Capítulo 12 La partida y la sombra de Laura
El crepúsculo se desplomó sobre Derbyshire con la pesadez de una mortaja de terciopelo morado.
En los establos de Blackwood Manor, las antorchas de brea chisporroteaban contra el aire gélido, proyectando sombras temblorosas sobre los adoquines húmedos.
El gran carruaje negro de cuatro ruedas, el mismo que había roto la quietud del valle semanas atrás, estaba listo para la marcha: los dos percherones azabaches resoplaban nubes densas de vapor y el pescante crujía bajo la presencia monumental de Nicholas.
El criado, ataviado con su largo capote de viaje y su sombrero de copa plano, aseguraba con cuerdas de cáñamo los baúles que contenían los manuscritos más valiosos y los crisoles de la Gran Obra.
A cincuenta pasos de allí, bajo la bóveda deshojada de los sauces del arroyo bajo, dos figuras permanecían inmóviles en la penumbra.
Isabella tenía las manos resguardadas en los bolsillos de su capa de lana gruesa. El viento del norte le alborotaba los rizos castaños alrededor del cuello, pero su mirada avellana no parpadeaba. Sostenía la vista de Julián Romero con esa serenidad lúcida que desafiaba la tristeza del momento.
Julián vestía su levita negra de paño castellano y una capa oscura con vueltas de seda carmesí, apoyándose con una levedad casi imperceptible en su bastón de ébano con pomo de plata.
A la luz incierta del atardecer, su piel de mármol parecía más pálida que nunca, pero sus ojos oscuros ardían con una intensidad que nada tenía de espectral; era el fuego limpio y puro de quien lleva siglos aprendiendo a despedirse sin dejar de amar.
—Las deudas de tu padre han sido reducidas a cenizas en los hornos viejos, Isabella —dijo Romero en voz baja, con un tono donde la gravedad se teñía de una infinita dulzura—.
Mañana por la mañana, los abogados de Derby le confirmarán que los pagarés de Sterling han quedado extinguidos por un apoderado anónimo en Ámsterdam.
Ravenswood House seguirá en pie. Tu familia es libre.
Isabella esbozó una media sonrisa amarga, bajando los ojos por una fracción de segundo hacia las aguas turbias del arroyo.
—Mi padre celebrará la noticia como un milagro de la Providencia, y mi madre pasará la semana encargando sedas nuevas para convencerme de que asista a los bailes de invierno —repuso ella, alzando de nuevo la barbilla con un brillo de orgullo herido—.
Jamás comprenderán el precio que se ha pagado en esta ladera para que ellos sigan fingiendo que el mundo es un salón de té inmutable.
Julián dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que el calor sereno de su presencia la envolvió por completo. Alargó una mano enguantada y, con una delicadeza que contrastaba con la violencia de la batalla del mediodía, rozó la mejilla de la joven con el dorso de sus dedos.
—Esa es la condena de quienes ven la verdad, mi señora de la colina. Debemos cargar con el peso del conocimiento mientras los ciegos duermen en paz.
Julián extrajo del bolsillo interior de su chaleco un pequeño relicario plano de plata vieja, de forma ovalada, que colgaba de una fina cadena de eslabones de acero.
En la tapa frontal, grabado con una maestría renacentista, destacaba el relieve minúsculo de una rosa de siete pétalos abierta sobre una cruz paté.
—Toma esto —dijo él, depositándolo en la palma abierta de Isabella—.
No es una joya vulgar. Es un sello de paso de nuestra Orden.
Si alguna vez la sombra de Westminster vuelve a posarse sobre este valle, si alguna de esas criaturas osa cruzar el arroyo de los sauces, este metal vibrará con una frecuencia que los ahuyentará como el fuego del azufre.
Y te recordará, en las noches de soledad, que lo que viste en la biblioteca no fue un delirio de invierno.
Isabella cerró los dedos alrededor del relicario. El metal estaba inexplicablemente tibio, emanando un pulso sutil y constante que le transmitió un coraje inquebrantable.
—Para el mundo entero serás siempre el extravagante «Conde de Mortemer» que huyó de Derbyshire tan misteriosamente como llegó —susurró ella, clavando sus ojos dorados en los de él—.
Pero aquí, en esta piedra y en este arroyo, tu nombre seguirá siendo Romero.
Lo guardaré en mi memoria como el secreto más sagrado de mi vida.
Julián inclinó la cabeza con una reverencia que rozó lo litúrgico.
—Solo tú tienes derecho a pronunciarlo, Isabella.
En ese instante, un ladrido sordo y húmedo rompió la solemnidad del adiós.
Argos se acercó trotando desde el cobertizo, empujando la rodilla de Julián con el hocico.
El noble español no pudo reprimir una risa baja y cálida; se agachó sobre el fango sin importarle el paño de su capa y abrazó el cuello del viejo setter, hundiéndole las manos en el pelaje cobrizo mientras el perro le lamía con devoción la comisura de la mandíbula.
—Cuídala bien, viejo guerrero —murmuró Julián al oído del animal—. Eres el mejor centinela que una reina podría soñar. Y no permitas que ningún pretendiente con peluca blanca se acerque a su piano.
El perro soltó un bufido de complicidad y volvió al lado de Isabella, sentándose sobre las patas traseras con el porte de un guardián incorruptible.
Julián se puso en pie, dio un paso atrás hacia el sendero empedrado y miró a la joven por última vez en la penumbra.
—No mires atrás cuando cruces la verja, Isabella. El invierno será largo en Londres, pero la primavera siempre regresa para quienes saben esperar la luz.
—No acostumbro a mirar atrás, don Julián —respondió ella con la voz firme, aunque en su garganta ardía un nudo de fuego—. Pero asegúrate de que tus enemigos en la capital aprendan que el acero de Toledo corta más hondo que sus mentiras de corte.
Romero sonrió con esa chispa de ironía y desafío que lo caracterizaba, se llevó la mano al ala de su sombrero en un saludo impecable y caminó con paso ágil hacia la escalinata de carruajes.
Nicholas le abrió la portezuela con una inclinación solemne. El noble subió a bordo, el gigante cerró de un golpe seco que selló la cabina y el látigo chasqueó en el aire frío con un chasquido que retumbó por todo el valle.
Las ruedas de hierro trituraron la grava. Los percherones azabaches tensaron los tiros y el gran coche negro avanzó pesadamente hacia el camino real del sur, perdiéndose entre los bancos de niebla espesa que borraban las colinas.
Isabella permaneció inmóvil junto al arroyo de los sauces, apretando el relicario de plata contra su pecho, hasta que el último eco de los cascos se disolvió en el silencio de la noche.
Tres millas al sur de Derbyshire, la civilización parecía desvanecerse en un páramo inhóspito de brezales muertos y pantanos traicioneros conocido como el Paso de las Horcas.
La niebla allí era tan densa que las linternas de hierro del carruaje apenas lograban horadar una franja lechosa de cuatro pasos por delante del pescante.
El viento aullaba entre los matorrales de espino con un quejido áspero que erizaba la piel.
Nicholas conducía con una calma férrea, encajado en su metro noventa de estatura, con los ojos de acero escudriñando la oscuridad y una de sus pistolas de cañón largo descansando sobre el estribo de madera, lista para el disparo.
De pronto, los percherones se frenaron en seco.
Los enormes caballos resoplaron con violencia, piafando en el barro y sacudiendo los arneses de bronce en un ataque de nerviosismo absoluto.
Un olor pesado, dulzón y punzante —una mezcla sofocante de nardos silvestres, almizcle oriental y lluvia sobre mármol caliente— inundó la atmósfera cerrada del páramo.
En medio del camino de grava, justo en el centro de la calzada, se recortaba una silueta femenina.
Nicholas alzó la pistola con un movimiento seco, pero antes de que pudiera amartillar el percutor, la figura se movió.
No caminó con el paso torpe de los mortales sobre el barro. Se deslizó sobre la bruma con una ligereza serpentina y felina, rodeando la carrocería en un suspiro. Antes de que el gigante pudiera descender del pescante, el pestillo de bronce de la puerta del coche chasqueó desde el exterior.
La portezuela se abrió de par en par con un susurro gélido, y una ráfaga de perfume narcótico y viento invernal invadió el interior de la cabina.
Julián Romero no se sobresaltó.
Permanecía sentado en el asiento de cuero acolchado, con las piernas cruzadas con indolencia aristocrática y ambas manos apoyadas sobre el pomo de plata de su bastón de ébano. Sus ojos oscuros, fríos como el abismo, se alzaron despacio hacia el umbral abierto.
Una mujer subió al estribo con una soltura insolente y penetró en el habitáculo, cerrando la puerta tras de sí con un golpe de talón que hizo temblar la carrocería.
La recién llegada era una criatura de una belleza tan deslumbrante como ponzoñosa.
Aparentaba no tener más de veinticinco o veintisiete años, pero en la cadencia de sus movimientos vibraba la experiencia corrupta de varios siglos de placeres y traiciones.
Su piel era blanca como la cera virgen, tensa sobre unos pómulos altos y esculturales; una cascada densa y brillante de cabello negro como el ala de un cuervo caía en ondas voluptuosas sobre una capa de terciopelo verde esmeralda ribeteada de piel de marta cibelina.
Sus labios, gruesos, carnosos y encendidos en un carmín vivo y sangriento, se curvaban en una sonrisa de triunfo descarado, mientras sus ojos —dos esmeraldas rasgadas, líquidas y felinas,
con párpados pesados de sensualidad provocadora— recorrían la figura de Julián de arriba abajo como los de una pantera evaluando a su antigua presa.
—Qué modales tan salvajes tienes en esta isla espantosa, Julián…
—dijo ella, con una voz profunda, ronca y melodiosa, teñida de una cadencia mediterránea cargada de veneno y deseo—.
Ni siquiera una palabra de bienvenida para una vieja amiga que ha cruzado medio continente solo para respirar el mismo fango que tú.
Laura se dejó caer en el asiento de enfrente, desatando el broche de diamantes de su capa de piel con una lentitud teatral que dejó al descubierto un escote generoso de seda adamascada y un collar de rubíes antiguos que resplandecían como brasas a la luz mortecina de la linterna interior.