Sombras En La Colina Capítulo 12 La partida y la sombra de Laura #2
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Capítulo 12 La partida y la sombra de Laura #2

Romero no movió un solo músculo. Su semblante se transformó en una máscara de piedra gélida, desprovista de cualquier calidez o debilidad humana.

—No somos amigos, Laura —respondió él, y su voz no fue más que un hilo de acero afilado—. Y dejé de considerarte una criatura civilizada la noche en que decidiste arrojar tu juramento de la Rosa al fondo de un pozo de sangre para arrastrarte a los pies del Cónclave.

Laura soltó una risa húmeda, deliciosa y burlona, echando la cabeza hacia atrás de modo que su melena azabache acarició el terciopelo del respaldo.

—¡El juramento! ¡Siempre tan solemne, tan castellano, tan insoportablemente virtuoso!

—se mofó ella, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y clavando sus ojos verdes directamente en las pupilas oscuras de Romero—.

Hace trescientos años que te escucho recitar las mismas letanías sobre la pureza, la Gran Obra y el servicio desinteresado a estos gusanos mortales.

Mírate, Julián: un señor del fuego eterno, un iniciado supremo de la Alquimia, escondido en una ratonera en ruinas de Derbyshire como un monje asustado, comiendo pan duro y vistiendo como un clérigo de provincia.

¿Para qué? ¿Para salvar a un puñado de labradores ignorantes que en cuanto te ven caminar bajo la luna aúllan llamándote vampiro?

Julián apretó los dedos sobre la plata del bastón.

—Al menos mis manos no están manchadas con la inmundicia de los parásitos que ahora te dan órdenes en Londres. ¿Qué haces aquí, Laura?

La mujer ladeó la cabeza, y un destello de una malicia afilada, impregnada de unos celos primitivos y ardientes, oscureció el verde esmeralda de sus ojos.

—Te estuve observando, mi amor —susurró ella, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia viscosa que destilaba posesividad venenosa—.

Llevo tres días apostada en las colinas de ese valle miserable.

Te vi en la ermita normanda… te vi en el jardín de los sauces…

y te vi entrar en tu santuario con esa chiquilla mortal de facciones agudas y andares campesinos.

Laura chasqueó la lengua con fingida lástima, curvando sus labios rojos en un rictus de desprecio absoluto:

—Fue un espectáculo francamente patético, Julián.

Un espectáculo grotesco para alguien de tu estirpe.

Verte comportarte con tanta bondad, con tanta ternura casi paternal hacia esa criatura efímera…

Tocar a Albinoni para complacer a una señorita de parroquia que en cuarenta años será un pellejo arrugado y en sesenta pasto de los gusanos en un camposanto húmedo.

¿Acaso has perdido el juicio? ¿O es que la soledad te ha vuelto tan débil que ahora mendigas la adoración de las hijas de los mercaderes?

Julián entrecerró los ojos. Una energía silenciosa, densa y colosal comenzó a saturar el aire del habitáculo; la temperatura dentro del carruaje pareció desplomarse varios grados por debajo de cero y las paredes de cuero crujieron bajo una presión invisible.

—Mide tus palabras, Laura —advirtió él con una lentitud espeluznante—. Isabella Ravenswood posee más nobleza, más lucidez y más valor en el dedo meñique de su mano mortal que tú en todos los siglos que llevas arrastrándote por las cortes de Europa.

Al escuchar la defensa apasionada que brotó de los labios del noble, el rostro de Laura se crispó.

La máscara de burla sensual se resquebrajó de golpe, dejando al descubierto una fiera herida por el rencor más salvaje.

Sus ojos verdes se abrieron de par en par, encendidos por una furia posesiva que parecía quemarle las entrañas.

—¡Isabella! —siseó la mujer, escupiendo el nombre como si fuera cicuta—.

¡Ya hasta pronuncias su nombre con esa reverencia ridícula!

¿Crees que no te conozco, Julián? Estuviste en mi lecho en Florencia; bebiste de mis labios en Madrid cuando los reyes se arrodillaban a nuestro paso.

¡Yo fui tu amante, tu igual, la única que comprendía la inmensidad de tu carga!

¡Y ahora te veo temblar de devoción por una insignificante mortal que no sabe de la vida más de lo que ha leído en sus tratados ingleses!

Laura se inclinó aún más hacia él, invadiendo el espacio con su aliento caliente aromatizado con esencias narcóticas, y clavó una uña afilada y carmesí sobre el paño de la rodilla de Romero:

—Me pregunto… me pregunto qué pasaría si a esa joya de porcelana le ocurriera una pequeña desgracia en su pacífico hogar de Derbyshire.

Me imagino que si uno de los lobos de Sterling decidiera arrancarle esa cabellera castaña…

o si yo misma bajara esta noche por el arroyo para acariciarle el cuello hasta dejarla seca como una hoja de otoño…

me imagino que te sentirías verdaderamente desolado, ¿verdad, mi amado Julián?

Te morirías de dolor al ver sus ojos dorados apagarse en el fango.

Un relámpago de acero puro rasgó la penumbra de la cabina.

El movimiento de Julián fue tan fulgurante que desafió la percepción de la mirada inmortal.

Con un chasquido sordo, la hoja de Toledo oculta en el bastón de ébano se desenvainó tres pulgadas, y el pomo de plata maciza se estampó con la violencia de un mazo contra la garganta de Laura, empotrando a la mujer contra el respaldo de cuero del carruaje y dejándola sin respiración.

El rostro de Julián Romero estaba a escasos dos centímetros del de ella.

Ya no quedaba rastro de la cortesía aristocrática ni de la ironía juguetona de sus tertulias con Isabella.

Era el rostro implacable, terrible y deslumbrante de un Inmortal de la Luz desatando la cólera de los siglos.

Sus ojos negros ardían con un fulgor dorado que abrasaba el aire como la radiación solar en un desierto de cenizas.

—¡Atrévete a tocarla, Laura! —bramó Julián en un susurro que hizo vibrar los cristales del coche como si un rayo hubiera caído a un palmo de distancia—.

¡Atrévete a poner un solo pie en las tierras de los Ravenswood, y te juro por el fuego de la Rosa y por la sangre de la Gran Obra que te perseguiré hasta el confín más remoto de la tierra!

¡Arrancaré tu carne corrupta pedazo a pedazo y la arrojaré a la luz del mediodía para que el sol del que renegaste te consuma hasta que no quede de ti ni el polvo del recuerdo!

Laura jadeaba, aprisionada contra el cuero, sintiendo el ardor sagrado que emanaba de la plata del pomo quemándole la piel del cuello.

Sin embargo, a pesar del terror que la amenazaba, en el fondo de sus pupilas verdes no había sumisión; había un desafío ardiente, una fascinación retorcida y satisfecha al haber logrado arrancarle esa tempestad de pasión.

—¡Nicholas! —rugió Romero sin apartar la mirada de la mujer—. ¡Abre la puerta!

El gigante, que aguardaba en el pescante con la mano en la manilla, abrió la portezuela de golpe desde el exterior, dejando que la niebla helada del páramo entrara en remolinos para limpiar la pestilencia del perfume de nardos.

Julián retiró el bastón con un golpe seco, envainando la hoja de acero con un chasquido metálico impecable. Se acomodó los puños de encaje con una calma aterradora y señaló la noche abierta con el mentón.

—Fuera de mi carruaje. Y no te equivoques con tus amenazas vacías: mi tiempo en Derbyshire ha terminado.

No volveré a ver a Isabella Ravenswood jamás.

Mi destino está en Londres, y allí es donde ajustaré las cuentas con tu amado Cónclave.

Si vuelves a cruzarte en mi camino antes de que la capital arda, te trataré como a cualquier otra alimaña de la noche.

Laura se incorporó despacio, llevándose los dedos enjoyados al cuello donde la plata le había dejado una marca enrojecida.

Se sacudió la capa de marta con un gesto voluptuoso y altivo, recomponiendo su máscara de desdén burlón, aunque en su respiración aún temblaba el eco de la violencia que acababa de presenciar.

Bajó un pie hacia el estribo del carruaje, pero antes de descender al barro del camino, se volvió hacia él con una sonrisa lasciva y venenosa que le iluminó los labios carmesíes:

—Mientes, mi hermoso caballero de la Rosa —susurró ella con una burla que destilaba puro despecho—.

Mientes como un colegial asustado. Dices que no volverás a verla porque crees que alejándote la mantendrás a salvo de nosotros.

Pero olvidas que la temporada de invierno de la alta sociedad comienza en Mayfair en tres semanas.

Y conozco a Lord Thomas Ravenswood mucho mejor de lo que crees: ese anciano codicioso ya ha alquilado una residencia en la capital para exhibir a su brillante hija en los salones de la corte.

Laura soltó una carcajada húmeda y musical que se mezcló con el aullido del viento del páramo:

—Nos veremos en Londres, Julián. Y veremos si tu fuego sagrado es suficiente para proteger a tu pequeña filósofa cuando la noche de la capital se cierre sobre su cuello de cisne.

La mujer saltó al camino y dio dos pasos hacia atrás, fundiéndose instantáneamente en la niebla lechosa con una rapidez que desafió la mirada humana, como si la misma oscuridad del páramo la hubiera devorado en su seno.

Nicholas cerró la portezuela con un golpe rotundo que retumbó en el silencio sepulcral de la noche.

El carruaje permaneció inmóvil durante unos segundos en medio del Paso de las Horcas. En el interior de la cabina, Julián Romero apoyó la frente en la empuñadura de plata de su bastón, cerrando los ojos con un suspiro desgarrador que pareció arrastrar el peso de cuatrocientos años de soledad.

En su mente no estaba el veneno de Laura, ni las amenazas del Cónclave de Mayfair.

Estaba el rostro altivo y dulce de Isabella bajo los sauces, la música del Cristofori suspendida en el aire crepuscular y el brillo indómito de aquellos ojos avellana que ya formaban parte de su propia eternidad.

—Que la Rosa te proteja, mi señora… —murmuró Julián en la penumbra—. Porque la tormenta va a alcanzarnos a todos.

El látigo de Nicholas chasqueó en el aire y el carruaje de viaje se lanzó al galope hacia el sur, devorando las millas que lo separaban de la capital del Imperio británico, donde los hilos de la guerra final estaban a punto de cruzarse.