Sombras En La Colina Capítulo 14 La temporada de invierno
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Capítulo 14 La temporada de invierno

El mes de diciembre convirtió a Londres en un laberinto de piedra mojada, carbón mineral y niebla asfixiante.

La capital del naciente Imperio británico, a escasos días de clausurar el siglo XVIII, rugía con una vitalidad monstruosa que contrastaba violentamente con la calma gélida de los páramos de Derbyshire.

Miles de chimeneas vomitaban un humo espeso y amarillento que los cocheros llamaban «sopa de guisantes», una bruma grasa que tamizaba la luz mortecina de los faroles de aceite y dejaba un regusto amargo a hollín en la lengua de los caminantes.

El carruaje de viaje de los Ravenswood había cruzado el peaje de Hyde Park tras tres jornadas agotadoras de traqueteo sobre el fango de las calzadas reales. Para Lord Thomas, sin embargo, el aire viciado de la metrópoli olía a triunfo absoluto.

La residencia que el terrateniente había arrendado por tres meses se alzaba en el flanco occidental de Russell Square, en el corazón del distinguido barrio de Bloomsbury: una imponente casa georgiana de cuatro plantas, de ladrillo rojo oscuro con vanos de sillería blanca,

rematada por una elegante balaustrada y flanqueada por farolas de hierro forjado.

En su interior, amueblado con el lujo sobrio de la aristocracia de la judicatura, las chimeneas encendidas día y noche luchaban contra la humedad del Támesis mientras una servidumbre alquilada a toda prisa desembalaba baúles de cuero y sombrereras de viaje.

En el primer piso, en una luminosa alcoba orientada a los jardines privados de la plaza, Isabella descorría las pesadas cortinas de tafetán color tabaco.

A sus pies, sentado sobre una alfombra de terciopelo azul que olía a lavanda y alcanfor nuevo, Argos contemplaba el movimiento de la calle con las orejas en constante vigilia.

El viejo setter no terminaba de habituarse al estrépito de la gran ciudad: el crujido incesante de las ruedas de los landós, el pregón metálico de los vendedores de ostras y el rumor lejano de los carruajes de posta que enfilaban hacia Oxford Street mantenían al animal en un estado de nerviosismo

contenido.

Isabella se agachó y acarició el lomo cobrizo del perro, sintiendo la tensión de sus músculos.

—Tranquilo, viejo amigo —susurró ella, esbozando una sonrisa torcida mientras contemplaba a través del cristal los tejados humeantes de Bloomsbury—.

En este pantano de adoquines no hay conejos que perseguir, pero te aseguro que abundan los zorros con levitas caras.

Y me temo que sus colmillos son bastante más peligrosos que los de cualquier alimaña del bosque de sauces.

Bajo la seda de su corpiño, descansando directamente contra la calidez de su piel viva, el relicario de plata de la Rosa y la Cruz que Julián Romero le había entregado latía con un compás diminuto y tranquilizador.

Aquel metal era su brújula secreta en medio de una ciudad que parecía construida sobre la mentira y la codicia.

La puerta de la alcoba se abrió sin llamar. Lady Eleanor entró como un torbellino de enaguas crujientes, seguida por dos doncellas que transportaban con reverencia casi religiosa una inmensa caja de cartón envuelta en papel de seda y cintas doradas.

—¡Llegó a tiempo! —exclamó la madre, con los ojos encendidos por la fiebre del estatus y las mejillas arreboladas por el colorete—.

Madame Delacroix ha hecho un verdadero milagro en su taller de Bond Street.

Tres costureras han pasado dos noches en vela cosiendo el terciopelo y las pedrerías para que estuviera listo antes de mañana.

Las doncellas retiraron la tapa de la caja.

Isabella no pudo reprimir un leve sobresalto de apreciación estética.

Sobre el lecho de seda descansaba el vestido que su madre había encargado para su presentación en sociedad: un traje de noche de seda salvaje de color azul zafiro oscuro, con mangas cortas abullonadas y un talle imperio ajustado bajo el pecho,

bordado en el escote y en el dobladillo con diminutas filigranas de hilo de plata y azabache que reflejaban la luz de las bujías como un cielo estrellado a medianoche.

—Es magnífico, madre —reconoció Isabella, rozando la textura suave de la tela con las yemas de los dedos—. Aunque dudo mucho que una señorita de provincia necesite parecer una constelación entera para asistir a un baile de invierno.

Lady Eleanor chasqueó la lengua con fingida severidad mientras despedía a las doncellas con un ademán de la mano.

—No es un baile de invierno cualquiera, Isabella.

Es la recepción anual de máscaras en la mansión de Lord Malvern, en Berkeley Square.

La apertura oficiosa de la temporada de Mayfair.

Toda la alta nobleza del reino estará allí: duques, embajadores de la coalición contra Bonaparte, ministros de la Corona y los caballeros más acaudalados de la City.

Tu padre ha recibido las tarjetas de invitación directamente del club White’s gracias a la solvencia impecable de nuestras cuentas bancarias.

Mañana por la noche, querida mía, el nombre de los Ravenswood volverá a brillar en lo más alto.

Isabella alzó una ceja castaña, manteniendo su tono sereno pero inquisitivo.

—¿Y quién es ese Lord Malvern al que todo el mundo parece rendir pleitesía? No recuerdo haber leído su nombre en las crónicas parlamentarias de los últimos años.

Lady Eleanor vaciló un instante, y una sombra fugaz de extrañeza cruzó sus facciones antes de recuperar su habitual máscara de suficiencia cortesana.

—Es un noble de linaje antiquísimo, emparentado con las ramas colaterales de los condes de Sussex.

Un hombre inmensamente rico que posee refinerías de azúcar y fundiciones de cobre.

Dicen que es un caballero algo reservado, que pasa largas temporadas retirado en sus posesiones del continente y que rara vez se deja ver a la luz del día debido a una vieja afección ocular contraída en el Mediterráneo.

Pero sus fiestas… ¡oh, sus fiestas son legendarias!

Solo la flor y nata de Londres tiene acceso a sus salones.

Isabella sintió que una corriente de hielo le recorría la espina dorsal.

«Rara vez se deja ver a la luz del día»… «un caballero reservado»… «posesiones del continente».

Las piezas del rompecabezas encajaban con una precisión matemática aterradora.

La descripción de Lord Malvern coincidía al milímetro con las advertencias que Julián Romero le había hecho en el santuario de Blackwood Manor.

La logia de los vampiros no se ocultaba en las tabernas de los muelles ni en los callejones oscuros de Whitechapel; presidía los palacetes más opulentos de Mayfair,

vestía sedas carísimas y utilizaba los bailes de máscaras de la aristocracia para atraer a sus presas y tejer sus hilos sobre la política del Imperio británico.

—Será una velada de lo más… instructiva, madre —respondió Isabella, ocultando sus sospechas bajo una sonrisa impecable—. Me pondré el vestido azul zafiro. Pero ahora necesito tomar el aire. Este polvo de carbón me seca la garganta y Argos necesita estirar las patas antes de que caiga la noche.

—No te alejes de la plaza, por favor —advirtió Lady Eleanor, examinando un encaje—. Y lleva a James, el lacayo nuevo, contigo. Una señorita no puede caminar sola por las calles de Londres, ni siquiera en Bloomsbury.

Isabella asintió dócilmente, aunque en su mente ya había trazado un plan muy distinto.

Veinte minutos después, envuelta en su capa de lana gris con capucha forrada de conejo y con Argos atado a una correa de cuero trenzado, Isabella descendía por los escalones de la entrada.

James, un muchacho joven y patilargo con la librea azul y plata de los Ravenswood, la seguía a tres pasos de distancia con el sombrero en la mano y la mirada intimidada por el bullicio de la capital.

La joven no se quedó paseando alrededor de los jardines de Russell Square.

Con paso firme y decidido, enfiló hacia el sur, adentrándose por las calles que conducían a Great Russell Street, en las inmediaciones del imponente edificio de Montagu House, donde se custodiaban los fondos fundacionales del Museo Británico.

Aquella zona de Londres era conocida por albergar las tiendas de libreros anticuarios, encuadernadores y comerciantes de instrumentos científicos.

Isabella sabía perfectamente lo que buscaba: un hombre con los conocimientos, los hábitos y las necesidades de Julián Romero no podía permanecer semanas en una ciudad sin acudir a los pocos lugares donde se comerciaba con manuscritos antiguos, pergaminos raros o reactivos alquímicos de importación.

Se detuvo frente a una fachada estrecha de madera oscura carcomida por el hollín, cuyo letrero de hierro forjado crujía con el viento gélido: E. Vance Bond Street queda media milla hacia el oeste.

Isabella se despojó de la capucha de su capa, revelando su porte erguido y sus grandes ojos avellana encendidos de inteligencia.