Capítulo 6 Presiones de sociedad
Las primeras ráfagas de aguanieve golpeaban con un crujido sordo los cristales del comedor principal de Ravenswood House.
La cena, servida sobre un mantel de hilo de Flandes que comenzaba a mostrar remiendos invisibles en las esquinas, transcurría bajo una pesadumbre sofocante.
El mayordomo servía una sopa de carnero demasiado clara y un asado austero, mientras los candelabros de latón —los de plata habían sido empeñados discreetamente en Derby dos meses atrás— proyectaban sombras alargadas y vacilantes sobre los retratos al óleo de los antepasados.
Lord Thomas cortaba la carne con una lentitud meticulosa que delataba una cólera contenida. Dejó el cuchillo a un lado con un golpe seco sobre la porcelana y alzó la vista hacia su hija.
—Lord Sterling llegará el próximo jueves —anunció con voz tajante, sin preámbulos ni adornos—. Ha aceptado pasar tres semanas en nuestra finca antes de que comience el invierno parlamentario en Londres.
Lady Eleanor dejó escapar un suspiro entrecortado de alivio, juntando las manos enguantadas en mitones de lana como si asistiera a una bendición papal.
—¡Alabado sea el cielo! —exclamó la madre, mirando a Isabella con una mezcla de súplica y advertencia—.
Lord Arthur Sterling… Es el partido más codiciado de toda la comarca occidental, Isabella.
Dueño de minas de carbón en Yorkshire, tres mansiones en el sur y una influencia indiscutible cerca del primer ministro Pitt.
Y lo más importante: busca una dama de linaje impecable para presidir su residencia en Mayfair.
Isabella, que cortaba su ración de pan de centeno con precisión quirúrgica, no levantó la vista de inmediato. Masticó despacio, tomó un sorbo de agua fría y luego clavó sus ojos avellana en su padre, con esa serenidad analítica que siempre ponía a prueba la paciencia de Lord Thomas.
—¿Y qué edad tiene ese dechado de virtudes mercantiles, padre?
—preguntó con voz cristalina—. Si no me falla la memoria de la gaceta de la corte, Lord Sterling enviudó hace dos años en circunstancias que la buena sociedad de Londres prefirió despachar con un eufemismo piadoso.
Dicen que es un hombre de humor gélido, con una mirada que vacía los salones de baile con la eficacia de un brote de viruela.
—¡Isabella! —chilló Lady Eleanor, abanicándose con una servilleta—. ¡Una señorita no repite los chismes de los clubes de caballeros! Lord Sterling es un pilar de la corona, un hombre de orden y de inmensa fortuna.
—Un hombre, madre, que me triplica la edad y cuyo mayor mérito parece ser haber acumulado suficiente carbón y títulos para comprar una compañía entera en las Indias Orientales —repuso Isabella sin alterar el tono, apoyando los cubiertos en el plato—.
Y que, según parece, necesita ahora una Ravenswood como adorno en su chimenea para que los demás lores olviden que su abuelo era un prestamista de Liverpool sin escudo de armas.
Lord Thomas se puso en pie con tal violencia que el vino de su copa salpicó el mantel.
—¡Basta de insolencias! —bramó, apoyando los puños cerrados en la mesa—.
¿Crees que me importa tu opinión sobre la genealogía de Sterling?
Esta hacienda se hunde, Isabella. El invierno se nos echa encima, el precio del grano ha caído por los suelos y los acreedores no esperarán a la primavera.
Si Lord Sterling te honra con una propuesta de matrimonio, la aceptarás con una sonrisa y una reverencia, aunque tenga ochenta años y el aliento de un buey.
¡Te casarás con él porque es el deber de una hija salvar el apellido de su familia de la vergüenza del embargo!
Isabella sostuvo la mirada encendida de su padre. No hubo lágrimas en sus ojos ni temblor en su mandíbula. Había en su rostro esa determinación de acero que Lady Eleanor solía calificar de «orgullo perverso».
—El apellido Ravenswood sobrevivió a la peste y a las guerras de los Estuardo, padre —dijo ella con una frialdad desarmante—. Sería una ironía trágica que muriera ahora, vendido en pública subasta a un carnicero de títulos solo para pagar las malas inversiones de sus herederos.
—¡A tu habitación! —rugió Lord Thomas, señalando la puerta con un dedo tembloroso—. ¡A tu habitación de inmediato, y ruega a Dios para que cuando Sterling pise esta casa hayas aprendido a morderte la lengua!
Isabella se puso de pie con una lentitud insultante. Hizo una reverencia impecable y milimétrica hacia la cabecera de la mesa y, sin dignarse a mirar los pucheros desesperados de su madre, abandonó el comedor con paso firme.
En el vestíbulo, Argos, que esperaba pacientemente junto al perchero, se incorporó con un gemido sordo y pegó su morro cobrizo al costado de su dueña.
Juntos subieron la ancha escalera de roble hasta el piso superior, alejándose de los gritos sordos que su padre seguía profiriendo contra la porcelana y el servicio.
Sin embargo, Isabella no se encerró en su alcoba a llorar en la oscuridad. Cruzó el corredor con paso decidido y entró en su verdadero santuario: el salón de música.
No encendió candelabros. La tenue luz azulada de la luna llena, filtrada a través de las nubes desgarradas por el viento helado, inundaba la estancia con una claridad fantasmal.
Isabella abrió la tapa del fortepiano, se sentó en la banqueta y acomodó sobre el atril la partitura antigua que Julián Romero le había confiado dos días atrás.
Colocó las manos sobre las teclas frías. Sus dedos comenzaron a deslizarse sin titubear por el compás que tanto la había intrigado: la Passacaglia.
La música brotó como un torrente de consuelo y furia contenida.
En el tercer compás, aquel que según Romero había provocado que un flamenco le arrojara vino a la pechera en Sevilla ciento diez años atrás, Isabella entendió por qué el bajo continuo no obedecía a las reglas convencionales de la academia.
Era una rebelión. Una disonancia calculada que se negaba a resolver en el tono esperado, un grito de libertad encerrado en la madera de caoba que desafiaba a los tiranos, a las subastas matrimoniales y al destino impuesto.
Isabella tocó con los ojos cerrados, dejando que la música llenara el vacío del valle.
Cuando llegó al último acorde menor, sostuvo el pedal hasta que la última vibración metálica pareció disolverse en la noche. Abrió los ojos y miró a través del ventanal hacia la ladera oscura de Blackwood Manor.
En el mirador del piso superior de la vieja casona vecina, una luz parpadeó dos veces. Una vela sostenida en lo alto, recortando una silueta alta y espigada que permanecía inmóvil tras los cristales.
Isabella apoyó los dedos temblorosos en su regazo y sintió una calma honda y dulce apaciguar el tumulto de su pecho. No estaba sola. En medio de un mundo de mercaderes y padres desesperados, al otro lado de la niebla había alguien que escuchaba la verdad de sus manos.
Al mediodía siguiente, el aguanieve dio paso a una calma gélida y despiadada. La tierra de los páramos crujía bajo las suelas de las botas como si fuera cristal quebrado.
Para huir de la atmósfera ponzoñosa de su hogar —donde los sirvientes limpiaban frenéticamente alfombras y lustraban barandillas en preparación para la llegada de Lord Sterling—, Isabella se enfundó su capa oscura forrada de piel,
se calzó sus guantes más gruesos y salió con Argos hacia los senderos altos que bordeaban la vaguada.
El aire frío le quemaba los pulmones con un ardor vivificante que despejaba la rabia de su cabeza.
Caminó casi una milla colina arriba, bordeando los límites de los pastos, hasta llegar a las ruinas de una antigua ermita normanda: cuatro arcos de piedra caliza desdentados que se erguían sobre un montículo de hierba escarchada, solitarios como vigías olvidados por la historia.
Antes de que Isabella pudiera alcanzar el primer arco, Argos soltó un bufido alegre, movió la cola en círculos frenéticos y salió disparado hacia el interior de la ruina.
—¡Argos, regresa! —llamó ella por instinto, pero una risa baja y conocida brotó desde la sombra de los muros de piedra.
—Déjelo venir, señorita Ravenswood. Los sabuesos ingleses tienen un sentido admirable para encontrar el único rincón protegido del viento en cinco millas a la redonda.
Isabella apresuró el paso, doblando el contrafuerte de piedra, y se detuvo en seco en el umbral sin techar de la ermita.
Allí estaba él.
Julián Romero vestía una capa española de paño negro forrada de seda carmesí, con los cuellos altos levantados para resguardar su garganta.
Estaba sentado sobre una losa sepulcral desgastada, con una bota apoyada sobre un sillar caído y su inseparable bastón de ébano descansando entre las rodillas.
En el suelo, junto a sus pies, dormitaba plácidamente Nerón, el enorme mastín negro, que alzó la cabeza perezosamente para frotar el morro con el recién llegado Argos.
Ambos animales se enredaron en un saludo afectuoso de jadeos y lametones.
A unos veinte pasos de allí, semioculto tras la arcada norte, la silueta pétrea de Nicholas vigilaba los senderos con su altura imponente de casi 1.90 m, sosteniendo con una mano las riendas de dos caballos de silla de pelaje zaino que resoplaban nubes densas de vapor contra el frío.
Julián alzó sus ojos oscuros hacia Isabella. Bajo la luz pálida del invierno, su rostro de alabastro parecía cincelado en marfil antiguo, pero la calidez de su mirada y la ironía sutil de su sonrisa borraron de golpe cualquier aspereza.
—Buenas tardes, señorita Isabella —dijo él, inclinando la cabeza con esa cortesía impecable que parecía haber aprendido en las cortes de otro siglo—.
Debo confesar que anoche el tercer compás de la Passacaglia sonó extraordinariamente peligroso.
Había en sus dedos una violencia tan exquisita que mi pobre Nerón casi se despierta de su letargo.
Isabella no pudo contener una media sonrisa amarga mientras se acercaba despacio, acomodándose la capucha de la capa.
—Mi padre habría preferido que esa violencia la descargara sobre un bastidor de bordar, señor Romero —respondió ella, dejándose caer sobre un bloque de piedra limpia frente a él, agradeciendo el refugio que los muros brindaban contra el viento del este—.