Capítulo 11 La purga de Derbyshire #3
—Tu señor Arthur Sterling ya va camino del sur, mutilado y maldito —le dijo Julián al caído—. Ve tras él si tus piernas te lo permiten, o disuélvete en este fango. Derbyshire ha quedado sellado bajo la protección de la Rosa.
El siervo no respondió; emitió un lamento gutural, se zafó del agarre del perro y se arrastró penosamente entre los helechos secos de la vaguada, buscando las sombras de los barrancos lejanos para no ser consumido por el mediodía.
Nicholas depositó la arqueta de hierro a los pies de su amo y la abrió de un solo golpe de palanca con su hacha.
En su interior no había joyas ni oro. Había legajos notariales, cartas de crédito bancarias y un fajo voluminoso de pagarés firmados por los hacendados de Derbyshire… entre ellos, todos los títulos de deuda que Lord Thomas Ravenswood había contraído en los últimos cinco años.
Isabella contempló los documentos con los ojos muy abiertos.
—Las cadenas de mi padre… —susurró.
Julián se agachó despacio, tomó los pagarés que llevaban el sello de los Ravenswood y, con un movimiento deliberado y elegante, los desgarró por la mitad, arrojando los pedazos al interior de uno de los hornos de cal aún humeantes.
El fuego consumió el papel en un segundo, convirtiendo la ruina financiera de la familia en una brizna de humo blanco que el viento del norte dispersó sobre las colinas.
—Nadie volverá a amenazar a su casa con subastas vergonzosas, señorita Ravenswood —dijo Julián, mirándola con una solemnidad hermosa—. Su padre es ahora un hombre libre de deudas, aunque jamás sabrá a quién le debe la redención.
Isabella sintió que un nudo de gratitud y asombro le apretaba la garganta. Dio un paso hacia él, olvidando la barra de hierro, las minas y el fango, clavando sus ojos avellana en los de Romero.
—Julián… no tenías por qué hacer esto.
—Lo juré ante el manuscrito de la Rosa: proteger la dignidad humana contra la codicia de los tiranos —repuso él en un susurro cálido, tomando suavemente la mano de la joven entre las suyas—.
Y admito que el orgullo de los Ravenswood me resulta infinitamente más valioso que todos los pagarés de Londres.
Sin embargo, al mirar el resto de las cartas que quedaban en la arqueta, el rostro de Julián volvió a ensombrecerse.
Eran misivas lacradas en cera negra con el sello del Parlamento y de los clubes aristocráticos de Mayfair. Informes detallados sobre arsenales navales en Portsmouth, nombramientos de jueces en la Cancillería y listas de ministros que ya obedecían las órdenes secretas de la logia vampírica.
Nicholas se acercó a su señor, contemplando los documentos con la mandíbula de piedra en tensión.
—El cáncer está extendido por todo el cuerpo del reino, señor. Sterling no era más que un recaudador de provincias. El verdadero corazón de la bestia late en los salones de baile de Londres.
Julián apretó los labios en una línea delgada y dura. Miró hacia el sur, hacia la lejana línea del horizonte donde las nubes parecían teñirse de un tono violáceo y tormentoso.
—Derbyshire está a salvo por ahora —dijo Romero en voz baja, con una pesadumbre que cayó sobre el pecho de Isabella como un presagio helado—.
Pero mi presencia aquí ya no es un secreto.
Sterling llegará a la capital arrastrándose, y cuando el Cónclave de Mayfair sepa que un iniciado de la Cruz Dorada está en esta isla, enviarán legiones enteras a buscarme.
Julián se volvió hacia Isabella. En sus ojos oscuros no había temor por su propia vida, sino una angustia infinita por la joven que tenía frente a sí.
—Si me quedo en Blackwood Manor, convertiré este valle en un campo de batalla permanente. Ravenswood House será el blanco de sus represalias y tú… tú estarás en el centro de su mira. Debo partir, Isabella. Debo llevar la guerra a Londres antes de que ellos la traigan a tu puerta.
Isabella sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Habían vencido a los monstruos de las minas, habían purgado la comarca de la pestilencia de Sterling y habían salvado el honor de su linaje; pero la victoria dejaba tras de sí el vacío insoportable de una despedida inminente.
—¿Te marcharás? —preguntó ella, y por primera vez su voz quebró levemente la coraza de su orgullo racional.
—Debo hacerlo esta misma tarde, en cuanto preparemos el carruaje de viaje —respondió Julián con una dulzura dolorosa, acariciándole la mejilla con los dedos desnudos—.
Pero no olvides jamás lo que viste en la biblioteca, Isabella.
No olvides la música que tocamos juntos ni el nombre que solo tú tienes derecho a pronunciar. Tú ya eres parte de la Rosa.
Nicholas comenzó a recoger las armas y a cerrar la arqueta con la eficacia marcial que lo caracterizaba, mientras Argos se sentaba a los pies de ambos, mirando hacia el camino con un gemido suave y melancólico.
La purga de Derbyshire había concluido. El valle volvía a respirar en paz bajo el cielo del invierno. Pero a pocas millas de allí, sobre la carretera principal que serpenteaba hacia el sur, una sombra aún más peligrosa, voluptuosa y llena de rencores ancestrales aguardaba el paso del carruaje negro.