Capítulo 7 El santuario de Blackwood Manor #3
Las manos de ambos se cruzaban sobre el teclado con una sincronía milagrosa, rozándose apenas los dorsos de los dedos en los cambios de octava, provocando en Isabella una corriente de electricidad silenciosa que le aceleraba el pulso sin quebrar el ritmo de la pieza.
Había en la forma de tocar de Julián una fuerza ancestral, un dominio absoluto del tiempo y del silencio que guiaba a Isabella con una suavidad regia, permitiéndole desplegar todo el fuego de su inteligencia musical.
Abajo, en el vestíbulo, los tres perros descansaban en paz absoluta, arrullados por las notas que descendían por la escalera de caracol.
Cuando el último acorde menor se extinguió en el aire, sostenido por el pedal hasta disolverse en el silencio crepuscular, ambos permanecieron inmóviles, sentados hombro con hombro, con la respiración entrecortada y las manos descansando sobre las teclas dormidas.
Isabella giró la cabeza despacio. Los ojos oscuros de Julián estaban fijos en ella, a escasos palmos de distancia.
En su mirada no había la superioridad del maestro ni la condescendencia del noble; había una devoción pura, un asombro deslumbrado, como si acabara de encontrar en aquella joven inglesa una luz que llevaba siglos buscando entre las cenizas del tiempo.
—Isabella… —susurró él, y su voz tembló con una emoción que ninguna farsa podía fingir—. En doscientos años de vagar por este mundo, jamás había escuchado una verdad tan hermosa como la que acaba de salir de sus manos.
Isabella sintió que las mejillas le ardían con una intensidad que nada tenía que ver con la vergüenza, sino con el despertar de un sentimiento hondo, salvaje y prohibido.
—No fue mi verdad, Julián —respondió ella con voz suave pero firme, sosteniéndole la mirada con toda la valentía de su ser—. Fue la nuestra.
El instante de comunión perfecta se suspendió en el aire como una joya frágil.
Sin embargo, antes de que Julián pudiera pronunciar una sola palabra más, un sonido seco y marcial rompió la magia de la estancia: dos golpes firmes de nudillos sobre la puerta de nogal.
La puerta se abrió y la figura inmensa de Nicholas apareció en el umbral. El gigante no mostraba agitación exterior, pero en la frialdad metálica de sus ojos grises brillaba una alerta inequívoca que puso en guardia a su señor de inmediato.
—Perdone la interrupción, don Julián —dijo Nick con su tono más bajo y cortante, omitiendo por primera vez el título francés y usando el tratamiento hispano en presencia de Isabella—. Tenemos visitas en el camino bajo.
Julián se puso en pie con un movimiento fluido y tenso, perdiendo de golpe toda la relajación de la velada.
—¿El carruaje de la comarca?
—No, señor. Es un coche de posta de cuatro caballos negros llegado por la carretera de Londres. No tiene blasones abiertos, pero los cocheros visten la librea carmesí y plata de los muelles de Westminster. Acaba de doblar por el camino de acceso a Ravenswood House.
Isabella se levantó de la banqueta con un sobresalto, sintiendo que el frío del mundo exterior regresaba de golpe para helarle la sangre.
—Lord Sterling —susurró ella, apretando los puños dentro de los bolsillos de su falda—. Ha llegado tres días antes de lo previsto.
Julián Romero permaneció inmóvil junto al ventanal oeste.
La luz del sol acababa de morir por completo tras las colinas de Derbyshire, sumiendo la biblioteca en una penumbra azulada y densa.
El rostro del caballero español se endureció, transformándose en una máscara de piedra gélida y terrible, tan despiadada como la de un general a las puertas de un asedio.
—La araña no pierde el tiempo cuando huele una presa vulnerable —dijo Julián en un susurro gélido que hizo que el aire de la biblioteca pareciera descender varios grados—.
Arthur Sterling no ha venido a Derbyshire a buscar una esposa, señorita Ravenswood.
Ha venido a cobrar una deuda y a extender su telaraña sobre este valle.
Julián se volvió hacia ella, tomó suavemente su mano derecha entre las suyas y la apretó con una firmeza protectora que le transmitió un calor indómito.
—Nicholas la acompañará de inmediato por el sendero bajo del arroyo para que entre en su casa por los jardines antes de que su familia note su ausencia.
Manténgase firme, Isabella. No deje que ese hombre lea en sus ojos el desprecio que siente por él, ni le permita quedarse a solas con usted en ningún rincón oscuro.
—No le tengo miedo a ese mercader de Londres, Julián —repuso Isabella con una determinación feroz en la mirada.
—Debe tenérselo —advirtió Romero con una gravedad sobrecogedora—. Porque Arthur Sterling no es un simple mercader de Londres. Y el peligro que trae en sus bodegas no es algo que la ley de los hombres pueda juzgar.
Nicholas dio un paso al frente, sosteniendo la capa de Isabella en sus manos gigantescas.
—Es hora de irnos, señorita. La noche ha caído.
Isabella asintió despacio. Miró por última vez a Julián, recortado contra las sombras del gran Cristofori y los símbolos milenarios de la Rosa y la Cruz, y cruzó el umbral de la biblioteca con el pulso encendido y la certeza absoluta de que el tiempo de las notas musicales había terminado:
la batalla por su vida y su alma acababa de comenzar.