Capítulo 15 Miradas en el baile de máscaras
La fila de carruajes en Berkeley Square avanzaba a paso de tortuga bajo la densa niebla de medianoche.
Las antorchas de brea empapadas en resina, sostenidas por lacayos apostados en cada esquina de la plaza, ardían con un fulgor rojizo y humeante que transformaba el corazón de Mayfair en una antesala del inframundo.
Cada pocos minutos, un landó o una gran berlina de gala se detenía frente a la columnata corintia de Malvern House; las portezuelas crujían al abrirse y de su interior descendían figuras envueltas en capas de terciopelo, rasos pesados y plumas exóticas,
ocultando sus rostros tras máscaras venecianas de arlequines, aves de presa y deidades mitológicas.
Lord Thomas Ravenswood descendió del coche familiar con una levita de gala de seda carmesí y una máscara dorada con ribetes de brocado, hinchando el pecho ante el despliegue de lacayos uniformados con la librea blanca y plata de Lord Malvern.
A su lado, Lady Eleanor se ajustaba una máscara de encaje de Chantilly con plumas de avestruz, sofocando grititos de júbilo mundano.
—¡Observa este despliegue, Thomas! —susurró la madre, aferrándose al brazo de su esposo con dedos enguantados—. El duque de Devonshire acaba de cruzar el umbral, y aquel caballero de la capa negra es el subsecretario de Guerra. ¡Londres entero está aquí!
Isabella descendió en último lugar.
El lacayo que le ofreció el brazo para salvar el estribo vaciló un instante, deslumbrado por la presencia de la joven.
Isabella llevaba el vestido de seda salvaje color azul zafiro oscuro que Madame Delacroix había confeccionado en Bond Street.
El corte imperio estilizaba su figura con una sencillez regia, despojada de las gorgueras y lazos excesivos que afeaban los atuendos de otras debutantes.
El dobladillo y el escote, bordados con diminutas filigranas de plata y azabache, brillaban con destellos fríos y diamantinos a cada paso que daba sobre las losas húmedas.
Cubría su rostro con una máscara de media luna forjada en plata calada, una joya de artesanía que dejaba al descubierto su boca expresiva, la línea decidida de su mandíbula y aquellos ojos suyos, de un avellana profundo salpicado de oro,
que recorrían la fachada del palacete con la precisión de un halcón evaluando el terreno de caza.
Bajo el corpiño de seda, apoyado directamente contra la piel viva entre sus senos, el relicario de la Rosa y la Cruz que Julián le había confiado latía con una calidez sutil y protectora.
Al cruzar el vestíbulo monumental de Malvern House, el estruendo de la orquesta de cuerdas y el murmullo de trescientos invitados cayeron sobre ellos como una marea caliente.
La mansión era un monumento a la opulencia más descarada.
Paredes revestidas de mármol de Carrara blanco y verde serpentina, espejos monumentales de cristal veneciano que multiplicaban el fulgor de doce candelabros de araña con millares de bujías de cera pura,
y techos abovedados pintados al fresco con alegorías barrocas donde dioses olímpicos contemplaban batallas humanas.
Camareros de librea inmaculada circulaban entre la multitud ofreciendo bandejas de plata con copas de champaña francés y pequeños cuencos de porcelana con faisán trufado.
Sin embargo, a los ojos lúcidos de Isabella, la aparente alegría de la fiesta desprendía un hedor rancio a putrefacción encubierta.
No tardó en notar las anomalías que escapaban a la euforia superficial de sus padres.
En las esquinas del gran salón de baile, apartados del flujo de los comensales, pequeños grupos de caballeros y damas permanecían inmóviles con una quietud antinatural, como estatuas de cera ataviadas con sedas carísimas.
Isabella observó con atención analítica que ninguno de aquellos nobles probaba bocado de las bandejas; sostenían copas con un licor espeso y oscuro de color granate que jamás mermaba de nivel,
y sus conversaciones no producían el aliento tibio y empañado que el frío de diciembre provocaba en los mortales comunes.
Eran hombres del Parlamento, magistrados de la Cancillería y damas de la alta corte cuyas pieles cerosas, incluso bajo el colorete y los polvos blancos, despedían un frío sepulcral.
La logia de los no-muertos estaba presente en cada rincón del palacio, vigilando a la élite del Imperio británico como pastores que vigilan a un rebaño distraído.
—Voy a buscar al coronel Hastings a la sala de juegos, querida —anunció Lord Thomas, distraído por el tintineo de las monedas de oro en las mesas de naipes—. Isabella, quédate con tu madre. Procura no mostrarte demasiado distante si algún caballero de posición te solicita una contradanza.
—Seré la viva estampa de la amabilidad parlamentaria, padre —repuso Isabella con una ironía tan sutil que el terrateniente la tomó por una promesa de docilidad.
Lady Eleanor fue interceptada de inmediato por un corrillo de matronas enjoyadas que discutían sobre los precios de las casas de campo en Surrey.
Isabella aprovechó el descuido con la presteza de una sombra: dio dos pasos laterales, esquivó el círculo de faldas y se refugió junto a la columnata oriental del salón, cerca de unos ventanales franceses que daban a una terraza oscura suspendida sobre los jardines traseros de la plaza.
Desde allí, con la espalda apoyada contra el mármol frío de una columna y una copa de agua mineral entre los dedos enguantados, Isabella contempló el baile.
La orquesta atacaba los compases de una gavota de Rameau, pero la música sonaba hueca, artificial, carente de la respiración dolorosa y pura de la Passacaglia que había compartido con Julián en el Cristofori florentino.
De pronto, el aire a su alrededor cambió de forma radical.
Una corriente pesada, densa y narcótica desplazó el olor a cera quemada y perfume de lavanda del salón. Era una fragancia asfixiante de nardos silvestres, almizcle blanco y resina oriental de mirra, la misma que había impregnado el carruaje de posta en el Paso de las Horcas tres semanas atrás.
Isabella no se volvió con prisa. Se tomó el tiempo de apoyar su copa sobre una consola dorada, respiró hondo para asentar el pulso y giró el cuerpo con una lentitud majestuosa.
A escasos tres pasos de distancia, recortada contra el vano de la terraza oscura, Laura la contemplaba.
La inmortal renegada ofrecía una visión de una sensualidad perturbadora y monumental.
No llevaba el vestido de viaje de Derbyshire; lucía un traje de noche de terciopelo negro y seda carmesí que se ceñía a sus curvas voluptuosas como una segunda piel, dejando al descubierto unos hombros de mármol inmaculado y un escote de una audacia que rozaba la herejía para las normas de la corte.
Su densa melena azabache caía en ondas brillantes sobre su espalda, y alrededor de su cuello serpenteaba un collar de rubíes de sangre de pichón engarzados en platino, cuyo fulgor ardía con el mismo fuego salvaje que sus ojos.
No llevaba máscara. Se presentaba a cara descubierta, desafiando a los disfraces de la corte con la altivez de una reina bárbara.
Sus labios carnosos, encendidos en un rojo oscuro y sangriento, se curvaron en una sonrisa burlona y lasciva mientras recorría con la mirada el vestido azul zafiro de Isabella.
—Vaya, vaya… —dijo Laura con una voz profunda, aterciopelada y ronca, arrastrando las vocales con esa cadencia mediterránea que destilaba veneno puro—.
Pero si es la pequeña filósofa de los pantanos.
Debo felicitar a tu modista de Bond Street, querida: ha conseguido que una campesina de Derbyshire parezca casi una dama de mundo.
Isabella no retrocedió un milímetro. Enderezó la espalda, sosteniendo la mirada de aquellas esmeraldas rasgadas con una serenidad tan aplastante que la sonrisa de Laura vaciló por una milésima de segundo.
—Y yo debo felicitar a su joyero, señora —respondió Isabella con voz cristalina, modulada y tranquila, que no tembló en lo más mínimo—. Esos rubíes disimulan con bastante eficacia la palidez cadavérica que suele acompañar a quienes pasan demasiado tiempo alimentándose de las sobras de Mayfair.
El rostro de Laura se endureció de golpe. Sus ojos verdes brillaron con una llamarada de odio primitivo, sorprendida de que aquella mortal insignificante no cayera de rodillas ni titubeara ante su presencia depredadora.
Dio un paso hacia adelante, cerrando la distancia hasta que Isabella pudo sentir el frío gélido que emanaba de su figura a pesar del sofoco del salón de baile.
—Tienes una lengua muy afilada para ser una criatura tan frágil, Isabella —susurró Laura con una crueldad destilada—.
Crees que esa máscara de plata y las cuatro frases en latín que aprendiste en la biblioteca de tu padre te otorgan algún poder.
No eres más que una efímera insolente. Un parpadeo en la noche de este mundo.
Una mariposa que ha tenido la osadía de revolotear alrededor de una llama que no comprende.
—Comprendo bastante más de lo que su vanidad le permite suponer —replicó Isabella, ladeando la cabeza con una media sonrisa de desdén inteligente que golpeó a Laura como una bofetada—.
Comprendo, por ejemplo, que una mujer que presume de haber caminado por las cortes de los Médici y de haber conocido la Gran Obra debe sentirse profundamente humillada al verse reducida a ser la alcahueta de lujo de un puñado de parásitos parlamentarios que temen a la luz del mediodía.
Laura apretó los puños enjoyados a los costados. Una presión invisible y asfixiante comenzó a comprimir el aire entre ambas; la llama de las velas del candelabro cercano tembló y descendió, tiñéndose de un azul pálido ante la emanación del poder de la inmortal renegada.
—¡Cállate, gusano mortal! —siseó Laura entre dientes, con los labios temblando de una furia posesiva que le quemaba las entrañas—.
¡Tú no sabes nada de Julián ni de la eternidad!
¡Yo fui su amante cuando tú ni siquiera existías en el polvo de la tierra!
¡Yo compartí su lecho, su fuego y sus secretos mientras los reyes se arrodillaban ante nosotros!
¿Crees que un puñado de sonatas en un piano destartalado y unas miraditas a través de una verja de sauce bastan para borrar trescientos años de pasión?