Capítulo 11 La purga de Derbyshire #2
—A la chimenea de los hornos, entonces. Nicholas, toma las cadenas de hierro bendito y los frascos de salitre purificado.
Isabella… tú vendrás con nosotros hasta la cresta con Argos para custodiar la retirada y cerrar la salida alta.
No entrarás en la galería subterránea; no permitiré que tus ojos vuelvan a contemplar la inmundicia de esas criaturas de cerca.
—Custodiaré la superficie —aceptó ella, consciente de que un buen general conoce sus límites—. Pero si uno de esos engendros intenta escapar hacia Ravenswood House, descubrirá que el setter de mi familia no es la única fiera de esta colina.
Media hora más tarde, el trío ascendía con sigilo absoluto por la ladera escarpada que conducía a los viejos hornos de cal de High Ash.
El viento del norte soplaba con fuerza, arrastrando ramajes secos y ocultando el sonido de sus pisadas sobre la gravilla.
Argos avanzaba pegado a los talones de Isabella, venteando el aire con el lomo tenso pero en silencio sepulcral, guiado por la presencia imponente de Nicholas.
Al alcanzar la cresta rocosa, divisaron la chimenea de ventilación: una boca circular de piedra carcomida, semiescondida entre matas de espino albar.
Del pozo ascendía un olor inconfundible y nauseabundo: hedor a humedad estancada, tierra removida y la pestilencia dulzona y rancia de sangre descompuesta.
Nicholas se asomó al brocal con el hacha en una mano y una cuerda gruesa de cáñamo en la otra. Hizo una señal silenciosa con dos dedos extendidos hacia su señor: había dos guardianes abajo.
Julián se volvió hacia Isabella. Sus ojos oscuros se posaron en ella con una intensidad conmovedora, despojándose por un instante de la armadura del guerrero para dejar ver al hombre ancestral que latía bajo los siglos.
—Quédate junto a los tejos con el perro, Isabella —le susurró con infinita ternura, rozando brevemente sus dedos enguantados—. No tardaremos. Cuando las sombras de este valle se limpien, la niebla dejará de ser una amenaza.
—Ve, Julián —respondió ella en un murmullo firme—. Que la Rosa y la Cruz guíen tu acero.
Romero asintió. Con la agilidad elástica y perfecta de una pantera, saltó hacia el interior de la chimenea, desapareciendo en la oscuridad vertical. Nicholas aseguró la cuerda al tronco de un fresno centenario y se deslizó tras él con la pesadez letal de una mole de granito.
Durante tres minutos interminables, en la superficie solo se escuchó el quejido del viento entre las piedras calizas. Isabella permaneció inmóvil, con la espalda apoyada contra el tronco del árbol y la mano firme acariciando el cuello de Argos.
De pronto, desde las entrañas de la tierra brotó el estruendo de la batalla.
Fue un coro sofocado de chillidos guturales, gritos de rabia animal y el chasquido ensordecedor de madera astillada. A través de la abertura de la chimenea escapó una ráfaga de aire caliente cargada de chispas doradas y humo blanco con aroma a incienso quemado.
Bajo la luz del sol cenital, la desventaja de los no-muertos era absoluta.
Isabella escuchó los alaridos desesperados de las criaturas, torpes y lentas, intentando coordinar una defensa con sus cuerpos mermados por la radiación solar que se colaba por las grietas de la roca.
La voz de trueno de Nicholas retumbaba como un cañonazo en las galerías bajas: cada golpe de su hacha de doble filo derribaba vigas de apuntalamiento y aplastaba huesos con la contundencia de un alud.
Y por encima de todo sonaba el silbido limpio, rítmico y despiadado de la espada de Julián Romero.
El Inmortal no daba cuartel. No había en sus movimientos la furia ciega de los monstruos, sino la precisión geométrica de un cirujano divino.
Cada estocada de su hoja solar disolvía la carne corrupta de los vampiros en llamaradas de fuego blanco que no dejaban cenizas ni rastro sobre el suelo de pizarra.
De pronto, un crujido violento de matorrales a espaldas de Isabella la puso en alerta máxima.
Argos soltó un ladrido furioso y se plantó de golpe frente a su dueña con los belfos arremangados.
Por una galería secundaria que desembocaba en la ladera entre las zarzas, un hombre emergió arrastrándose sobre el fango.
Llevaba la librea deshecha de los cocheros de Sterling, pero su rostro estaba desencajado en una máscara cadavérica: piel cetrina y arrugada, ojos sanguinolentos que parpadeaban con dolor ciego ante la luz del mediodía y una boca manchada de negro de la que asomaban colmillos rotos.
La criatura intentaba huir cuesta abajo, tambaleándose con la pesadez de un borracho al borde del colapso, mermada a la mitad de sus fuerzas por el sol que le quemaba las pupilas.
Al ver a Isabella, el engendro emitió un gruñido sordo y se abalanzó hacia ella con las manos extendidas en forma de garras temblorosas, buscando un rehén desesperado.
Isabella no vaciló.
No retrocedió ni un centímetro. Con una rapidez forjada en el temple de sus paseos por los páramos, cogió una pesada barra de hierro dulce que los antiguos mineros habían dejado olvidada junto a la boca del horno de cal.
Dando un paso lateral para esquivar la embestida torpe y ciega del vampiro debilitado, descargó el hierro con toda la fuerza de sus brazos sobre la rodilla de la criatura.
El hueso podrido crujió con un chasquido seco.
El cochero aulló de dolor y cayó de bruces sobre las piedras calizas.
Argos se lanzó de inmediato sobre su brazo, clavando sus mandíbulas en la manga de paño grueso y sacudiendo la cabeza con una ferocidad implacable que mantuvo al monstruo clavado en el barro.
—¡Quédate ahí, engendro de cloaca! —sentenció Isabella con voz gélida, alzando la barra de hierro sobre la cabeza del caído.
En ese instante, una mano enguantada en cuero negro se posó suavemente sobre el extremo de la barra, deteniendo el golpe.
Isabella alzó la vista, jadeando.
Julián Romero estaba de pie junto a ella.
Su espada toledana goteaba un licor dorado que se evaporaba en el aire sin manchar la hierba.
No tenía un solo rasguño en su levita, ni una gota de sudor en su frente de mármol.
Detrás de él, Nicholas emergía de la boca de la chimenea cargando sobre el hombro una pesada arqueta de hierro forjado sellada con el escudo de los Sterling.
—Déjalo, Isabella —dijo Julián con una voz serena que apaciguó de inmediato el fragor de la refriega—. La luz del sol terminará de consumir lo poco que queda de su falsa vida antes de que caiga la tarde.
Romero dirigió una mirada cargada de majestad y desprecio al cochero que se retorcía en el suelo, quejándose del ardor que la luz diurna provocaba en sus heridas abiertas.