Capítulo 8 La marca del depredador
La niebla invernal se cerraba como un sudario sobre los sauces del arroyo bajo mientras Nicholas guiaba a Isabella y a Argos a través del sendero oculto.
El gigante de casi metro noventa se movía entre las sombras con la presteza y el sigilo de una fiera montaraz, apartando ramas espinosas con una mano enguantada y asegurándose de que las faldas de la joven no rozaran el fango del linde.
Al llegar a la pequeña tapia trasera del huerto de Ravenswood House, Nick se detuvo y se volvió hacia ella.
—Hasta aquí puedo acompañarla, señorita Isabella —dijo en su tono más bajo, una vibración contenida que apenas competía con el murmullo del viento—.
La servidumbre de su casa está ocupada en el patio de carruajes.
Entre por la puerta del invernadero; la llave de servicio está puesta en la cerradura interior.
Isabella asintió, recogiendo el dobladillo de su capa con ademán resuelto.
—Gracias, Nicholas. Dile a don Julián que mantendré los ojos abiertos.
El coloso inclinó la cabeza con una reverencia sobria.
—Él no le quitará los ojos de encima a esta ladera, señorita. Ni él, ni yo. Tenga mucho cuidado. Quien acaba de descender de ese carruaje no conoce la piedad ni las leyes de los hombres.
Sin esperar respuesta, Nick retrocedió dos pasos y se fundió en la penumbra del robledal con una facilidad asombrosa para su corpulencia.
Isabella no perdió un segundo: cruzó la cancela de madera, sorteó los bancales de hortalizas marchitas y empujó la puerta de cristales del invernadero.
El calor húmedo a tierra mojada y geranios dormidos la envolvió como un bálsamo momentáneo antes de deslizarse hacia la escalera de servicio.
Subió a su alcoba sin ser vista, arrojó la capa embarrada al fondo de su ropero y se contempló en el espejo ovalado.
Sus mejillas ardían por la carrera y por la emoción clandestina de la biblioteca alquímica, pero sus ojos avellana resplandecían con una frialdad lúcida.
Llamó a la doncella Martha con un tirón breve de la campanilla y, en menos de veinte minutos, gracias a una destreza aprendida en años de tedio social, estuvo enfundada en un vestido de seda adamascada color ciruela, de talle alto y mangas ceñidas,
con el cabello recogido en un moño trenzado sujeto por peinetas de concha de carey.
Cuando bajó al gran salón de recepción, los criados encendían a toda prisa los candelabros de latón y el olor a cera nueva luchaba contra el hedor a humedad que siempre arrastraba el viento del este.
En el centro de la estancia, de pie junto a la gran chimenea, Lord Thomas y Lady Eleanor parecían dos cortesanos en presencia de una deidad implacable. Y frente a ellos se erguía la causa de todo aquel alboroto.
Lord Arthur Sterling se volvió con calculada lentitud cuando las faldas de seda de Isabella rozaron la tarima de la entrada.
A primera vista, el noble londinense encajaba a la perfección en el molde del gran aristócrata de la corte de San Jaime.
Aparentaba rondar los cuarenta y cinco años, con una figura espigada y una postura rígidamente erguida.
Vestía una levita de terciopelo carmesí oscuro bordada con hilos de plata que resplandecían a la luz de las velas, calzones de seda negra y medias inmaculadas.
Su cabello, peinado hacia atrás y empolvado con una pulcritud asfixiante, enmarcaba un rostro de una simetría llamativa.
Sin embargo, a los ojos penetrantes de Isabella, la compostura de Lord Sterling no transmitía refinamiento, sino una anomalía profunda y perturbadora.
Su piel era pálida, pero no con la blancura limpia, traslúcida y casi mineral de Julián Romero.
La tez de Sterling tenía una tonalidad cerosa, mate, como la piel estirada sobre una máscara mortuoria.
Sus ojos eran de un azul pálido, casi lechoso, desprovistos de ese brillo cálido que delata la vida interior; eran dos cuencas heladas que parecían no parpadear jamás.
Y en la comisura de sus labios, finos y demasiado pálidos, flotaba una sonrisa que no denotaba afecto, sino la complacencia fría de un carnicero evaluando la pieza antes del corte.
—¡Ah, Isabella! —exclamó Lord Thomas, con la voz quebrada por una ansiedad mal disimulada—.
Acércate, muchacha. Permíteme presentarte formalmente a su señoría, Lord Arthur Sterling de Blackheath.
Ha tenido la infinita generosidad de desviar su séquito hacia nuestro modesto rincón de Derbyshire para honrarnos con su estancia.
Sterling dio tres pasos hacia adelante. Sus andares no tenían el peso elástico y natural de los hombres de campo; se deslizaba sobre la alfombra sin emitir el menor crujido, con una quietud tan antinatural que Isabella sintió un estremecimiento recorrerle la nuca.
—Es un privilegio indudable, señorita Ravenswood —dijo Sterling.
Su voz era un susurro aterciopelado, denso y monocorde, que parecía vibrar en el aire sin necesidad de respiración visible.
Se inclinó sobre la mano enguantada que Isabella le extendió por estricta obligación social.
Cuando los labios del noble rozaron la seda de su muñeca, Isabella tuvo que reprimir un respingo de puro rechazo visceral: a través de la tela, el contacto no desprendía calidez humana alguna.
Era como el roce de un trozo de mármol extraído del fondo de un pozo congelado.
—El honor es de nuestra casa, Lord Sterling —respondió Isabella con impecable cortesía británica, alzando la barbilla y clavando sus ojos dorados directamente en las pupilas lechosas del aristócrata—.
Aunque confieso que me sorprende que un caballero con tantas ocupaciones en el Parlamento encuentre solaz en los páramos fangosos de nuestra parroquia a estas alturas del año.
Sterling alzó una ceja pálida, sorprendido por la firmeza de aquella mirada que se negaba a descender con la timidez habitual de las señoritas provincianas.
—El fango de los páramos tiene una virtud inestimable, señorita: conserva las raíces viejas mucho mejor que el aire viciado de Westminster —repuso él con una media sonrisa fría—.
Y a veces, en los rincones más oscuros de este reino, uno encuentra posesiones cuyo verdadero valor ha sido ignorado por quienes las administran con torpeza.
La indirecta hacia la decadencia financiera de los Ravenswood fue tan afilada como una cuchilla, pero Lord Thomas se limitó a sonreír con servilismo complaciente, mientras Lady Eleanor asentía con la cabeza como un autómata.
En ese momento, un sonido seco rompió la falsa armonía de la sala.
Desde la antesala que comunicaba con los establos, Argos apareció en el umbral. El viejo setter avanzó dos pasos con la intención de reunirse con su dueña, pero en cuanto el hocico del animal cortó el aire del salón y captó el olor de Lord Sterling, se detuvo en seco.
Lo que siguió heló la sangre de todos los presentes.
Argos, el animal dócil que jamás había mostrado agresividad ante las visitas, que había comido de la mano de Julián Romero y se había dejado acariciar por la mole de Nicholas sin pestañear, sufrió una transformación aterradora.
El pelo de su lomo se erizó de punta a punta.
Sus patas delanteras se clavaron en la madera con los músculos en tensión absoluta, los labios se replegaron hacia atrás dejando al descubierto una hilera de colmillos blancos y un gruñido gutural, cavernoso y lleno de un pavor salvaje brotó de su garganta.
No era el ladrido de un perro guardián que defiende su territorio: era el gemido desesperado de una presa que reconoce el hedor de un depredador ancestral.
—¡Maldito animal! —rugió Lord Thomas, poniéndose rojo de vergüenza y cólera—. ¡Sáquenlo de aquí! ¡Llamen a los mozos!
Sterling no se inmutó. No retrocedió ni un solo centímetro. Muy despacio, giró la cabeza hacia la puerta y clavó sus ojos de hielo en el setter.
Por una fracción de segundo, a la luz oscilante de los candelabros, Isabella vio algo monstruoso: las pupilas lechosas de Sterling parecieron estrecharse en dos hendiduras verticales, idénticas a las de un reptil en acecho, y una sombra de desprecio infinito cruzó sus facciones de cera.
Argos emitió un aullido lastimero, como si una fuerza invisible lo hubiera golpeado en el pecho, dio media vuelta sobre sus cuartos traseros y huyó a la carrera hacia las cocinas, resbalando sobre las baldosas en un frenesí de pánico ciego.
—Mil disculpas, milord —tartamudeó Lord Thomas, secándose el sudor de la frente con un pañuelo—. El perro está viejo… debió asustarse con el ruido del viento. Mañana mismo ordenaré que lo aten en las cuadras lejanas.
—No se preocupe, Lord Ravenswood —dijo Sterling con voz gélida, acomodándose los puños de encaje con una calma que erizó el vello de los brazos de Isabella—.
Las bestias inferiores siempre reaccionan con torpeza ante aquello que supera su rudimentario entendimiento.
Algunos animales reconocen instintivamente su lugar en la cadena de la creación; otros necesitan que se les recuerde con métodos más definitivos.
Isabella sintió que la rabia le quemaba el estómago, pero su prodigiosa mente analítica tomó el control al instante.
Aquel hombre no era un simple pretendiente arrogante: el aviso de Julián y la reacción de su perro cuadraban con una precisión matemática aterradora.
Tenía frente a ella a un enemigo de una naturaleza insólita, y la única defensa inmediata residía en mantener la cabeza fría y el ingenio afilado.
—Los animales ingleses suelen tener un olfato admirable para las intenciones ocultas, Lord Sterling —intervino Isabella con una sonrisa de cortesía helada, cruzando las manos sobre el talle de seda—.
Mi perro suele ladrarle únicamente a los cazadores que no respetan las temporadas de veda y a los mercaderes que intentan vender gato por liebre.
Sterling clavó su mirada muerta en ella. Lejos de ofenderse, una chispa de oscuro y perverso interés brilló en sus ojos lechosos.
—Una lengua afilada, señorita Isabella. Una cualidad fascinante en una mujer, siempre y cuando sepa cuándo envainar el acero antes de cortarse los propios dedos.
—Sé manejar el acero bastante mejor de lo que la sociedad de Londres supone, su señoría —replicó ella sin pestañear.
La cena que siguió en el gran comedor fue un suplicio de dos horas.