Capítulo 15 Miradas en el baile de máscaras #2
Isabella no parpadeó. La mención de Julián por parte de aquella mujer no despertó en ella el pánico de los celos mundanos, sino una certeza diamantina sobre la miseria espiritual de su enemiga.
Dio medio paso hacia Laura, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido que solo la inmortal pudo escuchar:
—Si trescientos años de pasión hubieran valido algo para él, señora, don Julián Romero no habría sentido la necesidad de amenazarla con clavarle el acero en la garganta para mantenerla lejos de mí.
El nombre Romero, pronunciado con una reverencia limpia e inviolable por los labios de Isabella, cayó sobre Laura como un caldero de plomo hirviendo.
La mujer retrocedió medio paso, desencajada. La máscara de dominio aristocrático se hizo pedazos.
—¿Te… te dio su nombre? —tartamudeó Laura, con los ojos esmeralda abiertos de par en par, encendidos por un terror y un dolor que ninguna herida física podía igualar—. ¡Mientes! ¡Julián jamás entrega su verdadero nombre a nadie! ¡A nadie!
—A usted no se lo dio, evidentemente —sentenció Isabella con una frialdad majestuosa que la hacía parecer una soberana frente a una cortesana desterrada—.
Porque él sabe lo que usted es: una traidora que vendió el juramento sagrado de la Rosa por un puñado de sedas y diamantes robados.
Usted no ama a Julián, señora. Usted solo codicia la luz que perdió la noche en que decidió arrastrarse con los no-muertos.
Y le enfurece saber que un hombre que desprecia las vanidades de este siglo haya encontrado en una simple mortal de Derbyshire la verdad que usted jamás pudo ofrecerle.
Laura temblaba. El odio, la envidia salvaje y el rencor de siglos acumulados desfiguraron sus facciones esculturales en una mueca monstruosa.
Sus uñas largas y carmesíes se arquearon como garras y sus labios dejaron ver, por una fracción de segundo, la sombra de unos colmillos afilados por el veneno del Cónclave.
—Vas a morir esta noche, Isabella Ravenswood —siseó Laura con una voz que sonó a serpientes arrastrándose sobre mármol quebrado—.
No llegarás viva al amanecer. Voy a arrancarte esa lengua insolente y colgaré tu cabeza de la reja de Russell Square para que tu amado caballero de la Rosa aprenda lo que cuesta humillarme.
Laura alzó una mano enjoyada y chasqueó dos dedos en el aire.
Al fondo de la columnata, tres sombras de librea oscura y rostros de cera se movieron al unísono.
Eran siervos del Cónclave de Mayfair: criaturas de mandíbulas prietas y miradas muertas que comenzaron a deslizarse entre los invitados, cerrando las salidas que conducían hacia el vestíbulo principal.
A través de la multitud enmascarada, Isabella alcanzó a divisar la figura lejana de Arthur Sterling, apoyado contra una balaustrada con el brazo vendado oculto bajo una capa negra, contemplando la escena con una sonrisa de depredador triunfante.
La trampa se cerraba sobre ella en medio de trescientos nobles ciegos que seguían danzando al compás de Rameau.
Isabella no perdió el control. Su prodigiosa mente analítica calculó las distancias y los tiempos en una fracción de segundo: cruzar el salón hacia sus padres era un suicidio que los arrastraría a ellos a la matanza;
la única vía de escape con espacio suficiente para maniobrar eran las escalinatas exteriores que descendían hacia los carruajes en Berkeley Square.
Llevó su mano enguantada al escote, rozó el relieve de plata del relicario y sintió que una pulsación caliente y poderosa le recorría los tendones.
Clavó sus ojos avellana en Laura por última vez, dedicándole una media sonrisa tan desafiante y luminosa que la inmortal dio un respingo de desconcierto.
—Inténtelo si se atreve, señora —dijo Isabella con voz firme—. Pero le advierto que la noche londinense suele guardar sorpresas muy amargas para quienes subestiman a los Ravenswood.
Sin esperar la reacción de la fiera, Isabella dio media vuelta con un movimiento rápido y ágil de sus faldas de seda azul zafiro, esquivó a una pareja de marqueses que giraban al compás de la música y se deslizó con paso resuelto hacia las puertas que daban al pórtico de salida.
—¡Atrápenla en cuanto cruce la verja! —rugió Laura en un susurro estrangulado hacia sus secuaces—. ¡No la dejen llegar a su carruaje!
Isabella cruzó el umbral exterior de Malvern House.
El aire gélido de la madrugada londinense le golpeó el rostro con la fuerza de un vendaval de invierno, disipando de golpe el hedor a nardos y podredumbre del salón de baile.
La niebla en la plaza se había cerrado como un muro impenetrable de humo amarillo y ceniza, donde las antorchas de los lacayos apenas eran brasas agónicas que flotaban en la nada.
—¡Coche de los Ravenswood! —gritó el heraldo de la entrada con voz destemplada por el frío.
El carruaje familiar no apareció: la hilera de vehículos en la plaza estaba bloqueada por dos landós averiados en la esquina norte.
Isabella bajó los peldaños de mármol hacia la acera empedrada de Berkeley Square.
Detrás de ella, el sonido sordo y rítmico de pasos apresurados sobre la grava húmeda le confirmó que los tres enviados de Laura habían traspasado la verja del palacio, pisándole los talones con la velocidad implacable de la noche.
La trampa estaba tendida en el callejón oscuro que conducía hacia Bruton Street. Pero entre las sombras más densas de la niebla, donde la luz de los faroles no alcanzaba a penetrar, una mole de piedra de casi un metro noventa aguardaba inmóvil con el acero toledano templado en la mano.