Capítulo 16 El gigante en las sombras
La niebla de Mayfair no era una simple suspensión de vapor de agua; era una masa amarilla, grasienta y sulfurosa nacida del aliento de medio millón de hogares caldeados con carbón barato, que se adhería a la seda azul zafiro del vestido de Isabella como una mortaja pegajosa.
Al cruzar las verjas monumentales de Malvern House, el resplandor de las antorchas de la fachada se disolvió en una penumbra lechosa donde la noción del espacio y la distancia parecía perder todo sentido.
Isabella no miró hacia atrás.
Sabía que esperar el carruaje familiar en la calzada principal equivalía a firmar su propia sentencia y arrastrar a sus padres a una carnicería que sus mentes convencionales jamás comprenderían.
La hilera de carruajes en Berkeley Square estaba atascada en un nudo ciego de ruedas encajadas y cocheros enfurecidos; aguardar en las escalinatas significaba permitir que los tres sicarios de Laura la acorralaran contra la balaustrada a la vista de una multitud indiferente.
Se recogió las faldas de seda con la mano izquierda, sosteniendo la pesada máscara de plata con la derecha, y dobló a paso vivo por la esquina de Bruton Street, internándose en la red de callejones empedrados y pasajes de caballerizas que serpenteaban hacia el este.
A esa hora de la madrugada, los pasajes traseros de Mayfair estaban desiertos. Solo se escuchaba el goteo rítmico del agua de lluvia que resbalaba por los canalones de plomo y el eco quebrado de sus propios zapatos de baile sobre los adoquines húmedos.
Sin embargo, a escasos veinte pasos a su espalda, el aire nocturno comenzó a vibrar con una cadencia siniestra.
No eran pisadas de hombres mortales. Eran roces sutiles, leves como el aleteo de polillas gigantescas sobre la piedra mojada.
Las sombras que la seguían no necesitaban jadear por el esfuerzo; se deslizaban por los aleros y las cornisas con la ligereza elástica de felinos hambrientos, midiendo el terreno antes de lanzar el zarpazo definitivo.
Isabella apretó los dientes. El frío le cortaba las mejillas y el aire con sabor a hollín le raspaba la garganta, pero su mente analítica trabajaba con una serenidad despiadada.
Al llegar a la embocadura de Hay’s Mews, un callejón sin salida flanqueado por altos muros de ladrillo oscuro y establos de carruajes con portones atrancados, se detuvo en seco.
No tenía escapatoria física hacia adelante. El muro del fondo, de casi cuatro metros de altura y coronado por cristales rotos encajados en mortero, clausuraba el paso.
Isabella dio media vuelta despacio. Se despojó de la máscara de plata calada, dejándola caer sobre un montón de paja limpia, y liberó su rostro para tener una visión periférica absoluta.
Sus grandes ojos avellana resplandecieron en la oscuridad con una firmeza que no conocía el temblor.
Con un movimiento deliberado, deslizó los dedos bajo el escote de su corpiño y extrajo el relicario de la Rosa y la Cruz que descansaba sobre su pecho.
El metal de plata vieja vibraba ahora con una fuerza prodigiosa, despidiendo un calor vivo que ahuyentaba la escarcha de sus dedos y proyectaba un halo microscópico de luz dorada a su alrededor.
De la niebla del callejón emergieron los tres perseguidores.
Eran criaturas jóvenes en la no-vida, recién convertidas para servir de tropa de choque al Cónclave de Mayfair.
Vestían levitas oscuras de corte inglés, pero sus ropas colgaban sobre anatomías esqueléticas y tensas como cables de alambre.
Sus rostros eran máscaras de yeso muerto, con los pómulos afilados por el hambre de sangre y los ojos inyectados en una fosforescencia rojiza que brillaba como carbones encendidos bajo la bruma.
Al caminar, dejaban al descubierto sus uñas alargadas y curvadas en forma de garras, y sus labios resecos se replegaban hacia arriba en un siseo constante que mostraba colmillos largos y afilados como agujas de marfil.
El que encabezaba el grupo, un engendro de complexión enjuta que conservaba los restos de una peluca aristocrática empolvada, se detuvo a seis pasos de Isabella con una reverencia burlona.
—Qué dama tan considerada… —siseó el vampiro, y su aliento apestaba a sangre coagulada y tierra de cripta—.
Nos ha ahorrado el trabajo de perseguirla por las avenidas principales.
Lady Laura fue muy precisa en sus órdenes, señorita: quiere que conservemos intactos ese cuello de cisne y esa lengua tan elocuente.
El resto de su carne… el resto nos pertenece como recompensa por la vigilia.
Los otros dos no-muertos se abrieron en abanico, cortando los flancos del callejón con andares espasmódicos, relamiéndose los labios con deleite anticipado.
Isabella no retrocedió hacia la pared. Levantó la mano derecha y alzó el relicario de plata en alto, interponiéndolo directamente entre ella y el líder de la manada.
—Den un solo paso más, engendros de Mayfair —declaró Isabella con una voz clara, resonante y firme, que no contenía el menor rastro de súplica—, y comprobarán si el fuego de la Rosa y la Cruz tiene paciencia con la carroña de su estirpe.
Al ver el sello sagrado de la Rosa de siete pétalos resplandecer en la noche, el cabecilla retrocedió un paso con un bufido salvaje.
La luz dorada que emanaba del metal golpeó las pupilas del no-muerto como una llamarada de aceite hirviendo; la criatura alzó un brazo para taparse el rostro,
emitiendo un chillido estridente mientras la piel de sus dedos comenzaba a enrojecer y ampollarse al contacto con la radiación solar atrapada en la reliquia.
—¡El amuleto de la Orden! —chilló el segundo vampiro desde la sombra—. ¡Es el fuego de los alquimistas!
—¡No importa! —bramó el líder, sacudiendo la cabeza con furia homicida—. ¡Es solo una mortal con un trozo de plata! ¡Rómpanle los brazos por la espalda antes de que invoque el poder!
Los dos esbirros se agazaparon contra los adoquines, tensando los músculos de los muslos para abalanzarse sobre Isabella desde los costados en un asalto coordinado a una velocidad que el ojo humano apenas podía registrar.
Pero el asalto jamás llegó a completarse.
Desde la densa cortina de niebla que cubría la entrada del callejón, un estruendo telúrico desgarró el silencio de Mayfair.
No fue un disparo, ni un grito de guerra. Fue el impacto demoledor de una fuerza bruta, implacable y colosal que cayó sobre la calzada con la contundencia de un bloque de granito desprendido de una montaña.
Una silueta monumental de casi un metro noventa de estatura surgió del vapor como un castigo divino.
Nicholas no vestía ropas de salón ni librea de servicio.
Llevaba una casaca de cuero oscuro endurecido con remaches de bronce sobre los hombros y el pecho, botas de campaña herrumbrosas y guanteletes de hierro articulado en ambas manos.
Su rostro ancho y de mandíbula cuadrada era un bloque de piedra sin compasión, y sus ojos de acero gris relampagueaban con una ferocidad calculadora que helaba la sangre mucho más que cualquier monstruosidad sobrenatural.
Antes de que el vampiro de la izquierda pudiera impulsarse hacia Isabella, la mano enguantada de Nick se cerró sobre su nuca como una prensa de forja hidráulica.
El crujido de las vértebras cervicales pulverizadas bajo la fuerza sobrehumana del gigante resonó en el callejón como el disparo de un fusil de chispa.
Nick ni siquiera miró al engendro: con un movimiento fluido de su brazo gigantesco, levantó a la criatura en el aire como si fuera un saco de trapos viejos y la estampó con una violencia atroz contra el muro de ladrillo del establo.
La cabeza del no-muerto se estrelló contra la mampostería con un sonido pastoso, desmoronándose en el suelo en un espasmo inerte antes de que su carne comenzara a disolverse en cenizas grises.
El cabecilla de la peluca empolvada giró sobre sus talones con un aullido de incredulidad y rabia.
—¡El guardián de piedra! —gritó, abalanzándose hacia la garganta de Nicholas con las garras extendidas en un arco letal.
Nick dio medio paso atrás con la precisión de un veterano de cien asedios.
Con su brazo izquierdo desvió el zarpazo del vampiro mediante el brazalete de hierro, arrancando chispas al choque con las garras, y con la mano derecha desenvainó de su espalda una cuchilla pesada de acero toledano: una hoja ancha, corta y resplandeciente como un espejo bruñido,
cuyo filo silbó en el aire con una geometría perfecta.
El corte ascendente decapitó al líder de los atacantes en una milésima de segundo.
La cabeza del vampiro voló por los aires en medio de un torrente de fuego blanco y olor a azufre purificado, mientras su cuerpo decapitado caía de rodillas sobre los adoquines húmedos, consumiéndose en una llamarada silenciosa que no dejó más que una costra de hollín sobre el fango de Londres.
El tercer vampiro, el más joven, se quedó paralizado en medio del callejón.
Miró las cenizas humeantes de sus dos compañeros, contempló la mole inmensa de Nicholas que avanzaba hacia él con la cuchilla en alto y la mirada vacía de cualquier piedad, y comprendió que la noche no lo convertía en un dios frente a un protector jurado de la Rosa.
La criatura dio media vuelta sobre sus talones, intentando trepar desesperadamente por la reja de madera de una cochera para ganar los tejados.
Nicholas no corrió. Introdujo la mano izquierda bajo las solapas de su casaca de cuero, extrajo una pequeña daga de lanzamiento forjada en plata maciza con forma de hoja de sauce y, con un latigazo seco de su muñeca de hierro, arrojó el metal a través de la niebla.
La daga atravesó el omóplato del vampiro a quince pasos de distancia, clavándose hasta la empuñadura en el centro mismo de su corazón impuro.
El engendro emitió un gemido ahogado, perdió el agarre en la madera y cayó pesadamente sobre los adoquines boca arriba.
Un resplandor incandescente brotó de la herida, extendiéndose por sus venas como una red de fuego líquido hasta que el cuerpo entero se redujo a una mancha de polvo grisáceo que el viento de diciembre dispersó en remolinos sobre las piedras.
El silencio que cayó sobre Hay’s Mews fue absoluto, pesado y sepulcral.