Capítulo 14 La temporada de invierno #2
—No busco poesías de corte, señor Vance —respondió ella con voz serena y modulada—.
Busco tratados de música antigua. Específicamente, composiciones venecianas y castellanas del siglo XVII.
Me han asegurado que su establecimiento es el único en Londres capaz de conseguir partituras con anotaciones de bajo continuo en clave de sol menor.
El viejo librero parpadeó detrás de sus lentes gruesas, y una chispa de respeto profesional reemplazó a su inicial escepticismo.
—Una afición inusual para los tiempos que corren, señorita. La mayoría de los clientes que cruzan este umbral solo buscan folletos políticos sobre la guerra de Flandes o tratados de botánica colonial.
El hombre rebuscó bajo el mostrador y extrajo un cartapacio de pergamino atado con una cinta de lino deshilachada.
—Casualmente, hace apenas dos días tuve el honor de atender a un caballero extranjero que buscaba exactamente el mismo tipo de rarezas —comentó el librero mientras hojeaba los pliegos—.
Un noble de modales exquisitos, altísimo y de una palidez asombrosa, como si acabara de escapar de un convento de clausura en España o en los Países Bajos.
Pagó con florines de oro flamencos sin regatear un solo penique por tres manuscritos de polifonía toledana y un tratado de matemáticas atribuido a los discípulos de Paracelso.
A Isabella se le aceleró el pulso de forma incontenible, pero no permitió que la emoción alterara la compostura de sus facciones.
—¿Un caballero pálido, dice usted? —preguntó ella con fingida indiferencia—. ¿Iba acompañado por un criado de proporciones colosales?
El anciano abrió los ojos de par en par y bajó la voz hasta convertirla en un susurro temeroso:
—¡Santo cielo, sí! Un gigante de casi metro noventa, con hombros de cantero y una mirada que helaba la sangre.
No pronunció una sola palabra, pero cargó dos arcones de infolios pesados como si fueran cestas de mimbre vacías.
El caballero le dio orden de transportarlos hacia los muelles de Blackfriars, cerca del río.
El librero deslizó uno de los pliegos sobre el mostrador de roble:
—Este es el único pliego que el caballero dejó atrás por considerar que la copia estaba incompleta. Una Fantasía para teclado y cuerda de principios del siglo pasado.
Isabella tomó el pliego entre sus manos enguantadas. El papel era antiguo, de un tacto suave y recio. En el margen inferior del primer compás, trazadas en tinta sepia reciente, había dos líneas de texto escritas con una caligrafía cursiva, firme y aristocrática que ella reconoció al instante:
«La música de la verdad no teme a las sombras de la corte. Vigila las máscaras en Berkeley Square. —J. R.»
Isabella contuvo el aliento. Julián Romero había estado en esa misma tienda hacía menos de cuarenta y ocho horas.
Y aquel mensaje, dejado discretamente en el único lugar donde una mente como la suya acudiría a buscar respuestas, era una advertencia directa y una confirmación luminosa: él estaba en Londres, estaba cazando en las sombras y sabía con certeza que ella no tardaría en llegar a la boca del lobo.
—Me quedo con este pliego, señor Vance —dijo Isabella, sacando de su retículo dos chelines de plata que depositó sobre la madera—. Guárdese el cambio por su buena memoria.
—Que Dios la acompañe, señorita —respondió el anciano, inclinando la cabeza con una mezcla de desconcierto y reverencia.
Isabella dobló el pliego con sumo cuidado, lo guardó en el bolsillo interior de su capa y salió de nuevo a la acera empedrada de Great Russell Street.
La tarde había muerto por completo. La niebla de carbón se había espesado tanto que los faroles de gas de las esquinas apenas proyectaban conos de luz lechosa sobre el barro negro de la calzada. El viento traía consigo un frío cortante que olía a río y a invierno crudo.
Frente a la puerta, James tiritaba con las manos metidas bajo las solapas de su librea, mientras Argos permanecía inmóvil, con el lomo tenso como una cuerda de violín y los ojos clavados en la penumbra del cruce de calles.
Isabella se detuvo en seco. Su instinto analítico captó de inmediato la alteración en el aire.
A escasos treinta pasos de allí, recortada contra la bruma amarillenta que envolvía la entrada de un callejón ciego, una silueta colosal y pétrea permanecía de pie bajo el alero de una herrería cerrada.
Medía casi un metro noventa de estatura. Llevaba su largo capote de paño gris oscuro abotonado hasta la barbilla y su sombrero de copa plana calado sobre la frente. Era Nicholas.
El gigante no avanzó. No hizo el menor ademán de aproximarse para no comprometer la posición de Isabella ante los ojos del lacayo de la familia.
Pero a través de la distancia y de la cortina de niebla, Nick alzó despacio su mano derecha enguantada y tocó el ala de su sombrero con un saludo sobrio, militar y cargado de una lealtad inquebrantable.
Argos batió la cola dos veces contra el fango, reconociendo el aroma de su viejo amigo, pero no ladró, como si el propio animal comprendiera la necesidad del silencio en aquel territorio hostil.
Isabella sintió que una ola de calor y de gratitud infinita le inundaba el pecho. Julián Romero jamás la había dejado desprotegida: su fiel guardián de piedra la había seguido desde los mueles para asegurarse de que pisara terreno firme en la capital.
Sin embargo, antes de que Isabella pudiera devolver el saludo con una leve inclinación de cabeza, un sonido seco rompió la quietud del callejón.
El traqueteo pesado de un carruaje de lujo avanzó despacio por la calzada adoquinada.
No era un coche de alquiler común: era una berlina privada de cuatro ruedas pintada en esmalte negro brillante, tirada por dos caballos zainos de paso silencioso, cuyos faroles de cristal biselado emitían una luz verdosa y fantasmal que teñía la niebla de un tono esmeralda ponzoñoso.
El vehículo pasó a escasos cuatro pasos de donde Isabella se encontraba.
Por la ventanilla abierta apenas dos pulgadas, Isabella alcanzó a distinguir un perfil femenino de una belleza voluptuosa y aterradora.
Vio la cascada de cabello negro como el ala de un cuervo, el resplandor de una estola de piel de marta cibelina y dos ojos verde esmeralda, rasgados y felinos, que se clavaron en ella con una fijeza venenosa y burlona mientras el carruaje se deslizaba sobre los adoquines.
Era Laura.
La mujer inmortal esbozó una sonrisa de labios carmesíes a través del cristal, una mueca cargada de desprecio, celos y anticipación triunfal, antes de que el carruaje doblara la esquina de Southampton Row y se desvaneciera en la noche londinense como una visión de pesadilla.
En la acera de enfrente, la sombra monumental de Nicholas ya se había disuelto en la penumbra del callejón, siguiendo el rastro del vehículo con el sigilo de una fiera montaraz.
Isabella respiró hondo, apretando el relicario de plata bajo su vestido y la partitura de Julián en el bolsillo de su capa.
Las líneas de batalla estaban trazadas. Los enemigos la habían localizado en su primer día en la capital, pero ella no sentía el menor temblor en las piernas. Sabía quiénes eran los cazadores y sabía cuál era el terreno del combate.
—Vámonos a casa, James —dijo Isabella con voz firme y gélida, tirando suavemente de la correa de Argos—. La noche se ha vuelto demasiado fría, y mañana tenemos que preparar el vestido de seda para el gran baile de Lord Malvern.
El lacayo asintió aliviado, sin sospechar que la señorita a la que escoltaba no se preparaba para danzar con caballeros frívolos, sino para descender al mismo corazón del infierno de Mayfair.