Capítulo 7 El santuario de Blackwood Manor
El reloj de la torre de High Ash acababa de dar las tres de la tarde cuando Isabella cerró tras de sí la pequeña verja del huerto de Ravenswood House.
La mansión familiar hervía en un frenesí de preparativos: las doncellas blanqueaban con almidón las mejores sábanas de hilo, el mayordomo contaba las botellas de oporto viejo en la bodega y su madre supervisaba la colocación de pesadas cortinas de damasco en la suite principal.
Nadie reparó en la joven que, envuelta en su capa de paño marrón oscuro y con una pequeña libreta de bocetos bajo el brazo como coartada perfecta, descendía con paso ligero hacia la vaguada de los sauces.
A su lado, Argos avanzaba con la cola en alto, trotando entre los juncos escarchados con la seguridad de quien conoce de memoria el territorio prohibido.
Al llegar a la cancela baja de hierro forjado que separaba ambas propiedades, Isabella no tuvo que esperar. Entre las sombras filamentosas de los sauces desnudos se recortaba ya la silueta monumental de Nicholas.
El criado medía su metro noventa con una presencia casi arquitectónica, ataviado con su gabán gris oscuro y botas de cuero impecablemente cepilladas.
Sostenía en la mano una pesada llave de hierro con guardas en forma de trébol.
Al ver aproximarse a la joven, Nick se quitó el sombrero de copa plana con un movimiento sobrio y marcial, inclinando la cabeza con una reverencia que habría resultado digna de una corte imperial.
—Buenas tardes, señorita Ravenswood —dijo con esa voz cavernosa, grave y templada, cuyo acento exótico seguía resultando indescifrable para el oído de Isabella—. Mi señor la aguarda en la biblioteca alta. Tenga la bondad de seguirme.
Nick introdujo la llave en la cerradura oxidada, que giró sin el menor chirrido gracias a una reciente capa de grasa de ballena. Abrió la cancela con delicadeza pasmosa y se apartó para dejarla pasar.
—Buenas tardes, Nicholas —respondió Isabella, dedicándole una sonrisa franca mientras cruzaba el umbral—.
Debo felicitarlo por la puntualidad. En esta comarca, los caballeros suelen considerar que hacer esperar a una dama es una muestra de sofisticación; me alegra comprobar que la casa de su señor tiene mejores modales.
Por primera vez, una levísima curvatura asomó en la comisura de los labios de piedra del gigante.
—La falta de puntualidad es el vicio de quienes creen que el tiempo les pertenece, señorita. En esta casa hemos aprendido que los minutos son un préstamo muy severo.
Nick cerró la verja tras ellos, pasó el pestillo y guio a Isabella por un sendero empedrado que serpenteaba a través del parque salvaje de Blackwood Manor.
A la luz diurna, la finca resultaba imponente y extraña.
La maleza que desde la lejanía parecía una ruina impenetrable había sido despejada discretamente en los bordes del camino; los viejos laureles estaban podados con criterio geométrico y en los parterres dormían rosales antiguos bajo una espesa capa de mantillo protector.
Cuando llegaron a la escalinata principal de la casona, la pesada puerta de roble tachonada de bronce ya estaba abierta de par en par.
Al cruzar el dintel, Isabella se detuvo en seco, conteniendo el aliento. Esperaba encontrar el hedor a humedad, el moho y las telarañas propios de una mansión deshabitada durante dos décadas. Lo que descubrió fue un universo completamente distinto.
El vestíbulo era amplio, pavimentado con losas de mármol blanco y negro dispuestas en damero, pulidas hasta reflejar la luz como un estanque de agua quieta.
En la gigantesca chimenea de piedra tallada crepitaban tres gruesos troncos de roble que inundaban el aire con un calor reconfortante y un aroma balsámico a corteza de abedul y resina de cedro.
En las paredes no colgaban retratos de antepasados ingleses con pelucas dieciochescas, sino tapices de Flandes de colores apagados y estanterías bajas repletas de volúmenes empastados en piel.
Tumbados sobre una gruesa alfombra de lana persa frente al fuego, los dos mastines negros alzaron las cabezas al unísono.
Nerón soltó un bufido perezoso y movió la cola contra la tarima.
Argos no vaciló: se acercó con paso tranquilo, olisqueó a los dos colosos y se echó pesadamente entre ambos como si hubieran compartido camada desde el nacimiento.
—Veo que la diplomacia canina sigue funcionando a la perfección —dijo una voz familiar desde lo alto de la escalera de caracol.
Isabella alzó la vista.
Julián Romero descendía los peldaños con una lentitud grácil, desprovisto de su bastón de plata, apoyando apenas una mano delgada en el pasamanos de hierro forjado.
Vestía una bata de casa de terciopelo azul noche, de corte sobrio y oriental, ceñida a la cintura por un cordón de seda trenzada sobre una camisa de lino blanco inmaculado con chorrera discreta.
Su piel conservaba esa palidez marmórea y pura, pero en sus ojos oscuros brillaba una vitalidad luminosa y traviesa que contrastaba de forma deliciosa con la severidad del entorno.
—Bienvenida a mi humilde guarida de bandolero, señorita Ravenswood —saludó él, deteniéndose en el último peldaño e inclinándose en una reverencia teatral con una mano sobre el corazón—.
Confieso que revisé tres veces los rincones antes de su llegada para asegurarme de que Nicholas hubiera escondido todos los cráneos humanos y los frascos con ojos de sapo.
La buena sociedad de Derbyshire se habría sentido profundamente decepcionada si descubriera que solo colecciono libros viejos y polvo de estrellas.
Isabella soltó una carcajada clara que resonó por la bóveda del vestíbulo, despojando la estancia de cualquier sombra de timidez.
—Admito que me siento ligeramente estafada, don Julián —repuso ella, desatándose la capa y entregándosela a Nicholas, que la recibió con una inclinación reverente—.
Tenía la secreta esperanza de encontrar al menos un caldero humeante o un ataúd de terciopelo en el guardarropa.
Mi madre me aseguró que las almas perdidas siempre tienen un gusto decorativo espantoso, pero veo que sus tapices demuestran bastante más refinamiento que las cortinas de damasco de mi casa.
Julián sonrió con deleite, bajando los ojos hacia los pies de la joven antes de mirarla fijamente al rostro.
—El buen gusto no es una virtud moral, Isabella; es simplemente una forma educada de resistir a la fealdad del mundo. Por favor, acompáñeme arriba. El té está servido y me temo que las habitaciones bajas resultan demasiado húmedas para una dama que aprecia el calor de la inteligencia.
Subieron por la amplia escalera de caracol hasta la galería superior.
Julián caminaba a su lado con un paso firme y elástico que no mostraba rastro alguno de la debilidad con la que había descendido del carruaje la primera noche.
Al final del pasillo, empujó una doble puerta de nogal tallado y dio un paso atrás para permitirle entrar.
Si el vestíbulo había sorprendido a Isabella, la biblioteca la dejó sencillamente sin palabras.
Era una estancia de proporciones catedralicias, iluminada por tres ventanales ojivales que se abrían hacia el oeste, dejando entrar los últimos rayos dorados y malvas del atardecer sobre las colinas.
Las paredes estaban cubiertas desde el suelo hasta el techo artesonado por anaqueles de roble cargados con millares de volúmenes: códices medievales con broches de latón, rollos de pergamino encerado, infolios encuadernados en cordobán con letras doradas en griego, latín, árabe y castellano.
En el centro de la sala, sobre una inmensa mesa de caoba flanqueada por globos celestes y terráqueos de latón pulido, descansaban astrolabios, cuadrantes de navegación,
balanzas de precisión y un complejo entramado de crisoles y retortas de vidrio soplado en las que reposaban sedimentos minerales de colores insólitos: polvo bermellón, sales de color turquesa y un líquido dorado y translúcido que parecía capturar la luz del sol en su interior.
Pero lo que atrajo magnéticamente los ojos de Isabella fue el motivo recurrente que presidía la estancia.
Sobre el dintel de la chimenea de la biblioteca, grabado en la piedra con una maestría exquisita, y repujado en el lomo de casi todos los manuscritos antiguos, destacaba un emblema inconfundible: una cruz de brazos iguales rodeada por una guirnalda circular de rosas en floración abierta.
Isabella se acercó despacio a la mesa central, rozando con las yemas de sus dedos enguantados la superficie fría de un astrolabio de bronce.
—Esto no es la biblioteca de un noble aficionado a la lectura, don Julián —murmuró ella con voz queda, casi reverente, volviéndose hacia él con sus grandes ojos avellana encendidos de fascinación—. Esto es el laboratorio de un sabio. O el de un alquimista.
Julián se apoyó contra el marco de una estantería, cruzando los brazos sobre el pecho con una expresión de suave complacencia.
—La palabra «alquimista» ha sido tan maltratada por los charlatanes y los buscadores de oro que hoy en día apenas evoca a hombres codiciosos quemándose las cejas sobre hornos de carbón —respondió él,
aproximándose a una mesita auxiliar donde reposaba una tetera de porcelana china y dos tazas humeantes—.
Para mí, la Alquimia nunca fue la codicia de multiplicar metales vulgares, sino la búsqueda de la pureza en la materia y en el alma humana. La separación de lo grosero y lo sutil.
Sirvió el té con pulso impecable y le tendió una taza. Isabella tomó la porcelana tibia entre sus manos, sintiendo el aroma exótico del jazmín y la bergamota.
—Ese símbolo… —dijo ella, señalando el relieve sobre la chimenea—. La rosa y la cruz. No pertenece a la heráldica de la corona británica, ni a ninguna orden de caballería de las que mi padre conserva en sus armoriales de Londres. ¿Qué significa?
Julián contempló el relieve con una solemnidad honda, una mirada tan distante y antigua que pareció transportarse a través de los siglos.
—Es el sello de aquellos que buscan la luz en medio de las tinieblas del mundo, Isabella.