara a cara. Sabe que estoy aquí y sabe que Julián me entregó su verdadero nombre. Su furia no se detendrá en estos tres esbirros.
—Lo sé, señorita —respondió Nick, frunciendo el ceño de granito—.
Vi su carruaje rondando la plaza hace dos horas.
Por eso no podemos permitir que regrese a la residencia de Bloomsbury esta noche.
La servidumbre de su padre no tiene defensas contra las artimañas del Cónclave, y si Laura descubre que sus hombres han sido destruidos, enviará una legión entera a asaltar Russell Square antes del alba.
—¿Adónde me llevas entonces? —preguntó Isabella con firmeza, dispuesta a seguir la senda que el destino le trazaba.
Nicholas señaló hacia la embocadura de Bruton Street, donde un coche de caballos ligero y oscuro, con los faroles apagados y sin blasones a la vista, aguardaba en la penumbra del cruce.
—Al refugio del río, señorita. A los antiguos almacenes templarios de Blackfriars, junto al Támesis. Allí es donde don Julián ha establecido su santuario en la capital. Allí estará a salvo de las garras de Mayfair… y allí es donde mi señor la está esperando.
Isabella no vaciló un solo segundo. Recogió la máscara de plata del suelo, se ciñó el capote de Nicholas alrededor del cuerpo y asintió con una mirada dorada y encendida que desafiaba a la noche entera de Londres.
—En marcha, Nicholas. Tengo muchas cosas que decirle a don Julián Romero antes de que amanezca sobre este reino.
El coloso sonrió con orgullo marcial, abrió la marcha con pasos silenciosos y seguros, y juntos se perdieron en la espesura de la niebla amarillenta, dejando tras de sí las cenizas frías de los monstruos que habían osado subestimar el poder de la Rosa y la Cruz.