Sombras En La Colina Capítulo 13 El pacto de Laura #2
61%

Capítulo 13 El pacto de Laura #2

El metal conservaba ese calor sutil, casi orgánico, vibrando con una cadencia diminuta que parecía latir al mismo ritmo que su propio corazón.

El relieve de la Rosa sobre la Cruz paté era su único ancla a la realidad en medio de una familia que vivía en una farsa perpetua.

La puerta del salón se abrió con estrépito.

Lord Thomas entró con paso triunfal, sosteniendo un fajo de cartas con sellos de lacre rojo de la banca de Londres, seguido de cerca por Lady Eleanor, que portaba muestras de terciopelos de colores y patrones de modistas con la euforia de una reina reconquistando su trono.

—¡Es definitivo, Isabella! —exclamó el padre, con las patillas temblando de satisfacción y una sonrisa que borraba meses de amargura—.

Las cartas del albacea de Ámsterdam son irrebatibles.

La liquidación de los pagarés fue total y absoluta.

No solo no debemos un solo chelín por las tierras del molino, sino que los depósitos en el Banco de Inglaterra han arrojado un saldo a nuestro favor que nos sitúa entre las familias más saneadas de este condado.

—Un verdadero milagro de la Providencia —coreó Lady Eleanor, juntando las manos con devoción mundana—.

Dios nunca abandona a los linajes de bien, por más que la mezquindad de ciertos caballeros de Londres como Arthur Sterling pretendiera hacernos dudar de su bondad.

Y ahora, querida hija, ha llegado el momento de reclamar nuestro lugar legítimo.

Isabella cerró la tapa del piano con un golpe suave y se puso de pie con su habitual elegancia tranquila, acariciando la cabeza de Argos.

—¿Y cuál es ese lugar, madre? ¿Acaso las ovejas de Derbyshire se alimentan de encajes y banquetes?

Lord Thomas soltó una carcajada abierta, una risa que hacía meses no resonaba en aquella casa.

—¡El campo es para los granjeros, muchacha!

En dos semanas parte la diligencia familiar hacia la capital.

He alquilado por tres meses una magnífica residencia amueblada en Russell Square, a un tiro de piedra de los mejores clubes de Bloomsbury y Mayfair.

La temporada de invierno de San Jaime está a punto de inaugurarse.

Habrá recepciones en la embajada austriaca, conciertos en el teatro de Haymarket y bailes de máscaras en las mansiones de los lores más ilustres del reino.

Lady Eleanor se acercó a Isabella, examinándola de arriba abajo con ojos calculadores de estratega social:

—Se acabaron los vestidos de paño gris y los paseos solitarios por los pantanos, Isabella.

Eres la única heredera de una hacienda limpia de cargas y con un apellido intachable.

Mañana mismo viene la modista de Derby a tomarte medidas para tres vestidos de corte, dos trajes de montar y un vestido de baile de seda salvaje color zafiro que hará palidecer a las damas de la corte. Londres entero se rendirá a tus pies.

Isabella escuchó la letanía con una calma impenetrable en el rostro, pero por dentro, su mente analítica comenzó a hilar los acontecimientos con la rapidez de un relámpago.

Londres.

La capital era precisamente el avispero hacia donde Julián Romero había partido para librar su batalla final.

Era el nido donde el Cónclave de vampiros extendía sus tentáculos sobre el Parlamento, y el territorio donde aquella fiera voluptuosa llamada Laura —la antigua amante de Julián que había osado amenazar su vida en el carruaje— aguardaba agazapada entre las sombras de los salones aristocráticos.

Cualquier otra dama en su lugar habría temblado de terror, buscando pretextos para quedarse encerrada en la seguridad rústica de los páramos.

Pero Isabella Ravenswood no conocía la cobardía pasiva.

Sabía que quedarse en Derbyshire no era una salvaguarda, sino una condena al aislamiento mientras las fuerzas de la noche se disputaban el destino de la humanidad a orillas del Támesis.

Ella conocía el secreto del manuscrito Rosacruz; ella portaba el relicario sagrado en el pecho; y, por encima de todo, ella sabía que Julián Romero estaba solo en medio de una jauría de enemigos despiadados.

Una media sonrisa, decidida, inteligente y desafiante, curvó los labios de la joven. Clavó sus ojos avellana en su madre y asintió con una reverencia impecable.

—Acepto el viaje a Londres, madre —dijo con voz clara y cristalina, sin el menor rastro de vacilación—.

Me parece que el aire de la capital nos vendrá muy bien a todos.

Y admito que tengo una curiosidad inmensa por comprobar si la alta sociedad de Mayfair es tan brillante como presumen sus cronistas…

o si debajo de sus terciopelos caros solo se esconden sombras que temen a la luz.

Lord Thomas asintió encantado, sin comprender el doble filo de las palabras de su hija, mientras Lady Eleanor comenzaba a desplegar los patrones de seda sobre la mesa con chillidos de júbilo.

Una hora más tarde, cuando sus padres se retiraron a revisar los baúles de viaje, Isabella subió a su alcoba.

Se acercó al gran espejo ovalado, desabrochó despacio los primeros botones de su corpiño y extrajo el relicario de plata. La luz fría del crepúsculo invernal se reflejó sobre el relieve pulido de la Rosa y la Cruz.

Isabella apretó el metal con fuerza entre sus dedos y miró su propio reflejo: sus facciones decididas, su mirada dorada que no parpadeaba y el fuego indómito que ardía en sus entrañas.

—No voy a Londres a buscar un marido entre cortesanos ciegos, Julián —susurró en la penumbra de su habitación, como si su voz pudiera cruzar las millas de niebla que la separaban del caballero español—.

Voy a entrar en el corazón de su juego. Y cuando esa mujer y sus monstruos intenten cerrarte el paso, descubrirán que la señora de la colina sabe combatir en sus propios salones.

A sus pies, Argos emitió un gruñido bajo y determinado, frotando su lomo cobrizo contra las faldas de su dueña.

El carruaje de los Ravenswood estaba a punto de partir. Y la niebla de Londres aguardaba el choque inevitable de dos mundos que ya no tenían marcha atrás.