Capítulo 7 El santuario de Blackwood Manor #2
La Orden de la Rosacruz. Hombres que juraron utilizar el conocimiento supremo no para gobernar imperios ni amasar vanidades efímeras, sino para preservar la verdad en épocas de barbarie y proteger a la humanidad de fuerzas que la mayoría de los mortales ni siquiera pueden concebir.
Isabella lo escuchó sin parpadear. En boca de cualquier otro hombre, aquellas palabras habrían sonado al desvarío de un loco megalómano; pero en la voz serena, grave y desprovista de vanidad de Julián Romero, tenían el peso irrebatible de una verdad grabada en granito.
—¿Y usted es uno de esos guardianes? —preguntó ella en un susurro, clavando su mirada inteligente en los pozos oscuros de sus ojos.
Julián no respondió de inmediato. Bebió un sorbo de té, dejó la taza sobre la mesa y esbozó una media sonrisa teñida de esa ironía melancólica que tanto la desarmaba.
—Digamos que soy un viejo estudiante que lleva demasiado tiempo suspendiendo el examen de la paciencia —bromeó con suavidad, rompiendo la densidad del momento con su característico toque de ligereza—.
Hace unos doscientos años, en Toledo, mi maestro solía decirme que mi mayor defecto era encariñarme demasiado con las cosas del mundo terrenal: la música hermosa, los perros leales y las almas que se niegan a obedecer las órdenes de los tiranos.
Y me temo que en dos siglos no he mejorado gran cosa.
Isabella enarcó una ceja, atrapando el dato temporal con la presteza de un rayo.
—¿Doscientos años en Toledo? —dijo con ironía mordaz, dejando su taza junto a un mapa manuscrito del mar Caribe—. Su maestro debió ser un hombre extraordinariamente longevo, o usted tiene la memoria genealógica más confusa de toda la cristiandad, don Julián.
—Mi maestro era un sabio árabe que afirmaba haber conocido a Averroes, y mi memoria es tan lúcida que a veces desearía poder olvidarme de la mitad de las tonterías que he visto cometer a los reyes de Europa —replicó él con una carcajada baja y musical—.
Pero no la he traído aquí para aburrirla con tratados polvorientos de botánica hermética, señorita Ravenswood. La he traído por esto.
Julián caminó hacia el fondo de la biblioteca, donde una gruesa cortina de terciopelo carmesí ocultaba un nicho abovedado. Con un tirón suave del cordón dorado, descorrió la tela.
Isabella sintió que el corazón le daba un vuelco de pura emoción estética.
En el nicho descansaba un fortepiano de cola, una pieza de artesanía prodigiosa cuya madera de nogal pulido parecía absorber y refractar la luz como un espejo oscuro.
Las patas estaban talladas con motivos de acanto entrelazados con pequeñas rosas de bronce, y sobre la tapa abierta se leía una inscripción en letras de plata: Bartolomeo Cristofori, Firenze, 1720.
—Santo cielo… —susurró Isabella, acercándose al instrumento con los ojos abiertos de par en par, casi temiendo tocarlo—.
Es un Cristofori original. Uno de los primeros instrumentos de martillos mecánicos construidos en Italia.
Solo he leído descripciones de ellos en las gacetas de música de Londres.
Dicen que no quedan más de tres en todo el continente.
—Cuatro, contando este —corrigió Julián con una sonrisa orgullosa y juguetona—.
Lo adquirí directamente en el taller de Bartolomeo en Florencia, poco antes de que el pobre hombre decidiera que los mecenas italianos eran demasiado tacaños para comprender la diferencia entre un clavicordio y un teclado con dinámicas de fuerza.
Ha viajado conmigo en carretas, en bodegas de fragatas y a lomos de mulas a través de los Pirineos.
El clima de Derbyshire no le hace ningún favor a la madera, pero Nicholas se encarga de templar la sala cada noche.
El caballero pálido apartó la banqueta de terciopelo y le hizo un ademán elegante con la mano.
—Pruebe las teclas, señorita. Este instrumento lleva casi cuarenta años sin que unas manos dignas le arranquen un acorde sincero.
Isabella no se hizo rogar. Se despojó de los guantes de cabritilla, dejando sus dedos largos y ágiles al descubierto, y tomó asiento frente al teclado.
El tacto del marfil era sorprendentemente cálido, pulido por el uso de manos invisibles a lo largo de las décadas.
Apoyó los dedos sobre las teclas y pulsó un acorde de sol menor.
El sonido que brotó del instrumento no fue el timbre metálico y estridente de los fortepianos ingleses comunes; fue una resonancia profunda, rica en armónicos oscuros, aterciopelada y vibrante, que pareció hacer temblar los cristales emplomados de los ventanales.
Isabella comenzó a tocar una melodía improvisada, un preludio libre que serpenteaba entre las octavas explorando los registros del instrumento.
Julián se situó de pie a su lado, observando el movimiento de sus manos con una admiración desprovista de cualquier reserva.
La luz del atardecer recortaba el perfil afilado de su rostro, acentuando la nobleza de sus rasgos y esa extraña mezcla de fragilidad aparente y poder contenido que emanaba de su presencia.
—Tiene usted un toque prodigioso, Isabella —murmuró él, conmovido—. No toca con la fuerza bruta de los virtuosos alemanes; toca con la delicadeza de quien comprende que cada nota es una pregunta que no espera respuesta.
—Toco lo que el instrumento me pide —respondió ella sin detener la melodía, mirándolo de reojo con una chispa de desafío en los ojos avellana—.
Pero este Cristofori es demasiado generoso para una sola voz.
Acompáñeme, don Julián. Me niego a creer que haya arrastrado esta mole de nogal por media Europa solo para usarlo como soporte de candelabros.
Julián soltó una risa baja, sorprendido y complacido por el atrevimiento.
—¿Un duelo a cuatro manos? Me temo que mis dedos están algo entumecidos por el frío de estos páramos.
—Entonces caliéntelos con la música, señor Romero. A menos que tema que una simple aficionada de Derbyshire deje en evidencia su ilustre escuela sevillana.
—¡Eso es una provocación inadmisible! —exclamó él con una carcajada teatral, aceptando el reto con deleite evidente.
Julián tomó asiento a su lado en la banqueta de terciopelo.
Su cercanía desprendía ese perfume inconfundible a cedro, papel viejo y mirra que Isabella ya reconocía como suyo.
El caballero colocó sus manos pálidas en el registro grave del teclado.
Sus dedos, largos y huesudos, parecían extensiones naturales del marfil.
Sin mediar palabra sobre qué partitura seguir, Julián atacó una línea de bajo continuo en compás ternario: era el tema de la Passacaglia.
Isabella no tardó ni medio compás en responder. Sus manos entraron en el registro agudo, tejiendo variaciones melódicas intrincadas, contrapuntos llenos de vigor y dramatismo que dialogaban con los acordes solemnes de Romero.
Durante diez minutos, la biblioteca de Blackwood Manor se convirtió en un templo de armonía pura.