Sombras En La Colina Capítulo 6 Presiones de sociedad #2
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Capítulo 6 Presiones de sociedad #2

Si anoche las notas sonaron como cañonazos, es porque me encontraba en medio de mi propia ejecución sumaria.

Julián enarcó una ceja negra, apoyando el mentón en sus dedos delgados. Su expresión perdió la ligereza festiva, dando paso a una atención aguda y protectora.

—¿Una ejecución? Me extrañaría mucho que las leyes de Derbyshire contemplen la horca para las maestras del contrapunto.

—Peor que la horca, me temo —replicó Isabella con sarcasmo mordaz—.

Un matrimonio por subasta. Mi padre ha vendido lo que queda del honor de los Ravenswood a un noble de Londres que llegará el jueves.

Se hace llamar Lord Arthur Sterling. Dueño de minas, de influencias políticas y de suficiente carbón como para comprar el silencio del Parlamento entero.

Dicen que es viudo, respetable y gélido como la lápida en la que usted está sentado.

Julián no sonrió. De hecho, ante la mención del nombre, el caballero pálido se quedó absolutamente inmóvil.

Por una fracción de segundo, una sombra aterradora cruzó el fondo de sus pupilas: no era el desdén mundano de un rival, sino la lucidez terrible de quien reconoce el rastro de un veneno mortal.

Sus labios se apretaron en una línea delgada y dura, y la mano que descansaba sobre el pomo de plata de su bastón se cerró con tanta fuerza que los nudillos blanquearon aún más que su propia piel.

Isabella, siempre atenta a las menores fisuras en la compostura humana, no dejó pasar la reacción.

—¿Conoce usted a Lord Sterling? —preguntó ella en un susurro inquisitivo, inclinándose hacia adelante.

Julián parpadeó, recuperando la máscara de serenidad aristocrática con una rapidez asombrosa, aunque la tensión permaneció vibrando bajo su piel.

—Conozco el linaje de los Sterling de Westminster —respondió con una lentitud calculada, midiendo cada palabra con extrema prudencia—.

Es una familia antigua, señorita Ravenswood.

Muy antigua. Y suelen tener una predilección especial por comprar almas endeudadas y tierras estratégicas cerca de los caminos principales.

Son hombres de… apetitos insaciables, que no toleran la luz ni la libertad en quienes los rodean.

Luego, sacudiendo la cabeza con una risa seca y forzada que intentó despejar la pesadumbre del aire, añadió en su habitual tono bromista:

—Aunque admito que su descripción es maravillosa: «un matrimonio por subasta».

Me recuerda enormemente a las negociaciones que presencié en Florencia allá por los tiempos de los Médici.

Había un banquero jorobado que intentaba casar a su heredero con una duquesa veneciana ofreciendo a cambio dos cargamentos de seda cruda y una docena de mulas de Nápoles.

Por supuesto, la duquesa tenía bastante más carácter que las mulas y terminó envenenando el vino de la boda con polvo de almendras amargas.

Una solución poco civilizada, pero admito que ahorró muchos discursos aburridos a los invitados.

Isabella soltó una carcajada genuina, la primera en dos días, que resonó clara y alegre bajo las arcadas de piedra normanda.

—No me tiente, don Julián. La botica de High Ash vende arsénico para las ratas del granero, y el señor Cooper me tiene un aprecio infinito desde que le regalé una receta para el reuma.

Julián sonrió con ternura abierta, mirándola con una devoción tan limpia y profunda que a Isabella se le cortó la respiración en la garganta.

—Usted no necesita venenos de botica, Isabella —dijo el caballero en voz baja, alargando una mano enguantada para apartar con infinita delicadeza un mechón de pelo castaño que el viento le había arrojado sobre la frente—.

Una mente como la suya es un arma mucho más letal.

No permita que la estrechez de su familia ni las amenazas de ese hombre marchiten lo que usted es.

Las mujeres como usted no nacieron para ser el trofeo de un mercader con peluca empolvada; nacieron para escribir su propia música.

El contacto fue leve, respetuoso hasta el extremo, pero Isabella sintió que la calidez del gesto le penetraba hasta los huesos.

Había en la voz de aquel hombre extranjero un peso de siglos, una convicción tan firme que hacía que los gritos de su padre y las amenazas de la ruina parecieran simples sombras sin sustancia.

Argos se acercó en ese momento, empujando la rodilla de Julián con el morro para exigir su parte de caricias. El noble español bajó la vista, se rio con una suavidad traviesa y comenzó a rascar al perro detrás de las orejas con paciencia infinita.

—¿Lo ve? Su embajador de cuatro patas coincide conmigo. Él jamás aceptaría que su señora se mudara a una mansión hedionda de Londres para que un dandy le prohíba correr por los brezales.

—Argos sabe que en Londres los perros no pueden perseguir conejos —bromeó Isabella, sintiendo que la angustia que la había ahogado durante la cena se disolvía por completo en la compañía de aquel hombre.

Julián se puso en pie con un movimiento ágil, apoyándose apenas en su bastón. Miró hacia las torres distantes de Blackwood Manor, recortadas contra el cielo gris del atardecer, y luego volvió a posar sus ojos oscuros sobre ella.

—Señorita Ravenswood… Isabella —dijo con una gravedad nueva, teñida de una solemnidad hermosa—.

La tormenta que se avecina sobre su vida no puede librarse solo con sonatas y paseos en el páramo.

Hay cosas que usted debe saber antes de que ese hombre ponga un pie en Derbyshire.

Cosas sobre el mundo, sobre la historia y sobre los verdaderos peligros que acechan bajo los títulos nobiliarios de esta isla.

Isabella se puso de pie frente a él, sosteniéndole la mirada con su habitual valentía analítica.

—Sabe que no me asustan las verdades oscuras, Julián. Prefiero una verdad áspera a mil mentiras piadosas.

—Lo sé. Por eso me atrevo a pedírselo —respondió él, dando un paso hacia ella—. Venga mañana por la tarde a Blackwood Manor.

La invitación era una transgresión absoluta a todas las leyes del decoro de 1799. Entrar sola en la casa de un caballero soltero, extranjero y misterioso era una afrenta que bastaría para arruinar a cualquier dama inglesa de buena cuna para el resto de sus días.

Pero Isabella no era una dama inglesa corriente. Era una Ravenswood con sangre indómita en las venas y una sed de conocimiento que ningún dogma social podía saciar.

—¿Y qué le diré a mi madre? —preguntó ella con una sonrisa desafiante en los labios.

—Dígale que ha salido a buscar musgo silvestre para teñir la lana del invierno —sugirió Julián con una chispa de pícaro ingenio—.

O mejor aún: no le diga nada. Las mejores aventuras de este mundo siempre han comenzado en el silencio de quienes no piden permiso a los ciegos para abrir los ojos.

Nicholas estará esperando en la cancela baja de los sauces a las tres de la tarde con la llave maestra.

Isabella miró hacia la arcada de piedra, donde el gigante Nick asintió con una reverencia solemne y marcial, demostrando que su lealtad hacia su señor era un muro inexpugnable.

—Iré —dijo Isabella con voz firme y serena, sellando la promesa con una mirada directa a los ojos oscuros de Romero—. Pero le advierto una cosa, don Julián: si su biblioteca no tiene al menos tres tratados prohibidos y una docena de mapas de tierras lejanas, me sentiré profundamente estafada.

Julián soltó una carcajada abierta, tan brillante y sincera que pareció iluminar las piedras carcomidas de la vieja ermita normanda.

—Le garantizo que mi biblioteca la dejará sin aliento, señorita. Y si no es así, le permitiré que me arroje una copa de Jerez a la pechera, tal y como hizo aquel terco flamenco en Sevilla.

Con una reverencia caballerosa y una última caricia a la cabeza de Argos, Julián Romero subió con soltura a lomos de su caballo zaino.

Nicholas montó el suyo con una destreza marcial impresionante para un hombre de su envergadura, y juntos descendieron al trote por el sendero pedregoso, perdiéndose en la bruma creciente de la tarde.

Isabella permaneció sola entre los arcos de piedra durante unos minutos, con el viento azotándole los rizos castaños y el corazón latiéndole con una fuerza nueva, indómita y triunfal.

La batalla por su libertad acababa de comenzar. Y las puertas del santuario prohibido de Blackwood Manor estaban a punto de abrirse de par en par.