Capítulo 8 La marca del depredador #2
Lord Sterling apenas probó bocado: fingió cortar la carne asada y humedeció los labios en una copa de vino tinto que apenas mermó un dedo a lo largo de la velada.
En cambio, monopolizó la conversación con un tono magistral y despiadado, desgranando los movimientos de la corte, el destino de las flotas mercantes y la necesidad imperiosa de que la corona británica «aplastara sin miramientos a cualquier facción que pretendiera iluminar a las masas con ideales
de libertad».
Lord Thomas asentía a cada palabra con la devoción de un súbdito arruinado, mientras Lady Eleanor celebraba con risitas nerviosas cada uno de los comentarios cáusticos del aristócrata.
Fue hacia los postres, cuando el mayordomo sirvió el café amargo, cuando Sterling lanzó el zarpazo que Isabella estaba esperando.
—Por cierto, Lord Ravenswood —dijo el noble londinense, apoyando los dedos largos y exangües sobre la caoba de la mesa—, he advertido al llegar que la vieja propiedad contigua a sus lindes tiene las luces encendidas. Creía que Blackwood Manor llevaba décadas en litigio por deudas testamentarias.
Lord Thomas frunció el ceño con disgusto manifiesto.
—Una desgracia administrativa, milord. Fue vendida en secreto hace menos de un mes por la Cancillería.
Al parecer la ha comprado un extranjero, un francés o flamenco que se hace llamar «Conde de Mortemer».
Un tipo extravagante, enfermizo y huraño que se pasa los días encerrado con un criado descomunal y media docena de perros rabiosos.
Sterling permaneció inmóvil. Sus dedos dejaron de tamborilear sobre la mesa.
—¿El «Conde de Mortemer»? —repitió el noble de Londres, saboreando el título con una inflexión extraña, donde la burla se mezclaba con una sospecha helada—.
Curioso. En los círculos diplomáticos de Whitehall conozco a casi todos los exiliados de sangre real que han huido de la guillotina de París.
Jamás he oído mencionar a un Mortemer con suficiente fortuna para comprar una baronía entera en Derbyshire.
Sterling hizo una pausa y luego añadió, en un susurro que pareció enfriar la cera de los candelabros:
—¿Y dice usted que es pálido? ¿Que evita el trato con sus semejantes?
—Un espectro, su señoría —terció Lady Eleanor con teatral espanto—. Aunque el señor vicario dice que camina al mediodía, la servidumbre asegura que sus costumbres son de una oscuridad intolerable.
Sterling entrecerró los ojos lechosos, y una mueca de crueldad infinita curvó sus labios de cera.
—Habrá que hacerle una visita de cortesía a ese respetable «Conde» antes de que termine mi estancia en el condado —murmuró, como si hablara para sí mismo—.
Me apasiona despojar a los extranjeros de sus disfraces de conveniencia.
En Londres tenemos métodos muy eficaces para averiguar de qué se alimentan realmente las almas solitarias.
Isabella mantuvo la compostura con un esfuerzo titánico. Sentía el corazón latiéndole contra las costillas con la fuerza de un martinete, pero no permitió que sus pestañas temblaran. Tomó su taza de porcelana, bebió un sorbo de café y dejó escapar una media sonrisa de aparente ligereza.
—Me temo que nuestro vecino resultará una compañía muy tediosa para sus sofisticados gustos de Whitehall, Lord Sterling —dijo ella con ironía mordaz—.
Es simplemente un estudioso de la botánica y de la música clásica que prefiere la paz de sus libros a las intrigas de la corte.
No todo el mundo en este siglo comparte su fascinación por la cacería de secretos ajenos.
Sterling fijó sus ojos en ella durante varios segundos interminables. La tensión entre ambos se volvió tan espesa que incluso Lord Thomas pareció advertir la corriente eléctrica que cruzaba la mesa.
—La cacería es la única ley que rige este mundo, señorita Ravenswood —sentenció el noble londinense con una lentitud amenazante—.
Hay quienes nacen para cazar, y quienes nacen para ser devorados.
Y la mayor tragedia de las presas inteligentes es creer que su orgullo puede servirles de escudo contra el cazador.
A las diez de la noche, tras una despedida formal en la que Sterling volvió a besar la mano de Isabella con ese contacto gélido que le provocó náuseas sordas, la joven se retiró a sus aposentos.
No encendió velas. Despidió a Martha con voz breve, atrancó la puerta de su alcoba por dentro y caminó hacia el balcón que dominaba la ladera norte.
Abrió la balconera de par en par, dejando que el viento cortante de la noche de noviembre le azotara el rostro y despejara la pestilencia a ceniza y podredumbre encubierta que Lord Sterling había dejado en los pasillos de la casa.
Abajo, en la terraza de piedra caliza de Ravenswood House, una silueta oscura permanecía inmóvil bajo la luz de la luna llena.
Era Arthur Sterling. No vestía abrigo alguno a pesar de que el termómetro rondaba los cero grados; contemplaba la vaguada con una quietud absoluta, inhumana, sin el menor temblor, mirando fijamente hacia las copas de los sauces de Blackwood Manor como una gárgola apostada sobre un abismo.
Isabella alzó la vista hacia la colina de enfrente.
En el linde del bosque de sauces, recortadas contra el cielo ceniciento y plateado de Derbyshire, dos sombras permanecían de pie sobre el terraplén de piedra: la silueta inconfundible y monumental de Nicholas, con un rifle pesado apoyado en el antebrazo, y a su lado,
la figura esbelta y oscura de Julián Romero, envuelto en su capa negra de forro carmesí, sosteniendo su bastón de plata.
Romero no miraba la casa de los Ravenswood. Tenía los ojos fijos en la terraza inferior, clavados en la sombra de Sterling con una hostilidad silenciosa y colosal que cruzaba la distancia como un trueno antes de la tormenta.
El depredador de Londres acababa de marcar el terreno. Pero al otro lado del arroyo, el guardián de la luz aguardaba con siglos de experiencia en la mirada.
Isabella cerró la balconera despacio, apretando los puños contra el marco de madera fría. La farsa aristocrática se había desmoronado en una sola noche: el monstruo estaba bajo su mismo techo, y la batalla que se avecinaba no dejaría indemne a ninguno de ellos.