Sombras En La Colina Capítulo 9 Furia en el bosque
39%

Capítulo 9 Furia en el bosque

La segunda noche de la estancia de Lord Arthur Sterling en Ravenswood House cayó sobre el valle como una losa de plomo asfixiante.

A diferencia de las jornadas anteriores, el viento del norte había barrido las nubes, dejando una cúpula negra y gélida, tachonada de estrellas despiadadas y presidida por una luna menguante que arrojaba sobre los senderos un resplandor lívido y afilado.

Durante el día, Isabella había observado a Sterling con la paciencia de un halcón que mide las debilidades de su adversario.

A la luz del sol invernal, el noble londinense se mostraba llamativamente pasivo: se quedaba recluido en la biblioteca baja cerca de las chimeneas encendidas, con las cortinas corridas a media altura, quejándose de una fatiga persistente provocada por el polvo de los caminos.

Sus movimientos a mediodía eran torpes, casi perezosos; su voz carecía de aquel filo magnético y sus ojos lechosos parpadeaban con pesadumbre ante el resplandor de las ventanas.

Parecía, en efecto, un hombre mermado a la mitad de sus fuerzas, un espectro obligado a arrastrar una pesada cadena de carne mortal bajo la mirada implacable del cielo diurno.

Pero en cuanto el disco solar se hundió tras los brezales y las sombras se adueñaron de los pasillos, la transformación de Arthur Sterling fue tan fulgurante como aterradora.

El letargo se esfumó. Su porte encorvado se enderezó con una rigidez sobrenatural, la languidez de su voz dio paso a un timbre resonante y profundo que parecía llenar cada rincón de la casa, y sus ojos adquirieron un brillo voraz, felino,

como si la noche fuera el elemento primordial que devolvía a su sangre una vitalidad desmedida e imparable.

Isabella comprendió el peligro con una claridad diamantina: aquel ser temía y despreciaba la luz porque el sol drenaba su poder, pero la noche lo coronaba como amo absoluto de la creación.

La trampa comenzó a tejerse inmediatamente después de la cena.

Lord Thomas, visiblemente embriagado por las promesas de crédito que Sterling le había deslizado entre copa y copa de oporto, sugirió con entusiasmo baboso que Isabella acompañara a su ilustre huésped a contemplar las esculturas del antiguo invernadero de naranjos,

un pabellón acristalado que se erguía en el extremo oriental de los jardines, aislado de la servidumbre y al borde mismo del robledal que descendía hacia la vaguada.

—Una noche magnífica para admirar la perspectiva del valle, ¿verdad, milord? —había dicho el padre, empujando casi físicamente a su hija hacia el frío exterior.

Isabella no opuso resistencia visible. Sabía que negarse solo provocaría un escándalo inmediato y que, tarde o temprano, aquel depredador encontraría la forma de acorralarla.

Pero antes de cruzar la puerta que daba a las terrazas, deslizó con disimulo en la manga ancha de su vestido de terciopelo una tijera de poda de hierro forjado con punta afilada, que descansaba sobre la consola de los aperos.

No era un arma de guerra, pero en manos de una mujer decidida valía más que mil rezos sumisos.

El sendero de grava hacia el invernadero estaba flanqueado por tejos centenarios que crujían con el viento helado.

Sterling caminaba a su lado sin pronunciar palabra, con las manos cruzadas a la espalda.

No llevaba abrigo, ni guantes, ni sombrero; el frío bajo cero no parecía afectar en absoluto a su anatomía de cera.

Su respiración no formaba nubes de vapor en el aire gélido, un detalle macabro que confirmó a Isabella la ausencia total de calor vital en sus pulmones.

—Qué silencio tan exquisito guarda su parroquia, señorita Ravenswood —dijo Sterling de pronto.

Su voz era un susurro denso que parecía acariciar el aire con una textura aceitosa.

—El silencio del campo suele ser bastante transparente, Lord Sterling —respondió Isabella, manteniendo dos pasos de distancia y apretando los dedos alrededor del mango de hierro oculto en su manga—. Solo quienes traen mucho ruido en la conciencia lo encuentran sobrecogedor.

Sterling soltó una risa seca, un chasquido que sonó a ramas secas rompiéndose bajo una bota.

—La conciencia es una invención de los débiles para consolarse de su propia insignificancia.

Durante el día, admito que este mundo me resulta fastidioso.

El sol entorpece mis sentidos, vuelve la sangre pesada y me obliga a fingir las debilidades de su ridícula estirpe mortal.

Pero la noche… la noche nos devuelve lo que nos pertenece por derecho de nacimiento.

Llegaron frente a las puertas del invernadero. La estructura de hierro y cristal, abandonada desde hacía años, reflejaba la luz de la luna como una jaula de plata desdentada. El interior olía a tierra seca, podredumbre vegetal y hojas muertas.

Isabella se detuvo en el umbral de piedra, negándose a dar un paso más hacia la oscuridad de la nave acristalada.

—La perspectiva del valle se aprecia mucho mejor desde la terraza alta, milord. Si ha terminado de inspeccionar la maleza de mi padre, regresaré al salón.

Se dispuso a dar media vuelta sobre sus talones, pero el aire a su alrededor se comprimió con una violencia brutal.

Sterling no caminó. No corrió. Simplemente se materializó frente a ella con una velocidad que desafió cualquier ley de la física humana: un borrón de paño carmesí y una ráfaga de aire glacial que le cortó el paso en una fracción de segundo.

Isabella retrocedió un paso, clavando sus ojos avellana en el rostro del noble. La máscara de cortesano de Westminster se había quebrado por completo.

La piel cerosa de Sterling parecía ahora tensada sobre los huesos de su cráneo como un tambor de guerra.

Sus ojos lechosos habían perdido todo rastro de humanidad, transformados en dos pozos fosforescentes de un azul espectral donde las pupilas verticales latían con un hambre salvaje.

Sus labios pálidos se retrajeron hacia arriba, dejando al descubierto una hilera de colmillos caninos afilados, curvados y blanquísimos, dispuestos para desgarrar carne viva.

—Se acabó la comedia provinciana, mi querida Isabella —siseó la criatura, y el hedor a sangre rancia y ceniza antigua brotó de su garganta con la fuerza de un vendaval pestilente—.

Llevas dos días mirándome con ese desprecio insolente en los ojos.

Crees que tu ingenio y tus libros te hacen especial, pero para nosotros solo eres un vaso de arcilla frágil, lleno de un licor exquisito que se vuelve infinitamente más dulce cuando la víctima comprende que no tiene escape.

Sterling alzó una mano con dedos largos y ganchudos cuyas uñas habían mutado en garras negruzcas y duras como el pedernal, avanzando hacia el cuello de la joven.

Isabella no gritó. El pánico intentó paralizarle los músculos, pero su mente brillante y analítica tomó el mando con una ferocidad indómita.

En lugar de retroceder hacia la trampa del invernadero, dio un paso al frente con toda la fuerza de su cuerpo, sacó la tijera de podar de su manga y lanzó una estocada certera y desesperada directamente hacia el ojo izquierdo de la bestia.

El metal de hierro forjado golpeó con un chasquido sordo contra el pómulo de Sterling.

La fuerza del golpe fue suficiente para desviar la trayectoria del aristócrata y rasgarle la piel blanca en una herida limpia de la que no brotó sangre roja, sino una secreción espesa, oscura y humeante que siseó al contacto con el aire.

Sterling emitió un aullido de furia animal, un chillido sordo y lacerante que sacudió los cristales del pabellón.

—¡Maldita ramera insolente! —rugió, abofeteando el aire con una garra que rozó el hombro de Isabella, rasgando la seda de su vestido y arrojándola violentamente contra el marco de piedra de la entrada.

Isabella cayó sobre la grava, golpeándose la cadera con dureza. La tijera voló de sus manos, perdiéndose entre los matorrales. Levantó la vista, jadeando, y vio a Sterling abalanzarse sobre ella en el suelo, con las fauces abiertas de par en par y los ojos llameantes de pura sed homicida.

Entonces, la noche estalló.

Desde la densa arboleda del robledal surgió un estruendo como el derrumbe de una muralla.

Una silueta colosal de casi un metro noventa cayó sobre la grava con el impacto de un cometa.

Nicholas no perdió tiempo en advertencias ni en discursos ceremoniosos.

El gigante mayordomo embistió a Sterling de costado con el hombro, con una masa muscular y una inercia tan sobrehumanas que levantó al vampiro en el aire y lo estrelló con un crujido ensordecedor contra la estructura de hierro del invernadero,

haciendo añicos una docena de cristales que cayeron sobre el fango como una lluvia de diamantes rotos.

—¡Aléjate de ella, parásito! —bramó Nick con una voz que no parecía la de un hombre, sino el rugido telúrico de las entrañas de la tierra.

Sterling rodó sobre los vidrios quebrados con una agilidad diabólica, poniéndose en pie de un salto elástico. Bufaba como un gato salvaje, con los colmillos al descubierto y la herida del rostro cerrándose con una rapidez antinatural gracias al influjo de la medianoche.

—¡Un perro guardián! —siseó el no-muerto, reconociendo la imponente figura del gigante—. ¡Te arrancaré los tendones uno a uno, gigante de barro!

Sterling se lanzó hacia la garganta de Nicholas con una velocidad vertiginosa, pero el coloso no retrocedió un milímetro.

Nick desenvainó de su cinto un machete corto de acero toledano con la hoja ancha y resplandeciente, deteniendo el zarpazo del vampiro con el plano del hierro y descargando un puñetazo descomunal con su mano izquierda directamente en la mandíbula de Sterling.

El impacto sonó como un mazo golpeando una yunque, arrojando al aristócrata tres pasos atrás con la boca ensangrentada.

Sin embargo, a esas horas de la noche, las fuerzas del vampiro estaban en su apogeo.

El no-muerto no sentía dolor físico; sacudió la cabeza, soltó una carcajada estridente y comenzó a girar alrededor del gigante con una velocidad que convirtió su cuerpo en una estela carmesí casi invisible para el ojo humano, buscando el flanco ciego de Nick para despedazarlo.

Fue en ese instante supremo cuando el bosque de los sauces pareció abrirse ante una presencia infinitamente mayor.