Capítulo 10 El libro Rosacruz y la Piedra Filosofal #2
Y, por encima de todo, juramos que nuestro fuego no menguará jamás: a diferencia de los no-muertos, cuya existencia fluctúa con las horas de la noche, el poder de un Inmortal de la Luz arde con la misma pureza absoluta a las doce del mediodía que en el corazón de la medianoche más oscura.
El silencio que siguió a sus palabras fue denso, cargado de una revelación que cambió para siempre el orden del universo en la mente de Isabella.
La joven contempló las manos de Julián: aquellas manos que habían acariciado a los caballos en la niebla, que habían tocado a Albinoni en el fortepiano de caoba con una ternura infinita, que habían rascado a Argos en la verja de los sauces y que, hacía apenas una hora,
habían empuñado una espada de acero solar para interponerse entre sus fauces y la muerte.
Isabella tragó saliva y formuló la pregunta que llevaba días quemándole los labios, con una serenidad que desafiaba a los siglos:
—Julián… ¿cuántos años tienes en realidad?
Romero la miró fijamente. En sus ojos oscuros ya no había máscaras nobiliarias, ni disfraces de diplomático francés, ni evasivas corteses. Había un hombre desnudo ante el tribunal del alma que amaba.
Dejó escapar un suspiro largo, un suspiro que pareció arrastrar el eco de dinastías enteras, y luego, con ese brillo inconfundible de humor mordaz y juguetón que jamás lo abandonaba por completo, esbozó una media sonrisa.
—Digamos que cuando don Hernán Cortés zarpaba hacia las costas de Veracruz, yo ya me quejaba del precio del cuero en las tabernas de Salamanca —confesó con una suavidad desconcertante—.
He visto caer las torres de Granada; presencié cómo los hugonotes teñían de rojo el Sena en la noche de San Bartolomé; discutí de astronomía con Giordano Bruno en Venecia antes de que los inquisidores decidieran que sus ideas eran demasiado inflamables para el gusto de Roma;
y pasé tres inviernos en las selvas del virreinato del Perú aprendiendo secretos botánicos que harían palidecer a los sabios de la Real Sociedad de Londres.
Isabella lo escuchaba con los ojos brillantes, fascinada por la inmensidad del abismo temporal que se abría ante ella. No sentía miedo; sentía un vértigo sublime, la emoción deslumbrante de quien contempla el océano por primera vez.
—¿Más de trescientos años? —susurró ella, calculando las fechas con la rapidez de su mente privilegiada.
—Casi cuatro siglos, Isabella —corrigió él con una risa baja y seca, sacudiendo la cabeza con tierna resignación—.
Y admito que la única lección constante que he aprendido en todo ese tiempo es que el clima inglés es, con diferencia, el mayor enemigo que mis articulaciones han tenido que soportar.
Ni siquiera las mazmorras de Felipe II en El Escorial eran tan húmedas como este bendito condado de Derbyshire.
Isabella dejó escapar una carcajada entrecortada, una mezcla de risa y lágrimas contenidas, desarmada ante la prodigiosa ligereza con la que aquel ser ancestral desdramatizaba la eternidad.
—Siempre tienes una anécdota histórica para eludir la gravedad, don Julián —dijo ella, secándose una lágrima furtiva con el dorso de la mano herida.
—El humor es la única armadura que nos queda a los inmortales para no enloquecer de melancolía ante la brevedad de los mortales, mi querida Isabella —respondió él, volviendo a adoptar un tono grave, tierno y protector—.
Pero la razón de mi presencia en Inglaterra en este año de 1799 no tiene nada de risible.
Julián cerró los pesados broches de plata del libro Rosacruz, haciendo que los sellos encajaran de nuevo en su sitio.
—La logia de los vampiros… el Cónclave de Mayfair.
Llevan cincuenta años infiltrándose en las venas del Imperio británico.
Compran navíos de la Compañía de las Indias, financian guerras a través de los bancos de la City y colocan a criaturas como Arthur Sterling en los escaños del Parlamento.
Saben que el siglo que está a punto de nacer, el siglo XIX, verá a Gran Bretaña convertirse en el imperio más vasto que la faz de la tierra haya conocido.
Y si ese imperio cae en manos de los no-muertos, si la corona y el parlamento son gobernados por una estirpe de parásitos sedientos de sangre, la humanidad entera será reducida a un rebaño de bestias de matadero.
Julián dio un paso hacia ella, deteniéndose a un palmo de distancia. Su mano pálida se elevó en el aire y, con un cuidado infinito, acarició la mejilla de Isabella, sintiendo el calor vivo y desafiante de su piel.
—Vine a Inglaterra a cortar la cabeza de esa serpiente antes de que devore el futuro. Pero no contaba con encontrar en este valle a una mujer con la lucidez de una filósofa, el fuego de una reina antigua y un corazón que no tiembla ante la noche.
Isabella no apartó el rostro. Apoyó la palma de su mano sobre la de Julián, sintiendo la firmeza de sus huesos y la calidez inmutable de su energía solar.
—Ahora sabes quién soy, Isabella Ravenswood —concluyó Romero en un susurro solemne—. No soy un Conde francés, ni un noble convaleciente. Soy Julián Romero, un guardián de la luz eterna. Y Sterling sabe que tú conoces la verdad. La partida se ha vuelto mortal para ambos.
Isabella respiró hondo. El dolor de su muñeca se había desvanecido ante la magnitud del destino que se abría ante sus ojos. Su mirada dorada brilló con una resolución de acero que habría conmovido al más templado de los caballeros antiguos.
—No me arrepiento de nada, Julián —dijo ella con voz clara, firme e inquebrantable—.
Pasé diecinueve años sintiendo que no encajaba en los salones frívolos de mi comarca porque buscaba algo real, algo eterno que no se marchitara con las modas.
Si Sterling y su estirpe quieren adueñarse de este país sobre las cenizas de mi familia y de tu Orden, descubrirán que una Ravenswood sabe combatir tanto con el contrapunto del piano como con el fuego de la verdad.
Julián la contempló con una devoción tan pura que sus ojos oscuros parecieron humedecerse en medio de la penumbra.
—Juntos entonces, mi señora de la colina —susurró él, inclinándose para depositar un beso reverente en los nudillos de su mano herida—. Que la Rosa y la Cruz nos protejan del invierno que se avecina.
En ese instante, la puerta secreta de la biblioteca se abrió y Nicholas entró con una bandeja de plata, portando la infusión humeante y los bálsamos curativos, con Argos pisándole los talones con paso tranquilo.
El santuario de Blackwood Manor estaba en paz por esa noche. Pero allá afuera, en las sombras del bosque de tejos y a lo largo de los caminos que conducían a la capital del reino, las fuerzas de la noche comenzaban a reagruparse para desatar la tormenta final.