Sombras En La Colina Capítulo 13 El pacto de Laura
59%

Capítulo 13 El pacto de Laura

El carbón de las chimeneas de Londres teñía la niebla de un amarillo grasiento y pesado que se pegaba a las fachadas georgianas de Mayfair como una capa de hollín húmedo.

En la plaza de Grosvenor Square, el epicentro del poder y de la vanidad del Imperio británico en aquel final de 1799, las mansiones de sillería blanca fingían un orden inmaculado detrás de sus verjas de hierro negro pulido.

Sin embargo, en el número catorce de la plaza, tras las cortinas de terciopelo carmesí selladas a cal y canto contra la luz del día, la atmósfera no pertenecía al mundo de los vivos.

En el salón privado del piso noble, el aire olía a resinas narcóticas, licor de grosellas y a la pestilencia sutil, casi imperceptible para un olfato humano, de la sangre guardada en copas de cristal de Bohemia.

Reclinada con languidez insolente sobre una chaise longue tapizada en seda damascada, Laura contemplaba las llamas de la chimenea a través de una copa de vino que hacía girar entre sus dedos enjoyados.

Llevaba un vestido de noche de terciopelo verde esmeralda, de talle imperio naciente pero con un escote de una audacia vertiginosa, ribeteado por encajes negros de Venecia.

En su cuello de mármol destellaba una gargantilla de esmeraldas colombianas engarzadas en oro viejo, cuyo brillo verde rivalizaba con la intensidad felina de sus propios ojos.

Su densa cabellera azabache caía en cascada sobre uno de sus hombros desnudos, y sus labios gruesos, pintados de un carmín encendido, conservaban esa media sonrisa burlona que parecía reírse de la creación entera.

Frente a ella, de pie junto a la consola de caoba, Arthur Sterling ofrecía un espectáculo lamentable para la altiva aristocracia de la noche.

El noble londinense se había despojado de su levita carmesí.

Tenía el torso desnudo cubierto por vendajes de lino empapados en aceites oscuros que apenas lograban mitigar el humo fétido que aún brotaba de su hombro izquierdo.

La herida infligida por la espada de acero solar de Julián Romero no cicatrizaba: la carne impura del vampiro permanecía ennegrecida, cauterizada por una luz sagrada que se negaba a ceder ante la regeneración de los no-muertos.

El rostro ceroso de Sterling estaba desencajado por la rabia y por una humillación tan profunda que sus ojos lechosos vibraban con destellos escarlatas.

—¡Maldito sea mil veces! —rugió Sterling, estrellando una copa vacía contra el mármol del hogar, haciéndola añicos—. ¡El iniciado de la Rosa está en esta isla! ¡Ese perro castellano casi me arranca el brazo con su fuego sagrado en medio de un lodazal de Derbyshire!

Laura no se inmutó por la explosión de violencia. Dio un sorbo pausado a su copa, saboreando el licor con deleite supremo, y dejó escapar una risa baja, húmeda y musical, cargada de un veneno delicioso.

—Pobre Arthur… —se mofó ella, ladeando la cabeza con una crueldad exquisita—.

Te creías el amo indiscutible de los salones de Westminster, devorando a jovencitas tontas y arruinando a hacendados borrachos, y tuviste la mala fortuna de tropezarte de frente con el acero más antiguo de Europa.

Deberías agradecerle a tu dios inexistente que Julián estuviera de humor piadoso aquella noche.

Si hubiera querido exterminarte, querido, Nicholas ya habría barrido tus cenizas con una pala de establo.

Sterling se volvió hacia ella con las fauces entreabiertas, dejando ver sus colmillos blancos en una mueca asesina.

—¿Te burlas de mí, Laura? ¿Olvidas a quién debes tu posición en este Cónclave?

Hace doscientos años llegaste a Londres como una renegada, perseguida por tu propia Orden tras haber traicionado sus votos por un puñado de diamantes y un lecho de príncipes.

Si el Cónclave de Mayfair te ha permitido alimentarte de nuestras rentas y gozar de nuestros banquetes, es porque prometiste entregarnos los secretos de la Gran Obra.

¡Y ahora el guardián de la Piedra Filosofal está a las puertas de la capital!

La risa de Laura se extinguió en un parpadeo.

La mujer se incorporó sobre el diván con la lentitud aterradora de una cobra que despliega su capucha.

La fragilidad voluptuosa desapareció de golpe, sustituida por una presencia colosal, milenaria y despiadada.

Sus pupilas esmeraldas se estrecharon y una energía densa, pesada como el plomo derretido, llenó la estancia, obligando a Sterling a retroceder un paso a pesar de su condición de vampiro.

—Mide el tono de tu voz cuando te dirijas a mí, gusano nocturno —siseó ella, y su acento mediterráneo sonó como el chasquido de un látigo sobre carne viva—.

Tú necesitas la oscuridad para sentirte un dios, y tiemblas como una ramera vieja en cuanto el sol del mediodía te roza la piel reduciendo tu fuerza a una sombra ridícula.

Yo fui consagrada en el templo de la Rosa antes de que tus antepasados aprendieran a construir chozas de barro en esta ciénaga que llamas Inglaterra.

Si abandoné la Orden de Julián, no fue para convertirme en sierva de unos cadáveres sedientos de sangre como vosotros; fue porque me negué a vivir como una mendiga virtuosa renunciando al oro, al placer y al dominio de este mundo.

Laura se puso de pie con una gracia felina, acercándose a Sterling hasta quedar a escasos centímetros de su rostro envenenado por el dolor:

—Julián Romero me pertenece. Me perteneció en los palacios de Nápoles y en las cortes de Castilla, y me pertenecerá de nuevo cuando haya aplastado su absurda cruzada de santidad.

Vosotros queréis el Parlamento y la corona británica para saciar vuestro apetito miserable; yo quiero ver a Julián de rodillas, derrotado, contemplando cómo el mundo que intentó salvar con su luz se rinde a mis pies.

Sterling tragó saliva, bajando los ojos lechosos ante la superioridad evidente de aquella mujer inmortal que no conocía la debilidad diurna.

—¿Y la muchacha? —preguntó el noble con rencor sordo—.

La hija de ese terrateniente arruinado… Isabella Ravenswood.

Esa maldita víbora me clavó un hierro en la cara antes de que llegara el gigante.

Julián la defendió como si fuera una reina ungida.

Sabe de nuestra existencia, Laura. Conoce el secreto.

Una chispa de celos abrasadores, salvajes y primitivos destelló en el fondo de las esmeraldas de Laura. Sus labios carmesíes se apretaron hasta volverse casi blancos. La sola mención del nombre de Isabella le provocaba una quemadura en las entrañas que ningún vino podía apagar.

—Isabella Ravenswood es un grano de arena en el desierto del tiempo —dijo Laura con una frialdad glacial que no lograba ocultar la ponzoña de su despecho—.

Una simple mortal con ínfulas de sabia, una niña frágil que Julián utiliza como un espejo sentimental para consolar su propia soledad.

Pero admito que es una debilidad fascinante.

Julián prefiere ser despedazado antes de que un solo cabello de esa criatura sufra daño.

Laura dio media vuelta y caminó hacia la chimenea, apoyando una mano de uñas largas y escarlatas sobre la repisa de mármol:

—No la tocarás en Derbyshire, Sterling. Ni tú, ni ninguno de tus lobos. He puesto mis propios ojos sobre el camino real.

—¿Por qué? —espetó Sterling—. ¡Deberíamos quemar esa mansión con todos ellos dentro!

—Porque no será necesario cazarla en los brezales —replicó Laura, soltando una risotada triunfal que heló la sangre del vampiro—.

Lord Thomas Ravenswood ha recibido la confirmación notarial de que sus deudas han sido saldadas milagrosamente.

Ese anciano fatuo cree que la corte de San Jaime vuelve a sonreírle.

Y como buen aristócrata provinciano hambriento de vanidad, ya ha alquilado una residencia de invierno en Bloomsbury para presentar a su preciada joya intelectual en la temporada social que comienza la próxima semana.

Laura se volvió hacia Sterling con los ojos encendidos de una anticipación perversa:

—Isabella viene a Londres, Arthur. Entrará por su propio pie en nuestra telaraña, vestida de seda y creyendo que su inteligencia provinciana puede protegerla de los monstruos de Mayfair.

Y cuando esté en nuestros salones… cuando Julián la vea rodeada por nuestras sombras…

utilizaremos a su pequeña filósofa para arrancarle el secreto de la Piedra Filosofal.

Ese es el pacto, Sterling: vosotros tendréis el control político de Londres, y yo tendré a Julián Romero para toda la eternidad.

A doscientas millas al norte, bajo el cielo limpio y gélido de Derbyshire, el silencio se había adueñado de Ravenswood House con una pesadez melancólica.

Habían transcurrido diez días desde la partida del gran carruaje negro.

Blackwood Manor permanecía al otro lado del arroyo como una fortaleza dormida: las verjas cerradas con candados de hierro, las ventanas bajas selladas con maderos y los sauces llorones meciéndose desolados sobre la hierba marchita.

En la aldea de High Ash, el rumor del «Conde extranjero» comenzaba a disolverse en el olvido campesino, sustituido por el asombro unánime ante la repentina y milagrosa recuperación económica de Lord Thomas Ravenswood.

Isabella pasaba las tardes en el salón de música, frente a las teclas de caoba de su viejo fortepiano.

Tocaba despacio, con una concentración meticulosa que buscaba recrear en el aire las complejas progresiones armónicas de la Passacaglia que había interpretado a cuatro manos con Julián Romero en la biblioteca sagrada.

Sin embargo, por más que sus dedos ejecutaran los compases con precisión matemática, la ausencia de la resonancia profunda de aquel Cristofori florentino de 1720 dejaba un vacío punzante en la estancia.

Bajo la banqueta, Argos descansaba con el lomo pegado a sus faldas.

De vez en cuando, el viejo setter levantaba las orejas, dirigía una mirada fija hacia la ventana orientada a la casona vacía y soltaba un suspiro sordo antes de volver a apoyar el morro en las patas, extrañando la presencia monumental de Nicholas y el juego rudo de los mastines negros.

Isabella detuvo la música, levantó las manos del teclado y se llevó los dedos al pecho.

Bajo el encaje del corpiño de su vestido de lana, rozando su piel viva, colgaba el relicario ovalado de plata vieja que Julián le había entregado antes de partir.