Sombras En La Colina Capítulo 5 La confesión del nombre prohibido #2
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Capítulo 5 La confesión del nombre prohibido #2

Isabella contuvo la respiración. Dio un paso hacia él, sintiendo que el frío del atardecer se desvanecía ante la repentina tensión que flotaba en el aire.

—Las mentiras decorosas son muy útiles para la sociedad de mi madre, señor, pero suelen aburrirme mortalmente —respondió ella con firmeza—.

Sé que no es usted un noble francés corriente.

Ningún emigrado de la Revolución viste con esa sobriedad ni mira a los ingleses con semejante compasión irónica.

Y ningún hombre enfermo conserva esa lucidez en la mirada.

El caballero esbozó una sonrisa triste, casi imperceptible.

—El título de «Conde de Mortemer» es una máscara, señorita Ravenswood.

Un documento comprado a precio de oro a un diplomático corrupto en Ámsterdam para cruzar las aduanas británicas sin que los ministros de su graciosa majestad el rey Jorge sospechen de mi presencia en esta isla.

En estos tiempos de histeria contra todo lo extranjero, un título nobiliario y unos cuantos miles de libras en letras de cambio son la única forma de que la ley inglesa mire hacia otra parte y permita a un hombre solitario comprar una casa en ruinas en Derbyshire.

—¿Y qué oculta esa máscara? —preguntó Isabella, sosteniéndole la mirada sin un solo titubeo—. ¿De quién huye? ¿Es usted un proscrito? ¿Un conspirador político?

El hombre pálido ladeó la cabeza. La observó con un detenimiento casi reverencial, maravillado ante el temple de aquella joven que, lejos de amedrentarse ante la confesión de una identidad falsa en plena campiña inglesa de 1799, exigía la verdad con la serenidad de un juez antiguo.

—No huyo de la justicia de ningún rey, señorita, porque hace mucho que los reyes de este mundo dejaron de tener jurisdicción sobre mis pasos —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave que parecía vibrar en el pecho de Isabella—.

Si le confío esto, no es para pedir su complicidad, sino porque no soporto la idea de que la única persona lúcida en este rincón del mundo me recuerde bajo un nombre que no me pertenece.

El noble se quitó el guante de la mano derecha, dejando al descubierto sus dedos largos y pálidos, y extendió la mano hacia ella con la palma hacia arriba en un gesto de entrega absoluta y desarmada.

—Mi verdadero apellido es Romero —reveló con una entonación limpia, donde la rudeza de las consonantes sureñas resonó con una dignidad antigua e innegable—.

Julián Romero. Mi sangre proviene de las tierras ásperas de Castilla, en la vieja España, y de las orillas del Mediterráneo donde las dinastías se forjaron con hierro y fe mucho antes de que las islas británicas aprendieran a comerciar con el mundo.

También hay en mis recuerdos el eco de las tierras del Nuevo Mundo, allende los mares, donde los ríos son tan anchos como reinos enteros y las selvas no tienen fin.

Isabella sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. El nombre Romero sonaba en el aire frío de Derbyshire como una nota extraña, exótica, cargada de una resonancia histórica que contrastaba violentamente con los apellidos sajones y normandos de la comarca.

—Romero… —repitió ella en un susurro, saboreando el peso de las sílabas—.

Un caballero español. Eso explica muchas cosas, don Julián.

Explica su acento cuando baja la guardia, su devoción por los compositores antiguos y el orgullo sobrio con el que camina entre las ortigas de Blackwood.

Pero no explica su palidez de nieve. Los hombres de España suelen tener la tez curtida por el sol y el fuego del sur.

Julián Romero dejó escapar un suspiro largo, y por una fracción de segundo, una sombra de infinito cansancio cubrió sus facciones.

—Mi palidez no es hija del sol de Castilla, señorita Ravenswood, sino del precio de un viaje muy largo y de una batalla silenciosa que casi me cuesta la existencia hace apenas unos meses —explicó con una sinceridad velada que no cerraba el misterio, pero que apartaba cualquier sospecha de vileza—.

He atravesado fiebres y persecuciones que doblegarían a hombres más robustos que yo.

Pero estoy vivo. Sangro si me hieren, respiro el mismo aire gélido que usted y siento la misma tristeza cuando escucho una melodía que habla de lo que hemos perdido para siempre.

Isabella lo miró fijamente a los ojos. En el fondo de aquellas pupilas oscuras no había el veneno de la mentira, ni la crueldad de los depredadores que su madre temía en las sombras.

Había una soledad inmensa, un alma antigua que parecía haber cruzado desiertos de tiempo buscando un destello de verdad en medio de la farsa humana.

—¿Por qué me lo cuenta a mí? —preguntó Isabella en voz muy queda—.

Podría haberme seguido mintiendo con anécdotas de bailes vieneses y títulos franceses.

En Inglaterra, admitir una identidad falsa ante una extraña puede costarle la horca o la prisión de la Torre de Londres si mi padre decidiera hablar con el juez de paz.

Julián dio un paso hacia ella, cerrando la distancia entre ambos hasta quedar a poco más de dos palmos. El perfume tenue que emanaba de su ropa no era la colonia empalagosa de la corte, sino un aroma limpio a cedro, tinta de escribir y resina de incienso antiguo.

—Porque usted no es una extraña, señorita Isabella —dijo él, pronunciando su nombre con una suavidad tan respetuosa y hermosa que a ella se le aceleró el pulso de forma incontenible—.

Porque desde la primera tarde en que la vi tocar ese fortepiano en la penumbra, supe que sus ojos no ven el mundo como lo ven los demás.

Y porque prefiero que me odie o que me entregue a sus autoridades conociendo al hombre de verdad, antes que recibir su simpatía bajo el disfraz ridículo del Conde de Mortemer.

Isabella sintió que una oleada de calor le encendía las mejillas, pero no apartó la mirada ni un solo milímetro.

Extendió la mano enguantada fuera de su manguito de lana y, con un movimiento deliberado y valiente, rozó con la punta de sus dedos la mano desnuda y fría de Julián que aún reposaba sobre el pretil de piedra.

El contacto fue breve, apenas una caricia de un segundo, pero bastó para que ambos sintieran una descarga invisible, un pacto mudo sellado en el silencio de los árboles desudos.

—Nadie sabrá quién es usted, señor Romero —dijo Isabella con voz firme y clara, dotando al apellido de una solemnidad inviolable—.

Para el vicario, para mi padre y para cada chismoso de esta comarca, usted seguirá siendo el extravagante Conde que compra harina con oro y pasea al mediodía para burlarse de sus miedos. Su secreto está a salvo conmigo.

Julián inclinó la cabeza despacio, y en sus labios volvió a florecer esa media sonrisa luminosa y cargada de una complicidad profunda.

—Sabía que no me equivocaba con usted, señorita Ravenswood. Es usted una aliada formidable para un hombre que lleva demasiado tiempo librando batallas en soledad.

—Solo una condición, don Julián —añadió ella con una chispa de picardía recuperada en los ojos dorados.

—Pida lo que desee.

—La próxima vez que decida cenar con un organista del siglo pasado o recordar un paseo por las plazas de Sevilla… asegúrese de contarme todos los detalles. Me temo que encuentro su memoria histórica infinitamente más entretenida que las historias de caza de los caballeros de Derbyshire.

Julián soltó una risa abierta, franca y sonora que hizo que Nicholas, a la distancia, alzara las cejas con una mezcla de sorpresa y resignación protectora.

—Le prometo solemnemente un inventario completo de todos mis errores pasados, señorita —dijo el noble español, llevándose la mano al pecho en un juramento solemne—.

Pero ahora, si no me falla el sentido del tiempo, el reloj de High Ash está a punto de dar las cuatro y media.

Las sombras se alargan y su digna madre no tardará en notar que su mayor tesoro no está bordando cojines en el salón.

Isabella miró hacia la colina de Ravenswood House, donde las primeras luces de las velas comenzaban a titilar en el piso bajo.

—Tiene razón. Lady Eleanor tiene un talento casi sobrenatural para detectar cuándo estoy cometiendo lo que ella llama una «falta grave contra el sentido común».

—Vaya en paz, Isabella —dijo él en un tono más bajo y dulce, usando su nombre de pila por primera vez sin que sonara a una osadía, sino a un puente tendido sobre la niebla—. Y toque esa Passacaglia esta noche. Mis mastines y yo estaremos esperando el tercer compás junto a la ventana.

Isabella no respondió con palabras. Hizo una reverencia grácil, llamó a Argos con una caricia en la cabeza y emprendió el camino de regreso hacia el sendero de los huertos con el corazón latiéndole a un ritmo nuevo, vibrante y desafiante.

Al llegar a la cima de la colina, antes de franquear la tapia de su jardín, miró hacia abajo una última vez.

En la penumbra del fondo del valle, la silueta espigada de Julián Romero y la sombra descomunal de Nicholas comenzaban a subir hacia Blackwood Manor. La bruma los envolvía como un sudario de plata, pero para Isabella la niebla ya no ocultaba a un monstruo ni a un espectro de pesadilla.

Ocultaba a un hombre con siglos en la mirada, un nombre robado y un secreto que ella estaba dispuesta a defender contra el mundo entero.