Capítulo 11 La purga de Derbyshire
El amanecer se filtró por las rendijas de los ventanales de Ravenswood House con la frialdad de una hoja de acero recién desenvainada.
La escarcha cubría los alféizares como una costra de salitre y una neblina densa, casi inmóvil, borraba los contornos de los brezales.
En la alcoba principal del segundo piso, Isabella abrió los ojos al primer repique lejano de las campanas de High Ash.
Apenas había dormido dos horas. El ungüento de mirra y plata coloidal que Nicholas le había aplicado en la muñeca antes del alba había obrado un efecto prodigioso:
el dolor palpitante había desaparecido y el hematoma amoratado se redujo a una sombra cobriza apenas perceptible bajo el encaje de su camisa de dormir.
Sin embargo, su mente no reposaba; trabajaba con la precisión incansable de un mecanismo de relojería, analizando cada detalle de la noche anterior, cada palabra grabada en el manuscrito Rosacruz y, sobre todo,
el rostro desencajado de Arthur Sterling cuando la luz dorada de la espada de Julián Romero le atravesó el hombro.
Un alboroto sordo en la planta baja interrumpió sus pensamientos. Se oían portazos, voces destempladas y el apresurado corretear de las doncellas por las tablas de pino.
Isabella se vistió con rapidez metódica. Eligió un traje de paseo de lana gruesa en tono gris ceniza, práctico y sin adornos que pudieran estorbar sus movimientos, recogió su cabello castaño en una trenza prieta y bajó la escalinata principal con el aplomo de quien desciende a un tablero de ajedrez.
En el vestíbulo, el caos era absoluto.
Lord Thomas, con la bata de terciopelo mal abotonada y el rostro encendido en una máscara de cólera y pánico, arrojaba sobre la mesa del recibidor un par de guantes de montar manchados de barro. A su lado, Lady Eleanor se abanicaba frenéticamente con una carta arrugada entre los dedos temblorosos.
—¡Es un ultraje! ¡Una afrenta imperdonable a esta casa!
—bramaba el padre, golpeando la madera con el puño—.
¡Desaparecer en mitad de la noche sin despedirse, dejando sus baúles en el zaguán y dos caballos reventados en las cuadras!
¿Qué clase de caballero de la corte de San Jaime se comporta como un salteador de caminos?
—¿Qué ha ocurrido, padre? —preguntó Isabella con una serenidad calculada, deteniéndose en el último peldaño.
Lady Eleanor soltó un gemido lastimero.
—¡Arthur Sterling se ha marchado, hija mía!
El mozo de cuadras dice que antes de la medianoche se escucharon ruidos salvajes cerca del invernadero…
cristales rotos, aullidos como de bestias en celo.
Cuando bajaron con las linternas, solo encontraron el carruaje de posta vacío.
Dos de sus criados, esos hombres siniestros con cara de presidiarios que trajo de Londres, cargaron sus efectos personales a toda prisa y dijeron que su señoría había tenido que partir de urgencia hacia la posta de High Ash debido a una repentina indisposición.
¡Una indisposición! ¿Y nuestras deudas? ¿Y la temporada en Mayfair? ¡Estamos arruinados!
Isabella reprimió una mueca de desdén. La farsa de Sterling se desmoronaba en la superficie, pero la joven sabía con certeza que la bestia no había huido con las manos vacías ni con el corazón pacificado.
Un depredador herido no abandona su coto de caza sin cobrarse una venganza o asegurar la retirada de su séquito.
—Si Lord Sterling prefirió los establos de la aldea a las comodidades de nuestra casa, madre, deberíamos dar gracias a la Providencia —repuso Isabella con frialdad cortante—. Un hombre que huye en la oscuridad rara vez deja tras de sí bendiciones duraderas.
—¡Cállate, insolente! —estalló Lord Thomas, señalándola con un dedo tembloroso—. Tú fuiste la última en hablar con él. Seguro que tus impertinencias, tus comentarios sobre libros y tus miradas altivas lo ofendieron hasta el tuétano. ¡Iré a la aldea ahora mismo a exigir explicaciones!
—No encontrará a Sterling en la aldea, padre —dijo Isabella, cruzando las manos frente a su regazo con una calma que desarmó momentáneamente la furia del terrateniente—.
Y si me permite un consejo prudente: no envíe a los mozos a buscarlo.
Hay asuntos en los caminos que los hombres de leyes no saben resolver.
Sin esperar la previsible explosión paterna, Isabella dio media vuelta y salió por la puerta del servicio hacia los patios traseros.
El frío de la mañana le mordió las mejillas, pero el aire olía a pólvora fría y a tierra húmeda.
En la esquina de los cobertizos, Argos la aguardaba, sentado con las orejas tiesas y el rabo barriendo la gravilla escarchada.
El sabueso no mostraba el pavor de la víspera; la proximidad del santuario de Blackwood Manor parecía haberle devuelto la confianza instintiva.
—Vamos, muchacho —susurró Isabella—. Tenemos una cita antes de que el sol alcance el cenit.
Cruzaron la cancela baja de los sauces, donde Nicholas aguardaba ya en la penumbra de los troncos.
El coloso de casi un metro noventa vestía hoy una indumentaria de combate: una casaca de cuero curtido sin mangas sobre una camisa de lana gruesa, botas reforzadas con espinilleras de hierro y una bandolera donde cruzaban dos pistolas de chispa de cañón largo y ánima rayada.
En la mano sostenía su imponente hacha de tala de doble filo, apoyada en la tierra con la naturalidad de un bastón de paseo.
—Señorita Isabella —saludó el gigante con su reverencia solemne—. Mi señor la espera en el pabellón de caza del linde norte.
—¿Sigue en pie la estrategia? —preguntó ella mientras caminaban a paso ligero por los senderos ocultos de la finca vecina.
—Más que nunca —respondió Nick, con su voz de trueno amortiguada por la niebla—. El cuervo negro intentó levantar el vuelo, pero sus pichones siguen anidados en el barro de Derbyshire.
Llegaron al viejo pabellón de caza, una construcción octogonal de sillería musgosa oculta entre un bosquecillo de abetos.
En su interior, sobre una mesa rústica de pino, había desplegado un mapa topográfico detallado de la parroquia de High Ash y de las antiguas minas de plomo abandonadas hacia el norte del valle.
Julián Romero estaba inclinado sobre el mapa.
Llevaba su levita negra de corte militar, botas altas con espuelas de plata y el pelo recogido con una cinta de seda oscura.
A plena luz del día, bañado por el resplandor blanco que entraba por las aspilleras del pabellón, su piel de alabastro resplandecía con una pureza serena.
No había en él la menor fatiga, ni la pesadumbre viscosa que consumía a los vampiros bajo el cielo diurno.
La energía inmutable de la Piedra Filosofal vibraba en cada uno de sus movimientos: ágiles, seguros, despiertos.
Al ver entrar a Isabella, sus facciones severas se iluminaron con una sonrisa cálida y franca.
—Buenos días, mi valiente compañera de armas —saludó él, rodeando la mesa para tomar la mano enguantada de la joven e inclinar la cabeza con un respeto reverente—. Veo que el ungüento de mirra ha hecho su labor en esa muñeca.
—Mucho mejor que los sermones de mi padre, te lo aseguro —respondió Isabella, sintiendo que la calidez de los dedos de Julián le templaba la sangre—. Sterling no está en nuestra casa. Dejó a sus hombres en los establos de la aldea y huyó hacia el norte al filo de la medianoche.
Romero asintió, volviéndose hacia el mapa con expresión grave.
—No ha huido directamente a Londres; la herida que le infligí con el acero solar no cicatriza en unas pocas horas.
Quema su carne impura como plomo derretido.
Ha tenido que refugiarse en un lugar subterráneo para lamerse las llagas antes de emprender el viaje a la capital.
Y ha dejado atrás a su escolta de sangre: cuatro engendros menores, recién convertidos, encargados de borrar sus huellas, saquear los pagarés de tu padre y prender fuego a las dependencias bajas de Ravenswood House antes de marcharse.
Isabella sintió que la cólera le encendía las mejillas.
—Pretenden quemar mi hogar para simular un accidente y silenciarnos.
—Ese es el método predilecto de la logia de Mayfair —intervino Nicholas, limpiando con un paño de aceite la hoja reluciente de su hacha—. No dejan testigos mortales.
Julián alzó la mirada hacia el tragaluz del pabellón. La bruma comenzaba a desgarrarse bajo el empuje de un sol pálido pero firme. El reloj de la iglesia de High Ash dio las once de la mañana.
—El momento es ahora —declaró Romero con autoridad tajante—.
A esta hora, el sol se aproxima a su punto más alto.
Es la regla fundamental que rige a los de su estirpe: bajo la bóveda del día, el poder de los no-muertos se reduce exactamente a la mitad.
Sus reflejos se vuelven torpes, su visión se nubla y la fuerza que por la noche parece monstruosa se equipara a la de hombres comunes con una fiebre pesada.
En cambio, nosotros no menguamos. Nicholas y yo limpiaremos ese nido antes de que la noche vuelva a coronarlos.
Isabella dio un paso al frente, apoyando las manos enguantadas sobre el mapa de las minas.
—Conozco ese terreno mejor que ustedes dos —dijo con voz resuelta—.
El mapa que tienen es anterior a los derrumbes de 1780.
Si intentan entrar por la bocamina principal del valle de los sauces, los vigías los verán descender desde media milla de distancia y se atrincherarán en los túneles inundados.
Hay una chimenea de ventilación natural en la cresta alta del robledal, detrás de los hornos de calcinación viejos.
Se puede bajar por una rampa de escombros directamente a la galería de secado sin hacer el menor ruido.
Julián la miró con una mezcla de asombro y fascinación deslumbrada. Una risa baja y deleitada escapó de sus labios.
—Dios del cielo… —murmuró, sacudiendo la cabeza con admiración—. Una estratega militar disfrazada con faldas de paño inglés. ¿Qué he hecho yo en cuatrocientos años para merecer una aliada semejante?
—Haber tenido el buen juicio de no comportarte como un pedante pomposo en la verja de los sauces, don Julián —replicó ella con una sonrisa afilada que hizo que Nicholas soltara una carcajada seca desde el rincón.
Romero desenvainó su espada ropera con un chasquido plateado que llenó el pabellón. La hoja de Toledo reflejó la luz del mediodía con destellos dorados, pura y limpia.